La Palabra

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 2 ; El Ejido, 0.
Terminó el partido entre el Barcelona y el PSG y el comentarista llamado Jorge Valdano sentenció algo así como que era el triunfo de la liga española, otro triunfo de la mejor liga del mundo, subrayó, y entonces pensé en la cantidad de dinero que habrá que pagarle a un tipo listo y sensato como él para decir semejante idiotez después de un partido así. Otros expertos o periodistas, que hace un tiempo respetamos e incluso admiramos, apoyan de manera similar, sin ninguna crítica y con menos pudor, ese producto, que no deporte. Se trata de un negocio sostenido ahora por las casas de apuestas (por nosotros, como todos los negocios), que a su vez sostienen los millonarios contratos televisivos impulsados por un nacionalista español de ultraderecha y un nacionalista catalán de ultraizquierda que se encontraron en el neoliberalismo para abrazarse y forrarse juntos. Lo han hecho muy bien, hay que reconocerlo, muy bien para forrarse; y es seguro que si no lo hubieran hecho ellos lo hubieran hecho otros. Han comprado el fútbol y ahora tienen que venderlo: es un producto, es un negocio. Tienen toda la maquinaria del sistema a su favor, toda la ideología del mercado empujando, todos los predicadores sentenciando sus bondades a sueldo. El odio al fútbol moderno no es odio al fútbol actual, sino a a ese producto que han fabricado, que compran y venden mientras los equipos pequeños mueren o agonizan en estadios vacíos. Es la ley del mercado, por otro lado, igual o parecida a la de todos los sectores. Pero su fútbol se ha alejado tanto del nuestro que lo hemos rechazado. Entre su fútbol y el nuestro ya no hay apenas conexiones, de modo que deberíamos negociar quién se queda con la palabra fútbol, porque ya no es que representen conceptos diferentes, es que representan conceptos opuestos. Deberíamos negociar quién se queda con la palabra, pero nosotros nunca hemos negociado bien nada. Vamos a regalársela, en todo caso. 

El Murcia de Mir se plantó de manera más convencional el domingo: sin Benito y con Alarcón fue algo más directo y previsible, pero aun así debió irse al descanso con ventaja ante un buen El Ejido que también asustó un par de veces. Pero fue nada más empezar la segunda parte cuando el 1-0 fue algo más que un 1-0. Marcó Josema, rápido y certero en el área como siempre, y el videomarcador se iluminó como en los años 80, con ese intermitente GOL GOL GOL que nos encendía en La Condomina vieja. Y el que lo había vivido se emocionaba, y el que no lo había vivido lo escuchaba del que lo había vivido, que a su vez recordaba a los que ya no pueden vivirlo. El videomarcador se iluminó y el Murcia volvió a unir a varias generaciones en un instante. Fue un detalle lleno de fútbol y de vida, de nuestro fútbol. Después marco Guardiola, en uno de esos goles que te hacen creer aún más que este año tenemos algo que no teníamos en los dos anteriores. Y el marcador volvió a iluminarse, como con Figueroa, con Manolo o con Juan Comas. Ganamos 2-0 y, aunque por fin estábamos entre los cuatro primeros, no nos fuimos contentos. Porque poco antes de terminar el encuentro, el tobillo de Isi se torció, y con él se torció toda la tarde. Queremos subir, pero queríamos subir con Isi en el campo, porque con Isi en el campo están presentes estos tres años agridulces de supervivencia, con Isi en el campo estamos un poco nosotros en el campo. Porque no es un producto, no es un negocio. Es fútbol. Y es algo totalmente diferente a lo que nos venden. Deberíamos negociar quién se queda con la palabra, pero nosotros nunca hemos negociado bien nada. Vamos a regalársela. O a lucharla, en todo caso.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Isi, 62' -Rubén Ramos, 81'-), Armando, David Sánchez, Alarcón; Guardiola y Curto (Juanma, 77').
Goles: 1-0 (Josema, 47'). 2-0 (Guardiola, 63').

La espera

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Jaén, 0 ; Real Murcia, 0
Esperábamos Jaén ilusionados, pero en Jaén no pasó nada. Sólo pasó la semana, el fin de semana, la jornada de liga. Y seguimos a la espera, que puede que sea mejor que cualquier otra cosa en la vida. “Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar”, dice un proverbio japonés de esos, y el fútbol, también para esto de la espera, es pura vida. Hay quien cree que la liga se juega los fines de semana, cuando hay partido, pero no, no: la liga se juega, la liga se vive, sobre todo durante esos días en los que no hay partido, en ese lento transcurrir de la semana, en esa eternidad en la que el próximo partido parece no llegar nunca. El hincha muere en verano, se queda sin aire y sin vida, pero no es porque el fin de semana no haya partido de fútbol, sino porque no espera el partido de fútbol durante la semana. Eso es lo que te quita la vida durante esos meses. Ser de un equipo de fútbol es algo así como esperar el próximo partido. Como tener esperanza.

En Jaén no pasó nada, sólo una jornada más. Un 0-0 en el partido más difícil que quedaba, una imagen sólida en defensa muy necesaria para lo que queda, un punto que nos mantiene a la espera; a la espera de por fin entrar entre los cuatro primeros. En Jaén no pasó prácticamente nada, pero pasó la semana y la jornada, y eso dividió al murcianismo entre los que lo ven más lejos y los que lo ven más cerca. “La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo”, y eso no lo dice un proverbio japonés de esos, sino un escritor belga, Maurice Maeterlinck. Los que saben, pero no saben nada, según el escritor belga, ven el objetivo jodido; los que ignoramos todo lo vemos cada vez más cerca. Pero en el lento transcurrir de la semana, en esa eternidad en la que el próximo partido parece no llegar nunca, en esos días en los que no hay partido pero sí hay liga, el murcianismo se volverá a unir, casi sin darse cuenta. Porque ser de un equipo de fútbol es algo así como tener esperanza.

Real Murcia: Simón, José Ruiz, Golobart, Josema, Pumar (Juanjo, 45'); David Sánchez, Armando, Diego Benito (Isi, 45'); Rayco (Alarcón, 74'), Víctor Curto y Guardiola.
Goles: Nada.

Depredadores


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 3 ; Mancha Real, 1
Se dramatiza demasiado con eso de bajar de categoría, con el hecho en sí, el día trágico, las lágrimas, el pozo o el infierno; la desolación. Pero lo peor no es bajar, sino estar. Lo peor es lo jodido que es volver. Lo vemos en Segunda, en todos esos equipos que bajan después de estar muchos años en Primera, entre los grandes y guapos. El choque siempre es terrible, por mucho que vayan sobre aviso: en Segunda los equipos no sólo son feos y bajitos, es que son jodidos, son competitivos. Lo están viendo en Zaragoza y en Mallorca; lo han visto en Gijón o en Pamplona; lo han vivido el Betis, la Real Sociedad y hasta el Atléti. Bajan y se ven atacados, de repente, por todos los tópicos del mundo del fútbol: no hay enemigo pequeño, el fútbol son once contra once, con el nombre no se ganan partidos, incluso por el impecable fútbol es fútbol. Son equipos feos, son jodidos, son competitivos. Alguno puede pensar que el descenso a Segunda B puede ser distinto, un alivio al menos donde imponer tu grandeza sea algo más fácil. Pero no. En Segunda B también son jodidos y competitivos, y además son más feos. Los cabrones. La Segunda B es una selva frondosa, llena de trampas y de equipos sin nombre, o incluso con nombre simpático, en la que si no eres depredador eres su presa. La Segunda B te come la moral desde el principio, cuando tienes claro que sólo cuatro de los 80 equipos saldrán de allí, sólo cuatro, que encima deben ser fuertes todo el año y, sobre todo, en primavera. Te come la moral desde el principio y te va cogiendo cariño, hasta susurrarte al oído que cuanto más tiempo pases allí más difícil será salir de esa maldita selva, en la que terminas por perderte, por volverte loco, si es que no acaba antes contigo.

El Mancha Real de Nueva Condomina mostró en 90 minutos la cruda realidad de la Segunda B. Equipo feo con nombre simpático, antepenúltimo en la tabla, casi hundido, casi descendido, el Mancha Real dio la cara en todo el partido, jugó bien, asustó incluso con uno menos a este Murcia enrachado, y pegó todo lo que se puede pegar y un poco más. Jodidos, competitivos. Los cabrones. Pero el Murcia fichó en invierno, sobre todo, instinto depredador, lo más necesario para salir de la selva. El primer balón que llegó al área encontró a Guardiola y gol; el último balón de la primera parte fue a parar a Curto y gol. Incluso el primer balón que llegó a la rueda de prensa encontró un depredador: "Nos han hecho un gol a balón parado y eso no me gusta", señaló Vicente Mir, que es el gran depredador del Murcia, el que sabe que ningún equipo sube encajando goles en faltas laterales, el que parece conocer todas las trampas para salir vivo de esta selva. Pero el protagonista del partido, sin embargo, fue Pumar, la presa favorita del murcianismo más crítico, ese que contempla callado a Kike García triunfar en Primera. Fernando Pumar llegó al Murcia en Segunda en el verano del 2014 y ha vivido con nosotros todo lo que vino después. El capitán simboliza mucho de este equipo perseguido, que se abre paso en la selva, que sobrevive domingo tras domingo, entre depredadores y algún carroñero que espera en silencio nuestra muerte. Los números dicen que perdemos cuando no juega; los partidos muestran que es un jugador decisivo en ataque siempre. El domingo volvió a serlo: dio dos goles y marcó el tercero de un disparo soberbio. El gol de Pumar, por fin, pensamos. Pero no. En la celebración reposada del capitán, puño cerrado y grito de rabia contenida, vimos que ese todavía no era el gol de Pumar. Su gol ya sólo puede ser nuestro gol, ese con el que soñamos a diario, y es el gol que repara la injusticia del verano del 2014, la que cometieron nuestros depredadores y quién sabe si algún carroñero que espera en silencio nuestra muerte.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Borja Gómez, Josema, Pumar; Rayco (Elady), Armando, Juanma (Saura), Diego Benito; Guardiola y Curto (Isi).
Goles: 1-0 (Guardiola, 2'). 2-0 (Curto, 42'). 2-1 (Romero, 74'). 3-1 (Pumar, 78').

Agonía


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Marbella, 1; Real Murcia, 1
¿Cuántos años llevamos jugando contra la muerte? Casi sin darnos cuenta, con la tontería, va para nueve años ya. No teníamos ni idea de que un partido de fútbol pudiera durar tanto, de que la muerte fuera capaz de perdonar así en el área. La palabra que recorre todas estas temporadas es agonía: ganamos para sobrevivir, pero sabiendo que estamos sentenciados. ¿Pero cuánto tiempo puede durar la agonía? ¿Sigue siendo agonía cuando no termina, cuando la agonía ya no es la transición entre la vida y la muerte sino la propia vida? Vivimos en la agonía continua, nos hemos acostumbrado a ella. Es probable que algún murcianista joven no sepa lo que es jugar un partido normal, que no sea a vida o muerte; que el fútbol para él sea agonía, sólo agonía, siempre al límite, siempre al filo de la muerte. Si no ganáis este domingo, cuidado. Si no ganáis, bajáis; si no ganáis, no subís, si no ganáis, ojo, que desaparecéis. Ese es el único Murcia que conocen. Criar a un chaval en esa agonía lo hace fuerte, lo hace adulto antes de tiempo. Tarde o temprano todos aprendemos que lo importante no es ganar o perder, sino vivir, pero ellos lo aprenden antes de tiempo, a una edad en la que uno sólo debería jugar. ¿Papá, entonces si no ganamos hoy desaparecemos? ¿Papá, y si no ganamos hoy no hay más Murcia? Esa pregunta, aterradora, planea desde hace muchos años, con la tontería, casi sin darnos cuenta.

El partido de Marbella parecía una metáfora de estos años y, sobre todo, de las últimas temporadas, brillantes en lo deportivo, en las que el Murcia ha estado cerca de subir a Primera o a Segunda y, en cambio, en todas ha terminado en Segunda B. Mir sacó un once distinto, aparentemente defensivo, pero que se convirtió en el equipo más ofensivo en años. Fue una primera parte extraordinaria, en la que el Murcia no dejó de llegar con facilidad al área rival, como si jugara en casa y contra un equipo menor. Fue un recital con cinco o seis ocasiones clarísimas para llegar al descanso goleando. Y, sin embargo, perdíamos. La segunda parte ya sólo fue agonía: no pasaba casi nada, sólo el tiempo, y cada vez más rápido. Pasaba el tiempo y se acababa el partido, se acababa la temporada, se acababa el Murcia. Pasaba el tiempo y por muchos salones de la ciudad planeaba ese temido ‘¿papá, y si no ganamos hoy?’. Pasaba el tiempo y Golobart fue increíblemente expulsado y no llegábamos; pasaban los minutos y el salón se tambaleaba, y temíamos por la palabra papá casi tanto como por la derrota. El partido parecía perdido, el Murcia agonizaba, pero el Murcia, con la tontería, casi sin darnos cuenta, lleva nueve años jugando contra la muerte. Y entonces la puso Pumar, la peleó Elady, la pitó el árbitro, la cogió Guardiola y engañó al portero, tranquilo, como ajeno a nuestra agonía, a lo suyo, sólo pendiente de la portería, como todo buen nueve. El Murcia sigue vivo y continúa la agonía, la palabra que recorre todas estas temporadas. Le habíamos marcado a la muerte en el 90 y de penalti. Tarde o temprano todos aprendemos que lo importante no es ganar o perder, sino vivir, pero cuando te mantienes vivo por un penalti en el descuento y lo marcas y te abrazas con los tuyos incluso recuerdas que lo único más importante que vivir es sentirse vivo.

Real Murcia: Simón; Juanjo (José Ruiz, 63'), Golobart, Borja Gómez, Josema, Pumar; Armando, David Sánchez, Adri Cruz (Elady, 75); Víctor Curto (Isi, 48') y Guardiola.
Goles: 1-0 (Añón, 15'), 1-1 (Guardiola, 90').


La dinámica


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 2; Córdoba B, 0
La necesidad de entender el mundo ha llevado al ser humano a todo tipo de invenciones, se supone que desde que tuvimos tiempo para pensar en algo más allá de las cosas importantes: comer, reproducirnos, protegernos. Nuestra compleja naturaleza humana necesita una explicación para todo. De entre todas las ficciones creadas, me quedo, cada una en su ámbito, con el Espíritu Santo y la dinámica positiva. El Espíritu Santo, qué genialidad, el gran tapado de la Santísima Trinidad: una creación tan maravillosa que, casi por definición, no podemos aspirar ni a conocer, ojo. Menudo comodín para explicarlo todo. Pero la dinámica positiva no se queda atrás en su misterio. Se habla de la dinámica positiva como de un ente que lleva a los equipos a ganar partidos por inercia. “Ganáis por haber ganado los últimos partidos”, predica la dinámica, sólo por eso, ojo, no por jugar mejor o peor, no por llegar más o menos a gol, no por acertar más en el remate. La dinámica los impulsa a la victoria como un superpoder mágico. En el fondo, si hay que mojarse, si no valen los grises ni la tibieza ni los matices, yo no creo en esas invenciones, aunque me fascinen. Sí creo en Jesucristo, en su coraje para echarse al equipo a su espalda y decirnos a todos que somos unos mierdas, que nos amemos los unos a los otros de una puta vez, que todos somos hermanos y nadie puede quedarse sin techo ni comida en ninguna circunstancia. Y sí creo, por ejemplo, en Víctor Curto y en David Sánchez, en su fútbol, en su calidad y su actitud para impulsar a este equipo donde parecía no llegar hace un par de meses.

Pero a veces no resulta suficiente: ni Jesús, ni Curto, ni siquiera David nos alcanzan para explicar el mundo y el fútbol. El domingo, el Murcia de Mir fue de nuevo un equipo vivo, un buen equipo, con una presión arriba que le sirvió para dominar bien y crear ocasiones, para volver a ilusionar a la afición con ese toque algo imprevisible que nos acerca al gol con más frecuencia. Pero esa presión sin fruto pudo pagarla el Murcia en un par de contraataques del Córdoba B en la primera parte y, sobre todo, en una muy clara en la segunda: un zagalón la tuvo como nunca en su vida para meterla dentro, pero la tiró fuera, a media hora para el final, con 0-0. Fue tan clara que los 10.000 reenganchados a la ilusión murcianista se callaron a la vez, como pensando en el Espíritu Santo. Cinco minutos después, el Murcia ganaba 2-0. ¿Qué había ocurrido? La dinámica. Te lo decía el de tu derecha y tú se lo decías al de tu izquierda. A mí me lo dijo el de arriba y yo se lo dije al de abajo. Ganábamos por la dinámica, la dinámica positiva, y la expresión recorrió como una ola Nueva Condomina en un instante. Al día siguiente, en una foto de Pepe Valero, una foto de esas que son mucho más que una foto, Golobart es un coloso, puño en alto, grito al cielo. Se eleva por encima de sus compañeros, que forman una piña celebrando el segundo gol. Miro la foto y veo a siete futbolistas del Murcia abrazados, pero los cuento y me sale algo más. Vuelvo a contar y sigo viendo algo raro, hay algo más que siete futbolistas. Y es que si hay que mojarse, si no valen los grises ni la tibieza ni los matices, yo no creo en esas invenciones, pero en esa foto, junto a los siete jugadores, asoma el alma del Murcia rugiendo.

Real Murcia: Simón; Juanjo (Morante), Golobart, Josema, Pumar; Adri Cruz (Isi), David Sanchez, Diego Benito (Borja Gómez); Rayco, Víctor Curto y Guardiola.
Goles: 1-0 (Guardiola, 61'). 2-0 (Víctor Curto, 63').

Vivirlo


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Cartagena, 1; Real Murcia, 3
A Cartagena no volvíamos este año. Era algo seguro, de lo poco incuestionable en una temporada de dudas. Intuíamos que sería jodida, que apenas nos pitarían penaltis; intuíamos que haría fresco en invierno y que después iría llegando el calor. Intuíamos cosas muy probables, pero que a Cartagena no volvíamos este año era algo seguro. No volvíamos, de ninguna manera. La decisión era meditada y firme, tomada desde hace casi un año. ¿A Cartagena? No. ¿A Cartagena? Ni hablar. ¿A Cartagena? Quita, quita. ¿Morata va? Morata no va. ¿Pero va alguien? A Cartagena, nadie. Y no era por esos 3 euros extra, hombre, ni por esa ubicación irresponsable que nos dio su directiva, ni por los escupitajos a los que te condena ese lugar. Tampoco era por la comprensible indignación del murcianismo oficial, qué va. Era por todo eso, pero no era por eso. Era porque allí, hace casi un año, respiramos algo que no queremos para nuestros hijos, algo que no tiene nada que ver con el fútbol, ni con el amor a tus colores, ni con la identidad. Un odio visceral que algunos quieren emparentar con el fútbol, pero que es lo contrario al fútbol. A Cartagena no volvíamos, y eso se puede explicar, pero lo que no sabría explicar bien es por qué al final volvimos a Cartagena. Y mira que lo he intentado, que llevo años intentando explicar por qué acompañamos a nuestro equipo, por qué somos del Murcia. Pero es imposible.

A Cartagena no volvíamos este año, pero volvimos. Durante la semana sólo se habló de la falta de seguridad para los desplazados, de su ubicación, del precio de las entradas, de dignidad y de decencia, y hasta de los escupitajos, pero de pronto, casi en el descuento, se empezó a hablar de acompañar al equipo, de no dejarlo solo, de arropar a los nuestros. Dejamos de hablar de fútbol y empezamos a hablar del Murcia. Los veteranos de siempre, los treintañeros clásicos, los zagales que por su edad sólo pueden recordar descensos; de pronto, todos, con el escudo. Volvíamos a Cartagena. ¿A Cartagena? A Cartagena. ¿Volvemos? Volvemos. ¿Morata va? Morata viene. Y ahí estábamos, en Cartagena. Entrando en el estadio, oliendo el verde, tocando el ruido inequívoco del fútbol. No se puede explicar. ¿Volvimos porque el Murcia podía ganar? No. ¿Volvimos porque Josema, David Sánchez y Guardiola, cada uno desde su línea, han convertido un buen Murcia en un gran Murcia? Ni hablar. ¿Volvimos porque algo nos dice que este año puede pasar todo lo contrario a lo del año pasado? Quita, quita. ¿Volvimos acaso porque no se televisaba? Tampoco, porque en realidad, desde allí abajo, apenas vimos el partido. Pero lo vivimos juntos. Y esa manera de vivirlo es lo que no se puede explicar, como todas las cosas que merecen la pena. ¿Por qué volvimos a Cartagena? ¿Por qué acompañamos a nuestro equipo? ¿Por qué somos del Murcia? No sabría explicarlo bien, y mira que lo he intentado, pero cuando vuelvo a vivirlo me doy cuenta de lo lejos que estoy de conseguirlo. Sólo queda seguir intentándolo y volver, siempre volver. ¿Pero a Cartagena? No. Ni hablar.

Real Murcia: Simón; José Ruiz, Pumar, Golobart, Josema; David Sánchez, Armando, Diego Benito (Curto, 53'); Isi, Rayco (Borja, 87'), Guardiola (Adri Cruz, 70').
Goles: 0-1 (Guardiola, 8'). 1-1 (Pumar pp, 32'), 1-2 (Josema 56'), 1-3 (Víctor Curto, 76').

El sistema


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 2; Linares, 0
Es probable que la consolidación del 4-2-3-1 sea una de las cinco cosas que más me han tocado los cojones en los últimos 25 años, hasta el punto de que celebro no solo cualquier otro sistema, el que sea, sino cualquier tipo de variante a ese horror. El 4-2-3-1 es un atentado contra nuestra infancia y parte de nuestra mejor juventud. Es una cuestión completamente sentimental, ojo. La sensación de que algo en nuestra vida se jodió, en la futbolística al menos, cuando apareció ese endiablado sistema. Qué espanto, qué distribución más odiosamente perfecta de las piezas. El 4-2-3-1 ha hecho a los equipos mejores, más fuertes, y además a todos: oímos hablar de la solidez del Huercal-Overa o de la selección de Luxemburgo y ya no nos sorprende. Pero esa solidez acabó con la locura, que es lo único que puede hacer un partido interesante cuando no juega tu equipo. El 4-2-3-1, además, significó el afianzamiento de la figura del mediapunta, ese engendro tan adorado por el fútbol moderno. Portero, defensa, centrocampista o delantero: todo lo demás es palabrería, conceptos generados por el aburrimiento. Alguno quiere ser mediapunta antes que futbolista, le escuché decir a un tipo en un bar. La línea de tres mediapuntas, comentan algunos analistas. Estamos jodidos, señores. Bien jodidos.

El murcianismo salió con una sonrisa de Nueva Condomina el domingo, una sonrisa tonta de satisfacción, que sospecho que no sólo se debía al 2-0 con el que ganamos con relativa tranquilidad al Linares. La sonrisica venía por un juego distinto, y detrás de ese juego estaba la variante que Vicente Mir introdujo en su 4-2-3-1, esa cierta locura con la que atacó el Murcia, dejando una banda vacía, juntando delanteros por dentro, con Diego Benito liberado y con Armando barriendo por todas partes, casi llamando a las puertas de la selección alemana. El domingo se vio algo distinto, algo que arrancó sonrisicas, aún no una alegría desbordante, pero sí cierta esperanza. No se vio un 4-2-3-1, no: mi abuelo hubiera visto en el campo tres centrocampistas y tres delanteros, que es lo que había. Fue un Murcia más dinámico, fue un regreso a los 80, a la merienda, a la infancia. A mi abuelo. Mir consiguió que viéramos un partido distinto, algo desequilibrado por fin. Porque el horror no llegó con el 4-2-3-1 en sí, sino en el momento en que empezó a enfrentarse a otro 4-2-3-1. Quizá ahí esté en parte el origen de esos partidos equilibrados de ahora, sin apenas ocasiones ni tiros, absolutamente parejos, que se resuelven a balón parado, o por un ligero error que te condena a morir 0-1 ante equipos que no han hecho nada más que creer ciegamente en su 4-2-3-1. Así atentaron contra nuestra infancia, así murió el fútbol para nosotros, ese fútbol que nos gustaba antes, que disfrutábamos incluso cuando no jugaba nuestro equipo. Porque si juega el Murcia, claro, todo vale. El 4-2-3-1, el tedio, el horror o lo que sea. Cualquier cosa con tal de ganar. Cualquier cosa con tal de ser, de seguir viéndote jugar.

Real Murcia: Simón; José Ruiz, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Diego Benito (Rubén Ramos); Isi (Alarcón), Rayco y Guardiola (Aguilera).
Goles: 1-0 (Guardiola, 3'). 2-0 (Rayco, 49').