Correa: "En el Murcia ya no hay exigencia ni presión"


LM Valero

No sé qué esperábamos exactamente de 1990, si es que llegamos a esperar algo. Supongo que esperábamos mejorar, a palo seco. El Murcia efectivamente mejoró, porque ese año se trajo de Peñarol a un uruguayo de 22 años, lo puso delante de la defensa y por allí no pasó nadie durante tres años. Desde 1990 hasta 1993, Carlos Gabriel Correa Viana se aseguró de que no ocurriera gran cosa en su jurisdicción, dispérsense, no hay nada que ver aquí. "Qué tres metros tenía", recuerda mi padre. "Te encimaba, te comía hasta que te la quitaba". Pero hacía unas cuantas cosas más. En el mismo club que hoy se afana por renovar a delanteros que meten cuatro o cinco goles en una temporada, Gabi Correa anotó siete tantos como mediocentro defensivo, en la 92/93. Para esta entrevista habíamos quedado a las 6 de la tarde, pero cinco minutos antes Gabi ya estaba allí. Él llegaba antes que el resto dentro de un terreno de juego, y parece que sigue haciendo lo mismo fuera. Iba en pantalón corto, con camiseta, y se le veía fresco, no excesivamente golpeado por el calor criminal de Murcia. Fuimos al Bar Ficciones, y allí se pidió sin demasiadas dudas un granizado de limón.

Naces en 1968. ¿Cómo es la infancia de un niño aficionado al fútbol en la Uruguay de los 70?
En Uruguay el fútbol te acompaña desde que naces. En los primeros años de vida ya estás rodeado de un entorno de mucho sentimiento por este deporte, y de mucha exigencia. Te vas haciendo futbolista desde muy pequeño, porque asimilas mucha información, lo escuchas y observas todo, te empapas de ese sentimiento a través de tus padres, tus abuelos, tus amigos, tus tíos... Por ejemplo, si están televisando un partido de la selección, de Peñarol o de Nacional y eres un niño, ya te das cuenta de que tus abuelos o tus padres demuestran sentimiento y fanatismo. El hecho de ser competitivo nos viene desde muy temprana edad. Lo vamos mamando poco a poco. 

¿Allí el fútbol lo impregna todo?
Sí. El fútbol está en todos sitios. Está en tu casa, en la calle, en el colegio. Allí son comunes las reuniones familiares para ver un partido. El fútbol es la excusa para reunirse, el vínculo, y en esas reuniones están todos pendientes del fútbol, tanto los hombres como las mujeres. En cuanto a fanatismo, las mujeres no se quedan tan atrás como uno pudiera pensar. Es verdad que ahora hay más distracciones, más tecnología, más diversiones, pero en Uruguay se mantiene la pasión por el fútbol. Cualquier español que estuviera en Uruguay y presenciara un partido de niños de cinco o seis años vería un nivel de exigencia al que no está acostumbrado. El entorno familiar te presiona para que seas el mejor, y eso se transmite antes, durante y después del partido. Aunque seas niño, el entorno te exige que seas competitivo.

Hay más hambre
Todos te exigen que seas ganador, que metas el pie, que seas más agresivo, que asumas más responsabilidades, y eso te va formando. Durante el partido escuchas a tus padres y a tus abuelos gritando: "¡Hay que meter, hay que pelear, hay que trabajar!". Van forjando tu carácter. Por eso cuando Uruguay llega a un Mundial, disimula mucho mejor sus carencias y son muy competitivos: porque nos educan así desde pequeños. Ves que tu abuela es igual, que tu madre es igual, tu hermana es igual. Son todos así. Quieras o no, al final te haces ganador. Además, si no te haces ganador, al final del partido se ríen de ti, y llega tu padre y te echa la bronca por no haber dado la talla, y eso un partido tras otro. Somos jugadores con mucha garra y mucho sentimiento. Yo era muy tímido cuando empecé en el 'baby fútbol', que es como el actual fútbol-7, y me costó mucho por esa timidez. Pero a partir de los seis o siete años cogí una seguridad y una confianza que hizo que me fuera soltando.

¿Influyen las circunstancias económicas para estimular esa afición?
Sí. Uruguay es un país con pocos recursos económicos, yo mismo vengo de una familia humilde, trabajadora. En mi época no teníamos todo lo que se tiene ahora, y nuestra mayor alegría era el balón, buscar la manera de conseguir un balón para juntarnos los hermanos, los primos, los vecinos, los amigos del barrio. Desde los cinco o seis años ya salíamos a competir con otros barrios, y eso sigue pasando allí. Precisamente por eso hemos dado siempre tantos futbolistas y de tanto nivel, con una población que no llega a los 4 millones de habitantes. Hay una formación muy inicial, desde muy pequeño y muy inculcada por el entorno, y eso hace que salgan muchos futbolistas.

Cuando ahora ves a tantos niños rodeados de tecnologías: ¿Crees que los tiempos han empeorado?
Son otros tiempos, pero en Sudamérica seguimos sin tener las posibilidades que se tienen en Europa. Allí hay que hacer muchos sacrificios para tener algunas comodidades. Es verdad que la juventud en Europa se ha vuelto demasiado cómoda. Tienen el fútbol como un hobby, no como un trampolín y como una opción seria para alcanzar dinero, prestigio o reconocimiento. En Uruguay, la posibilidad de convertirte en futbolista para prosperar sigue siendo prioritaria. Sabes que si te haces futbolista, puedes ganarte la vida y ayudar a tu familia. 

¿Crees que los españoles tenemos una idea clara de lo que es Uruguay?
Los españoles desconocen Uruguay. Sí tienen la referencia de que el uruguayo es competitivo y ganador, pero hay algo mucho más profundo, y es que se te forma como deportista desde muy temprana edad. Para conocer realmente Uruguay hay que estar allí, comprender las limitaciones económicas que existen, las carencias de los clubes, la pobreza que viven muchos niños que intentan ser futbolistas.

¿Cómo le explicarías a un español la diferencia futbolística entre Uruguay y Argentina?
Siempre nos han intentado igualar. Habrá gente que pueda pensar que Argentina ha estado por encima de Uruguay en términos de carácter, pero yo creo que no. La formación del jugador argentino es similar a la nuestra, pero la uruguaya es más exigente. La formación del carácter en Uruguay es más contundente, más agresiva que la argentina. Creo que estamos por encima de ellos.

¿Nunca te planteaste regresar a Uruguay a vivir?
No. Pensaba en regresar a Uruguay cuando llegué a España, en 1990, pero con el paso del tiempo ves que volver allí sería retroceder. Además, ha ido a peor, con muchos problemas económicos y de delincuencia, mientras que en España se vive muy bien, es un país tranquilo y con mucha calidad de vida. Mis hijos nacieron en España y ya me empecé a plantear las cosas de otra manera. Mantengo un contacto permanente con la familia que tengo en Uruguay, y me decían que había muchos problemas allí, que no era aconsejable que volviera. En los últimos años de mi carrera debatí con mi mujer la ciudad de España donde queríamos vivir, y decidimos que era Murcia. Hemos acertado, no me arrepiento.

¿Vestir la camiseta de Uruguay es el mejor recuerdo de tu carrera?
Sí. Empecé mi etapa en las categorías inferiores de la selección en 1985, con un campeonato sudamericano sub-18 en Paraguay. Tenía 16 años y era el jugador de menos edad de todo el grupo. Después jugué el sudamericano sub-18 de Colombia de 1987. Fuimos cuartos y completé un gran torneo. Tabárez se convirtió en seleccionador absoluto y dio continuidad a buena parte de ese equipo, así que a finales de 1988 llegué a la selección absoluta, y coincidí con Francescoli y Rubén Sosa. En 1989 jugamos la final de la Copa América de Brasil, precisamente contra los anfitriones, la Brasil de Romario y Bebeto. Perdimos 1-0. Habíamos eliminado en semifinales a la Argentina de Maradona.

¿Qué recuerdo tienes de Francescoli?
Mucha gente me pregunta por él, pero Francescoli fue un jugador muy criticado en Uruguay. A día de hoy sigue siendo un jugador muy reconocido en River Plate, donde dio su máximo nivel, pero en la selección nacional nunca marcó diferencias. A pesar de ser un jugador importante, nunca estuvo a la altura que se esperaba de él. Si me das a elegir entre Francescoli y Rubén Sosa, elijo a Rubén Sosa. Cuando coincidí con Sosa, estaba en su apogeo, con 22 o 23 años. Estaba a un nivel altísimo, e hizo cosas muy importantes. Era muy desequilibrante. Ahí está su trayectoria, con muchos goles en Zaragoza, Lazio o Inter de Milán.

Jugaste el Mundial de Italia 90, con un 0-0 en el partido inaugural contra España en el que sales en la segunda parte y en que precisamente Rubén Sosa tira fuera un penalti
Me acuerdo mucho de ese penalti, quién sabe qué hubiera pasado si llega a entrar. Merecimos ganar, fuimos superiores, y el partido inaugural marca mucho la trayectoria en el Mundial. Si no ganas ese primer partido, ya vas en deuda. A continuación perdimos contra Bélgica, y finalmente ganamos a Corea del Sur y logramos clasificarnos para octavos, pero nos eliminó Italia. A veces he comentado con ex compañeros que nos pasó factura la excesiva preparación para el Mundial. Fue una preparación tremenda en cuanto a partidos amistosos: ganamos en Londres a Inglaterra, empatamos en Alemania, empatamos en Italia... Fue demasiado desgaste mental, porque además de jugar contra esos rivales, llegamos a Italia un mes antes de la competición. Eso generó un desgaste psicológico y físico, y pasó factura.

Explícale a un murciano de 20 años cómo jugaba Gabi Correa
Yo era un 5, un perfil tipo Casemiro, el centrocampista por delante de la defensa de Uruguay de toda la vida. Me gustaba robar el balón y jugarlo rápido, aunque también tenía llegada al área. Era muy contundente en la marca, y técnicamente iba bien. Tenía la virtud de ser muy agresivo en la presión, y con mucho recorrido físico. De vez en cuando me decían que era leñero, pero no. Alguna patada habré dado, pero yo era más bien contundente en la presión, y a veces había contacto con el rival. Yo era el que sostenía esa línea del centro del campo, por delante de una línea de cuatro defensas. En mi etapa juvenil era un jugador mucho más llegador de lo que luego fui en Europa. Los entrenadores comenzaron a fijar mi posición.

¿En qué jugador de tu generación te fijabas más?
En Fernando Redondo. Era un jugador de recorrido, con mucha técnica y muy bueno defensivamente. Fuimos rivales en juveniles, en el sudamericano de Colombia de 1987. Me fijaba mucho en el aspecto táctico de los jugadores. En Uruguay aprendí mucho de jugadores mayores que yo que no eran importantes, pero sí brillantes a nivel táctico. Me gustaba mucho fijarme en cómo cerraban cuando un central caía a banda, en cómo hacían las coberturas, en cuándo decidían entrarle a un rival y cuándo aguantar la posición... Eso me enseñó mucho.

El puesto de mediocentro no debe ser fácil
El que trabaja mucho esa posición tal y como se hacía antes es el Cholo Simeone. A los dos medios les obliga a juntarse mucho, en la línea de cuatro. Uno de los dos siempre está ahí, y si son los dos, mejor. Creo que el Cholo tiene muchas cosas de la vieja escuela. A nivel táctico, antes se trabajaba mejor que ahora. Todo era más ordenado, se sabía cuándo hacer una falta, y cuándo no. Uno de los problemas que hay en el fútbol europeo y español es la falta de tiempo para la formación del chaval. ¿Somos honestos de verdad con los chavales? Mucha gente se queda en el camino por falta de formación. Cuando vas al colegio, si no tienes una buena maestra, lo mismo no llegas más arriba, y en el fútbol pasa algo parecido. Muchas veces, los chavales se encuentran con limitaciones y un techo que no pueden superar por falta de formación, y la culpa la tenemos los entrenadores.

¿Qué es lo que no les enseñan?
No les enseñan a cerrar, a despejar bien, a manejar las dos piernas, a bascular, a defender correctamente... El fútbol moderno es muy bonito, todo está muy bien organizado, pero hay cosas menos bonitas que deberían seguir trabajándose, porque son fundamentales para la formación del futbolista. Si no manejas esos conceptos, te terminas quedando por el camino. Nos estamos limitando mucho a hacer lo que está planificado, y ya está. Decimos: bueno, hoy toca hacer esto en el entrenamiento, pero en ese entrenamiento pasan muchas cosas que el entrenador no puede dejar pasar. Debes corregir constantemente, porque si no corriges en etapas de formación, a lo mejor el chaval va a ir cumpliendo años y se va a chocar contra un techo. En categorías más exigentes habrá un entrenador que terminará por no contar con él porque no sabe cerrar, o no maneja conceptos tácticos básicos que deberían haberle enseñado antes. El jugador se desanima, le dan la baja, se va a otro sitio... y no llega a ser futbolista, cuando a lo mejor tiene las condiciones para ello. Muchos jugadores se quedan por el camino por la falta de preparación de los entrenadores de fútbol base.


¿Llevabas bien las previas de los partidos?
Uno de los problemas que tuve en mis últimos años de carrera es que no podía dormir el día de antes del partido. Yo le daba muchas vueltas a la cabeza, antes de jugar. Imaginaba todo lo que podía pasar, pensaba en el rival, en cómo podría salir el partido. Y eso hacía que no pudiera coger el sueño y llegara con mucha fatiga a los partidos. Llegué a tomar relajantes y a cambiar la alimentación, pero aun así me siguió costando dormir.

El portero le da el balón al central, y el central se lo da al lateral. ¿Qué haría un equipo tuyo a partir de ahí? 
Mi idea es jugar bien al fútbol, pero jugar bien al fútbol no quiere decir que uno deba jugar obligatoriamente a ras de suelo. Debes tener variantes y alternativas para superar al rival. Como entrenador, siempre marco ejercicios para automatizar que mis jugadores jueguen bien al fútbol. A partir de ahí, habrá momentos en los que tengas más oposición y otros en los que tengas menos. Con poca oposición, se puede circular el balón, pero cuando tienes una oposición real enfrente, debes buscar otras opciones para ganar metros y que el rival no te robe la pelota en zonas peligrosas. Ahora está de moda que los centrales se pongan al lado del portero a sacar el balón jugado, con el pivote al borde del área. Muchos equipos no tienen calidad técnica para hacer eso y lo intentan igual. No estoy de acuerdo. Si no tienes nivel para ese juego, hay que buscar otro tipo de fútbol, sin perder la esencia. Te tienes que adaptar a lo que tienes. Puedes partir de una idea de fútbol combinativo, pero a lo mejor no tienes los jugadores para ello, y el rival enfrente puede impedirte ese tipo de juego. Así que tienes que amoldarte.

¿Crees que ahora se vende mucho más humo en el fútbol que en tu época?
Mucho más. En Uruguay decimos que ahora hay mucho más 'color'. Las redes sociales, el marketing, todos esos vídeos preparados, las planificaciones tan bonitas, ejercicios muy modernos de los entrenadores... Ahora hay mucha labia. A la gente que tiene mucha labia me gustaría verla trabajar en el campo. Me gustaría decirles: ven, vamos al campo, a ver si aprecias los errores que comete el equipo, a ver si los corriges... A priori todo es muy bonito, es gente que se expresa muy bien, pero luego está la realidad, la competición, que es muy diferente. Ahí ya no vale vender humo ni tener labia.

¿Cómo recuerdas tu llegada a Murcia para la temporada 90/91, la del frustrado ascenso contra el Deportivo y el Zaragoza?
Mi primera impresión de la ciudad fue que hacía muchísimo calor. Llegué en julio, y la ciudad me encantó. Me pareció pequeña, mucho más pequeña que ahora. No existía La Flota, Ronda Sur, muchas zonas que hay ahora. Comencé a vivir en el barrio del Carmen, junto a la iglesia. Cruzaba todos los días andando el puente de hierro para entrenar en La Condomina. No había nadie en la ciudad. Entonces eran veraneos de dos meses, la gente se iba en julio a la playa y no volvía hasta septiembre. Pasé mal el calor, pero me encantó la tranquilidad y la limpieza de la ciudad. No me pareció agobiante. Pasados los años, noto que la ciudad ha mejorado y ha crecido. 

¿Por dónde solías moverte en Murcia, y con quién?
Solíamos ir a un bar llamado El Cornijal, en Ronda de Levante. También era sagrado tomarse la cerveza en el Romero, después de los entrenamientos en La Condomina. En mi pandilla iba con Juan Ramón Comas, Aquino, Eraña, Juanito, Manolo Zambrano... Éramos cinco o seis que nos juntábamos después de los partidos y a dar alguna vuelta por ahí.

¿Cómo recuerdas La Condomina?
Recuerdo especialmente la promoción de ascenso de esa temporada 90/91 contra el Zaragoza, en la que el campo estaba a reventar. No he visto nunca La Condomina así. Durante la temporada venía casi siempre la misma gente: entre 5.000 y 8.000 personas. Esos no faltaban nunca. Pero el día del Zaragoza habría 12.000 personas o más, y se notaba una presión tremenda. Daba gusto jugar así. Empatamos a cero, pero merecimos ganar al menos 1-0. Y en el partido de vuelta en Zaragoza nos pasaron por encima, porque tenían un gran equipo.

Llegamos a esa promoción ya de capa caída, tras la derrota en La Coruña
Fue culpa nuestra. Perdimos en Elche y en Las Palmas antes de ir a La Coruña. En la recta final sólo le ganamos al Bilbao Athletic en la penúltima jornada. Quizás el entrenador, Felipe Mesones, tuvo parte de responsabilidad por no gestionar mejor el vestuario, pero la gran responsabilidad fue de los jugadores. La primera vuelta fue tan impresionante y con tanta diferencia respecto a los demás equipos, que nos relajamos. Nos dejamos ir. Y a veces, cuando te dejas ir, ya no puedes recuperar el nivel de antes y reengancharte. 

En la 91/92 también hubo sabor amargo, por el descenso a Segunda B en los despachos
Esa temporada estuve fatal del pubis. Lo que más me afectaba era el descanso de los partidos, porque me enfriaba y me costaba muchísimo arrancar las segundas partes. Cuando terminaba los partidos, me iba a mi casa y no podía casi ni andar. Me sentaba en el sofá y no podía levantarme. Lo que pasa es que estábamos en plena competición, nos jugábamos la permanencia y forcé la máquina. Sólo cogí el ritmo al final de temporada. Fue un año complicado: comenzó de entrenador Fernando Morena, y luego vinieron Naya y Peiró. Hubo miles de problemas de todo tipo. Salvamos la permanencia en el campo pero nos descendieron por motivos burocráticos. Yo quería salir a otro equipo pero me quedaba un año más de contrato y el presidente, Juan Garrido, no me dejó irme. Me quedé en Segunda B, pero teníamos un equipazo, y en esa 92/93 ascendimos en la liguilla contra Barakaldo, Getafe y Granada.

Acaba tu etapa en el Murcia y te vas al Valladolid, en Primera
No me fue bien deportivamente, y además no me adapté a la ciudad. Valladolid era lo contrario a Murcia. También influyó que estuve muy condicionado por las lesiones ese año, con problemas de rector anterior. Estaba muy desanimado, y lo pasé mal, a pesar de que era Primera División. Echaron muy pronto a Felipe Mesones, que era el entrenador, y lo sustituyó Moré. Contaba conmigo pero no podía jugar por las lesiones, y nunca cogí la forma. Nos salvamos en la promoción de permanencia contra el Toledo, pero después no contaron conmigo y me fui al Mérida, que fue el equipo que se interesó por mí.

¿Cómo fueron esos años en Mérida?
Al principio tenía dudas. Era una ciudad más pequeña que Murcia, no tenía claro dónde me estaba metiendo. Y resulta que en esas cuatro temporadas tuve la suerte de vivir la mejor época de la historia del Mérida. La primera temporada subimos a Primera, la siguiente bajamos a Segunda, después volvimos a subir a Primera y la cuarta y última temporada volvimos a bajar. El primer ascenso fue con Kresic, y el segundo con Jorge D'Alessandro. Una de nuestras figuras era Quique Martín, y también Sinval. No me arrepiento de haber dado ese paso, porque además hice amigos para toda la vida. Se vive bien en Mérida. Es una ciudad para tener familia, para estar casado. Si estás soltero es un poco pequeño. 

¿Crees que hemos bajado todos el listón de exigencia con el Murcia? 
Sin duda. He ido a Nueva Condomina muchos partidos, y he comprobado cómo ha desaparecido la exigencia. Antes la gente era mucho más exigente con el futbolista. Antes, el jugador hacía un mal partido, le cambiaban, y la gente le silbaba. No sé si eso era bueno para el futbolista, pero la gente transmitía un cierto malestar, transmitía que no le daba igual lo que pasara. Ahora el jugador se acomoda, porque no le exigen demasiado. Primero tiene que haber gente dentro del club que te apriete, y te apriete de verdad, porque te está pagando, tienes un contrato y debes dar el máximo. Yo he visto a este Murcia de los últimos años renovar a gente que no ha jugado. Aquí se ha renovado a jugadores con un nivel medio o medio-bajo. Hombre, para renovar tienes que haber dado un año o dos años muy buenos. Ahora se renueva muy fácil. 

Y no se puede exigir a todos lo mismo
Cuanto más ganas, más te tienen que exigir. Se ha dejado de lado la exigencia en relación al contrato. Si yo gano diez y tú ganas cincuenta, tenemos que rendir los dos, pero tú un poco más. 

¿Te parece que el entorno aprieta al equipo?
Ya muy poco. Por ejemplo, la prensa. Yo a veces he hablado con futbolistas del Murcia y les he preguntado: díganme, ¿Ustedes se sienten presionados aquí? Pero si La Verdad no dice nada... Pero si La Opinión no dice nada... Tú vas a Sevilla u otras ciudades, y allí sí que te aprietan, y se te echan encima si no rindes. ¿Pero en Murcia? En el Murcia ya no hay exigencia ni presión, ni de parte de los medios, ni de parte interna del club, ni de parte de la afición. Debería ser un club con presión importante para ascender. Yo he ido a muchos partidos, he visto que el equipo jugaba fatal y no pasaba nada. Es necesario que los propios jugadores sientan que cuando no dan el nivel, la gente les aprieta, porque están en el Real Murcia.

El anterior director deportivo del Murcia, Pedro Cordero, dijo en su despedida una frase que me resultó curiosa: "En cuanto le das excusas a un futbolista, suelta el pie del acelerador"
Así es. Te acomodas rápidamente, en el fútbol y en la vida. Lo difícil es mantener lo otro: apretar, currar todo el rato. Por eso es tan importante estar encima, para que no baje el nivel.

¿Crees que te faltó suerte para estabilizarte en Primera?
No tuve suerte, pero a veces eso va unido a factores que se te escapan, como las lesiones o el tener la confianza del entrenador. En Mérida jugué bastante y a buen nivel, pero el equipo descendió. A veces me he preguntado qué hubiera pasado si el Murcia hubiera subido a Primera en esa temporada 90/91, con 22 años y sintiéndome muy fuerte. Pero eso nunca lo sabré. 

Mantenedores


LM Valero

Cargador de la cámara de fotos, 1; Antonio, 2
El jefe de mantenimiento, Antonio, arregló ayer contra todo y contra todos el cargador de una cámara de fotos que quería morirse, en un duelo que queda ya para la historia. La cámara impuso su ley desde el primer minuto: no cargaba, y no cargaba, y no cargaba. Cuando determinados mecanismos se empeñan en la muerte, es prácticamente imposible doblar su voluntad. Sólo se puede esperar que el partido acabe pronto, pero Antonio quiso luchar. Lo saqué de otros mil líos, le convoqué para este partido casi abusando de su confianza, y una vez vestido de corto iba a darlo todo. El problema es que había en este caso una tozudez incluso radical en ese cargador: un suicidio de circuitos, ya no quiero seguir vivo, ya no quiero ayudarte a que cargues esa cámara, déjame fallecer y déjame por tanto ganar el partido con mi muerte, déjame que esta vez los robots venzan a los humanos. Yo me rendí muy pronto, desde luego, y di por muerto a ese cargador ya desde el inicio. Pero Antonio, el jefe de mantenimiento, se mantuvo, y representó a la humanidad con la dignidad de un héroe griego. 

Intentarlo cinco minutos y desistir va conmigo, pero no con Antonio. Yo le decía: déjalo, hay que saber perder, y Antonio sólo callaba por fuera, mientras que por dentro seguramente me despreciaba. Antonio se aferró. Antonio invadió mi espacio personal sin miramientos, llenó mi mesa de cachibaches, se tomó todo aquello como una cuestión personal de la que dependía mucho o incluso todo en nuestras vidas. Desperdigados por todas partes había medidores de electricidad de colorines, herramientas inventadas en 2018 y otros utensilios indescifrables para todos los ajenos al mantenimiento: realmente había que arriesgarlo todo para conseguir lo imposible. Cuánto tiempo le dedicaste a ese cargador, Antonio, incluso percibiendo que yo ya lo daba todo por perdido y que ni siquiera miraba el partido. ¿40 minutos? ¿50? Cuántos experimentos hiciste para comprobar científicamente dónde estaba el problema, si en la batería, si en el cable, si en la conexión USB. No quiero ensalzar solamente la determinación: hubo coraje pero también hubo delicadeza, porque sólo con voluntad no era posible ganar ese partido. Ese cargador quería morirse y efectivamente se murió, así que para traerlo del más allá de los cargadores se necesitaban muchas cosas: Antonio las puso todas. Ya la derrota habría sido digna, pero la victoria fue gloriosa. En los últimos minutos del partido, cuando ya todo el público se había ido a casa masticando la derrota, Antonio anunció muy bajito, sin darse importancia, que el cargador estaba arreglado. Qué sorpresa debió sentir ese cargador cuando viese a Antonio en el cielo de los cargadores, un humano loco dispuesto a rescatarlo de allí. Qué absoluta perplejidad. Antonio no subrayó su mérito en absoluto, y tampoco afeó mi rendición instantánea. Ni siquiera detalló dónde había estado el problema, o qué tecla había tocado para la resurrección. Simplemente informó de que ese aparato volvía a estar operativo, y que seguía en plantilla. Antonio no iba a dejar atrás a uno de sus aparatos así como así, y efectivamente lo dejó adelante, al fin y al cabo. "Eres el Mozart del mantenimiento", le dije, pero Antonio no respondió, porque no tiene tiempo para tonterías así. Simplemente salió de aquella habitación y se dirigió a su próximo partido. Le convocan a menudo: siempre hay algo que mantener, contra todo y contra todos. 

Mantenimiento: Antonio.
Goles: 1-0 (Cargador, 1'); 1-1 (Antonio, 90'); 1-2 (Antonio, 92').

El club de los poetas muertos


Oliva B (@beandtuit)

Las Palmas, 1; Real Murcia, 2.

“Esta jugada es aparentemente inocente, pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García”. Así empezaba la narración de un gol del Murcia en Las Palmas en la temporada 80-81 que se convirtió, contra todo pronóstico, en uno de los sonidos de nuestra infancia. “Al poste y a gol”, continuaba el cronista canario, mientras el balón entraba en aquella portería del viejo Insular. “Véanlo repetido, porque es un gol perfectamente colocado”, decía el tío, el mítico locutor del centro territorial de TVE en Las Palmas, con un acento canario tan bonito que hacía aún mejor el golazo de Chuchi. “Esta jugada es aparentemente inocente”, repetíamos mi hermano y yo, echando una pachanga en el pasillo, o en mitad de una mirinda cualquiera. “Pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García”, nos decíamos uno a otro, sin ningún motivo, al doblar cualquier esquina, con una sonrisa cómplice. “Porque es un gol perfectamente colocado”, y aquella narración entró de lleno en la lengua de nuestra infancia, en esa jerga única que nace entre hermanos y configura su mundo propio. Aquel gol era parte de una maravillosa crónica de Estudio Estadio de abril de 1981 (Las Palmas 1- Real Murcia 2) que memorizamos de tanto verla, junto a otros resúmenes de partidos del Murcia del final de aquella temporada. Eran muy buenas algunas de aquellas piezas, auténticos relatos narrados por periodistas con alma de poeta, pero si mi hermano y yo nos sabíamos bien esas crónicas, y casi que las podemos seguir repitiendo hoy, 40 años después, fue en realidad por culpa del primer vídeo que compró mi padre. Era un vídeo marca AKAI que trajo de Nueva York en 1980, cuando aquí arrancaba tímidamente la fiebre de ese aparato que dominó los años 80 y buena parte de los 90. Aquel vídeo VHS tenía poco que ver con lo que vino luego: aquello era un mamotreto de tres piezas más cámara, una puta maravilla para aquel tiempo (y para cualquier tiempo), que ni siquiera fue fácil traer a España. Un mamotreto imponente que mi padre situó con mimo junto a la tele, como intuyendo que pronto sería uno más de la familia. No era fácil hacerse a él, así que, en alguna de las primeras cintas, mi padre, probablemente para probar el nuevo bicho, empezó a grabar de todo, con ánimo de darle juego al muchacho. Y ahí fue quedando registrado, en aquella cinta magnética, un pedazo de la época, a golpes de PLAY-REC (pulsados a la vez) y de STOP. Trozos de Barrio Sésamo se intercalaban con actuaciones musicales del programa Aplauso, cortos de Bugs Bunny con algún reportaje del Telediario sobre el fracasado 23-F, y todo eso mezclado, sin continuidad ni lógica. Y, de repente, salteado entre alguno de esos contenidos, hacia el final de la cinta, aparecían por allí resúmenes de partidos del Murcia en Estudio Estadio, los goles y las mejores jugadas de aquel final de temporada 80-81, de los últimos ocho o diez partidos, aproximadamente. Después tuvimos muchas cintas, grabamos cientos de películas y llegaron los videoclubs, pero nosotros no dejamos de ver esa cinta maravillosa durante toda aquella década, esa cinta en la que se fundía nuestra infancia con los goles del primer Murcia en Primera que recordábamos. Y así, llegamos a memorizarla. “Esta jugada es aparentemente inocente”, arrancaba mi hermano, en mitad de cualquier partido. “Pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García”, tenía que rematar yo, hasta hace bien poco, ojo. Aquel resumen dio mucho de sí, con el viejo Estadio Insular lleno de calvas y de un verde casi marrón. “La ley de la tarjeta fue su ley sin que estuviera acorde a veces con el pecado”, decía el cronista del arbitraje de Pes Pérez, al que incluso le tiraron un transistor aquella noche. Pero la cinta registraba, además, todo ese final de temporada, y así quedó en nuestras cabezas para siempre; el final de una temporada que empezamos de pena y casi arreglamos con la llegada de Gilberto Alves en invierno. Hay una matinal de Sarriá bajo un sol brillante de finales de invierno. Hay una victoria en casa fantástica, contra un Sporting de Gijón que llegaba tercero, peleando la liga (ojo), que narra impresionado un jovencísimo Matías Prats hijo, que ahora es Matías Prats padre (“Abad para Gil, que se deshace de Maceda… y observen qué bien dispara este brasileño”). Hay un golazo in extremis de Eliseo Salamanca contra Osasuna para mantenernos vivos. Y hay una derrota contra la Real Sociedad en La Condomina, injusta según la crónica de Juan Bautista Asensi, con gol olímpico de Zamora y remate al larguero de Higinio, que nos condenaba al descenso y daba medio título de liga a la Real. Los dos años siguientes en Segunda resultó más difícil conseguir imágenes para el vídeo AKAI, pero algún buen resumen se pudo rescatar de Telemurcia, con las buenas tardes del mejor Pelegrín o el primer año de Figueroa y Moyano, en el que regresamos a Primera, que era como regresar a Estudio Estadio. Y fue aquel año en Primera cuando mi padre impulsó su costumbre de completar las cintas de vídeo con goles del Murcia. Uno terminaba de ver La Ventana Indiscreta y se encontraba con el mejor inicio de nuestra historia, el del año 83, cuando fuimos invictos al Calderón, al gran duelo entre Hugo Sánchez y Figueroa. Acababa La Reina de Cobra y aparecían tres goles de Husillos a Osasuna; y al final de El temible burlón había una victoria en el Villamarín con gol de Figueroa y otra en La Condomina al Sevilla, ya en el año del nuevo descenso. Para el siguiente ascenso, en el gran año de Parra y Tente Sánchez, el Murcia empezó a tener una cinta propia. Y justo antes de volver a bajar, hasta nos televisaron un partido entero, aquel enorme 2-0 contra el primer Barça de Cruyff, que también quedó registrado en una cinta. Todo justo antes de los 90, y de Internet, de que todos tengamos cualquier gol en el móvil casi al instante. Sin embargo, nunca dejamos de ver aquella primera cinta, por muchos partidos que tuviéramos a mano. Nunca dejamos de ver el encanto de aquel final de temporada; nunca dejamos de recordar la narración de las jugadas de los primeros jugadores del Murcia que conocimos. “Esta jugada es aparentemente inocente, pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García”. El sonido de nuestra infancia, contra todo pronóstico. Véanlo repetido. Porque es un gol perfectamente colocado.

Concluyó la temporada que nunca llegará a terminar y murió Figueroa, el Macho, como un último verso macabro en esta temporada de mierda. ¿Sabía el Macho lo que representaba en Murcia? ¿Sabía lo mucho que lo queríamos? Quiero pensar que sí, que al menos lo sintió en 2006, en el gran homenaje que vivió en el último partido del viejo estadio, que hay algo especial en el brillo de su mirada a las gradas aquel día. Pero es que el Macho fue todo para el Murcia. El Macho fue nuestro gran poeta, un poeta de versos cortos y contundentes, como haikus que rompían la red, sencillos y sin rodeos, directos al corazón. El Macho fue el jugador del Murcia del que toda España habló, el héroe al que se temía en todos los campos antes de jugar, el Negro del que se hablaba con admiración en todos los campos después de jugar. Su penalti al larguero contra el Honved fue como el gol de Pelé: significó más que un gol, fue algo mucho mejor que un gol, más recordado que cualquier gol. ¿Sabía el Macho lo mucho que lo queríamos? ¿Sabía el Macho lo que representaba en Murcia? Creo que ni nosotros lo hemos sabido nunca. Que el impacto que tuvo y lo que representó para el murcianismo no se puede medir en goles, ni en victorias, ni en temporadas en Primera. Porque el Macho, lo supiera o no, se ha quedado en todos los que lo vimos, en todas las historias de cada murcianista que lo vio golpear un balón, en todas las historias que ahora cuentan los que ni siquiera lo vieron jugar. Murió el Macho en California, en mitad de esta maldita pandemia, y me fui al día que lo dejamos marchar (¿Cómo cojones lo vendes al Hércules, después de ascender? ¿Cómo cojones vendes a un segunda división a tu máximo goleador de las últimas cuatro temporadas, después de meter más goles que nunca, cómo vendes al ídolo, al jugador que futbolísticamente ha revolucionado la ciudad? Algún día te entenderemos, amigo Murcia). Pero al morir el Macho también me fui, después, a su primer partido en La Condomina. A la expectación de aquella noche contra el Castilla de Chendo, Míchel y Butragueño al que ganamos 4-1 con Abad, Figueroa y Pelegrín arriba. Los tres marcaron aquella noche; los tres se han ido demasiado pronto. Murió Martín Abad con 46 años, de un infarto durante un partido de veteranos del Espanyol, delanterazo en dos ascensos, y pieza clave en aquellos resúmenes de Primera del vídeo AKAI. Murió Patricio Pelegrín a los 58, el Mago de Beniaján, el niño que jugaba como los ángeles (“era tan bueno que hacía lo que después hizo Romario con 16 años, sin haberlo visto en ningún sitio, sin que nadie se lo enseñara”). También murió Chuchi García (“Esta jugada es aparentemente inocente”), a los 62 años, e Higinio, a los 61, que acompañó a Chuchi en aquel descenso y en el posterior ascenso. Murió, a principios de esta temporada, el Tata Brown, nuestro campeón del mundo, con 62 años, y poco después murió Ángel Pérez García, con la misma edad, que marcó una época a finales de los 80, cuando coincidió con el Tata, pero que antes había coincidido con Chuchi y con Higinio y con Abad a principios de los 80. Murieron todos demasiado pronto, como una casualidad fatídica del mejor Murcia de su historia. No sé si algún club tendrá tantos poetas muertos.

Pero ayer, cuando vino a dejarme unas empanadillas en casa, hablé con mi hermano del Macho. Hablamos de sus disparos, de cómo en todos los medios repetían los mismos goles, de cómo no aparecían otras grandes tardes que nosotros recordamos. Hablamos de aquellas cintas, de cómo preferíamos ver las películas que después tenían goles. Y hablamos de aquella primera cinta, claro, del origen de todo: de la matinal de Sarriá, del Murcia-Sporting que narra Matías Prats hijo, que ahora es Matías Prats padre, del golazo de Salamanca. Entonces, en un silencio, justo cuando lo iba a decir yo, lo dijo él. “Esta jugada es aparentemente inocente, pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García”. Y cuando se fue mi hermano, mientras me comía la empanadilla, me quedé pensando en cómo nuestros poetas muertos permanecen vivos. En las entrañas de un escudo que aún respira, quizá. En nosotros. Es posible que la fuerza y la energía de un equipo no esté en su historia, sino en sus historias. El resumen de un Las Palmas-Murcia que recuerdas junto a tu hermano, un vídeo AKAI de tres piezas, un padre que completaba cintas de vídeo con goles del Murcia. Aquellos poetas de los 80 fueron capaces de inspirar cientos de historias en cada uno de nosotros, historias con su sonrisa cómplice y su mundo propio. Y quiero creer que esas historias han contribuido a tejer una red capaz de impulsar un club a más de 30.000 accionistas, que permanece vivo, aunque siempre amenazado de muerte. Debemos seguir escuchando esas historias (¿Pero por qué cojones vendimos al Macho con 27 años?). Seguir aprendiendo de esa historia, de esos errores que nos lastraron incluso en los mejores años, para intentar tejer historias que tengan otro final. Hoy, cuando por una vez un Consejo actúa con responsabilidad y murcianismo ante todo, volvemos a la zancadilla ante las primeras dudas, a la especulación maledicente antes que a la confianza a los que se la han ganado. Una vez más, quieren que olvidemos las palabras paciencia y continuidad, que elijamos el camino más rápido y fácil. Como nos descubrió El club de los poetas muertos, que vimos en un vídeo que ya no era AKAI, proseguirá el poderoso drama, pero aún podemos contribuir con un verso. Como los que escribieron Chuchi, Pelegrín, Abad o Figueroa, aquellos poetas que tanta pasión contagiaron y a los que imagino ahora mismo juntos, en algún lugar lejano, con una cerveza en la mano, mientras debaten que el meollo de toda esta historia puede que no esté en los triunfos, sino en la memoria y el amor.

Descansa en paz, Macho.

Real Murcia: Echevarría; Lago, Higinio, Campello, Rubiñán; Naharro, Chazarreta, García Murcia (Capa, 87'); Abad, Salamanca y Chuchi García.

Goles: 1-1 (Abad, 44'); 1-2 (Esta jugada es aparentemente inocente, pero van a ver el gran remate que engancha Chuchi García, 61').

Los sueños del Murcia


LM Valero

El entrenador del Real Murcia, Adrián Hernández, declaró lo siguiente hace unos días en el diario La Verdad: "El sueño para la próxima temporada es ascender a Segunda, pero el objetivo es entrar en la Segunda B Pro". El de entrenador es quizás el puesto más importante de un club, y es lógico que esos galones le lleven a señalar el camino incluso cuando no le toca exactamente a él. El mejor ejemplo es Simeone, que en cinco minutos puede hacer de entrenador, presidente y portavoz del Frente Atlético sin mayores problemas. Pero José  Carlos Losada, profesorazo gallego de la Universidad de Murcia, siempre nos dejaba claro que la filosofía corporativa y el objetivo general de una compañía o institución lo marca la cúpula. Tiene más sentido que el empleado se alinee con ese objetivo marcado desde arriba, en vez de que el empleado marque por su cuenta el objetivo. Sobre todo si el objetivo fijado por el empleado contradice al definido por la cúpula. Porque lo curioso es que Francisco Tornel, el presidente, el marcaobjetivos para José Carlos Losada, había declarado días antes en Onda Regional de Murcia que "el objetivo es ascender a Segunda División, y así se lo he transmitido a Adrián y Julio Algar".

Es decir, días después de que Adrián escuchase de boca de Tornel que el objetivo es subir a Segunda, declaró a La Verdad que el objetivo es entrar en Segunda B Pro, y que subir a Segunda sólo es "un sueño". En fin, una forma cualquiera de quitarse presión de encima, y una estrategia con la que se perjudica a sí mismo, por cierto. Parece como si Adrián creyera que de verdad puede llevarle la contraria a la exigencia natural que persigue a este club en cualquier categoría que esté por debajo de Segunda División (¡Pero si le persigue incluso en Segunda!). Adrián, ¿de verdad no entiendes que aunque la plantilla del Murcia la formaran epilépticos y ex convictos, la exigencia natural de este club sería estar ahí arriba fuera como fuese? Y que no se puede sacar pecho de nada que no sea estar ahí arriba, porque si nos conformamos con menos, dejaremos de ser lo relativamente 'grandes' que somos en esta categoría. Somos el club al que en 2014 bajaron, subieron y bajaron de nuevo en apenas unos días, y que unas semanas después, con jugadores a precio de saldo que venían de ni se sabe dónde, era segundo en la clasificación, sin sorprenderse demasiado ni agarrarse a no sé qué posibles traumas o excusas. Todos nos elogiaban por esa adaptación pero nosotros lo veíamos normal: estar ahí arriba en Segunda B de una manera o de otra es lo que suele hacer el Murcia. Y esa exigencia la tiene que respirar desde el entrenador hasta el utillero. 

Adrián se ha merecido la renovación, ha logrado que el equipo evolucionase y ha convertido a desconocidos en futbolistas notables. No resaltaría esas declaraciones si no le hubiera escuchado frases similares esta temporada: "Sin las cuatro primeras jornadas, iríamos en playoff". "El San Fernando nos ha ganado, pero Pumar me ha dicho que nadie les ha creado tantas ocasiones". Aunque sea verdad, ¿para qué sirve todo eso en el Murcia? Todo eso es morralla que podrá servirle quizá a equipos pequeños. De hecho, que no nos sirva a nosotros es una de las cosas que precisamente empieza a diferenciarnos de esos equipos, y de lo que podemos sacar provecho. El Murcia es un fanático del movimiento, Adrián, y en estas categorías ese dinamismo ha sido históricamente feroz, con plantillas mejores y peores. Es posible que, con el transcurrir de la temporada, meternos en la Segunda B Pro nos parezca suficiente y ajustado a la realidad de la plantilla, pero para el club más grande de Segunda B nunca puede ser un sueño subir a Segunda. Para un escalador no puede ser un sueño escalar.

El otro día vi una entrevista a un director deportivo de Primera División. Decía algo interesante: "Es fundamental que el futbolista no perciba que hay una sola excusa a la que agarrarse, porque entonces soltará el pie del acelerador". 

Si subir a Segunda es un sueño, un empate en San Fernando ya empieza a valer.

La ruina


Oliva B (@beandtuit)

Real Murcia, -; Villarrubia, -.
Hacia la mitad del primer mes de confinamiento, Joaquín Martínez compartió en twitter unas imágenes del número 2 de La Combina: la previa del Murcia-Almería de septiembre de 2002. Lo viene haciendo Joaquín estos días, en el desayuno, eso de colgar fotos de su enorme colección de revistas, con una mezcla tan fascinante entre fútbol y nostalgia que llega a parecer la misma cosa. En respuesta a Joaquín, poco después, Vera recordaba el inicio de aquella temporada, con la visita al Tartiere, el último fin de semana de agosto, y Zaragoza como segundo desplazamiento, y entonces me fui definitivamente a 2002. La Combina, por si no lo sabes, fue la revista que creamos aquella temporada, el primer, el único y el último proyecto empresarial de mi vida. La Combina nacería en un bar, probablemente, como casi todas las mejores peores ideas del mundo, y ahí estarían Yayo y Carletto, seguro, que a través de su amigo David Peñas, de Tafalla, nos contó el éxito de una revistilla que se entregaba cada domingo que Osasuna jugaba en El Sadar, y que se empezaba a expandir por otros estadios. Aquellos chavales se estaban forrando con algo tan sencillo como el clásico programa de mano que se entrega antes de los partidos, el de toda la vida, que en España nunca se ha acercado ni de lejos al nivel del programa inglés, auténticas joyas que se venden a buen precio; casi libros, biblias para que el hincha guarde de cada partido un recuerdo digno en la estantería, junto al de su memoria. En España son gratuitos, finos, muy para salir del paso, o directamente para no mancharse el culo, pero este de Pamplona estaba muy bien, e iba tan plagado de publicidad, en aquellos años de expansión económica, que dejaba beneficios, o eso decían, y en nuestras cabezas aquello sonaba a sobresueldo digno, o quién sabe si al inicio de un proyecto editorial serio para vivir bien trabajando en lo que nos gustaba. Lo veíamos. Y en cada bar, con cada cerveza, iba creciendo nuestra ilusión, que dicen que es el motor del mundo, hijo mío, pero creo que se quedan cortos, que la ilusión es incluso más que eso. En La Condomina hacía tiempo que no había algo así, y el Murcia de Samper, que luchaba por asentarse en Segunda, en la Murcia boyante de Cámara y Valcárcel, parecía un lugar ideal para probarse. Además, David había detectado la misma carencia en Anoeta, ojo, en San Sebastián, casi nada: un buen comercial allí lo tendría fácil con cualquier cosa relacionada con la Real Sociedad. Ocurriría aquello en los primeros meses del año, hacia la mitad de la temporada 2001-2002, y al proyecto se fueron sumando Rafa, Paco, Andrés, un equipo potente que contribuyó a que creciera la ilusión y, sobre todo, el colchón económico para poder arrancar. Yo vivía en Madrid, donde empecé a esbozar diseños junto a Carletto de las dos revistas (La Combina, para Murcia; Txuri Urdin, para San Sebastián), pero más bien como hobby, sin tener nada claro que aquello tan bonito pudiera hacerse realidad, porque en el fondo siempre he pensado que lo más difícil de este mundo es ganar dinero con un proyecto empresarial. Admiración máxima por el empresario decente, por ese milagro diario del que consigue ‘vender’ algo, lo que sea, sin arruinarse. Y así hicimos aquellos diseños, pensando que aquello no iba a ningún sitio. Los fines de semana iba a Murcia ver al Murcia, y allí con Yayo, en algún bar, crecía la ilusión. Parecía más difícil arrancar el proyecto en La Condomina, y más con un Murcia que sufría para permanecer en Segunda. Necesitábamos mucho dinero, mucho, y cada dos semanas, para poder repartir 3.000 ejemplares a color y de calidad en Murcia, que serían más del triple en San Sebastián; necesitábamos que el proyecto naciera con cierta solidez, sin flecos logísticos ni económicos desde el inicio, y las cuentas, que nunca recogen el concepto ‘ilusión’, no cuadraban. Pero aquel verano en Madrid con Carletto fue largo, casi como los de la infancia, pero sin vacaciones, y pudimos cerrar una sencilla revista, una maqueta básica que apenas necesitaba de unos textos semanales y unas fotos para poder imprimirse. Se acercaba el inicio de la liga y había que decidir, había que lanzarse o no, y mientras en San Sebastián optamos por la prudencia, para que el comercial de la zona nos pudiera cerrar los anuncios que nos garantizaran algo de vida, en Murcia se impuso la ilusión, o la locura, rebajamos de tres mil a dos mil el número de combinas y nos tiramos a una piscina casi sin agua. No recuerdo bien por qué lo hicimos, no recuerdo bien qué o quién nos hizo dar el empujón definitivo. Cosas de las ideas que surgen en los bares. O de las circunstancias, que ayudaron: al volver de Oviedo, con un 0-1 inmenso (Ismael, de penalti), tenía vacaciones, en Murcia, con 15 días por delante, gracias al parón de selecciones, para preparar la primera combina, la del Murcia-Getafe. Estaba en casa, con más tiempo y más medios. Si íbamos a hacerlo, había que hacerlo bien: desde el primer partido y con un homenaje al Panadero de Archena, que había muerto aquel verano. Y así nació La Combina. Así salió el número 1, casi sin ingresos, sin ninguna garantía de que saliera el siguiente número, el del Almería (3-0, Acciari, Karanka y Loreto), el que compartió Joaquín Martínez hacia la mitad del primer mes de confinamiento. Y así salió el número 3, y el 4, y el 5. Sin apenas ventas y una losa de gastos que además, como buenos pollastres del mundillo empresarial, pagábamos en el minuto 1. A partir de octubre, encima, las circunstancias cambiaban, y todo a peor. Hacía la revista desde Madrid, con un portátil del año 98 (ojo), una pésima conexión a Internet por cable telefónico y una grabadora de cederrones (ojo) que habíamos comprado por si fallaba la conexión, que fallaba. La Combina debía estar en la imprenta el miércoles a primera hora como muy tarde, y una de las cosas que deseo que nunca sufras en esta vida son días como aquellos martes míos de principios de 2003, en los que cerraba la revista a las 2 o a las 3 de la mañana y, entonces, me ponía a rezar para que, si fallaba la conexión no fallara la grabadora de cederrones, que también fallaba, y poder estar antes de las 9 en el cibercafé (¡ojo!) y enviar La Combina a la imprenta. Intuir la alineación del Murcia y del rival un martes, editar aquellas estupendas fotos que me pasaba Gloria Nicolás o escribir unas líneas sobre el Poli Ejido de Paco Herrera era casi un alivio, en mitad de aquel infierno. Pero aquel estrés mortal del martes contrastaba con todo lo demás. Paco recogía las combinas los viernes a mediodía y esa misma noche, al llegar de Madrid, la repasábamos satisfechos con unas cañas. Los domingos, sorprendentemente, el Murcia empezó a ganar y a jugar muy bien al fútbol, el estadio se ilusionaba con volver a Primera 14 años después y las combinas volaban de nuestras manos cada dos domingos en la puerta de La Condomina, debajo del escudo (sin ninguna facilidad por parte del club), en una preciosa ceremonia de reparto en la que podíamos comprobar que aquel producto tenía cientos de clientes muy satisfechos. Y los lunes, en unos desayunos inolvidables en la calle Fuencarral antes de volver al curro, le contaba todo a Carletto. Merece la pena esta mierda, os decíais sin decirlo, un día antes del infierno del martes y sin querer pensar demasiado en el dinero que estábamos perdiendo. Porque, efectivamente, nos hundíamos. Incapaces de vender anuncios, chocamos con nuestra inconsistencia e incapacidad para la venta, y con alguna cara arrogante del clásico comerciante murciano que se ríe del Murcia. Hice algún intento de vender con Yayo y con Paco, pero antes de las 11 estábamos en el bar, hablando del próximo número de La Combina. Jamás llegamos a acercarnos a esa Murcia boyante de Cámara y Valcárcel, y sólo los coches de segunda mano de Davimur (eternamente agradecidos) nos salvaron un poco el cuello. Y entre Davimur, un cambio de imprenta y varios anuncios de conocidos, pasado el ecuador de la liga es probable que algún número empezara a no costarnos dinero. Nos ocurrió como a esos equipos que tienen un sorprendente buen final de liga pero están descendidos desde enero. El saco de pérdidas era una losa irremontable, algunos perdimos todos los ahorros y más allá. Y terminamos la temporada un poco como la empezamos, por cojones, por ilusión. Por terminarla. Por el orgullo de poder dejar ahí el proyecto cerrado, el primer, el único y el último proyecto empresarial de mi vida. Un auténtico desastre empresarial, una ruina absoluta que, sin embargo, nos ha dejado el mejor recuerdo posible.


El Murcia recibía al Villarrubia, la gran revelación manchega del año, el domingo de después del Entierro. Terminaban las fiestas, cerraban las barracas y venía el Villarrubia, guárdame la cría, el Villarrubia. El Murcia habría recibido, el Murcia habría perdido 0-1 contra el Villarrubia, en uno de esos partidos que no hace falta casi ni jugar: un 0-1 chispeando, a la salida de una falta lateral. Y ahora visitaría Cartagena, el Murcia, ahora, visitaría Cartagena. El Murcia en condicional, la vida en condicional, en el año que no llegó a ocurrir, el año sin fútbol en primavera. Pero yo me resisto a olvidar ese calendario, me resisto a no pensar que ahora iríamos a Cartagena, y luego a Yecla, y vendría el Badajoz. Me niego a olvidar esa otra vida sin coronavirus, me esfuerzo por mantener al menos ese hilo con la vida normal, como el encerrado en una mazmorra que hace una marca diaria para no perder del todo la conexión con la realidad. El hilo con el Murcia, con el calendario de mi equipo, que lo llevo en la cartera, y en la cabeza; el calendario de nuestra vida, el que marca de verdad los tiempos y las estaciones del año. Intento recordar al Murcia, y ese hilo con la realidad anterior, con la vida precoronavírica, pero lo hago casi pidiendo perdón, sintiéndome mal porque, entre miles de muertos, esa sea mi tragedia: la incertidumbre de no tener ni puta idea de cuándo volveremos a ver jugar al Murcia. Menuda ruina. Miles de muertos, que serán cientos de miles, y aún tenemos que escuchar que ganaremos el partido, que derrotaremos al virus, que todo va a salir bien, como cuando escuchábamos ese infausto cántico del estepartido-lovamosaganar hacia el minuto 60 de partido, que nos condenaba a la derrota. No, hombre, no, qué cojones vamos a ganar. Esto no hay quien lo levante. Nos han goleado, nos siguen destrozando día tras día y lo único que podemos es salvar lo más dignamente el encuentro y pensar en la temporada que viene. Hemos perdido, y no estaría mal que alguien lo admitiera. Como suele pasar en la vida en general, quizá el empate no era tan malo, pero salimos al ataque, y además nos confiamos, nos creímos mejor de lo que somos y, sobre todo, despreciamos al rival. Nos ha pasado a todos, ojo, a todos, y, aunque nos digan que en otros sitios lo han parado, muy pocos han salvado el cero a cero. Son muertos, en todos los países, cientos, miles, que serán cientos de miles. Una tragedia. Una ruina. Y lo que falta por llegar. Pero no dejo de pensar en el Murcia, aunque sea casi pidiendo perdón. Es algo que suelo hacer cuando estoy bloqueado, pensar en el Murcia. También pienso en el Murcia cuando no estoy bloqueado, claro, pero ahora estoy bloqueado. Bloqueado para todo. Para leer, para escribir, para cualquier cosa. Admiro la capacidad de la gente para hacer cosas de la vida normal, para evadirse en una serie o una buena película y hablar o pensar en la vida de antes. O para ver deporte en diferido, grabado, de un tiempo que no es el ahora; me fascina la gente que puede ver partidos de otro tiempo y disfrutarlos. El fútbol es nostalgia, el fútbol son esos recortes de Joaquín, y la memoria que brota en cualquier barra de bar para evocarlos, pero el fútbol es presente, es vida e incertidumbre, el fútbol es emoción, es un balón que bota y no sabes hacia dónde, y yo prefiero de largo ver un Canillejas de veteranos contra el Yéchar B en directo que el España-Holanda, y casi que el Ponferradina-Murcia. El fútbol es pensar en el Murcia, pero casi pidiendo perdón, entre miles de muertos. Pensar incluso en que, cómo no, el coronavirus tampoco es del Murcia, tampoco el corona, macho, ni siquiera el corona, está claro que nada ni nadie va a venir a ayudar al Murcia salvo el murcianismo; y cuando éramos el mejor equipo de la segunda vuelta, cuando crecíamos hasta quién sabe dónde y en Adrián y sus zagales se palpaba que podíamos llegar a ilusionarnos con algo más, ha venido el corona. El fútbol es pensar en tu equipo. Y pienso en el Murcia cuando estoy bloqueado, y también cuando no, pero ahora estoy bloqueado. Y lo único que me ha vuelto a salvar la vida eres tú, Martín. Una vez más. Vivir todo esto contigo es otro rollo. Imagino que influye la edad, y que si esto te toca con un chiquillo de 3 o 4 años o con un adolescente puede ser muy duro. Pero qué bien llevas los 7 añicos, cabrón. Aparte de que pareces un tío de puta madre. Todo lo que no es trabajo es estar a tu lado, todo son risas, besos, peleas, centros y tiros, abrazos, peleas más serias, que duran tres minutos, y más besos, y más risas. Todo el día encima. Todo el día juntos. Casi pidiendo perdón por esta tregua que nos ha dado la vida, en la que el tiempo por fin se ha parado. Cómo me sigues el ritmo, cómo después de aguantarte bien Bob Esponja tú me respondes con ‘El hombre tranquilo’ o ‘Unorthodox’, y casi que lo que te echen. Qué buenos 7 añicos, nene. Y vemos por fin la serie del Sunderland, de la que me había hablado Carletto (“tienes que verla, Oli”, tenía en un whatsapp de hace un siglo). Tú preparas el sofá pequeño, lo abres para hacerlo más amplio, buscas la serie con el mando y me llamas sin parar, como sueles hacer, hasta que voy. Y nos tumbamos entre varios cojines, y nos metemos de lleno en la temporada durante varias tardes. Es el Murcia, claro, ese Sunderland es un poco todos los equipos. Y lo vivís juntos, y olvidáis por un momento toda esta mierda. Y bajáis a Segunda B agarrados de la mano, como un milagro en mitad de la tragedia. Un descenso, un trozo de vida real cuando el tiempo está parado. Ojalá pudiéramos volver a bajar a Segunda B pronto, ojalá alguien pudiera disfrutar de un descenso este año, porque significaría que todo ha terminado. Pero es como un sueño, la vida real es ahora como un sueño. Y pronto vuelvo a oír hablar de contagios, de curvas, de que solo han muerto 500 y pico; vuelvo a recordar que la vida está parada, ya sabes, que estepartido-lovamosaganar, y todo va a salir bien, e incluso que de esta vamos a salir mejores. Por un momento, al principio, llegué a creerme esa historia de que saldríamos mejores, reforzados. Pero no, no, enseguida remontó el pesimismo. De esta vamos a salir, claro, pero ni mejores ni peores, en todo caso vamos a salir reforzados en nuestras convicciones, y cada uno en las suyas, lo que seguramente supone una manera de salir peor de lo que estábamos. Cada uno saldrá reforzado en sus amores, y sobre todo en sus odios. Reforzado en sus certezas, y sobre todo en sus miedos. Nada que reprochar a eso, porque yo supongo que haré lo mismo: me reforzaré en mis dudas ante casi todo, en dudar hasta de mis pocas convicciones. Me reforzaré en que siempre, siempre, hay que jugar en equipo, y en estos partidos grandes es donde se demuestra que, de uno en uno, somos una puta mierda. En que no hay enemigo pequeño y jamás hay que despreciar a nadie. En que nunca, prohibidísimo, hay que celebrar los goles del rival, bajo ningún concepto, porque entonces estarás cerca de esa bazofia que parece celebrar muertes solo por sacar provecho político. En que no hay que preocuparse demasiado y siempre hay que ver el vaso no solo medio lleno, sino medio lleno de cerveza. Y pedirse otra, si se puede. Porque en lo de pedirse otra cerveza es en lo único que no hay que dudar nunca. Y me reforzaré en que hay que disfrutar hasta de los malos momentos, y de cada combina que repartes, aunque te esté arruinando la vida. Hay que disfrutar de cada empate y no dramatizar por cada derrota, porque la vida va de perder y lo único que no podemos perder jamás es la ilusión, ese es el único reto que tenemos continuamente, que nos mueva la ilusión y no la frustración, Martín. Saldremos juntos, muy derrotados pero muy juntos, y así volveremos a ver al Murcia, pienso, mientras un correo electrónico me avisa de que ya está disponible la segunda temporada de la serie del Sunderland. Y ya estás ahí esperando, casi desde que te lo he dicho, preparando el sofá pequeño para hacerlo más amplio, buscando la serie con el mando. Y doy las gracias porque sea una historia de derrota y lealtad la que te llene la sonrisa de ilusión. Comienza una nueva temporada. Voy a abrirme una cerveza.


Real Murcia: Ojalá.

Sueños de cero a cero

Real Murcia, 0; Alguien, 0


Real Murcia: Alguien; Alguien, Alguien, Alguien, Alguien; Alguien, Alguien, Alguien, Alguien, Alguien y Alguien. En el minuto 74, Alguien sustituyó a Alguien. 

Los discretos recogedores de toallas


LM_Valero

Coronavirus, ?; Mundo, ?
"¿Sabes una de las mayores diferencias que he notado entre Segunda y Primera? Que en Primera ya hay porterazos. Que en Primera puede estar de portero Cañizares y no le metes una", eso me dijo una vez un jugador del Murcia de hace unos años (décadas ya, madre mía). A mí me gustaba mucho Cañizares, pero me gustaba todavía más su discreto ritual tras el pitido final, fuese un amistoso o un partido importante: sus compañeros festejaban, si había algo que festejar, o se lamentaban, si había algo que lamentar, pero Cañete solamente se daba la vuelta, trotaba hasta un lateral de la portería, recogía su toalla, se la echaba al cuello y desfilaba en silencio hacia vestuarios. Mi imagen en este mundo de la profesionalidad y la eficiencia es Cañizares recogiendo bártulos y pensando: hoy he cumplido, hasta la próxima. Estos días me acuerdo de todos los que, siendo fundamentales o simplemente útiles para resolver lo del virus, no se dan importancia. Me acuerdo de los que saben abajarse y olvidarse de sí mismos, porque entienden que ellos son sólo piezas necesarias de algo mucho mayor. Me acuerdo de los discretos recogedores de toallas que nos rodean. Juegan un partido decisivo, dan lo mejor de sí mismos y, cuando todo acaba, recogen la toalla y se van a su casa. No presumen, no te enseñan la toalla (¡Mira lo que he sudado, qué cansado estoy!), no caen en la tentación de la queja (¡los que mandan deberían comprarnos toallas mejores!). Sólo hacen lo que tienen hacer, lo mejor que saben, y no tienen tiempo para mucho más.

La difunta Paloma Gómez Borrero fue corresponsal en el Vaticano para varios medios, y una vez le leí esta anécdota relacionada con Juan Pablo II. Ella estaba cubriendo la visita del Papa a no sé qué país africano, y la jornada había sido de locos: el vuelo, la visita a unas cuantas comunidades de cristianos, una misa de esas que parecen un concierto de los Rolling, actos con grupos de jóvenes... En fin, un día ajetreado para Su Santidad. Pues bien, ya de madrugada e incapaz de conciliar el sueño, Paloma salió de su habitación de hotel y bajó a una capilla cercana. Allí, en la penumbra, se encontró al Papa de rodillas y rezando. Paloma, que era amiga hasta de Dios, se atrevió a interrumpirle y le preguntó: "Pero Su Santidad... Después del día que lleva, no está cansado?". El Papa la miró, sonrió y le respondió: "No lo sé".

Estas fuentes ya son menos fidedignas, pero se dice que acto seguido el Papa se levantó, recogió su toalla, se la echó alrededor del cuello y se marchó.

Mundo: Illgner; Brehme, Kohler, Augenthaler, Buchwald, Berthold (Reuter, 73'); Littbarski, Hassler, Matthaus, Voller, Klinsmann.