Estómago revuelto


Luis María Valero

Real Murcia, 1; San Fernando, 1
Nos empataron en el 90 por hacer malabarismos innecesarios en defensa, eso lo hemos visto muchas veces antes, pero tras el partido, Hugo Álvarez puso sobre la mesa palabras que sí nos sorprendieron más: "Se me revuelve el estómago cuando vemos que los fisios y los utilleros llevan cinco o seis meses sin cobrar". El partido de fútbol cayó de repente en la irrelevancia, fue inmediatamente archivado y dejará apenas un leve residuo en nuestro recuerdo: el soberbio empalme de Víctor Curto para ponernos por delante, poco más. El flexo apunta ahora a las palabras de Hugo Álvarez Quintas (uno de los mejores jugadores de lo que llevamos de temporada, y el peor del partido con diferencia). Al trasladarnos su náusea, Hugo la contagió a todos, aunque sólo sea porque aterrizó el concepto de 'impagos', lo bajó a ras de suelo al unirlo con una flecha a las palabras 'fisios' y 'utilleros'. Cuando se habla de impagos a los futbolistas, los estómagos de muchos aficionados permanecen inalterables, porque al fin y al cabo atribuyen a ese gremio suficientes privilegios como para compensar unos cuantos meses de atrasos. Pero al hablar de fisios y de utilleros, todos los estómagos son desafiados, sin excepción. Mileuristas, con suerte, o incluso ochocientoseuristas. Uno ya es capaz de imaginarse según qué situaciones. Según qué llamadas de correctísimos directores de sucursales bancarias. Según qué mensajes a un hermano o a unos padres, dando rodeos y no queriendo preocuparles, pero produciendo algo muy parecido a un grito de ayuda. Se extiende así una peste antigua que nos ha inundado como una desgracia a lo largo de nuestra historia: el Murcia no paga. 

Estómago revuelto, sí, pero mucho antes que eso, vergüenza. Si mañana me tropezase por la calle con Aquino o con Alfaro, lo primero que sentiría sería vergüenza, y difícilmente podría mirarles a la cara. Jugadores que tenían otras ofertas, gente que escogió este club porque nos creyó, desoyendo a los que les advertían de que el Murcia es incorregible. Jugadores a los que un 7 de octubre, con la ilusión empezando a hervir, ya se les exige un acto de fe para convencerse de que este año cobrarán lo que firmaron. Tan pronto, este fango. Tan prontísimo. Por mera higiene mental, un aficionado no debería saber prácticamente nada de la trastienda de su club, nada de sus despachos, nada de sus cifras, todo eso obstruye la pasión, la ensucia. Pero nosotros ya sabemos demasiado, nosotros ya venimos con el estómago revuelto desde hace mucho. Hay jóvenes murcianistas que han empezado las carreras de Derecho o de Psicología sólo para comprender mejor a su club, sólo para adaptarse a todo lo no futbolístico que nos arroja a la cabeza. Hace poco alguien muy bien informado (directamente informado) me aseguró que un alto empleado de una etapa anterior del club pedía a determinadas empresas proveedoras que inflaran los precios, para poder llevarse así una mayor comisión. El empresario, murcianista, no podía creerlo: prácticamente regalaba sus servicios por tratarse del Murcia, pero entonces llegaba el arruinado Murcia y le decía que no, que por favor lo cobrara más caro, para que fueran mayores las migajas a repartir. Ése es el lodo en el que chapoteamos desde ni se sabe cuándo. La mayor parte del tiempo, los que saltan cada domingo al campo cumplen con su misión más importante como seres humanos: lograr que seamos felices y olvidemos lo demás. Pero a veces, como tras un empate contra el San Fernando, es imposible ocultarlo: siempre estamos a tiro de náusea. El estiércol sigue ahí. 

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo, Charlie Dean, Forniés; Maestre, Corredera (Armando, 84'), Pena (Josema, 72'), Alfaro; Aquino y Curto (Manel, 80'). 
Goles: 1-0 (Curto, 60') 1-1 (El Miedo, 90').

La fortuna de que se caguen en tus muertos


Luis María Valero

El Ejido 2012, 0; Real Murcia, 2
Buenas noticias: ya se están cagando en los muertos del Murcia, ya nos están llamando hijos de puta y es cuestión de tiempo que pasen al hijos de la grandísima perra, para nuestra fortuna. Mi sueño es que allá por mayo se avance de nivel, que verdaderamente se evolucione y que en algún rincón de Andalucía alguien murmulle mi insulto favorito, que es originario de Serbia: "Me cago en tu madre, tu semilla y tu tribu". Se repiten los pasos de una vieja lógica: si juegas contra la Balompédica Linense y de repente les conceden un penalti dudoso, llamas hijo de puta al árbitro; pero si juegas contra un equipo importante, contra ese equipo que más temes en tu calendario, entonces ignoras al árbitro y atribuyes la concesión de ese penalti a una grandeza difusa que esparce como un gas ese determinado escudo. ¿Te acuerdas de aquel robo en el Bernabéu, una noche de enero de la 2003/04? Sí sí, aquella noche en la que Daniel Jensen jugó como un danés, siendo danés. En aquel robo los primeros "hijo de puta" y los primeros "tus muertos" no fueron para el árbitro, un tipo con aires de cabrero que se llamaba Fernando Teixeira Vitienes. No no, los insultos fueron para el Madrid: era él quien nos robaba, era su escudo el que esparcía el gas. Es siempre un honor que los foráneos sigan temiendo nuestro gas, sobre todo en tiempos en los que quizá sea lo único que nos quede. Cuando tengas ganas de tirar la toalla, piensa en esto: un ejidense llamado Rovira al que le quedan obscenamente cortos los pantalones del traje en su foto de perfil piensa que nuestro escudo es el que le ha robado, incluso cuando nadie robó al Ejido, incluso cuando el penalti del 0-1 fue clarísimo. Fíjate si seremos grandes, fíjate si nos queda todavía gas. No somos el Linense, ese equipo dignísimo pero apenas merecedor de insultos. No, no, somos el Real Murcia, esos hijos de puta que vienen y te ganan, o que al menos vienen y te asustan, porque quieren ganar con un hambre que nadie tiene en estas catacumbas. Vienen y a veces incluso te menean, como de hecho ocurrió en El Ejido, al que zarandeamos con solvencia. Más ocasiones tuvo el Murcia que años de existencia tiene El Ejido. Qué menos que insultarles, piensan los Roviras. Qué menos (y aquí regreso a Serbia) que soltar algo tipo "me cago en todos los de la primera fila de tu funeral". El Murcia. El Temido.

Hora del almuerzo en el MiniBar con Javi. Ahí vienen las tostadas. Ya hemos hablado de la rubia alta que viene cada día a la misma hora a pedir un café para llevar, ya hemos hablado también de trabajo, y queda de repente un silencio gris en el que me gustaría que él comenzara a sentirse cada vez más cómodo. Pero todavía quiere llenar la nada, y pregunta: "¿Has leído que ya no estamos pagando a los futbolistas? ¿Cómo lo ves?". De eso no sé qué decirte en estos días. Hijos de puta, Javi. Siguen llamándonos hijos de puta a nosotros y no al árbitro, eso es lo que importa. Seguimos siendo grandes, seguimos jugando un partido de fútbol cada semana, vestidos de grana y blanco, con el viejo escudo de siempre. Mi padre nunca entra a la iglesia en un funeral, y yo cada vez me parezco más a mi padre. Déjame ser cobarde, Javi, déjame no pensar en lo que me hace daño. Déjame pensar sólo en una tarde de junio en la que recibiremos los insultos finales: los más hermosos.

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo Álvarez, Charlie Dean, Nahuel; Maestre, Corredera, Alfaro (Julio Delgado, 91'), Héber Pena (Miñano, 73'); Aquino y Curto (Manuel, 77').
Goles: 0-1 (Aquino, de penalti, 21') 0-2 (Manel, 82')

Ídolos


Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 1; Ibiza, 0.
Nunca has sido muy de ídolos, quizá por todos los que has visto caer. Es parte del proceso: en la exaltación del ídolo ya debe de estar presente algo del deseo de derrumbarlo. La naturaleza humana, o la mala leche, a saber. Uno de los últimos en vivirlo aquí fue el pobre Paco Sutil, elevado a los altares del murcianismo sin hacer casi nada y pisoteado después por hacer aún menos. No hace falta decir que la maniobra de glorificación y la de destrucción la ejecutaron los mismos. A ti en la grada siempre te ha gustado ir un poco a la contra, no sabes si por ponerte del lado del débil o simplemente por tocar los cojones. Eras más de Núñez que de Pérez García, más de Moyano que de Figueroa, más de Mejías II que de Manolo, más de Comas que de Aquino. Te encariñabas con casi todos los jugadores discutidos por la grada. Luego, además, te dio por los jugadores de clase, por los que ponían el balón donde querían. Qué cosas. Tu ídolo histórico sería un futbolista con la zurda de Mohamed Timoumi y la diestra de Javi Rey, los dos superclases que llegaron al Murcia en los ochenta como fichajes deslumbrantes y que pasaron sin apenas dejar huella. Es difícil explicar todo lo que pasó con Timoumi en Murcia. (Imagina que llega Salah al Valladolid, mete un par de goles en 20 partidos de titular y se va a final de temporada: eso pasó). Eras tan de Timoumi que aún te llaman Timoumi en la grada. Tenías 11 o 12 años, esa edad tonta, la del primer amor, dicen. Timoumi recibía el balón y algo se removía dentro de ti. Timoumi levantaba la cabeza y el tiempo se paraba, se hacía un silencio en el viejo estadio que casi se podía tocar. Y el balón iba, con elegancia, donde él quería. Tú nunca habías visto algo así. (Nadie lo había visto, en realidad). Pero nunca estuvo a gusto en Murcia, casi vuelve a su país en Navidad y se marchó en cuanto pudo, a Bélgica, donde tampoco recuperó su nivel que le llevó a ser Balón de Oro africano en el 85. En Murcia dejó un recuerdo más exótico que amargo, pero sobre todo un par de tardes inolvidables (un 3-0 al Betis, un 2-1 al Racing de Santander). Contra el Racing marcó, además, un buen gol y, cuando Dunai lo cambió casi al final del partido, La Condomina se puso en pie y te emocionaste como si fuera algo tuyo. Eso debe de ser un ídolo. Algo que llegas a sentir como tuyo. Después creciste y tu relación con tus futbolistas siempre ha sido más distante. Juegan en el Murcia y hay que apoyarlos, no idolatrarlos. A todos. Son profesionales que mañana, seguramente, ya no estarán. Pero tus ídolos en el mundo del fútbol, con el tiempo, están en la grada. Alejandro G. Morata. Juan del Palmar. Javier Zamora. Luis Losana. Gavin Pearce. José Antonio Currás. Y tantos y tantos otros tíos que admiras con esa emoción que sentías cuando Mohamed Timoumi tocaba un balón en La Condomina de siempre. Ídolos.

Afrontaba el Murcia de Herrero el partido ante el Ibiza con la tensión propia del equipo que no gana, pero con la tranquilidad del que sabe a qué juega. Alguna voz necia había hablado ya de final, de necesidad de ganar, de presión, pero el equipo volvió a saltar tranquilo, a jugar un buen fútbol sin precipitación, de llegada fácil, sostenido por unos imperiales Maestre y Corredera y desbordando por todos lados, por el lateral y por el interior, por la derecha y por la izquierda, sobre todo con un inspiradísimo Pena. Pero el gol no llegaba y la grada se preguntaba cuándo saldría su ídolo. Víctor Curto Ortiz lleva en Murcia apenas 20 meses, de los que ha pasado más de la mitad lesionado, pero ha sido ídolo casi desde el primer partido. Tenía 34 años al llegar y había pasado por Tortosa, Barça B, Mestalla, Huesca, Sant Andreu, Reus, Gavà, Terrassa, Alcoyano, Girona, Albacete, Jaén, KAS Eupen y Linares. En aquella primera media temporada metió 10 goles; en los dos meses de la siguiente fue pichichi de la Copa del Rey. Los goles ayudan a que te quieran, vaya si ayudan, pero el amor de la grada por Curto ha ido siempre más allá de los goles. Quizá sea esa mezcla de normalidad y competitividad máxima que exhibió desde el primer día, esa proximidad sin aspavientos de tribunero, esa profesionalidad, ese hambre de fútbol, sólo de fútbol, sin tonterías. Y todo eso potenciado en esos 11 meses de grave lesión, en los que ha dado una lección para ponerse a punto para una temporada que iba a iniciar con, ojito, 36 años. Todo eso, y sus goles, han convertido a Curto en ídolo. O quizá había algo más, algo que se te escapaba. El gol no llegaba ante el Ibiza y la grada se preguntaba cuándo saldría su ídolo. Y Víctor Curto salió. Quedaba poco más de media hora, de asfixiante media hora en la que el calor apenas dejaba al Murcia crear el fútbol del primer tiempo. Pero el equipo insistió e insistió para encontrar, por una vez, ese penalti en el 90 que tantas veces nos han negado. Entonces el ídolo pidió el balón, ese balón con el que había soñado tantos meses con la rodilla jodida. Sólo podía ser gol, sólo podía ser celebración con su hinchada. Y al celebrar, en esa mirada rabiosa y cómplice con su gente, por fin lo entendiste. Sí, hay algo más que goles. Hay algo más que profesionalidad. Víctor Curto representa mejor que nadie al Murcia, Víctor Curto es el Murcia, ese que se resiste a morir, ese que lucha por ganar hasta el final. Víctor Curto representa esas ganas de jugar, donde sea y contra quien sea, el próximo domingo. De seguir jugando cuando todo está en contra. Víctor Curto es el puto Murcia. Sólo podía ser gol ese penalti, sólo podía ser celebración del ídolo. Sólo podía ser emoción, esa que sentías hace más de 30 años cuando Mohamed Timoumi tocaba un balón en La Condomina de siempre.

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo Álvarez, Charlie Dean, Forniés; Maestre, Corredera (Armando); Alfaro, Dani Aquino, Héber Pena (Josema); Manel (Curto).
Gol: 1-0, Curto (90').

Adiós tristeza

"Sólo canto si tú me demuestras 
que es verde la luz de tus ojos de gata"

Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 2; Recreativo de Huelva, 2.
No fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto, sino en el centro de Madrid, una noche, la víspera de un concierto, cuando Enrique Urquijo coincidió con Joaquín Sabina en un bar de copas, a principios de 1991. Lo que pasó en aquel encuentro ya es historia, o quizá leyenda: Urquijo le pide a su amigo Sabina alguna idea para una canción, porque anda poco inspirado, y el cantautor de Úbeda le habla de unos versos que ha escrito esa misma mañana y que aún lleva en el bolsillo. Al madrileño le encantan y, mientras lo celebran con otra ronda, los copia en una servilleta. No fue una noche larga aquella, y en el taxi de vuelta a casa Urquijo termina de escribir ‘Ojos de gata’, la canción que arranca con esos versos de Sabina y que incluye ese mismo año en su disco ‘Adiós tristeza’. Sabina, que no imagina que a su amigo le han gustado tanto sus estrofas, continúa también su canción y compone ‘Y nos dieron las diez’, que formará parte de su álbum ‘Física y Química’ un año más tarde. Aquel encuentro casual da lugar a dos canciones muy diferentes que surgen de la misma historia; dos versiones con la misma raíz que cada autor contó según su manera de ser. Fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto. Y allí, en el único bar que vimos abierto, aparecía la fascinante camarera con ojos de gata que se deja seducir a cambio de una dosis de talento. En ese punto se quedan los versos originales de Sabina. En mitad de la noche, a la espera de un final. Joaquín Sabina, cómo no, cuenta el recuerdo de un amor fugaz de una noche de verano, un amor granuja y despreocupado, en el que la música borra casi toda la pena de la nostalgia. Enrique Urquijo, en cambio, enfermo crónico de depresión, descarga toda su amargura y zanja la noche en unos pocos versos llenos de decepción, más que con el mundo, consigo mismo, en una historia en la que sólo hay lugar para el alcohol y la derrota. Sabina y Urquijo hablan de una noche que empieza igual, que probablemente no fuera tan diferente, pero que parecen dos noches opuestas contadas por el carácter de cada autor. Dos interpretaciones de la vida. Dos estados de ánimo. Aquellas canciones, además, son un reflejo de todo lo que vino después: mientras Sabina esquiva varias veces la muerte y continúa hoy riéndose de la vida, Urquijo muere ocho años más tarde, a los 39, cuando parecía por fin salir de la depresión, por una sobredosis de pastillas contra la tristeza.

Se enfrentaban en Nueva Condomina Manolo Herrero y José María Salmerón, dos autores de culto de la Segunda B, dos técnicos con muchos discos a sus espaldas, alguna canción parecida y varios éxitos en su trayectoria; entrenadores de equipos bien armados en los que saben ganarse con seriedad el compromiso de los jugadores. Dos tipos sobrios que fueron centrocampistas de cierta clase. Desde la distancia, y sin profundizar, un Melilla de Herrero bien podría ser de Salmerón, o un Ucam de Salmerón ser de Herrero. Son ya dos clásicos de la categoría que cada temporada lanzan un disco con un grupo distinto. Se enfrentaban en Nueva Condomina con su nuevo disco debajo del brazo, nuevos temas que siempre sonarán parecidos, porque el objetivo siempre es el mismo para ellos: salir de Segunda B. Una nueva canción, una manera de interpretar según el carácter de cada autor. Herrero contra Salmerón, el presente y el pasado más cercano del murcianismo. Y comprobamos, casi desde el inicio, que aunque la letra suene parecida, la música es muy distinta. Este Murcia suena muy bien, suena demasiado bien, que diría el pesimista. A Herrero le han proporcionado dinamita y la va a manejar sin miedo. La dura baja de Maestre la cubrió con la valentía de Miñano; el fantasma del Recre de Salmerón lo encaró con un aire despreocupado, casi insolente. Fueron 90 minutos para dejar claro que este año el equipo se parece más a un granuja descarado que a un oficinista gris amarrador de tres puntos. Este Murcia suena muy bien y su plantilla parece por fin una mesa que no cojea por ningún sitio, una mesa sólida, con patas de sobra, pero de la que ahora toca pagar las facturas puntualmente cada mes. Herrero no tiene casi nada de su paisano Sabina, y Salmerón aún menos de Urquijo, pero al terminar el partido miré a los banquillos y recordé aquella historia, o quizá leyenda, la de un pueblo con mar, una noche después de un concierto, el bar de copas de Madrid y los dos amigos que encaran la vida a su manera. Dos estados de ánimo, dos actitudes ante una canción parecida. No fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto, sino en Nueva Condomina, la otra noche, contra el Recreativo, cuando vimos al mejor Murcia en muchos años. Y salimos del estadio con una sensación parecida, la misma rabia por ese empate por accidente, la misma sonrisa tonta por lo bien que suena el Murcia, la misma cantinela ilusionada que suena en la cabeza. Cuidado, chaval. Te estás enamorando.

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo Álvarez, Charlie Dean, Forniés; Miñano (Juanma, 73'), Corredera; Alfaro, Dani Aquino (Curto, 73'), Héber Pena; Manel (Zaka, 79').
Goles: 1-0, Alfaro (27'). 2-0 Dani Aquino (39') .

Puto verano

Alguien a quien poder escribir cualquier cosa, eso es indispensable. Alguien ante el que poner la cabeza boca abajo, alguien ante el que volcar lo íntimo o al menos lo recóndito, eso hace falta siempre. Hace unos días yo saqué de lo recóndito cierta teoría sobre la naturaleza de Dios (ya, ya), sobre su supuesta afición o hobby por retirarse. Da igual, ya son otros lópez, esto no es Mondo Isaías. Realmente vertebré esa teoría y la decoré con muchas palabras para servírsela no sin reticencias a ese amigo autorizado para lo recóndito. Sin un hola, siquiera. Sin piedad. "He llegado a una conclusión sobre Dios", y ya había que imaginar la reacción de El Autorizado ante ese arranque; qué sudor frío a 30 grados, qué sobresalto e incluso qué terror. Seis párrafos necesité para explicarme, para trasladar lo de mi cabeza a la cabeza de otro, y ya sólo esa mudanza me alivió.

Pero esa mudanza, esa teoría, ese boca abajo de lo recóndito fue luego reubicado por El Autorizado, fue oportunamente puesto en su lugar con apenas dos palabras que llegaron de repente, sin ya esperarlo yo, después de horas de silencio:

"Puto verano".

La letanía de la pretemporada. Ese primer partido del Murcia que cada día que pasa parece más lejos, en vez de más cerca. El tener demasiado tiempo para darle vueltas a la cabeza. 

"Puto verano".

El engaño (II)


Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 0; Real Balompédica Linense, 2.
Sobre el origen del lenguaje humano se conoce mucho pero no se sabe casi nada. Conocemos bastante sobre cómo nos pusimos a hablar, algo simios todavía, sobre cuánto duró el proceso y qué nos empujó a hacerlo. Pero no podemos estar seguros de casi nada. Al preguntarnos por el origen del lenguaje, además, nos preguntamos por el origen de todo lo demás, de todo este revuelo que hombres y mujeres tenemos en la cabeza, este conocimiento o tontería, según se mire, que no deja de darnos vueltas, este sufrir, este querer, este sentir, estos recuerdos y miedos, este continuo pensar en los playoff. Sobre el origen del lenguaje humano siempre existieron mitos y leyendas, y luego llegaron todo tipo de tesis científicas, más o menos demostradas hoy. Pero lo único cierto es que poco a poco, a medida que nos poníamos en pie, y en unos cuantos milenios, nuestro cuerpo y nuestro cerebro se desarrollaron de tal manera que empezamos a hablar, a pegarnos la paliza unos a otros. No sabemos bien cómo, pero tampoco por qué. No sabemos el motivo que llevó a esos tipos, algo simios todavía, del gruñido a la palabra. Expertos de todo tipo  -lingüistas, biólogos, neurólogos, paleoantropólogos y más cosicas- han lanzado sus teorías sobre qué nos empujó a hablar: la necesidad de las madres de enseñar a los chiquillos, dicen unos; la caza, las ganas de un buen chuletón a la brasa, dicen otros; la poesía o el canto, la necesidad de expresar emociones, que fue decisiva, según otros expertos; o simplemente que follar se empezó a poner jodido y había que empezar a seducir, explican otros; y hay incluso quienes aseguran que el elemento fundamental en el desarrollo del lenguaje fue la necesidad de engañar. Ojo con estos, sí, sí, que lo tienen muy claro. Empezamos a hablar, sobre todo, para poder mentir. Más que por un buen chuletón a la brasa, más que por las ganas de follar cuando empezó a ponerse jodido lo de follar. Esta gente sabe, cuidado, esta gente tiene estudios que no se regalan. Esta gente reivindica el papelón del engaño en nuestra evolución, el engaño como el gran tapado. Y hablan de todo tipo de engaño, claro, no sólo del cruel y fácil embuste. El engaño del cuento y de la magia, del teatro, del cine; el engaño del regate y de la mentira piadosa. El engaño no es un lateral prescindible, el engaño es un mediocentro por el que circula todo este revuelo que tenemos en la cabeza hombres y mujeres, este conocimiento o tontería, según se mire.

El murcianismo llega tocado a la primera ronda de las eliminatorias de ascenso, algo confuso, tras otras dos derrotas en casa de la recta final; algo perdido, tras dos jornadas en las que el equipo pudo relajarse por fin, tras meses sin poder hacerlo. Era el último partido y no lo fue, y sólo por eso el murcianismo debe estar feliz. El último partido es nuestro miedo, nuestra pesadilla repetida desde hace años: el jugar y no volver a hacerlo. Ese fantasma que nos persigue lo hemos vuelto a esquivar, y por quinto año consecutivo jugaremos más allá de la liga, a la espera de poder hacerlo la próxima temporada. Pero todo se ha desmoronado en estas últimas semanas, toda la confianza acumulada, todas las buenas sensaciones. La palabra solidez se nos ha caído, la hemos perdido, enterrada por tantos partidos encajando goles en casa, y junto a la solidez se han ido derrumbando todos sus sinónimos, todos, poco a poco: ya no somos firmes, ya no somos seguros, ya no somos fuertes ni graníticos ni rocosos. Hemos perdido tantas palabras por el camino que ahora vemos el ascenso más lejos que en marzo. Llegamos tocados a este playoff, más que al anterior pero menos que al otro, y quién recuerda ya los anteriores. Todos terminaron mal y ahora, cuando las piernas se doblan ante la llegada del Elche, sólo podemos agarrarnos a lo que no tuvimos en aquellos: José María Salmerón. Agarrarnos a él y al engaño que mueve al mundo, a la intuición de que lleva un par de semanas engañándonos a todos, de que sabe tanto que no ha querido mostrar todo lo que somos. ¿Cómo no vas a ser ahora sólido, José María? Venga ya, hombre. ¿Qué? ¿De pronto has dejado de ser rocoso? ¿Ahora? No me jodas, José María. Que te hemos visto salir en un playoff a destrozar a patadas e intensidad a aquel superrealmadridcastilla, al que fulminaste. Nos agarramos a Salmerón, y al engaño que mueve al mundo, a que al comenzar los playoff  se acaban todos los análisis, los sistemas y el fútbol y comienza otra cosa: las batallas en el alambre que no dejan heridos, las peleas estratégicas dominadas por el miedo, los intercambios de golpes en el barro y la agonía que tienen mucho más que ver con la vida que con el fútbol. Las tardes tienen una luz de playoff tan terrible que tienen hasta prórroga. ¿Cómo no vas a ser sólido ahora, José María? ¿Nos has engañado a todos y vas a fulminar al Elche, no? Nos agarramos a eso, sólo podemos agarrarnos a eso; nos dejamos engañar, nos engañamos a nosotros mismos. Y llenaremos Nueva Condomina con esa ilusión murcianista que no tiene tanto que ver con el ascenso como con que no sea el último partido, con que podamos ver jugar al Murcia para siempre.

Real Murcia: Biel Ribas, Pedro Orfila, Charlie, Molo (Pallardó, 24'), Forniés; David Mateos, Armando, Fran Carnicer (Elady, 57'); Carlos Martínez (Ongenda, 71'), Chrisantus y Xiscu.