El principio

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 0 ; Mestalla, 0
Siempre que aparecía el The End, al terminar cualquier película americana, mi abuelo decía "ten" y con una sonrisa alargaba la mano a uno de sus nietos. "Ten, nene, ten". Nos hizo la misma broma a todos sus nietos, quizá la hicieron todos los abuelos de la época. Ahora ya apenas se pone The End en los créditos finales, pero cada vez que veo el rótulo en alguna película antigua recuerdo la sonrisa de mi abuelo diciendo "ten" y alargando la mano desde su mecedora. También lo recordé el domingo, cuando la temporada llegó a su final. The End. Esta crónica se iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así, e iba a denunciar la estructura del fútbol español, anclada en un sistema más propio del Antiguo Régimen que del siglo XXI (con una tercera y una cuarta categoría esperpénticas, sin nada que ver con las del resto de países futboleros, con un modelo de ascensos injusto, ajeno a la lógica de la temporada, con filiales y otros anacronismos, como la ventaja del gol en campo contrario, que deberían ser peleados por los presidentes de las territoriales, entre comilona y comilona, pero que nadie se atreve a tocar, casi ni a plantear). Es algo que el fútbol español debería afrontar en frío, con cabeza, pensando en los clubes y las aficiones de toda España, sin mirar intereses a corto plazo. Esta crónica se iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así, pero esa era la crónica en el supuesto de que el Murcia hubiera pasado la eliminatoria, porque después de perder no me gustan las quejas ni las excusas. Así que en esta crónica no quiero hablar de injusticias, ni del antiguo régimen, ni de comilonas, ni siquiera de filiales. En esta crónica prefiero hablar de mi compañero de grada Raúl, que en el descanso me contó que su hijo está sano, totalmente recuperado, después de nacer con prisas, quizá ansioso por vivir un ascenso, por sentirlo en la felicidad de su padre; prefiero hablar de mi amigo Martín Ortega, que junto a su colega Juanito ha venido desde Yecla a vivir los partidos de playoff, con dos cojones; prefiero hablar del estadio, que estaba precioso el domingo, lleno de vida y de ilusión, con una media de edad que invita a soñar con el futuro. Por la mañana, antes de comer, me crucé por la calle Puerta Nueva a una pareja, los dos con la grana, y los saludé sin conocerlos, maravillado de encontrar murcianismo en el centro de Murcia. Prefiero hablar de todo eso en esta crónica. Y del niño que se sienta en la fila de abajo, que rompió a llorar poco antes del minuto 90: por su edad, será el primer recuerdo triste que tenga del Murcia. Prefiero contarte que apenas vi más llantos en la grada: al terminar el partido, al agradecer el esfuerzo a los jugadores, al desfilar en orden y silencio de vuelta a casa, el murcianismo a mi alrededor retenía la lágrima en el ojo, sin dejarla caer. Todos con nuestra maldita lágrima ahí, suspendida; una lágrima nacida del dolor y la rabia, y de la emoción y, sobre todo, de compartir todas esas sensaciones con los que tienes a tu lado. Prefiero contar que al día siguiente, con el Murcia eliminado, también vi a un chaval larguirucho y despreocupado, con la camiseta de este año, cruzando el Puente de Hierro a la vuelta del instituto, imagino, en el puto lunes más duro para el murcianismo, y entonces pensé que esto no puede ser el final de nada, sino un nuevo principio.

Nada que recriminar a Vicente Mir. A toro pasado, claro, todos sabemos cómo arreglar el mundo. Y en esta crónica yo lo hubiera arreglado también (creo que en Valencia debimos encerrarnos más, sin dejar tantos espacios, y en casa, en cambio, salir a muerte a por el partido aprovechando el ambiente, y con Elady y Cruz de inicio, que eran los dos futbolistas más frescos en esta recta final; creo que José Ruiz se había ganado en año y medio de grana el derecho a jugar estos partidos). Pero arreglaría el mundo sólo en el supuesto de que el Murcia hubiera pasado la eliminatoria, porque es injusto hacerlo después de una derrota, es injusto sabiendo que en el arreón final tuvimos cuatro ocasiones claras y sólo con que hubiera entrado una, sólo una, Vicente Mir estaría a dos pasos de meter al Murcia en Segunda. Gracias, míster, por volvernos a hacer soñar en primavera. Nada que recriminar a una plantilla comprometida desde agosto, a un grupo de jugadores que se quedó literalmente sin aliento, contagiados por la ilusión creciente de las últimas semanas inyectada por los nuevos dueños del club, que afrontan ahora el reto más duro, el plan B, el plan de la B. El reto de hacer viable un club arropado a la mínima por más de 20.000 personas, más todas las que están detrás, respaldado, ahora sí, por la séptima ciudad de España y por decenas de municipios y pedanías de la Región. El reto imposible de hacer viable algo necesario, que se siente así, que se vive así. Podemos gritar que regresaremos más fuertes, que volveremos, podemos consolarnos con eslóganes y frases hechas, pero la realidad y el fútbol nos dicen que nada nos garantiza volver pronto a Segunda. Más bien al contrario, con esta estructura del fútbol español, anclada en un modelo que yo quería denunciar en esta crónica, que iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así. Pero después de perder no me gustan las quejas ni las excusas. He preferido recordar a Martín Ortega, a Raúl, a mi abuelo, al estadio, que estaba precioso el domingo, a la pareja que paseaba por el centro de grana y al chaval larguirucho y despreocupado que cruzaba el puente al día siguiente con la camiseta del Murcia. Al niño de la fila de abajo, que rompió a llorar poco antes del minuto 90. Y esa maldita lágrima que no dejamos caer, esa lágrima nacida del dolor y la rabia, y de la emoción y, sobre todo, de compartir todas esas sensaciones con los que tienes a tu lado. Es un viaje en el que somos cada vez más, y cada vez más juntos, pero siempre hay sitio para sumar. Así que pasa, ponte cómodo y quédate, que esto no es el final, sino el principio de todo lo que nos queda por vivir.

Real Murcia: Simón; Juanjo (Adrián Cruz), Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Javi Saura), Armando, David Sánchez, Diego Benito (Elady); Víctor Curto y Guardiola.
Goles: Putos filiales.

Remontar

Alejandro Oliva [@betandtuit]

VCF Mestalla, 2 ; Real Murcia, 1.
Supongo que al nacer todo el mundo tiene la misma confianza en remontar un partido, o lo que haya que remontar, independientemente de cuál sea su lugar de nacimiento. Que da igual ser de Santomera, de Logroño o de Vancouver para creer que algo que ha empezado mal puede terminar bien. Supongo que, como casi todo, es un rasgo cultural, algo que vamos aprendiendo en nuestro entorno. En La Condomina vieja siempre me fascinó nuestra poca fe en que el Murcia pudiera levantar un partido cuando se torcía. Un 0-1 solía ser un bofetón que nos tumbaba: daba igual que el rival fuera el Barça o el Gavà. Un 0-2 ni te cuento. O sí, voy a contártelo: un 0-2 antes del descanso era marcharse directamente a casa, abatido, segurísimo de la derrota. Supongo que será algo relacionado con la fe, con la confianza en uno mismo y en el mundo; con la tenacidad, con el coraje para seguir y seguir cuando todo parece perdido; con las pocas ganas de sufrir en el fútbol, que ya se sufre bastante en la vida: mejor anticipar la derrota, pasar el mal trago cuanto antes, ponerte a salvo. Mejor abandonar que sufrir. Supongo que será algo relacionado con todo eso. Después veíamos en Estudio Estadio esos campos míticos capaces de remontar cualquier resultado, incluso en pocos minutos, pero lo veíamos como algo ajeno a nosotros, de otro mundo, de una galaxia lejana donde sucedían cosas tan extrañas e insólitas como remontar partidos de fútbol. Y con el tiempo olvidamos si por no remontar dejamos de creer en las remontadas o por no creer en las remontadas dejamos de remontar. Partidos de fútbol, o lo que haya que remontar, porque la cuestión, en apariencia trivial, se convierte en decisiva cuando caes en la cuenta de que la vida suele ser remontar, de que vivir es un poco tener que remontar cada día, con la seguridad de que ese partido, el de la vida, lo vamos a perder tarde o temprano.

El murcianismo eligió un escenario grande, Mestalla, para celebrar su esplendor, su mejor momento de las últimas décadas. Porque el Murcia estaba mejor hace 10 años, ascendiendo a Primera y con 25.000 socios, pero era un estadio tan lleno de gente como vacío de murcianismo, nada que ver con el de los más de 5.000 desplazados a Valencia, ilusionados, movidos por algo que no tiene nada que ver con el espectáculo. El murcianismo eligió un escenario grande, que se nos hizo algo grande a todos, tanto en la grada, donde nos vimos sorprendidos por el entusiasmo de la hinchada filial; como en el campo, donde el ritmo y la chispa de los chavales, alguno ya zagalón, nos pudo dejar noqueados allí mismo, en un par de tramos duros de partido que se hicieron largos y nos llenaron de dudas. Pero el Murcia se mantuvo en pie en esos momentos críticos, y hasta tuvo las dos ocasiones más claras, en las que rozó un empate a dos que hubiera sido divino, pero que finalmente no llegó. Toca remontar. Toca revolvernos contra nuestra tradición cultural, que ya se pronuncia dando la eliminatoria por difícil, por casi imposible, por perdida en su versión más radical. Algunos creían que no sólo íbamos a subir, sino que íbamos a subir sin sufrir, sin afrontar ninguna adversidad. Pero la vida suele ser remontar, saber encajar y levantarse, seguir y seguir cuando todo parece perdido, saber sufrir. Con la seguridad de que ese partido, el de la vida, lo vamos a perder tarde o temprano; pero con la esperanza de que hay otro partido, el del Murcia, el del murcianismo, que nunca dejará de jugarse.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Javi Saura (Adrián Cruz 73'), Rayco; Guardiola, Víctor Curto (Elady, 82).
Goles: 1-0, Zagalón (34'), 1-1, Armando (44'), 2-1, Zagalón (58').


Una chaqueta siempre


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 1 ; Pontevedra, 1
“Una chaqueta en el coche siempre hay que llevar, por si vas al fútbol”, recordaba mi amigo Carlos Marañón en Burgos, citando a su padre, que sabe de esto de la vida casi tanto como de fútbol. Era 4 de junio, hace 17 años ya, y estábamos helados en las gradas de El Plantío, viendo al Murcia, claro. Una chaqueta siempre, joder, decía Carlos. Por si vas al fútbol, coño, insistía, y nos reíamos de nuestra infinita torpeza, de que no alcanzaríamos la sabiduría de nuestros padres jamás, ni siendo nosotros padres. Y así ha sido. El Murcia ganaba 0-2 al descanso, con goles de Aguilar y Carrero, y ahí estábamos, infiltrados entre la afición local, que bebía chupitos de coñac para sobrellevar el frío primaveral. Era 4 de junio, hace 17 años ya, y yo había salido en autobús de una Murcia hirviendo camino de Madrid, y allí junto a mi amigo había cogido, sudando también por el calorazo de la capital, otro autobús a Burgos, donde el día también era caluroso. No vi a ningún murcianista por allí, pero seguro que había alguno: alguien que viviera en Madrid o por el norte, o algún loco, o el gran José Antonio Currás y su familia de Orense. Entonces no había federación de peñas, casi no había peñas, incluso, porque al Murcia le han pasado muchas cosas malas en este siglo, pero al murcianismo le han pasado muchas cosas buenas que lo mantienen vivo, más vivo que nunca, ante el desconcierto de algunos. El Murcia había perdido la semana anterior en La Condomina el segundo partido del playoff y los ánimos estaban por los suelos, con la sensación de que se nos escapaba otra vez el ascenso. El Burgos, en cambio, sabía que si ganaba al Murcia se plantaría con mucha ventaja en la recta final de la liguilla, con sus dos últimos partidos contra el Mensajero, mientras que Murcia y Granada se matarían entre sí. El día era caluroso, pero al caer la tarde El Plantío se fue helando, y en el descanso nos pedimos un coñac que supo a gloria antes de volver a nuestro asiento, infiltrados entre la afición local. Estábamos a cuatro partidos de regresar a Segunda por fin, de ver cumplido ese sueño, mientras veíamos saltar al césped a esos once tipos con el escudo del Murcia en el pecho. 

Me acuerdo casi a diario de mi amigo, a veces de Burgos y a menudo incluso de la chaqueta de su padre, pero volví a recordarlo todo el domingo, cuando el Pontevedra marcó el 0-1 y de pronto se movió un frío extraño en Nueva Condomina. Una chaqueta en el coche siempre, cojones, pensé. Por la tarde nos habíamos asado con ese solazo murciano fuerte de final de mayo, confiados, algunos en tirantes, ojo, qué equipo nos tocará ahora en segunda ronda, decíamos, otros en bermudas, el Pontevedra es flojillo, ¿no?, en chanclas los más osados, hablando de qué jugadores se quedarán el año que viene si subimos. La tarde era un trámite, una fiesta sin sufrimiento ni chaqueta. Pero marcó el Pontevedra y Nueva Condomina se heló: estábamos desprotegidos, en manga corta todos, el viento soplaba de pronto fresco y cada acercamiento de los gallegos era el 0-2 en nuestras cabezas, el miedo, la antesala del horror; Córdoba, Hércules, Toledo, la historia de los últimos tres años aún más cruel. Pero por suerte en el césped refrescó menos y Vicente Mir tiene la confianza del que es precavido. El Murcia estuvo tranquilo, bien abrigado, empató y pudo ganar; el Murcia avanzó por fin a la segunda ronda, tres años después. El Pontevedra al final sólo fue una advertencia de que todo será mucho más difícil de lo que el más pesimista imagina. El Pontevedra nos recordó que una chaqueta siempre, nos recordó Burgos, nos recordó que nunca hay que confiarse, cuando vas al fútbol e incluso cuando no vas al fútbol. Pero a Valencia iremos, para ver saltar al césped a esos once tipos con el escudo del Murcia en el pecho, cuando estamos a cuatro partidos de regresar a Segunda por fin, de ver cumplido ese sueño. 

Real Murcia: Simón; José Ruiz, Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Elady 77'), David Sánchez, Adri Cruz (Armando 29'), Saura (Benito 63'); Guardiola y Víctor Curto.
Goles: 0-1 (El Miedo, 51'). 1-1 Guardiola (78').

El dolor

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Pontevedra, 1 ; Real Murcia, 3.
Imagino que don Francisco decidió ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, quién sabe. "Me voy", diría don Francisco, imagino. Imagino que no lo pensó, que no le dio ni dos vueltas, que ese tipo de decisiones no se piensan, pero ni idea de cómo fue su proceso. El caso es que podía ir a Pontevedra o no ir a Pontevedra y eligió ir. El club Real Murcia recordó a toda la ciudad el pasado verano, en una brillante campaña de abonados, que un equipo de fútbol no se elige, se siente, pero en la vida y en el fútbol a veces también se elige. Y don Francisco, 60 años cumplidos, camiseta grana de #nidiosseraja, sin nadie conocido que lo acompañara, eligió hacer más de 2.000 kilómetros en autobús en 36 horas, eligió no acostarse en una cama durante todo un fin de semana, para ver al Murcia jugar en Pontevedra. Imagino que allí pasó un gran día. Imagino que vio una ciudad amable abrazando a la hinchada rival, unas calles distintas llenas de unas vidas parecidas, un ambiente en Pasarón precioso de eliminatoria, de ser o no ser, de fútbol auténtico. No necesito imaginar, porque lo sé, que también vio a tres o cuatro desgraciados maltratar y esposar a un murcianista sin motivo alguno, en una escena brutal que deja un sabor amargo a cualquiera que la viva, un sabor de derrota tan absoluta que dan ganas de abandonar el fútbol y todo lo demás. Don Francisco vio lo peor y lo mejor de este mundo, vivió ese pulso entre aceptarlo o no que el cabrón de Faulkner planteó en una frase de Las Palmeras Salvajes: "Entre el dolor y la nada, elijo el dolor". Imagino a su familia llamándolo loco al marchar a las 12 de la noche y llamándolo loco al volver a comer el domingo. Imagino, porque lo vi medio dormitar dos noches enteras, que llegó a su casa roto, dolorido, los pies hinchados como si hubiera ido andando, con la sensación de tener cinco o seis rodillas maltrechas, sin espalda y con el cuello del revés, porque lo vi cabecear varias veces como Víctor Curto, pero al vacío. Imagino que llegó a casa roto, porque lo vi bajar del autobús roto y feliz, como todos, pero con 60 años encima. Pero entre el dolor y la nada, había elegido el dolor. Como el Murcia, el puto Murcia, que una temporada más llega a estas semanas agarrado a la vida para seguir siendo.

Dice La Biblia, que diga bdfutbol.com, que Vicente Mir Arnau mide 1,73 metros, pero Vicente salió de Pasarón convertido en un gigante, en un ser casi mitológico, en el tío más alto de Valencia, al menos. 1,80 mínimo, Vicente, joder; menuda liaste en Pontevedra, Vicente. Dicen que no hay que cambiar lo que funciona, que si va bien algo ni tocarlo, pero sólo si no se tienen cojones, pareció decirnos Vicente en Pontevedra, que casi revolucionó un equipo que funcionaba. Qué tío, Vicente, estudioso de cada rival, de cada campo, de cada detalle. “Hay un jugador con manga larga: vamos a ver cómo influye en el partido”, decía Carlos Salvador Bilardo, y así parece actuar Vicente, con todo tan controlado que sacó en Pasarón un equipo lleno de centrocampistas que funcionó a la perfección, empequeñeció al Pontevedra y contó con el acierto habitual de los dos de arriba. Sólo un penalti inventado, algo quizá tan habitual como el acierto de los de arriba, mantiene viva la eliminatoria. El Murcia dio una alegría al murcianismo, una alegría en primavera, por fin, la primera de un camino tan largo que apetece vivirlo, aunque pueda llegar a doler mucho. Pero no importará, hemos elegido que duela. Como don Francisco, al que imagino decidiendo ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, imagino. Lo que no necesito imaginar, porque lo sé, es el motivo que dio para hacer ese viaje cuando le preguntaron por qué, Paco, por qué a Pontevedra, hombre, por qué. Don Francisco sólo dijo que iba por si le pasaba algo y era la última vez que podía ver al Murcia. Sin más. A veces, detrás de la locura más grande está la decisión más sensata. El dolor antes que la nada. El cabrón de Faulkner y el puto Murcia, que se agarra una temporada más a la vida para seguir siendo.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar (José Ruiz 80'); Javi Saura (Diego Benito 65'), David Sánchez, Armando, Adrián Cruz; Víctor Curto (Elady 86') y Sergi Guardiola.
Goles: 0-1 Víctor Curto (20'); 0-2 Sergi Guardiola (39'); 0-3 Víctor Curto (50'); 1-3 Bonilla (79', de un penalti que pitaron).

Ni dios se raja


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 3 ; Extremadura, 0.
Hay que ser muy imbécil para pensar que una persona es mejor que otra por ser de un determinado equipo de fútbol. Hay que ser muy imbécil, o muy nacionalista, en caso de que no sea lo mismo, para simpatizar con alguien sólo por ser del mismo equipo que tú. ¿Cómo voy a simpatizar con un cretino, por muy de mi equipo que sea? Puedo simpatizar con un hincha de mi equipo, claro, pero también puede que no. Con quien suelo simpatizar siempre, en cambio, es con todo el que quiere a su equipo como yo quiero al mío. Lo decisivo es una manera de querer, en el fondo, más allá de aquello que queremos. Y es una manera de querer en la que hay pasión, hay alegría y entrega, hay respeto y humildad y tenacidad, y, sobre todo, hay incondicionalidad. Hay algo que une a todos los que quieren así a su equipo, sea el equipo que sea; a los que son de un equipo, y sólo de uno, pero, a la vez, son un poco de todos los equipos de fútbol del mundo. De todos los que son queridos así, claro. Imagino a Javier Orive llegando a Murcia en 2004 y mirando sorprendido las maneras de querer más frecuentes de esta tierra, esas maneras de querer a sus equipos tan propias de esta zona de España. Sin dejar de hablar y de opinar, como era él, pero mirando sorprendido el desapego, la distancia; el abandono tras la derrota, o incluso antes de que llegue, para no vivirla; la inconstancia, la prepotencia absurda, el desprecio al rival. Es una manera de querer lícita, como cualquier otra, pero yo prefiero no dedicar ni una línea a los que quieren de esa manera. Imagino a Orive así, aprendiendo Murcia como una esponja, observando Murcia. Orive era de los equipos de su tierra, Vitoria, y de algún otro, pero Orive era sobre todo una manera de querer: apasionada, tenaz, alegre y respetuosa. Sin engaño ni impostura, porque no hay nada más falso que un periodista jugando a ser hincha. No existe el periodismo de bufanda, existe el buen periodismo, el no tan bueno y existe también la mierda esa que tanto se lleva ahora. Pero siempre habrá periodistas que interpretan la realidad, que se atreven a hacerlo, periodistas que sienten y hacen sentir. Orive lo conseguía. Lo escuché mucho, pero lo conocí poco. Aplazamos varias veces el café pendiente que siempre tendremos. Que quede claro que todo es una gran mierda, que no hay consuelo posible cuando alguien se marcha así, a los 45 años y sin avisar. No hay consuelo, pero al menos hay que buscarlo. 

A Orive le hubiera encantado un apasionado como Mir, que frente al Extremadura, en un extraño partido que de pronto parecía sobrar del calendario, reservó jugadores, muchos, pero fue lo único que reservó. Mir fue por el partido como siempre, para no perder la dinámica con la que llegará el equipo a la fase de ascenso y, de paso, para quedar lo más arriba posible. A Orive le hubiera encantado Mir y a Mir le hubiera encantado Orive, su alegría, su valentía, su voz, su contagiosa manera de querer. Orive era de los equipos de su tierra, y por eso, cuando su tierra fue Murcia, fue del Murcia y del CB Murcia. Lo sentía y lo hizo sentir, en los momentos más difíciles de los dos equipos, además. Había observado Murcia, había aprendido Murcia. Sabía de nuestra tendencia al desapego, al abandono, a la inconstancia, y por eso gritó ese brillante #nidiosseraja que desde entonces ha guiado al Murcia. Pero más allá del pescado que regaló, lo mejor de Orive fue que enseñó a pescar. Enseñó a querer a toda una generación de murcianistas, e incluso diría que también mostró otro camino a toda una generación de periodistas murcianos. Que quede claro que todo es una gran mierda, que no hay consuelo posible. Pero al menos hay que buscarlo. Hace un año, volviendo de Toledo, nos enteramos de que Orive se había ido para siempre, pero esta semana nos vamos a Pontevedra, a intentarlo de nuevo, y tenemos la sensación de que Orive viaja con nosotros, en cada autobús, en cada murcianista, su pasión, su voz, su alegría, su constancia. La sensación de que, aunque no haya consuelo, se le echa tanto de menos, se le recordará tanto, que Orive se queda para siempre y nos va a acompañar hasta el final.

Real Murcia: Diego Rivas; José Ruiz, Morante, Borja Gómez, Alberto López; Alarcón (Diego Benito), Saura, Adrián Cruz, Rubén Ramos (Andrés); Elady y Guardiola (Curto).
Goles: 1-0, Rubén Ramos (31'). 2-0, Guardiola (37'). 3-0, Curto (84').

Un pesado


Alejandro Oliva [@betandtuit]

La Roda CF, 0 ; Real Murcia, 4.
En La Roda me tocó un pesado a mi lado. Un pesado de los buenos, un pesado de categoría, un palicero, un plasta. La Roda estaba marcado en rojo desde hacía meses como el desplazamiento perfecto, y todo estaba preparado con mimo durante la semana previa para que nada saliera mal en el primer viaje de mi hijo como hincha. Y allí estaba Martín, en La Roda, con su camiseta del Murcia y el pelo algo revuelto, felizmente inconsciente de la importancia del partido. Pero todo se viene abajo si justo antes del pitido inicial se sienta un pesado a tu lado. Es algo que también puede sucederte en el tren, en la mesa de una boda o en la vida. Este era uno de esos tipos que lo saben todo, pero que sin embargo también lo preguntan todo, y a continuación, como lo saben todo, se responden a todo. Un pesado de categoría, vamos. Pero con fundamento, acaso como todo buen pesado. Había visto al Murcia de los 80 y al de los 90; había vivido el fútbol como locutor y como jugador de Tercera; como empresario y hasta como camillero. Estaba convencido de que La Roda estaba primada, pero, como buen pesado, también parecía dispuesto a expresar lo contrario. Era un pesado de categoría, pero de pronto, su discurso basado en que nadie podía darle lecciones de murcianismo -nadie quería dárselas, por otro lado- fue, además de pesado, sincero: él no había estado siempre, él estaba en La Roda viendo al Murcia en Segunda B pero, en más de una ocasión que no especificó, había abandonado al Murcia. Y entonces señaló la grada lateral, completamente teñida de grana el domingo, y dijo algo con sentido: el Murcia seguía vivo porque ellos nunca habían fallado. Después justificó sus ausencias -Garrido y Samper, el maltrato a la afición, los disgustos-, pero yo ya no podía dejar de mirar hacia aquella grada teñida de grana. Y pensé en esos tipos que en los últimos años se han montado en su coche con su bandera y la han colocado en Langreo o en Coruxo; en Villaviciosa, en Tanos, en Melilla; en Astorga, Arroyo de la Miel o Lepe. En verano o en invierno; con nada o con todo en juego. Cuando no era uno era otro, imagino, pero jamás ha estado el Murcia solo, en un gesto auténtico, casi rebelde, de esos que no sirven para nada pero significan mucho.

El partido en La Roda fue mucho más duro de lo que el pesimista más cenizo podía imaginar. Como también sucede en el tren o en la mesa de una boda, nos había tocado enfrente un pesado, un equipo fuerte que apenas dejaba jugar. Mir repitió el 4-4-2 más clásico y al Murcia volvió a costarle llegar, como en Jaén o en Sanlúcar, hasta el punto de que ya antes del descanso el míster reaccionó y metió en el campo esa chispa que aporta Elady. En el descanso había preocupación en la grada, porque no sólo faltaban goles, faltaban ocasiones. Nadie había contemplado no ganar en casa del colista ya descendido. Y entonces, como para darle la razón al pesado, apareció para mantener vivo al Murcia uno de los que nunca falla. Armando Ortiz Abellán había buscado ese gol durante todo el año, más suelto en ataque esta temporada, siempre atento al disparo desde fuera del área, pero tuvo el acierto de colocarla dentro, imposible para el portero, justo en La Roda. Armando siempre está. Armando ha sido objeto de un debate absurdo, porque no admite discusión. Armando ha jugado más de 30 partidos de mediocentro en las últimas cuatro temporadas en Segunda B y ha sido segundo con La Hoya en el grupo IV, segundo con el Murcia en el grupo I y en el IV, y segundo, tercero o cuarto este año con el Murcia, de nuevo en el IV. Y más allá de los números, la sensación de que cuando Armando no juega es más fácil que el Murcia pierda. Armando abrió la lata y después todo fue más fácil. El partido se convirtió en un homenaje a esa grada teñida de grana que cantaba ese que sí, joder, que vamos a ascender tan imposible para algunos hace un par de meses. Un homenaje a esa afición desplazada, a los que nunca han fallado pero también a los que alguna vez han abandonado. Por la noche se confirmaba que estaremos entre los cuatro primeros, que el Mérida no nos podrá alcanzar gracias a aquel 2-0 de agosto del Murcia de Jon Iru y Borjas. El Murcia es de los que nunca fallan y de los que alguna vez abandonaron, el Murcia es de todos los que han sumado, cada uno a su manera, a mantener vivo el escudo. Quizá se lo comente al pesado, al que terminé por cogerle cariño, si vuelvo a verlo alguna vez. Quién sabe. Se levantó tras el cuarto gol, me ofreció un miguelito para Martín, me dio un abrazo y se marchó para evitar el atasco de la salida. Faltaban diez minutos, pero el partido había terminado. Sólo quedaba escuchar de fondo, junto a Martín, con su camiseta del Murcia y su pelo algo revuelto, cómo la grada entonaba ese cántico tan imposible para algunos hace un par de meses. Que sí, joder. Que vamos a vivir.

Real Murcia: Simón, Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Rayco (Diego Benito, 73'), Roberto Alarcón (Elady 35'); Sergio Guardiola (Adrián Cruz, 79') y Víctor Curto.
Goles: 0-1, Armando (57'). 0-2, Elady (64'). 0-3, Elady (65'). 0-4, Diego Benito (83').


La rutina

George Clooney interpreta al capitán Billy Thyne en La tormenta perfecta

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Atlético Sanluqueño, 1 ; Real Murcia, 3.
«La niebla se levanta. Y entonces sueltas amarras. Sales del canal sur, pasas por Rocky Neck, cerca de la Isla Ten Pound. Te acercas a la altura del estanque Niles, donde yo patinaba de crío. Haces sonar la sirena y saludas al hijo del farero de la Isla Thatcher. Luego aparecen las aves: las gaviotas de espalda negra, las gaviotas argénteas, los pelícanos. Sale el sol, y navegas rumbo al norte. Navegas a toda máquina. Los chicos faenan y tú estás al mando. Eres patrón de un maldito barco de pesca. ¿Hay algo mejor en el mundo?». Lo dice el capitán Billy Thyne poco antes de sufrir La tormenta perfecta y lo dice tan bien que dan ganas de embarcarse con él donde sea. Hay algo extraordinario en lo ordinario cuando se repite una y otra vez, hay belleza en la rutina. Preparar el desayuno del fin de semana o dar un determinado paseo diario tiene el misterio de lo sencillo, algo sólido que nos ayuda a seguir adelante en un mundo frágil, a sobrellevar nuestro destino, o a olvidarlo, tal vez. Esa rutina envuelve al hincha semana tras semana durante toda la temporada, en un ritual que se acentúa en los partidos decisivos. Nos levantamos pronto e inquietos, vamos al baño con más frecuencia, comemos nerviosos y bebemos más que de costumbre, apenas podemos dormir la siesta. Pensamos en el once mientras nos ponemos la bufanda. Llega mayo y el sol se extiende más allá de la tarde, hasta el pitido final. Es la luz de los partidos a vida o muerte, una luz que parece inyectar optimismo. Entramos al campo y el ruido de la grada nos deja la mente en silencio. Deseamos que empiece. Y que no termine de empezar nunca. En las miradas de los compañeros hay esperanza, hay miedo, hay pasión, hay tragedia. Es uno de esos partidos que te quitan y te dan la vida. Juega nuestro equipo. ¿Hay algo mejor en el mundo? 

Vicente Mir, el patrón de nuestro maldito barco de pesca, optó por repetir equipo en el escenario más difícil. Sanlúcar olía a primera final de verdad. Y olía bien al principio, aunque luego lo vimos mal, pero con el penalti bien de nuevo al descanso, hasta su empate, cuando lo vimos perdido. En efecto, era uno de esos partidos que te quitan y te dan la vida. Quedaban 20 minutos y el futuro de este Murcia 2017 parecía quedarse en El Palmar de Sanlúcar de Barrameda. Pero cuando ya sólo planeaban miedos, dudas sobre la intensidad y otras lamentaciones, volvió a aparecer Guardiola. A veces, los cojones y la garra de todo un grupo se juzgan por la precisión de un delantero: así funciona la justicia y la ira de las aficiones. El Murcia ganaba en Sanlúcar y de pronto, como en La tormenta perfecta, todos los elementos se han reunido para creer. Los hombres del tiempo, que llevaban todo el año pronosticando lluvias, están optimistas, casi eufóricos: el Murcia es candidato, incluso el mejor candidato, el calendario es fácil, el Murcia puede ser segundo, el campo se llenará en playoffs y ningún rival de otros grupos da miedo, el Murcia es el Murcia, el Murcia ha vuelto, el Murcia llega y llega como hay que llegar. Los hombres del tiempo son optimistas, pero para el hincha el ritual será el mismo en estos partidos que te quitan y te dan la vida. La niebla se levanta y soltamos amarras, hacemos sonar la sirena, saludamos al hijo del farero y navegamos a toda máquina. Pensaremos en el once mientras nos ponemos la bufanda. Llega mayo y el sol se extiende más allá de la tarde, hasta el pitido final. Es la luz de los partidos a vida o muerte. Juega el Murcia. ¿Hay algo mejor en el mundo?

Real Murcia: Simón, Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Rayco, Roberto Alarcón (Elady, 74'); Sergio Guardiola (Alberto López, 90') y Víctor Curto (Borja Gómez, 85').
Goles: 0-1 (Víctor Curto, 38'), 1-1 (Mawi, 70'), 1-2 (Sergio Guardiola, 80'), 1-3 (Rayco, 83').