Los polacos


Alejandro Oliva (@betandtuit)

Ucam Murcia, 2; Real Murcia, 1.
Cuentan que cientos de polacos se han hecho con una pequeña parte del Murcia, y me parece algo maravilloso. Pero no he querido saber mucho más del tema, no he querido pinchar en la noticia, no he querido ampliar mis conocimientos sobre esos polacos, sobre por qué cojones unos polacos se han hecho con una pequeña parte del Murcia. Es una noticia que he recibido con más ganas de ilusión que de información. Hay unos cuantos polacos que tienen una parte del Murcia, y no sé muy bien por qué, ni quiero saberlo. También hay italianos, muchísimos, e ingleses, y americanos, y más de mil húngaros (ojo), pero de todo eso no he querido informarme demasiado. Lo primero que me impactó, lo que me llegó al corazón, fueron los cientos de polacos. Me imagino a ese polaco despertándose el domingo en Lodz o en Cracovia, ligera resaca, pelo revuelto, zapatillas de paño, con una sonrisaza que no lo cabe en la cara al pensar que su equipo (sí, SU EQUIPO), juega esa mañana. “Me cago en el copetín”, me imagino al polaco diciendo ilusionado, católico, claro, futbolero, sonriente, resacoso, hoy jugamos, sísísí. Me imagino al polaco encendiendo el ordenador por si hubiera manera de ver jugar a su equipo (sí, SU EQUIPO), ahora que le pertenece, ahora que tiene una pequeña parte del centenario Real Murcia. “En el copetín me cago”, me imagino, al polaco, al ver que nada, que no, que no hay tele, bueno, a ver si ganamos, al menos, a ver contra quién capullo jugamos hoy. Me imagino al polaco leyendo ‘Ucam Murcia’ y pensando, la virgen de Czestochowa, que es un derbi, el otro equipo histórico de la ciudad, será, pensaría el polaco, viniéndose arriba, partidazo, su puta madre, habrá que ir a Murcia a ver un derbi de esos, habrá que mirar vuelos. Me imagino al polaco leyendo en Wikipedia sobre el así llamado Ucam Murcia Club de Fútbol, nacido en 1999, ah, pijo, de histórico nada, nacido como Murcia Deportivo, y luego Los Garres, y luego Rincón de Seca, y luego Costa Cálida-Beniaján Club de Fútbol, la virgena, qué equipo, y luego Sangonera La Verde, ya en 2011. Y ese año, por fin, Universidad Católica de Murcia Club de Fútbol, toma ya, universidad católica nada menos, imagino al polaco, a las 11:50 en Wikipedia, investigando al rival antes del derbi, con un café, resacoso, cagándose en el copetín, qué casualidad, 2011, justo a la temporada siguiente de que el Murcia, su equipo, entrara en concurso de acreedores y se acercara a la liquidación; qué bárbaro, no cuando su equipo estaba en Primera tres años antes, no entonces, no, universidad católica sólo al ver negocio, universidad católica sólo al verlo morir. Me imagino al polaco llegando a ese detalle, o no, porque en realidad es un detalle en el que apenas ha reparado ningún murciano en todos estos años. Imagino al polaco lavándose la cara y abriendo el mismarcadores, o algo de eso, allí en Polonia, en Lodz o en Cracovia, y abriendo el twitter del Murcia, ilusionado, un puto derbi, socio, mi equipo, sí, mi equipo centenario, porque cientos de polacos se han hecho de pronto con una pequeña parte del Murcia, y me parece algo maravilloso; en 94 países ahora hay gente con una pequeña parte del Murcia, casi 21.000 personas repartidas por todo el mundo tenemos ahora una parte de nuestro equipo. Pero es un tema del que no he querido saber mucho más, no he querido tener más información de esta movida tan bonita, quizá porque el Murcia, todo lo que rodea al puto Murcia, me emociona tanto que se me saltan las lágrimas sólo de pensar en que pueda llegar a salvarse.

El Murcia se ha hecho global y respira, al menos, pero el Murcia de Herrero se presentaba al derbi algo tocado deportivamente, después de que el Cartagena destrozara en los 20 últimos minutos su solidez, su espectacular solidez de las 12 primeras jornadas. Y en los 20 primeros minutos del derbi se alargó ese destrozo. El Murcia saltó a La Condomina con la solidez hecha pedazos, como si esos dos goles del Cartagena hubieran despertado todos los fantasmas, todos los desastres perpetrados por esa banda de hijos de la gran puta que formaron una plantilla de buenos futbolistas a los que sabían que no iban a pagar; como si hubieran aparecido todas las lagunas que debe tener un equipo que no cobra, que entrena en campos de mierda y que ha pegado con pegamento sus balones descosidos. Y el Ucam se aprovechó de la situación, claro, y el partido se convirtió así en un resumen de estos últimos años en los que el buitre sobrevuela y espera, en silencio, sin hacer ruido, sin otra misión que esperar la muerte del Murcia. Y siempre ayudado por un córner que no es, y por un gol tonto en propia puerta, y por un penalti no pitado. Un resumen de estos años. El buitre, que diga el Ucam, fue muy superior en esa primera parte y pudo hacer la herida más grande, con oficio, con plantilla seria que cobra al día y con un pedazo delantero como Titi, con la solidez que proporciona un proyecto tan serio en lo deportivo como muerto en todo lo demás. Pero en la segunda parte, cuando nos temíamos lo peor, su extremo Isidro Ros, futbolista interesante pero con una discapacidad emocional aún más interesante, futbolista tan desequilibrante como necio en todos los sentidos de la palabra, nos metió en el partido al ver la segunda tarjeta, por fin, casi buscándola, después de haberla merecido cuatro veces antes. Y ahí el Murcia no sólo pudo empatar, ahí el Murcia debió ganar. Arrolló y acorraló al buitre, y no lo goleó porque este Murcia frágil atrás tiene el mismo problema que el Murcia sólido atrás: no hace un gol a nadie, nunca, por mucho que llegue, por mucho que tire. Ahí volvió a encontrar, además, a un rival magnífico en defensa, rocoso, y que recordó a ese viejo chiste que arrastra la Universidad Católica de Murcia desde su origen: ni es universidad, ni es católica, ni es murciana. Un equipo de mercenarios de barrio de gran ciudad andaluza no hubiera jugado de manera más rastrera y zafia, y los valores universitarios, católicos y murcianos se volvieron a quedar en el nombre. La afición murcianista, en cambio, pareció tomarla con los suyos, a pesar de que no pudieron hacer más por empatar el partido. Y empezó a tomarla con Herrero, a pesar del magnífico trabajo de sus primeros meses, a pesar de que ante los dos ogros del grupo sólo ha perdido por la mínima. Pero esto es Murcia, señores polacos. Pasen y vean, pasen y actúen, si pueden, únanse a los italianos y a los húngaros o algo y cambien el rumbo del club. Porque aquí hemos tenido a todo tipo de maleantes y de sinvergüenzas, ladrones de altos vuelos y estafadores de barrio, por aquí ha pasado todo tipo de hijo de la gran puta intentando sacar tajada hasta de la miseria, pero también hemos tenido siempre una grada llena de sabios que ha dinamitado cualquier intento de proyecto deportivo. Ellos son murcianos, no siguen al equipo desde Lodz ni Cracovia, pero parecen incapaces de comprender cuál es la situación extrema del Murcia, cómo está de hundido el club. Desahuciado, en las últimas y, además, con un buitre que sobrevuela paciente, sin hacer ruido, sin otra misión que esperar nuestra muerte. Un buitre que ha visto, de pronto, cómo hemos recibido el apoyo de casi 21.000 almas repartidas por 94 países. Cómo, de pronto, cientos de polacos se han hecho con una pequeña parte del Murcia, en una movida de la que he preferido no saber mucho más, no tener más información, quizá porque todo lo que rodea al puto Murcia me emociona tanto que se me saltan las lágrimas sólo de pensar en que podamos llegar a salvarlo.

Real Murcia: Mackay, José Ruiz, Charlie Dean, Hugo Álvarez, Forniés (Manel, 62'); Maestre (Armando, 81'); Josema, Juanma (Héber Pena, 45'), Corredera, Alfaro; Chumbi.
Goles: 1-0 y 2-0 (Emilio Butragueño), 2-1 (Manel, 82').

Hazlo tuyo


Foto: "¡Aguanten los granas!" (© José Manuel Martínez)
Alejandro Oliva (@betandtuit)

Don Benito, 0; Real Murcia, 0.
Con las miles de cosas interesantes que dijo don Luis Aragonés, me temo que va a pasar a la historia una de las más estúpidas que dijo. Y una de las que menos le representa, además. Luis fue un tipo muy grande, un tipo extraordinario, lleno de luces y sombras, seguramente como todos los tipos muy grandes y extraordinarios. Un tipo con mal genio y cara de mala leche, un poco como de querer estar siempre en otro sitio. Luis fue un futbolista sobresaliente y un buen entrenador, de carrera larga, algo irregular, seguramente como casi todas las carreras largas. Luis tuvo varios éxitos importantes y algún tropezón, y sólo su tozudez, su tremenda cabezonería para no dejar la selección española cuando España entera clamaba contra él, le ha permitido pasar a la historia como un héroe. Luis clasificó a España en la repesca para el Mundial de Alemania en 2006, donde se estrelló en octavos contra el último coletazo de la penúltima gran Francia, y a finales de ese año su selección tocó fondo, al perder en Irlanda del Norte y en Suecia. Luis se llevó hostias por todos lados, con una unanimidad de la España futbolística casi sin precedentes, que lo masacraba, lo insultaba y le recordaba continuamente que había incumplido su promesa de irse tras el Mundial. Pero Luis no se fue, ni Ángel María Villar lo destituyó y, sólo unos meses más tarde, Luis empezó a cambiar la historia de la selección española. Sólo unos meses más tarde, empezó todo: el tiquitaca y la posesión, el juego vistoso y las victorias, la Eurocopa soñada, por fin, la semilla para ganar un Mundial. En año y medio, esa unanimidad de la España futbolística casi sin precedentes cambió de barrio, y Luis pasó de ser un majadero cabezón al gran genio que había revolucionado el fútbol español. Fue así, ojo. En año y medio. Sin transición que se recuerde, sin matices, sin grises, sin análisis ni discusión posible, acaso porque eran los mismos, exactamente los mismos que lo habían denigrado, los que ahora lo ensalzaban; y aún más cuando murió, claro, en 2014. Luis fue un tipo muy grande, un tipo extraordinario que no paraba de decir cosas interesantes, pero me temo que pasará a la historia por una de las cosas más estúpidas que dijo, y una de las que menos le representa, además. Fue en una rueda de prensa, entrenando al Atléti, con su proverbial mal genio, cuando dijo eso de que el fútbol consiste en “ganar y ganar y ganar… y volver a ganar, y ganar y ganar”. La frase estaba destinada a triunfar: era sencilla y sonora, tenía fuerza, tenía la profundidad justa para ser irrebatible. Y ahí están, venga a citarla, con esa unanimidad de la España futbolística que casi da miedo. Y ganar y ganar y ganar. Da igual de qué equipo sean, da igual que pierdan hasta al futbolín. Y volver a ganar, dicen, sin rubor. Y ganar y ganar y ganar, repiten, sin parar. Y volver a ganar, y ganar y ganar; y ganar, y ganar, insisten, sin un número de ‘ganares’ determinado, porque no hay límite en el número de 'ganares', ojo, como no hay límite en la tontería. Menudo legado nos dejaste, Luis, con la frase. Estoy casi seguro de que si lo hubieras sabido te hubieras quedado calladico, Luis. De que era sólo una manera de hablar, una necesidad de transmitirlo a tu gente así, en ese momento; de que sabías que el fútbol es todo eso, sí, pero es mucho más que eso. De que sabías que el fútbol es, como mucho, intentar ganar, y volver a intentarlo. Que el fútbol, y lo que no es fútbol, es sobre todo jugar y jugar y volver a jugar.

El Murcia continuó en Don Benito superando, igualando o acercándose a varias de las mejores rachas de su historia, según nos cuenta cada semana el gran @NumerosGrana. El Murcia lleva más de un año sin perder fuera de casa, el Murcia apenas recibe goles, el Murcia lleva desde la primera jornada sin encajar un gol en jugada de un rival. El Murcia de Herrero, este Murcia que no ha cobrado en toda la temporada, lleva unos resultados notables, sensacionales dadas las circunstancias. Y a pesar de eso, había que ganar en Don Benito. Y ganar y ganar y ganar. Por alguna extraña razón que se me escapa, una parte del murcianismo sigue pensando que en Don Benito hay que ganar, que en Don Benito el Murcia debe ganar por cojones, por alguna ley no escrita, por una extraña superioridad histórica que tiene que transmitirse en el campo, que debe incapacitar a once futbolistas del Club Deportivo Don Benito para empatarle al Real Murcia. “En Don Benito hay que ganar”. Es un pensamiento que me sigue fascinando, una mezcla de inocencia y prepotencia que ignora la esencia del fútbol, y casi de la vida. Que confunde la máxima ambición que siempre hay que tener con la absurda exigencia de conseguir algo por lo que también lucha otro. Es una manera de verlo muy extendida en esta tierra, quizá influida por el madridismo dominante, o quizá por esa unanimidad de la España futbolística donde tanto ha calado el y ganar y ganar y volver a ganar; es una manera de verlo que ha dilapidado todos los proyectos deportivos que se han intentado en Murcia, todos, siempre, incluso en los mejores años del Murcia, en los 80, cuando unas cuantas derrotas acabaron con José Víctor Rodríguez, con Eusebio Ríos, con Vicente Carlos Campillo, con Antal Dunai. Con todos, siempre, jamás un entrenador más de dos años seguidos en Murcia. En un Murcia que no cobra, en un Murcia con resultados muy notables, ya se duda de Herrero, por ese eterno “en Don Benito hay que ganar”. Por suerte, casi a la vez que no podíamos ganar y ganar y ganar en Don Benito, un par de murcianistas lanzaban una web para facilitar la participación en la ampliación de capital del club. Antonio Ruiz y Víctor García trabajaron todo el sábado sin descanso, 14 horas, sin comer apenas, todo por un escudo, para que cuanto antes, en unos días cruciales para el murcianismo, todos pudiéramos comprar fácilmente un trocito del Murcia. Es algo que está en nuestra mano, gracias a Antonio, gracias a Víctor, gracias a todos los que están dejando su tiempo por el Murcia, dentro de esta gran plataforma en la que por primera vez se contempla un futuro sin la obligación de ascender, un futuro sin la obligación de ganar. En Don Benito se puede ganar o no, pero el Murcia sí podemos hacerlo nuestro, desde casa, sin ningún jugador del Don Benito que venga a quitarnos el móvil, sin que el árbitro corte el wifi cuando vas a culminar la compra. Y ya ese mismo domingo, y ya durante esta misma semana, ha brotado algo maravilloso, una corriente de murcianismo que emerge en cada rincón de la ciudad, un torrente de cariño desde todos los puntos del mundo. Un contador de amor mágico que no para de crecer. Un aliento de vida para el desahuciado. Una solidaridad entre hinchadas e hinchas para mostrar que el fútbol es ganar, sí, pero es mucho más que ganar. El Real Murcia eres tú. #Hazlotuyo, #HazloReal, aunque sólo sea para que podamos volver a empatar y empatar y empatar en Don Benito. Hazlo tuyo para jugar y jugar y poder siempre volver a verlo jugar.

Real Murcia: Mackay, Migue, Charlie Dean, Dani Pérez, Forniés; Maestre, Armando (Josema, 83’), Miñano (Juanma, 78’), Corredera; Manel (Chumbi, 72’), Dani Aquino.
Goles: Antonio Ruiz y Víctor García.

El chiquillo


Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Balompédica Linense, 0; Real Murcia, 0.
Es una de esas imágenes que le debemos al cine americano, una más, una de esas imágenes que tenemos grabada en la memoria de tanto verla en la tele. Hoy los chavales pueden elegir entre el youtuber de Toronto o la influencer de Burgos; hoy tienen el Netflix ese, y otros mundos y millones de opciones donde elegir; hoy son más libres que la hostia, son terriblemente libres; pero nosotros no, para nosotros en los 80 esas películas americanas de la tele eran algo obligado, impuesto, porque no teníamos otra cosa que ver, y en la calle era prácticamente imposible que no te robaran. Es una de esas imágenes que tenemos grabada en la memoria, parte de nuestra otra cultura, porque de alguna manera tuvimos dos infancias, una que vivíamos, en Murcia, y otra que veíamos por la tele, en una zona residencial de clase media en las afueras de una gran ciudad norteamericana. Es una de esas imágenes recurrentes, una que mostraba a una madre soltera, o separada de un hijo de la gran puta que le pegaba, una madre de una desestructuradísima familia americana, desesperada porque no tenía con quién dejar al niño, o niños, ante un acontecimiento inesperado (su jefe la había llamado para cambiar el turno en la cafetería, casi siempre), desesperada porque no podía dejar al chiquillo solo en casa, y con sus padres ya no se hablaba, o vivían en Florida; pero entonces, toma ya, la madre llamaba a una vecina a la que le pasaba al chiquillo, casi sin preguntar; le pasaba a un bebé con una capaza llena de pañales y algún potito, y le decía: “Louise, por favor, tengo que salir unas horas, ¿puedes cuidar del pequeño?”. Qué imagen aquella. Cómo recibíamos nosotros aquí esa imagen, señores; en qué momento, aquí, le íbamos a dejar al chiquillo a la loca del tercero. Pero lo veíamos en las películas, y así era, así nos ha llegado esa imagen, así la tenemos, grabada en la memoria. Ahí se quedaba el bebé, con la vecina, con la así llamada Louise, de la que no sabíamos nada, de la que intuíamos que cuidaría al bebé como si fuera suyo, o no, a saber, ese era el secreto y la fuerza de esa imagen, esa duda entre si era Louise-adorableLouise-loca del tercero. La Ley del Deporte de 1990 provocó en España un terremoto entre los equipos de fútbol, que dejaban de ser nuestros y pasaban a ser de un señor que, más allá de su amor por los colores, quería gestionarlos. Muchos clubes, casi todos, desestructurados y hundidos, tuvieron que ir dejando su chiquillo a vecinos, a veces serios, otras muy sospechosos, que con la excusa de cuidarlo intentaban sacar el máximo beneficio. Aquella ley, la que iba a arreglar los males de nuestro fútbol, terminó por multiplicar la deuda de los clubes de unos 170 millones de euros a más de 5.000. Nosotros, que ya entonces estábamos desesperados y arruinados, le dejamos el chiquillo a un señor de Madrid que nunca lo trató demasiado bien, lo utilizó para engordar su patrimonio y el de su familia y lo hundió en la miseria; pero sospechamos que, con el tiempo, le cogió cierto cariño, al chiquillo, sospechamos que a partir de un momento no quiso hacerle daño, no quería matarlo, no hubiera dejado nunca que muriera. Pero entonces murió él. Y cuando parecía que, en nuestra desesperación y en nuestra miseria, el bebé moriría rápido, sin nadie que lo acogiera, cuando parecía sentenciado, se abrió sorprendentemente la puerta de muchos vecinos, vecinos  antiguos y vecinos nuevos, vecinos de Archena o de Extremadura, vecinos sonrientes que nos invitaban cordialmente a dejarle a nuestro chiquillo, pasa, pasa, déjamelo a mí, que yo lo cuidaré y lo pondré fuerte. Pero siempre planeaba la sombra de la loca del tercero, siempre hemos visto algo raro en cómo lo alimentaban, a base de bollería industrial para ascender y poco alimento para crecer. Después, al límite de la desesperación, apareció un vecino de Orihuela, que, además de mucha bollería industrial, prometía tener algo más, una casa con piscina o algo así, parecía, un lugar donde el chiquillo pudiera crecer fuerte. Y a él se lo dejamos, esa es la imagen de la película americana que mejor describe nuestra situación actual: la de un señor de Orihuela con nuestro bebé en brazos, al que en cualquier momento puede dejar caer al suelo, y que no quiere devolvérnoslo. Justo esa imagen, justo esa sensación. Confiábamos en que la vecina Louise no le iba a hacer daño, confiábamos en que la tal Louise no acostumbra a ahogar bebés en la bañera, a pesar de que en Orihuela contaban que tiene enterrados varios cadáveres en el jardín. Y ahora lo ha secuestrado, ahora no nos devuelve al chiquillo, ahora ya no le da ni bollería industrial, ahora parece que muere. Y necesitamos que nos lo devuelva ya, porque hay incluso quien dice que ha empezado a oír el agua del grifo correr. ¿Estará llenando la bañera, el cabrón? Llamamos al timbre y no abre. ¡Louise! ¡Louise! Abre, por amor de dios. Abre. ¡Devuélvenos al chiquillo! ¡Louise!

Y mientras tanto, el Murcia no pierde. Nada, no hay manera de que pierda. El Murcia de Herrero debería perder ya, ya le toca, hoy sí, pensábamos, en La Línea, contra la Balona, sí, sí, se pierde, segurísimo, no se puede no perder tanto, secuestrados y todo, en la Línea, hombre, se pierde, segurísimo. Y no sólo no se perdió, sino que se pudo ganar, se debió ganar. El murcianismo ya veterano, el murcianismo maduro, ya vio a un Murcia así en Segunda B, confeccionado para luchar arriba, con sueldos altos que no pudo pagar desde bien pronto, que vivió en la miseria y terminó bajando a Tercera. Ya lo vimos, hace 24 años. Recordamos bien lo que sufrió aquel Murcia y quizá por eso nos maravilla la solidez de este Murcia de Herrero, que salta al campo los fines de semana como si hubiera cobrado prima doble, empujado por una corriente de murcianismo que no deja de crecer. Y eso es lo que más fascinante, eso es lo que más ha cambiado y más nos sorprende a los que vivimos aquel descenso a Tercera. Porque recordamos bien aquel Murcia que naufragó, pero lo que más recordamos es que entonces estábamos solos. Si en 1995 nos ponemos a vender pulseras, vendemos cuatro, y una de ellas a mi abuela. Ahora el Murcia es sólido en el campo y aún más sólido fuera, respaldado por casi toda la ciudad y apoyado por un emocionante movimiento de hinchadas españolas que nos hacen creer en cualquier cosa, no sólo en recuperar al chiquillo, sino en recuperar su custodia. Ahora el murcianismo veterano asiste asombrado a que miles de chavales que pueden elegir entre el youtuber de Toronto o la influencer de Burgos, entre miles de mundos y opciones, han elegido ser del Murcia. Ahora nos sentimos queridos, ahora el chiquillo se siente querido. Y no hay nada que te pueda hacer más fuerte. Ahora circula una corriente de murcianismo que terminará por tirar la puerta de Louise abajo. Devuélvenos al chiquillo, hombre. Devuélvenos al chiquillo, Louise, hijadeputa. Déjanos que no muera secuestrado, déjanos al menos verlo morir en casa, rodeado por sus seres queridos.

Real Murcia: Mackay, Migue Leal, Hugo Álvarez, Charlie Dean, Nahuel; Juanma (Héber Pena, 73'), Sergi Maestre, Corredera; Aquino, Manel Martínez (Víctor Curto, 62') y Julio Delgado (Josema, 82').

#SOSRealMurcia


Luis María Valero (mondo_moyano)

Real Murcia, 1; Talavera, 0
La desconfianza es un camino del que difícilmente se regresa, y que se recorre a solas. Entregas tu confianza a alguien, descorres todas las cortinas, y a cambio, cuando menos te lo esperas, recibes una hostia. Entonces corres nuevamente las cortinas, medio confuso y medio avergonzado. Ese proceso se repite unas cuantas veces, y cuando te quieres dar cuenta has comenzado a dar pasos por una senda de recelo sin vuelta atrás, y has construido un escudo protector ante toda promesa, ante todo asomo de ilusión. La parte buena: guardas las distancias y ya no recibes más hostias.  La parte mala: todo se vuelve más frío, menos humano. Confiar incondicionalmente es más sano, más cálido, está más relacionado con la vida y con la pureza, pero gracias al Murcia hemos desaprendido esa lección. Aún hoy me cruzo por la calle con conocidos que han ocupado los despachos de este club y en la conversación forzada retrocedo dos pasos sin que se den cuenta: uno-dos y me alejo un poco. Accedo a la charla protocolaria pero intento no ponerme a tiro, siempre estoy temiendo una nueva hostia, somos ya como esos perros que han sido apaleados por la maldad humana y tiemblan si te acercas a ellos, aunque sea para acariciarles. La hostia de los Gálvez ha sido verdaderamente terrible: se sitúa muy alto en los rankings históricos, y realmente aspira a convertirse en la hostia final. Lo que más desmoraliza es lo burdo de la maniobra, y que su autor sea alguien que finalmente demuestra ser exactamente lo que pareció desde el primer momento. Pero al fin y al cabo siempre se nos dio bien creer. Se pedía de nosotros un acto de fe, y ésa ha sido precisamente nuestra especialidad histórica. Es posible que el trastorno de nuestra percepción esté ya muy enraizado, o es posible que hayamos jugado a autoengañarnos, por comodidad. La consecuencia de todo esto es una desconfianza salvaje, irracional, que se multiplicará de ahora en adelante y que salpicará también a aquellos que seguramente no lo merezcan, como la Plataforma de Salvación del Murcia. Sí, sí: una mayoría de hombres justos, una voluntad encomiable. Pero cómo sé que no hay entre vosotros quien también quiere su cuota de migajas: detectadlos y aniquiladlos. Cómo sé que no hay entre vosotros quien ya está prometiendo puestos imaginarios: detectadlos y expulsadlos. Cómo sé que no hay quien sólo está posicionándose para encabezar un futuro (y barato) pseudoMurcia: detectadlos y alejadlos. "El hombre es bueno por naturaleza", dijo Rousseau, porque nunca fue del Murcia.

Cuando el partido comenzó y nuestros jugadores se quedaron quietos durante medio minuto para protestar por los impagos, el Murcia tocó techo en el piso que está justo debajo del piso en el que tocó fondo hace tiempo. Fue un gesto de dignidad y de orgullo, pero a mí me venció el pudor, y durante esos 30 segundos clavé la mirada en el suelo, arrasado. Cuando la levanté, Maestre peinaba sin saltar un córner que hizo olvidar todo lo anterior: la protesta de los jugadores, los menosprecios de Gálvez, la indignación porque esta vez ni siquiera ha habido disimulo en la mofa hacia nuestro viejo club. Todo se había sepultado momentáneamente: los jugadores del Murcia se abrazaban, cero nóminas cobradas, y parecían felices. Sería muy doloroso para ellos vivir lo que están viviendo con otro escudo en su camiseta, porque el nuestro está en máximos históricos de cariño. Nunca tanto afecto, y nunca de tanta calidad: no es algo que vaya a solucionar nada importante, pero abriga. Por eso desde este final de crónica sólo quiero dar las gracias a todas y cada una de las personas de Murcia y del resto de España que esta semana han demostrado que no da lo mismo que este club se muera. La atalaya de la desconfianza y del escepticismo es muy cómoda, pero la grandeza está en jugársela, y en seguir sintiendo, pese a todo. Gracias por recordarnos esa vieja lección. #SOSRealMurcia

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo, Charlie Dean, Nahuel; Maestre, Corredera, Pena (Juanma, 76'), Josema (Julio Delgado, 70'); Aquino y Curto (Manel, 63'). 
Goles: 1-0 (Maestre, 16').

Estómago revuelto


Luis María Valero

Real Murcia, 1; San Fernando, 1
Nos empataron en el 90 por hacer malabarismos innecesarios en defensa, eso lo hemos visto muchas veces antes, pero tras el partido, Hugo Álvarez puso sobre la mesa palabras que sí nos sorprendieron más: "Se me revuelve el estómago cuando vemos que los fisios y los utilleros llevan cinco o seis meses sin cobrar". El partido de fútbol cayó de repente en la irrelevancia, fue inmediatamente archivado y dejará apenas un leve residuo en nuestro recuerdo: el soberbio empalme de Víctor Curto para ponernos por delante, poco más. El flexo apunta ahora a las palabras de Hugo Álvarez Quintas (uno de los mejores jugadores de lo que llevamos de temporada, y el peor del partido con diferencia). Al trasladarnos su náusea, Hugo la contagió a todos, aunque sólo sea porque aterrizó el concepto de 'impagos', lo bajó a ras de suelo al unirlo con una flecha a las palabras 'fisios' y 'utilleros'. Cuando se habla de impagos a los futbolistas, los estómagos de muchos aficionados permanecen inalterables, porque al fin y al cabo atribuyen a ese gremio suficientes privilegios como para compensar unos cuantos meses de atrasos. Pero al hablar de fisios y de utilleros, todos los estómagos son desafiados, sin excepción. Mileuristas, con suerte, o incluso ochocientoseuristas. Uno ya es capaz de imaginarse según qué situaciones. Según qué llamadas de correctísimos directores de sucursales bancarias. Según qué mensajes a un hermano o a unos padres, dando rodeos y no queriendo preocuparles, pero produciendo algo muy parecido a un grito de ayuda. Se extiende así una peste antigua que nos ha inundado como una desgracia a lo largo de nuestra historia: el Murcia no paga. 

Estómago revuelto, sí, pero mucho antes que eso, vergüenza. Si mañana me tropezase por la calle con Aquino o con Alfaro, lo primero que sentiría sería vergüenza, y difícilmente podría mirarles a la cara. Jugadores que tenían otras ofertas, gente que escogió este club porque nos creyó, desoyendo a los que les advertían de que el Murcia es incorregible. Jugadores a los que un 7 de octubre, con la ilusión empezando a hervir, ya se les exige un acto de fe para convencerse de que este año cobrarán lo que firmaron. Tan pronto, este fango. Tan prontísimo. Por mera higiene mental, un aficionado no debería saber prácticamente nada de la trastienda de su club, nada de sus despachos, nada de sus cifras, todo eso obstruye la pasión, la ensucia. Pero nosotros ya sabemos demasiado, nosotros ya venimos con el estómago revuelto desde hace mucho. Hay jóvenes murcianistas que han empezado las carreras de Derecho o de Psicología sólo para comprender mejor a su club, sólo para adaptarse a todo lo no futbolístico que nos arroja a la cabeza. Hace poco alguien muy bien informado (directamente informado) me aseguró que un alto empleado de una etapa anterior del club pedía a determinadas empresas proveedoras que inflaran los precios, para poder llevarse así una mayor comisión. El empresario, murcianista, no podía creerlo: prácticamente regalaba sus servicios por tratarse del Murcia, pero entonces llegaba el arruinado Murcia y le decía que no, que por favor lo cobrara más caro, para que fueran mayores las migajas a repartir. Ése es el lodo en el que chapoteamos desde ni se sabe cuándo. La mayor parte del tiempo, los que saltan cada domingo al campo cumplen con su misión más importante como seres humanos: lograr que seamos felices y olvidemos lo demás. Pero a veces, como tras un empate contra el San Fernando, es imposible ocultarlo: siempre estamos a tiro de náusea. El estiércol sigue ahí. 

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo, Charlie Dean, Forniés; Maestre, Corredera (Armando, 84'), Pena (Josema, 72'), Alfaro; Aquino y Curto (Manel, 80'). 
Goles: 1-0 (Curto, 60') 1-1 (El Miedo, 90').

La fortuna de que se caguen en tus muertos


Luis María Valero

El Ejido 2012, 0; Real Murcia, 2
Buenas noticias: ya se están cagando en los muertos del Murcia, ya nos están llamando hijos de puta y es cuestión de tiempo que pasen al hijos de la grandísima perra, para nuestra fortuna. Mi sueño es que allá por mayo se avance de nivel, que verdaderamente se evolucione y que en algún rincón de Andalucía alguien murmulle mi insulto favorito, que es originario de Serbia: "Me cago en tu madre, tu semilla y tu tribu". Se repiten los pasos de una vieja lógica: si juegas contra la Balompédica Linense y de repente les conceden un penalti dudoso, llamas hijo de puta al árbitro; pero si juegas contra un equipo importante, contra ese equipo que más temes en tu calendario, entonces ignoras al árbitro y atribuyes la concesión de ese penalti a una grandeza difusa que esparce como un gas ese determinado escudo. ¿Te acuerdas de aquel robo en el Bernabéu, una noche de enero de la 2003/04? Sí sí, aquella noche en la que Daniel Jensen jugó como un danés, siendo danés. En aquel robo los primeros "hijo de puta" y los primeros "tus muertos" no fueron para el árbitro, un tipo con aires de cabrero que se llamaba Fernando Teixeira Vitienes. No no, los insultos fueron para el Madrid: era él quien nos robaba, era su escudo el que esparcía el gas. Es siempre un honor que los foráneos sigan temiendo nuestro gas, sobre todo en tiempos en los que quizá sea lo único que nos quede. Cuando tengas ganas de tirar la toalla, piensa en esto: un ejidense llamado Rovira al que le quedan obscenamente cortos los pantalones del traje en su foto de perfil piensa que nuestro escudo es el que le ha robado, incluso cuando nadie robó al Ejido, incluso cuando el penalti del 0-1 fue clarísimo. Fíjate si seremos grandes, fíjate si nos queda todavía gas. No somos el Linense, ese equipo dignísimo pero apenas merecedor de insultos. No, no, somos el Real Murcia, esos hijos de puta que vienen y te ganan, o que al menos vienen y te asustan, porque quieren ganar con un hambre que nadie tiene en estas catacumbas. Vienen y a veces incluso te menean, como de hecho ocurrió en El Ejido, al que zarandeamos con solvencia. Más ocasiones tuvo el Murcia que años de existencia tiene El Ejido. Qué menos que insultarles, piensan los Roviras. Qué menos (y aquí regreso a Serbia) que soltar algo tipo "me cago en todos los de la primera fila de tu funeral". El Murcia. El Temido.

Hora del almuerzo en el MiniBar con Javi. Ahí vienen las tostadas. Ya hemos hablado de la rubia alta que viene cada día a la misma hora a pedir un café para llevar, ya hemos hablado también de trabajo, y queda de repente un silencio gris en el que me gustaría que él comenzara a sentirse cada vez más cómodo. Pero todavía quiere llenar la nada, y pregunta: "¿Has leído que ya no estamos pagando a los futbolistas? ¿Cómo lo ves?". De eso no sé qué decirte en estos días. Hijos de puta, Javi. Siguen llamándonos hijos de puta a nosotros y no al árbitro, eso es lo que importa. Seguimos siendo grandes, seguimos jugando un partido de fútbol cada semana, vestidos de grana y blanco, con el viejo escudo de siempre. Mi padre nunca entra a la iglesia en un funeral, y yo cada vez me parezco más a mi padre. Déjame ser cobarde, Javi, déjame no pensar en lo que me hace daño. Déjame pensar sólo en una tarde de junio en la que recibiremos los insultos finales: los más hermosos.

Real Murcia: Mackay; José Ruiz, Hugo Álvarez, Charlie Dean, Nahuel; Maestre, Corredera, Alfaro (Julio Delgado, 91'), Héber Pena (Miñano, 73'); Aquino y Curto (Manuel, 77').
Goles: 0-1 (Aquino, de penalti, 21') 0-2 (Manel, 82')