Lucha de gigantes

 
El césped de Nueva Condomina sigue presentando un aspecto divino 

Oliva B (@beandtuit)
Real Murcia, 1; Hércules, 1.

En un completísimo artículo publicado en la revista ICON en diciembre de 2019, la periodista Sara Navas desvela varias especulaciones y alguna certeza sobre ‘Lucha de gigantes’, ese himno escrito por Antonio Vega en 1987 que ha fascinado a tantas generaciones. La tesis más extendida, señala Navas en su texto ¿De qué habla la canción más críptica de Antonio Vega?, es la fácil, la que puede que te cuente cualquier día tu cuñado, la más acorde con la vida del compositor madrileño: Antonio Vega habla de las drogas, el tema recoge su lucha contra una adicción que le daba la vida y se la quitaba; también quien fue su pareja durante 18 años, Teresa Lloret, confirma que la canción está dedicada a la heroína. Pero no parece que el autor opinara así. En una entrevista publicada en la revista ‘Rolling Stone’ tres años antes de morir, Vega revelaba que la canción es una oda a una de sus pasiones: la astrofísica. No hay drogas en ‘Lucha de gigantes’, sino referencias a lo finito y lo infinito, a nuestra pequeñez en el cosmos, a la grandeza del universo e incluso a la vida extraterrestre, como argumenta el artículo de Navas con testimonios de investigadores y astrofísicos que hacen referencia a la afición del cantante por la física y el espacio, algo de lo que también da fe su biógrafo Bosco Ussía. Sin embargo, junto a estas dos tesis, y al margen de las casi infinitas interpretaciones que pueden darse a la letra de una canción, existe una tercera vía, oculta durante décadas, lo que explicaría que no haya salido aún a la luz: la que asevera que Antonio Vega, en mitad de los años 80, presintió un Murcia-Hércules en Cuarta división. Sí, sí, los genios tienen esas cosas, y parece ser que, acaso en mitad de una gira levantina, quizá conmovido por ver tantos descensos consecutivos a Segunda de ambos equipos, el autor vio muy claro que, unas décadas más tarde, Murcia y Hércules se enfrentarían a garrotazos por llegar a Tercera delante de casi 9.000 personas. Que sería un duelo salvaje, una pesadilla, corriendo con una bestia detrás. Que habría fantasmas terribles, de algún extraño lugar (referencia muy clara a la segunda refefeff); que nos daría miedo la enormidad, donde nadie oye nuestra voz. Y anticipó nuestra fragilidad en un mundo descomunal, donde no paramos de tropezar, y el monstruo de papel (aquí hay dudas sobre si habla del Intercity o de La Nucía), y el no tener nunca ni puta idea de contra quién jugamos, ni de si hay alguien más o solo jugamos contra nosotros. Antonio lo vio todo. Los de la tercera vía se mantenían en silencio, lógicamente, por un temor bien fundado a ser encerrados en un manicomio. Pero ahí están ahora, fuertes en su tesis, empezando a proclamar su fe. Lo tienen clarísimo. ‘Lucha de gigantes’ es un puto Murcia-Hércules. Y a ver quién los baja ahora de ese burro. 

El 10 de abril de 2022 es el día en el que la Cofradía de la Tercera Vía, ahora ya constituida como tal, estaba esperando para salir de su particular cueva. Vivió Nueva Condomina este domingo un partido que en otro tiempo podía haber sido calificado de ilusionante, de espectáculo colorido y ambiente alegre, de fiesta del deporte y entusiasmo y todas esas cosas que antes rodeaban a un partido de fútbol. Pero ya no. Ahora lo único que vivió Nueva Condomina fue un homenaje al terror y a la agonía, a la pillería extrema para sobrevivir, a la tensión continua, al sufrimiento. Al miedo, en definitiva. El pánico, la fragilidad, los monstruos, se apoderaron del Murcia en 10 primeros minutos terribles que casi tiran por tierra los esfuerzos de media temporada. Pero Miguel Serna nos levantó del suelo, y a partir de ahí todo cambió o, al menos, todo volvió a ser como al principio. Un duelo salvaje. Un combate entre dos yonquis desdentados, desesperados y nerviosos, que se lanzan golpes inofensivos, como si en el fondo se tuvieran cariño, aunque estén obligados a zurrarse para salir del hoyo. Una pelea entre gorrillas por ganarse el mísero euro de la tarde, que poco a poco se fue inclinando hacia el lado del Murcia, que aún parece guardar alguna cazadora no demasiado rota, no demasiado sucia, un aire de fútbol, frente a un Hércules absorbido por la Biblia de la Picaresca, que la llevó a un extremo que no habíamos visto ni en el partidillo de la Comunión del hijo de Bordalás. Una auténtica lucha de gigantes, o de dos tipos que se creen gigantes, conscientes de que cada vez son más pequeños, hundidos en el barro por varios sinvergüenzas, por el fútbol moderno, por tropezar constantemente contra sí mismos. Y ya terminaba la pelea, que diga el partido, cuando el policía local de turno, que suele castigar al Murcia semana tras semana, el policía local que ya nos había robado tres penaltis antes y golpeado con uno en contra, terminó por premiar nuestra insistencia por sobrevivir. Fue un penalti lanzado contra el miedo, un penalti contra nosotros mismos, un penalti para atrapar al menos medio euro. Cien minutos de lucha agónica para conseguir medio euro. La dosis suficiente para que los dos podamos dormir una noche más, entre pesadillas, con más de una bestia detrás y algún fantasma terrible, sin dejar de tropezar. Pero sí, ahora la Cofradía de la Tercera Vía se ha hecho más fuerte, e insiste. ‘Lucha de gigantes’ es un puto Murcia-Hércules. Y aseguran tener fotos en las que, si miras fijamente el escudo de la camiseta de Andrés Carrasco justo antes de tirar el penalti, terminas viendo de manera incuestionable la cara de Antonio Vega. Lo tienen clarísimo. A ver quién los baja ahora de ese burro.

Real Murcia: Miguel Serna; Mario Sánchez, Manu Pedreño, Alberto González, Alberto López; Julio Gracia (Boris, 78), Pablo Ganet (Dani García, 84), Armando (Santi Jara, 45); Zeidane Inoussa, Pablo Haro (Javi Saura, 45); Carrasco.

Gol: Carrasco (100')

Primavera

 
No tiene mala pinta este Murcia de final de temporada

Oliva B (@beandtuit)

Vemos a la princesa Margarita pasar por delante de una sala donde la Reina Madre, que en su caso es madre a secas, se pone fina de bombones con un copazo en la mano, concentradísima ante un documental de animales de la BBC. Vemos a Margarita mirar fijamente a su madre, los bombones, el copazo, pero no llega a decirle nada. La vemos bajar las escaleras y salir por la puerta de Clarence House, escoltada por la servidumbre, donde un coche de la Familia Real la espera. Pero justo cuando va a entrar en el coche escucha, a su derecha, el rugido de la moto de su amante, el fotógrafo Antony Armstrong-Jones, dispuesto a darle un paseo alternativo al oficial. Margarita duda un instante, o eso parece. Mira a Armstrong-Jones en su moto, que sonríe desafiante con un cigarro en la boca. Mira el interior del Palacio, lo que representa (su madre, los bombones, el copazo, el documental de la BBC). Mira de nuevo al fotógrafo, que permanece ahí quieto, seguro de que la princesa se irá con él, como de hecho ocurre. Pero cuando por fin se decide, el gesto de Margarita es más resignado que alegre, más derrotado que jubiloso, sin apenas rastro de ilusión. Como si dijera “qué diablos, a la mierda”; como si dijera “qué cojones, me voy con este mismo”; como si dijera “a tomar por saco, esto es lo que hay”. La escena sucede en el capítulo siete de la segunda temporada de The Crown, pero se queda grabada en la memoria, como una gran jugada de un partido memorable. No es una escena romántica, porque Margarita sabe que no está, y probablemente nunca lo estará, enamorada de ese tipo, un granuja interesante que tampoco la quiere a ella. No es una escena feliz, porque Margarita sabe que está destinada a ser desgraciada, al menos mientras su satisfacción no dependa de lo que tiene o puede tener, que es mucho (recordemos: es Su Alteza Real la princesa Margarita, ojo), sino de lo poco que jamás podrá tener. Pero justo cuando la moto de Armstrong-Jones vuelve a rugir y acelera por fin, perseguida por el coche oficial, arranca también la música. Suena La Primavera, de Vivaldi, reinterpretada por Max Richter, y es entonces cuando nos entran las dudas. ¿Y si en ese momento la princesa es feliz de verdad? ¿Y si Margarita creía realmente que ese fotógrafo algo granuja podía acabar con su vida insatisfecha? ¿Y si la escena, sin ser romántica, es lo más romántica que puede llegar a ser esa escena? Suena la música de Richter por las calles grises y vacías del invierno londinense y se hace la primavera. Y la escena, de pronto, se llena de color, del sabor agridulce de la vida con todos sus matices. Suena la música de Richter, durante algo menos de dos minutos de paseo en moto, y entonces entendemos todo, o quizá más bien empecemos a no entender nada. Margarita sabe que será desgraciada y nosotros sabemos que lo será. Pero a pesar de eso, o precisamente por eso, no deja de agarrarse a ese paseo, al fotógrafo granuja y al instante para recordar, a la intensidad de la vida en primavera. 

Han pasado ya ocho temporadas desde que nos dieron la patada al hoyo. Como en toda película de mafiosos, y esta lo es, el hoyo lo cavamos nosotros solos, pero la patada final nos la dieron. Y desde ahí abajo, malheridos, en las profundidades, no hemos dejado de mirar hacia arriba, a la espera del disparo final o de que nos entierren vivos, dudando incluso de si volveríamos a vivir más primaveras. Han pasado ocho temporadas desde que fuimos cuartos en Segunda y, a pesar de no haber descendido ningún año, ahora estamos en Cuarta. Cosas de las películas de mafiosos, quizá, como las que vemos semana tras semana en cada jugada dudosa. Pero lo sorprendente es que, incluso en las peores películas de mafiosos de Cuarta División, siempre regresa la primavera. Lo sorprendente es que bajamos las escaleras de Clarence House y siempre hay una motico esperándonos, siempre una posibilidad de escape. Siempre un puto motorista al que agarrarnos. Pasamos alguna temporada en la que teníamos claro que esa moto la pilotaban sinvergüenzas, pero allí que nos lanzábamos, por si acaso. También tuvimos esperando en la puerta tipos apuestos, como Tornel y su buena gente, su proyecto sensato que se suicidó en cuanto llegaron curvas. Llegamos a ilusionarnos sobre todo con don Adrián Hernández, cómo rugía la moto de Adrián, qué pinta tenía eso, cómo llegó a convencernos de que nos sacaría por completo del hoyo, de que podríamos ser felices; y nadie mejor que la pareja Manolo Molina y Mario Simón para relevarlo al mando, más prudentes, pero transmitiendo la misma seguridad que tanto necesitamos para circular. Pero al empezar esta extraña primavera, grisácea y fresquica, al bajar las escaleras de Clarence House y mirar a la derecha, hemos visto junto a la moto con el casco un tipo algo menos apuesto, que sabemos que no es fotógrafo, pero aún no podemos descartar que sea algo granuja, o al menos que parece mostrar esa castiza inclinación a chocar y rebotar del que lleva la nave murcianista, a dispararse en el pie como único proyecto deportivo. Una primavera más parece que iremos montados en una moto de rumbo incierto, que amenaza con estamparse por acelerar cuando no debe. Una primavera más nos montamos con un gesto raro, más resignado que alegre, con más miedo que ilusión, con la certeza de que cualquier derrota será una catástrofe, un griterío nervioso que en cualquier momento nos llevará al suelo. Pero allá vamos. Porque la moto la lleva un tipo que parece algo granuja, pero ahí siguen Molina y Simón, Serna y los Albertos, el capitán, Julio y Ganet, que se baja a presionar en cualquier semáforo, y Santi y Carrasco, y un zagalón que se llama Zeidane Innousa, que este sí parece acelerar justo cuando hay que hacerlo, y que si pones fuerte la música de Richter y cierras los ojos puedes llegar a verlo marcando el gol del ascenso. Así que a la mierda. Tenemos claro que siempre seremos unos desgraciados, al menos mientras midamos la felicidad por lo que nunca podremos tener. Pero qué cojones. Aquí estamos otra vez, montados en la puñetera moto, esperando que arranque. Ha llegado la primavera, ha llegado la luz brillante de las tardes en los partidos de final de temporada, la intensidad del fútbol a vida o muerte. Ha llegado la primavera, la superstición de los calzoncillos de la suerte, el ritual del belmonte en El Mochuelo, la esperanza y la desesperanza casi en el mismo minuto, el desasosiego continuo, la angustia de un córner en contra en el 88. Ha llegado la primavera y esto es lo que hay.

Omitir intro



Oliva B (@beandtuit)

Tenemos tanta prisa que ya no nos da la vida para ver las letras del principio de las series. Se ve que en algún momento alguien lo detectó, me imagino que en los aledaños de San Francisco, un gurú de esos como los que tiene Mercadona para sugerir brillantemente hacendados según los gustos del consumidor, y creó la función OMITIR INTRO. Recuerdo cuando sí teníamos tiempo para ver las intros, e incluso disfrutarlas a veces más que la propia serie, quizá por ese sabor tan auténtico que tienen las previas, las esperas; el sabor infinito de la ilusión frente al de la amarga realidad. Pero todo eso terminó, ahora tenemos que apresurarnos, impacientes; correr, que no llegamos. Nos sentamos relajados en el sofá, se supone, después de un día duro; o incluso después de un día de tocarnos los cojones, más relajados si cabe, y es justo entonces cuando salta el mensaje OMITIR INTRO, que se clava como un dardo entre las cejas. Ahí tienes la opción, hombre, lo tienes bien fácil: omite la intro, sáltatela, pijo. ¿Te vas a permitir el lujo de ver las letras, cabronazo, con la prisa que tienes? Te aparece el SALTAR INTRO (la versión de otras plataformas) y ya da igual que des uso a la función o no; que tú omitas o no la intro ya es lo de menos, porque su mensaje lo tienes dentro: acelera, corre, no te pares que no llegas, ten prisa, por el amor de dios, no seas un puto parado de esos que se queda ahí viendo las intros. Y no solo la intro, ojo. ¡Si solo fuera la intro! Tenemos tanta prisa que antes de omitir la intro ya te han permitido omitir el resumen de los capítulos anteriores. No estamos aquí para perder el tiempo con esa puta maravilla de en el episodio anterior, no. Corre, omite, que no llegas. Y al terminar el capítulo, claro, te pasan directamente al siguiente, sin esa pausa necesaria de las letras finales, sin respiro, en 10 segundos, o en 3, que algunas plataformas te pasan al siguiente capítulo con una velocidad que ni Usain Bolt con el mando a distancia en la mano sería capaz de impedirlo. Omitir, saltar, descartar la espera y la paciencia (quizá lo que nos diferencia de los animales); ir lo más rápido posible, acelerar, no dejar que el siguiente capítulo repose una semana, ni un día, ni unos minutos, ni unos créditos finales, ni siquiera una mísera intro, omítemela, que me encabrono. Para qué esperar pacientemente algo cuando se puede omitir. Omitir intro, qué función. Quién la detectaría, quién fue el hijodeperra en los aledaños de San Francisco, por qué no le paramos los pies a tiempo. Tenemos tanta prisa. Y una terrible sensación de que cuanto más corremos, más tarde llegamos.

Omitir intro, saltar intro, saltar la Segunda B, saltar la segunda refefeffef esa. La prisa y la impaciencia como estilo de vida. Es el fin de la espera, del proceso, de los tiempos que estructuraban el mundo y nos ayudaban a comprenderlo (un poco). Verano, otoño, invierno, primavera. Pero ya no. Ya hay lugares donde se puede gozar de un verano suave continuo con pulsar un par de botones, y de playa donde no hay playa, y de pistas de esquí en mitad del desierto. Las soluciones tecnológicas nos lo dan casi todo, y al momento: alcachofas durante casi todo el año, una cita para follar en media hora, series y fútbol cuando nos sale de los cojones. Casi todo con tocar uno o dos botones, como si omitiéramos una intro. Costará explicar a las nuevas generaciones que antes las cosas tenían sus tiempos; ya cuesta, de hecho. El problema surge con ese tipo de cosas que se resisten a las soluciones tecnológicas, las cosas que siguen requiriendo sus tiempos en 2022. Cuando no hay botón mágico, cuando no hay posibilidad del capricho inmediato. Cuando no podemos omitir lo que disgusta, lo que no nos interesa. Verano, otoño, invierno y primavera. Pretemporada, inicio, meollo y final de temporada. El fútbol también tiene sus tiempos, que no se adaptan al mercado, ni a las exigencias del consumidor acostumbrado a omitir intros, y que termina por juzgar una jornada de agosto como una de finales de invierno, angustiado, y por exigir en septiembre los resultados de primavera. Desde el sofá, impaciente y nervioso, pulsando el OMITIR INTRO hasta destrozarse el dedo, olvidando que las victorias no llegan porque se deseen, ni porque se exijan, sino porque se trabaja. Pero tenemos tanta prisa que es imposible pararse a pensar. El acelerador a fondo, porque da un poco igual el destino, no sabemos bien dónde hay que llegar, lo importante es que el camino esté construido de impaciencia y ansiedad. ¿Creará alguien la función OMITIR el OMITIR INTRO, para los que no queremos circular por ahí? Quizá algún día un gurú lo detecte, alguien que caiga en la cuenta de que no se trata de llegar a ningún sitio, sino de disfrutar de cada capítulo, de cada momento del capítulo. Quizá ya estén con algo de eso en los aledaños de San Francisco. O quién sabe. Quizá se le ocurra a uno de esos tipos que sugiere brillantemente hacendados según los gustos del consumidor.

Regreso a Gramanet

Oliva B (@beandtuit)

1

Decides llamar a Cholo una mañana estupenda de mayo, después de leer durante el desayuno una breve reseña que te recuerda que ya han pasado 20 años del descenso del Murcia a Tercera. 20 años ya, piensas; cómo cojones nos hemos metido en 2015 en tan poco tiempo. 20 años de Gramanet, piensas al leer esa reseña, de aquella tarde de mayo del 95 en la que tu equipo tocó fondo al descender por primera vez a una categoría regional. Es una reseña brevísima, sin pretensiones, tan solo unas líneas para ofrecer ese dato, pero ya no se te va de la cabeza en toda la mañana. 20 años ya de Santa Coloma de Gramanet, te dices, de camino al trabajo, 20 años del Gramanet-Murcia, piensas, frente a la pantalla del ordenador, sin poder escapar de Gramanet; 20 años de aquel día en el que tu equipo tocó fondo, si es que se toca fondo alguna vez. Lo decides esa misma mañana de mayo, poco después del almuerzo. Llamarás a Cholo.

Decides llamar a Cholo, sobre todo, porque te das cuenta de que apenas te acuerdas de Gramanet. Tu equipo ha bajado a Tercera una vez, solo una vez, tu equipo tocó fondo aquel día y 20 años después lo has olvidado. ¿Cómo es posible? Si el tiempo pone las cosas en su sitio, como dicen los optimistas, se ve que ha querido arrinconar Gramanet en el olvido. Recuerdas temporadas y plantillas de hace más de 30 años, pero los 20 que han pasado de Gramanet parecen ahora un siglo. ¿Será posible que la tarde más negra de la historia del Murcia haya quedado perdida? ¿Le habrá pasado a todo el mundo? ¿Hemos olvidado Gramanet? Ahora que lo piensas, en realidad, la mayoría ni siquiera vivió Gramanet: o no habían nacido o no tenían edad para recordarlo. Y de los tres o cuatro mil murcianistas que entonces vivíamos al Murcia muchos habrán muerto. Gramanet se ha quedado en una breve reseña, en una línea de nuestra historia que siempre dirá que un año estuvimos en categoría regional. ¿Cómo has podido olvidar así la tarde más negra, la tarde en la que tocamos fondo? Piensas que ni siquiera has escrito sobre Gramanet, que así de olvidado lo tienes, o así lo has querido olvidar. Y decides llamar a Cholo para recordar, para entender cómo bajamos a Tercera. Para recordar Gramanet, para escribir sobre Gramanet, para intentar explicar Gramanet, tal vez.

Decides llamar a Cholo cuando te das cuenta de que ni siquiera los que estuvimos aquella tarde en Santa Coloma, en el Nou Camp Municipal, recordamos Gramanet. Ni siquiera tú, que entonces tenías 20 años, justo los que han pasado, y que viviste aquella temporada en primerísima fila, con la intensidad absoluta de la juventud, huyendo de las clases de Microeconomía para ir a La Condomina a ver los entrenamientos, todos los partidillos de los jueves en el viejo estadio ya entonces hecho pedazos. Ni siquiera tú te acuerdas de Gramanet. ¿Qué te queda a ti de Gramanet? ¿Qué te queda de aquel partido antes de buscarlo en Google? Gramanet son sólo unos cuantos recuerdos, como destellos que guardas almacenados en una especie de nube borrosa: varios autobuses cruzando la A-7, trescientos y pico murcianistas que ni se imaginaban caer a Tercera unos meses antes, la felicidad del hincha que come un par de bocadillos en una estación de servicio, los hijos de emigrantes murcianos en Santa Coloma que fueron a ver a su Murcia; Gramanet son Juanjo y Camacho, Etxarri y Gallastegi, Paquito Jurado y Cholo, la esperanza durante el partido, un gol suyo casi al final, un alcalde que daba al Murcia por muerto, porque el deporte del futuro era el baloncesto. Y poco más. Gramanet son esos destellos y el recuerdo de un llanto compartido al final; un llanto con cierto sabor a muerte; un llanto íntimo, también, personal, como si ese partido fuera el final de una etapa de tu vida, que relaciona Gramanet con el final de la inocencia y el inicio de la vida adulta. 

Decides llamar a Cholo porque Gramanet es esa nube borrosa de destellos, pero necesitas más, 20 años después, para escribir sobre Gramanet, para intentar explicar Gramanet. A los que no vivían, a los que no lo vivieron, a los que no lo recuerdan, quizá a ti mismo. ¿Cómo pudo bajar el Murcia a Tercera en los 90, tan poco tiempo después de la mejor década de su historia? Necesitas entender Gramanet. Necesitas a alguien que viviera Gramanet. Buscas en bdfutbol aquel equipo que jugó en Santa Coloma y encuentras a Cholo, que marcó el gol de la esperanza. Tu padre conoce a Cholo, tu padre te habla muy bien de Cholo, de José Ángel Ruiz López, ‘Cholo’. Recuerdas goles de Cholo en el Sevilla y no recuerdas el gol de Cholo en Gramanet. La memoria, otra vez. Cholo era un delantero completísimo que en los 80 jugó en el Zaragoza, el Madrid y el Sevilla, y ya en los 90 en Osasuna, con casi 50 goles en Primera División. Cholo fue un fichaje estrella en aquella temporada que terminó en Gramanet, de aquella plantilla que en los escombros del club debía intentar ascender a Segunda A y terminó bajando a Tercera. Cholo era un veterano que llegaba con 32 años a Segunda B y terminó llorando con nosotros en Santa Coloma hace ya 20 años. Cholo puede explicarte algo, Cholo puede que recuerde casi todo. Vas a llamar a Cholo.

Le pides a tu padre el teléfono de Cholo. ¿De Cholo? Sí, sí, de Cholo. Tu padre te da el teléfono de Cholo, pero antes vuelves a leer la reseña. 20 años ya de Gramanet. Vuelves a leer las alineaciones, el resultado, la clasificación. Buscas de nuevo en Google, ahora la hemeroteca de El Mundo Deportivo. ‘Gramanet manda al Murcia a 3ª’ es el titular grande de la página 27, de la edición del lunes 22 de mayo de 1995. El pie de foto, con una imagen borrosa en la que apenas se distingue al jugador del Murcia, dice que la victoria de la Grama “podría suponer la desaparición del Murcia”. No se te va de la cabeza. Sólo quieres saber más de Gramanet. Hace una mañana estupenda de mayo para llamar a Cholo, pero decides llamarlo al día siguiente.

 

2

Buenos días, Cholo, le dices a Cholo, soy el hijo de César Oliva. Qué hay, hombre, te dice Cholo, y sin mucho rodeo le cuentas que han pasado 20 años de Gramanet y el descenso a Tercera, le cuentas que necesitas recordar, que necesitas recuerdos de aquella tarde en Santa Coloma. Joder, Gramanet, te dice Cholo, y entonces le preguntas si podéis veros algún día, un ratico, una hora o quizá no tanto, para hablar de todo, de Gramanet, del Murcia, de fútbol. Vente una tarde, claro, te dice Cholo, cuando quieras. Vente una tarde, hombre, cuando quieras, y hablamos. Avísame y te vienes una tarde aquí, al club, te dice Cholo. Cuando quieras. Vente, vente una tarde. Y hablamos de fútbol, hombre.

Después de Gramanet, Cholo se fue del Murcia, pero se quedó en Murcia, como tantos otros que se van del Murcia. Primero jugando en Tercera, en el Mar Menor, y después formando a los niños, enseñándoles todo lo que aprendió en sus casi 20 años como futbolista profesional. Montó una escuela de fútbol en el Olimpic Club, que luego tuvo que trasladar a Llano de Brujas, al histórico Plus Ultra, donde ha sido pieza clave para levantar en pocos años una estructura notable, con equipos en todas las categorías base y un equipo senior que lucha por consolidarse en Tercera, además de unas buenas instalaciones. Cholo ha encontrado su hogar en Llano de Brujas. Allí irás a ver a Cholo, a recordar Gramanet con Cholo, y algo te dice que allí debe ser, justo allí, solo allí puede ser, que con Cholo no puedes hablar en una cafetería del centro, no, ni de Juan Carlos I, que con Cholo, de fútbol, tienes que hablar allí, en Llano de Brujas, donde ha construido su hogar.

Pero tardas en avisar a Cholo. Dejas pasar mayo, dejas que la temporada termine, más bien. Porque cuando llamaste a Cholo, el Murcia aún estaba vivo: iniciaba su primer intento de volver a Segunda A en un playoff contra el Hércules. Pero el Hércules nos elimina y la sombra de la desaparición crece, el Murcia vuelve a vivir un momento crítico y tú sigues teniendo en la cabeza Gramanet, aquel día en el que tocamos fondo, ahora con más razón. Se avecinaban años duros, si salíamos con vida, quizá los peores de nuestra historia, quizá peores que Gramanet. El Hércules nos elimina y recuerdas que tienes que hablar con Cholo. Tienes que volver a llamar a Cholo y quedar una tarde, tienes que recordar Gramanet ahora que el Murcia se puede parecer a aquel que tocó fondo, tienes que escribirlo, que intentar explicarlo. Vuelves a llamar a Cholo y quedas en ir a verlo esa misma semana a Llano de Brujas.

Vas a ver a Cholo un viernes por la tarde, cuando empieza a caer un poco el sol. Ha entrado con fuerza junio, el calor ya es insoportable, pero la luz, esa luz de final de curso y de exámenes, esa luz de playoffs y de mundiales, y del inicio del verano cuando eres niño, esa luz, amigo, es tan brillante que dan ganas de olvidar el calor y lanzarse a ser feliz. Coges el coche bajo esa luz de junio para ir a Llano de Brujas y pasas por tu barrio, pasas por La Condomina vieja, pasas por La Fama, junto a tu colegio. Vas a retroceder 20 años con Cholo, y de pronto has retrocedido casi a tu infancia.

El camino es corto y feo, casi horroroso, piensas, si no fuera por todo lo que te evocan esas calles. La Fama, la Paz, Primero de Mayo y el paisaje desolado de unos barrios tan cercanos al centro y, sin embargo, tan lejanos. Coges la carretera de Puente Tocinos y luego su Calle Mayor, y la palabra ya no es feo, no, la palabra —si es que existe una palabra que se pueda acercar a definir una pedanía de Murcia— sería más bien desconcertante, porque ya no estás ante un paisaje desolado, no, sino más bien ante un absoluto desbarajuste, un pitote urbanístico que reúne grandes almacenes chinos, salones de juego, naves abandonadas, algún solar vacío, vallas publicitarias desiertas desde hace décadas, bazares, kebabs, comercios con rótulos viejos y feos, comercios con rótulos nuevos aún más feos y un sinfín de elementos que chocan uno con otro, y que finalmente crean una extraña sensación de armonía en el caos.

Llegas por fin a Llano de Brujas después de otro kilómetro de transición caótico, de bares inquietantes y talleres y disco pubs y alguna casa de huerta perdida, hasta alcanzar por fin la pedanía donde se encuentra tu destino. La Calle Mayor ahora serpentea levemente hacia la izquierda y estás atento: pronto llegará el cruce del que te advirtió Cholo, no tiene pérdida a partir de ahí, te dijo Cholo. Entonces giras a la derecha y en pocos segundos, de pronto, estás en mitad de la huerta. Más que un giro a la derecha, piensas, es como un giro en el tiempo.

 

3

Sales del coche y el aire huele más a monte que a ciudad. Estás en el hogar de Cholo. Es otro mundo, un rincón completamente apartado de la carretera que te ha traído hasta aquí. Todo es verde, como el césped del estadio municipal de Llano de Brujas. Al fondo lucen los últimos escarceos penibéticos, la falda norte de Carrascoy, que sorprende por su espesura en medio de una región desértica. Antes está el Segura, muy cerca, casi aquí mismo, y detrás quizá Torreagüera ya, o el final de Beniaján, pero nada de eso se ve desde aquí. Sólo se ven árboles, verde, monte, huerta, limoneros y un campo de fútbol. Cholo, piensas, tiene su hogar en medio de un oasis, alejado por completo de los solares vacíos, las naves abandonadas y los rótulos feos.

Te acercas tímidamente donde diez o doce personas ven un entrenamiento, o tal vez un partidillo, y enseguida reconoces a su lado a Cholo, que te está esperando, atento, rodeado de chiquillos. Qué pasa, hombre, te dice Cholo, vamos dentro, que estaremos más tranquilos en un despachico que tengo, te dice. Vamos dentro. Pero antes de arrancar, se acerca otro grupo de críos, Cholo, Cholo, lo llaman con cariño, con una mezcla de la cercanía que ha despertado en el pueblo y esa admiración que generan los futbolistas que han jugado en Primera, o quizá en el Real Madrid. Uno de ellos, más valiente, de 11 o 12 años, le pregunta si podrá federarse el año que viene. ¿Qué dice tu padre?, le dice Cholo al chaval, fino, moreno, de pelo revuelto. Pues lo que diga tu padre hacemos, campeón, le dice Cholo.

Te sientas enfrente de Cholo, que ha ocupado su sillón detrás de una austera mesa, dentro de la pequeña oficina que tiene el estadio. Aquí estamos bastante bien, te dice Cholo, que te cuenta cómo han levantado el Plus Ultra en pocos años, lo feliz que trabaja enseñando a los zagales, la satisfacción de la formación, el caso de algún chaval que ha llegado alto después de pasar por su escuela. ¿Pero tú estás aquí para hablar de Gramanet, no?, te dice Cholo. Gramanet, sí, claro, y un nerviosismo raro, un nerviosismo bueno, te sacude por un momento. Llevas casi un mes pensando en Gramanet, en los 20 años que han pasado, en el Nou Camp Municipal de Santa Coloma, casi un mes recordando que apenas recuerdas. Sí, sí, le dices a Cholo. De Gramanet y del año de Gramanet. Del año que bajamos a Tercera.

Cholo te cuenta su llegada a Murcia, en mitad de julio a casi 50 grados al mediodía en la puerta del viejo estadio, y cómo le convencen para firmar por un equipo de Segunda B sin un duro. Cholo tenía una espina clavada con Murcia, donde estuvo cerca de fichar cuando era un delantero prometedor a principios de los 80, y cuenta al principio con el recelo de parte de la afición, que poco a poco va derribando con su compromiso. Te cuenta que no empezamos mal, pero que la plantilla no cobraba desde el principio; te cuenta que a mitad de temporada el equipo se hundió por completo, con siete derrotas en ocho partidos entre noviembre y diciembre, encierros en el vestuario, nóminas acumuladas, desidia y una Navidad penosa para toda la plantilla.

Has llevado la vieja grabadora de la universidad, pero ni la has encendido; has llevado un boli y un folio doblado, pero apenas has apuntado un par de chorradas. Sólo habláis. Habláis una hora larga de fútbol, y te maravilla la memoria de Cholo, esa memoria de los grandes delanteros que jamás olvidan un gol suyo, ese memoria de un futbolista con mayúsculas, de un profesional con más de 200 partidos en Primera, dos ligas y una uefa, pero que recuerda con detalle un partido en Premià de Mar. Pero terminamos muy bien, te dice Cholo, con el Chato González de entrenador el equipo reaccionó y casi no perdimos partidos. Recuerdas junto a Cholo entonces cómo le ganamos al Levante de Juande Ramos, que fue campeón, en una gran tarde condominera. Terminamos muy bien, te repite Cholo, enchufadísimos. Ganamos en casa y dependíamos de nosotros en el último partido. Si ganábamos, nos salvábamos, te dice Cholo.

Entonces regresas a Gramanet, por fin. Y vives con Cholo todo lo que habías olvidado. Vuelves allí, 20 años después, para recordar todo lo que tenías en la cabeza y habías perdido. Y tomas nota mentalmente de todo, para poder escribir sobre Gramanet, para intentar explicarlo. Nos jugábamos mucho, te dice Cholo, la supervivencia del club, el futuro del Murcia. Y te cuenta toda la tensión de la semana de antes, el ambiente bonito de salvación que se creó en una ciudad que llevaba años desencantada con el fútbol. Te cuenta la llegada al estadio, la sensación de que se ganaba, ante un rival ya clasificado para playoffs que salía con reservas. Te cuenta el inicio del partido y su gol, la celebración con la grada, la esperanza de que pudiera ser el gol que salvara al Murcia. El paso agónico de los minutos, con la relativa tranquilidad de que al descanso el Sant Andreu, uno de los rivales directos, perdía contra el Andorra, lo que acercaba aún más la salvación. Cholo te recuerda entonces esa sensación de la segunda parte, esa tensa espera en la que los minutos no pasan, con esa mezcla de euforia y miedo de esas tardes mágicas que nos da el fútbol. Te cuenta que ellos fallaron un penalti, incluso, a falta de un cuarto de hora. Y cómo todo se vino abajo en los diez últimos minutos, con un gol lejano de Parrado y un rumor que corrió por la grada como la muerte: el Sant Andreu había empatado. Apretamos, pero ya no podíamos, te cuenta Cholo. Estábamos en Tercera División.

 

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Os ponéis de pie y le agradeces a Cholo la hora larga en la que tanto has recordado, en la que tanto has aprendido. Hablamos de la Gramanet, de la Unión Deportiva Atlético Gramanet, que vaga por la Segunda regional catalana y ya ni juega en aquel campo; hablamos del Murcia actual, del parecido con aquel suyo, de que jamás hemos tenido un proyecto serio más allá del corto plazo y que ahora, en este siglo, se habían vuelto a repetir todos los errores del pasado. Tenéis para otra hora larga de fútbol, pero la luz, esa luz eterna de final de curso, amenaza con caer por completo.

Mientras te acompaña fuera, le vuelves a dar las gracias a Cholo, sobre todo, le dices, porque no has ido a hablar con él de sus mejores años en el Madrid, ni del Sevilla o de Osasuna, sino porque has ido a hablar de la que probablemente fuera la temporada más triste de su carrera. Pero entonces Cholo se para en seco y te dice que no, que qué va, que ni siquiera tiene mal recuerdo de ese año, que lo peor que ha sufrido como futbolista lo vivió el año anterior en Burgos, en Segunda A, donde había bajado, y con un descenso que sí le costó la vida al club. Claro, joder, el equipo de tu tierra, le dices a Cholo, sería muchísimo peor aquello. Pero Cholo te vuelve a decir que no, que no; que no fue por bajar, que no fue sólo por desaparecer. Y entonces Cholo te cuenta que aquella temporada del Burgos se torció por completo en el mes de noviembre, cuando Vaquero, un jugador del equipo, murió en accidente de tráfico. Era un chaval muy alto, centrocampista, lleno de vida, te dice Cholo. Habíamos jugado en Badajoz, te cuenta Cholo, y teníamos un día libre, que Vaquero iba a pasar con su familia a Zaragoza. Chocó contra un camión que iba en sentido contrario, te cuenta Cholo. Tenía 21 años.

Puede que fuera en ese momento, o puede que fuera algo más adelante, ya en el camino de vuelta, en la soledad del coche, cuando te das cuenta de que no vas a escribir de Gramanet, o al menos de que no vas a intentar explicar Gramanet. No hay nada que explicar. La única explicación que tiene el fútbol está en el fútbol, en ese balón de Parrado que fue dentro y podía haber ido fuera. Bajamos a Tercera por toda la ruina que arrastrábamos de los diez años anteriores, más allá de todos los errores deportivos que se pudieron cometer ese año y que Cholo te ha recordado. Pero es mejor que todo se quede ahí, donde estaba: en Google y en bdfutbol, en la memoria de los pocos que lo recuerdan bien, como Cholo. Si el tiempo pone las cosas en su sitio, como dicen los optimistas, y ha querido arrinconar Gramanet en el olvido, no vas a ser tú el que lo desentierre ahora. Es mejor que Gramanet se quede en esos destellos que guardas almacenados en una especie de nube borrosa, que Gramanet sigan siendo esos autobuses cruzando la A-7 con trescientos y pico murcianistas que ni se imaginaban caer a Tercera unos meses antes, ese par de bocadillos con los amigos en estaciones de servicio, los hijos de emigrantes murcianos en Santa Coloma que fueron a ver a su Murcia; que Gramanet sean Juanjo, Camacho, Etxarri, Gallastegi, Paquito Jurado y Cholo, y esa esperanza que tuvimos durante el partido, hasta su gol casi al final, y ese alcalde que daba al Murcia por muerto, porque el deporte del futuro era el baloncesto.

Te asomas junto a Cholo al campo de fútbol, donde hay otra pachanga. Sabes que tienes que marcharte, pero siempre te ha costado irte de los sitios. Miras el entorno otra vez, todo verde, la huerta, el monte; piensas de nuevo en el encanto del lugar, ahora que el calor se ha apagado. Los chiquillos de antes vuelven a acercarse a saludar a Cholo, a revolotear alrededor de su ídolo, y ese chaval fino y moreno le vuelve a preguntar si podrá federarse el año que viene. Pero esta vez Cholo guarda silencio, sólo lo mira de reojo, sonriente, y agita despacio su pelo revuelto.

Carta anticarta al murcianismo

Valero

Querido aficionado del Murcia:

En el verano de 2009, el Levante estaba bien jodido: arruinado y en concurso de acreedores, tembloroso ante una Segunda División que no se anticipaba precisamente fácil, con el Betis, con la Real Sociedad, con el Celta, con el Rayo o incluso con un Murcia de esos que seguía yendo de medio rico paleto. Una Segunda en la que se podía bajar muy tranquilamente, como efectivamente bajó el Murcia de Kike, Chando y Natalio. Seguro que fue un verano de cartas bienintencionadas desde la afición del Levante, un verano epistolar con reivindicaciones históricas: ahora que no tenemos un duro, ha llegado la hora de apostar por la cantera. La hora de los valencianos, de nuestros jóvenes talentos. Es la hora de tener por fin un modelo a largo plazo.

Esa temporada, el Levante subió a Primera División con uno de los presupuestos más bajos, teniendo de pilares a Ballesteros, Juanfran, Juanlu, Xisco Muñoz y Rubén Suárez, todos ellos en la treintena o casi, todos ellos ya de vuelta y por tanto sin sitio en todas esas cartas sobre el futuro. Y de refresco en las segundas partes, nuestro Samuel. El Levante subió a Primera sin dinero pero con veteranos de acero que sabían cómo se ganan partidos de fútbol. Las cartas debieron pedir cantera, largo plazo, estilo reconocible, pero el Levante respondió con treintañeros, oficio, fútbol feo y patadas, corto plazo. Quizás no tenían modelo, pero sí tenían un rumbo, y eso era más que suficiente. Hasta les dio tiempo para hacer su concesión al romanticismo de las cartas: subieron a dos canteranos, los que debieron hacer méritos. Uno de ellos era Iborra. 

El Levante de postguerra 2009-2010 nos señala un camino realista que más tarde nos confirmaría el Murcia del Chuti y Julio Velázquez: en mitad del desembarco de Normandía no existen los modelos. Existe sobrevivir. Pero la lucha por la supervivencia puede ser inteligente, estar tranquilo, acechar, aprovechar al máximo tus pocos recursos, o puede ser suicida, perder los nervios, salir corriendo, confiar en Julio Algar. Eso es lo que marca la diferencia, y no el supuesto modelo. ¿Acaso no tenía Julio Algar un power point? Y trajo muchos murcianos, ¡Mirad cuántos murcianos! ¡Nacido en Puerto Lumbreras! ¡Tiene una abuela en Mazarrón! Muchos murcianos que, en la mayoría de casos, hoy juegan en Tercera. Bajo las balas lo importante es contratar a un director deportivo y un entrenador lo suficientemente listos para que agrupen todas las cartas bienintencionadas que lleguen al club, hagan un montoncito con ellas y las quemen en una chimenea. Además, ¿Es que no sabemos ya que los empleados brillantes en cualquier organización llevan ya de por sí un cierto modelo en su cabeza? Suelen aportar ese valor añadido, porque si son verdaderamente buenos, también miran a largo plazo. Se trata de encontrar a esas personas, y que la inercia haga el resto.

Hoy por hoy, el modelo es tener de nuestro lado al que se dé cuenta de lo que necesitamos en este preciso momento, bajo esta precisa lluvia de balas. Quizás cuatro buenos veteranos ahí atrás, sin complejos. O quizás diez canteranos, si es que de verdad eso es lo ideal para el equipo, porque no puede haber nadie mejor que esos diez chavales. O una mezcla. ¿Cuál puede ser la única pincelada de modelo que 'imponga' el club en una situación tan calamitosa como la actual? Perfecto: inculcar la filosofía de que ante la duda, el canterano. Crear el clima para que chirríe que un Garmendia le quite el sitio a un Arturo. Que nos suene raro que Iván Pérez desplace a un Quereda, o que Pedrosa no pueda irse para que venga Marcos Mendes. Obligar a una mirada más profunda hacia la cantera, pero no por romanticismo ni por la esperanza de sacar pasta por ellos (en estas categorías viene un Mirandés y se los lleva por 20.000 euros) sino por egoísmo: suelen ser objetivamente mejores que los que traemos de fuera. 

Estamos en la 'D', y el mejor camino para salir de ahí será el camino más corto. Tendría gracia que el modelo que no hemos fijado en cien años se lo exigiéramos a un moribundo. "Largo plazo", decimos muy alegremente. El largo plazo muere cuando la próxima temporada llevemos un punto de nueve tras tres jornadas, y el mismo que tecleó "Largo plazo" en la carta empiece a estar hasta los cojones de ese lateral de la cantera que manda todos los centros a la grada. 

El verdadero modelo debe ser implantado en los despachos: si es que no hay dinero, es importante que los quemacartas estén flanqueados por dos economistas de esos de perfil judío que ni vean los partidos de fútbol. Que se olviden de todo el fútbol que crean saber. Y el resto del club, comerciales buscando pasta. Cinco comerciales haciendo 50 llamadas todos los días. Que seamos famosos entre los empresarios y las instituciones de la Región. Que nuestros comerciales sean los más temidos.

Ese es el modelo: quemacartas talentosos*, judíos y comerciales. Y estamos en Segunda en tres temporadas. 

PD. Por favor, firma esta carta virtualmente pinchando en este enlace.

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*Mis combinaciones de quemacartas favoritas:

-Carlos Álvarez / Ismael Garrido - Loreto

-Óscar Sánchez - Aira

-Óscar Sánchez - Loreto

-Manolo Molina - Loreto

Tú no te preocupes

Oliva B (@beandtuit)

No quería yo tener una despedida de soltero y terminé tomando tres tazas. Afortunadamente, porque mi voluntad inicial, como casi siempre, estaba equivocadísima, y las tres despedidas resultaron soberbias e inolvidables, llenas de celebración y de amistad, dos de las cosas que más hemos echado en falta en este largo año. La última de las tres despedidas fue en Granada, un clásico, con el grupo de amigos que, por su origen, bauticé como los amigos de Yayo, aunque paradójicamente no pudo venir Yayo, al que le debo muchas cosas en esta vida pero ninguna tan valiosa como los amigos que me ha regalado. La última fue en Granada, un clásico, un seguro, el Busquets de las despedidas, y fue corta, de un día y una noche, lo que sin duda incrementa la intensidad de la celebración, pero también la desaceleración de esa intensidad, también conocida como resaca. Afortunadamente, el clásico granadino tiene un viaje de vuelta corto, pero la sensación es que el viaje de vuelta de una despedida se hace largo aunque se celebre en Monteagudo, y todo regreso se convierte en un ejercicio  de resistencia, de cuerpos al borde del colapso, entre la resaca, el sueño, el hambre y la sed, y sobre todo la ansiedad; con ganas de llegar y de no llegar a la vez, con la angustia del lunes acechando a la vuelta de la esquina, de un lunes que se convierte en un símbolo de la realidad frente a la magia de la celebración que termina. Pero en toda despedida siempre hay un último eslabón al que agarrarse, un as bajo la manga para apaciguar todos los fantasmas al menos unas cuantas horas más: la comida del domingo. Y fue ahí donde emergió la figura del capitán, que en ese equipo siempre ha sido Edu, indiscutiblemente, por veteranía y oficio, por carisma e ingenio, pero sobre todo por esa característica que convierte al capitán en Capitán: estar siempre ahí. Edu no fallaba, cuentan y contarán los amigos de Yayo, y he podido dar fe de ello desde que lo conocí, en la calle Cigarral, a la salida de un partido del Murcia de la 96/97, o puede que de la 97/98. Edu no fallaba, te dirán y seguirán diciendo, como si en cualquier córner en contra que la vida te lanza, pudieran mirar de reojo con cierta tranquilidad, porque allí siempre estaría Edu para defenderlos a todos, alto y grande, pero sobre todo con determinación, esa característica que convierte a un central bueno en uno extraordinario. Volvíamos de Granada rotos, pero aún nos quedaba la comida del domingo, y ahí apareció Edu, claro, que se pronunció alto y claro desde la salida: hoy pega un arrocico en la antigua carretera de Mazarrón. Y para allá circuló el ejército de zombies, arrocico, arrocico, arrocico, en tres o cuatro coches, antigua carretera, antigua carretera, aplaudiendo la propuesta, Mazarrón, Mazarrón, con absoluta unanimidad. El viaje de vuelta siempre se hace largo, pero todo se suaviza con la esperanza de un arrocico, aunque los cuerpos, después de 200 kilómetros, quedan por completo invadidos por ese mal del día después, que empieza por la cabeza y el estómago, pero termina por extenderse hasta el último rincón del cuerpo y necesita con urgencia, como receta general, de agua fría, quintos de cerveza helados y comida caliente. No recuerdo bien el merendero donde finalmente paramos, triturados por la ansiedad, pero sí cómo entramos: el capitán primero, como entraba John Wayne en las cantinas del viejo oeste, y yo flanqueándolo, haciendo los honores de despedido. Pero, justo al entrar, comprobamos el desastre cometido por no haber reservado: aquello era un llenazo a rebosar, un griterío loco e insoportable, un desfile de camareros agobiados sudando en febrero, sin apenas pasillos por donde pasar; un llenazo precovid de toda la vida, con aforo al 120 por ciento; un gentío histérico con platos de embutido y ensaladas sin dejar de circular, y una sensación áspera y segura de que allí no sería posible comer. Cualquiera, empezando por mí, hubiera huido de aquello con las orejas arrastrando, derrotadísimo. Pero Edu se hacía grande, aún más de lo que era, en esas situaciones, y supo llegar raudo al encargado, sin titubear. Y allí moduló su vozarrón, sacó su tono más meloso, ese que sacaba para negociar en cualquier frente, para decirle algo así como caballero, oiga usted, somos siete u ocho, diría, más o menos, y queremos comer un arrocico pero aquí parece que está la cosa complicada, intentaría explicar, y es una putada pero estamos de celebración y queríamos un arrocico, oiga usted. El encargado, que le llegaba a Edu por la cintura, escuchó su discurso sin llegar a mirarlo, asentía pero sin dejar de anotar cosas, o de asistir con ensaladas a algún camarero zagalón, sin parar, con nervio murciano, y con tres o cuatro en la barra que no dejaban de hablarle; no creo que hubiera nadie en el mundo más abrumado que aquel encargado en ese momento; como mucho, alguno podría igualarlo, quizá en algún mercadillo filipino de rebajas, pero nadie podría tener más tareas que aquel personaje afilado de frente empapada. Y entonces ocurrió. Fue como en esas películas en las que se para el mundo, y se hace el silencio y todo y todos se paralizan, menos los protagonistas de la escena. Un paréntesis. Un milagro. Así fue, así lo recuerdo, el momento en el que el encargado levantó su mirada, miró por fin a Edu y con un tono quebrado pero con una seguridad infinita le dijo: “Tú no te preocupes”.

En ese instante lo vimos claro los dos. No nos hizo falta decir nada, solo cruzar una mirada, un par de sonrisas cómplices. Aquel tipo acababa de resolvernos el misterio de la vida en cuatro palabras. Rápidamente nos encontró una mesa al fondo, divina, espaciosa y hasta con buena acústica, y comimos un arroz estupendo, con seis o siete tercios, algo de vino con gaseosa y un belmonte, pero los dos sabíamos que ese día nada alcanzaría ya la magnitud de aquella frase. Tú no te preocupes. Habíamos encontrado un maestro zen al pie de Carrascoy. No hubo ya conversación entre nosotros en la que no estuviera presente el tú no te preocupes en estos diez años: si el encargado de aquel restaurante podía sobrevivir a aquel infierno continuo con esa templanza, cómo no íbamos a intentar hacerlo nosotros. Y ahora que ya no podré decírtelo más, ni escuchártelo, solo me queda volver a esas cuatro palabras, a esa mezcla de tranquilidad y de resignación que las envuelven, a la serenidad de que solo hay una manera de aspirar a sufrir esta continua preocupación: de manera despreocupada. Tú no te preocupes. Lo pensamos incluso como eslogan cuando me propusiste llevar tu hipotética carrera política hacia La Moncloa, para que templara un poco tu ímpetu desbordante. En muchos clubes retiran la camiseta, pero en el de los amigos de Yayo han retirado el brazalete. Por carisma, por un ingenio que brotaba a la mínima para hacer de cualquier momento algo recordable. Cuánto diste a un puñado de tíos que no dejarán de hablar de ti, de contar las historias de Edu. Los escucho hablar y pienso si tuviste algún día anodino, amigo, si fuiste capaz de tener un día normal, si en tus días existía lo corriente. Ahora está de moda decir que cada día cuenta, pero tú viviste así sin que nadie te lo enseñara. Llegabas a un pueblo y en media hora tenías a los parroquianos comiendo de tu mano, haciéndote los coros de Eros Ramazzotti. Pura magia, puro carisma. Llegabas a Cracovia y al segundo día un chupito ya se llamaba Eduardo’s. Había una certeza, algo parecido a cuando Hagi estaba en el campo: si está Edu van a pasar cosas. Confío en que te quedaras durmiendo sin demasiadas preocupaciones, teniendo bajo control todos los demonios internos que nos machacan en silencio. La vida se parece bastante a una despedida de soltero corta. Y confío, aunque eso ya me cueste más creerlo, en que esta semana hayas aterrizado en algún merendero escondido, ahora abarrotado por la pandemia y sin apenas mesas libres, y que en ese revuelo de ángeles con jarras de cerveza, en mitad del griterío, un tipo con aire de San Pedro te haya dicho por última vez tú no te preocupes, antes de llevarte al fondo del local, a una mesa espaciosa y divina.

Un mensaje de Benito


Valero

Tamaraceite, 1; Real Murcia, 0.

Se rifaba una hostia. Cada temporada se rifan unas cuantas, pero este año era un sorteo muy especial, porque había más premios que nunca. Nunca había sido tan fácil ganar, o sea, perder. Era un año en el que había que ser especialmente cuidadosos. Aunque siempre te puede tocar, eso está claro. Una papeleta o dos siempre llevas por defecto. Pero esta vez hemos llevado muchas. El Murcia ha sido un acaparador de papeletas, se ha llenado los bolsillos de ellas, y en consecuencia se ha postulado como uno de los grandes candidatos a llevarse una de las hostias en juego. Ahora es casi imposible no ganar. Hay una hostia para nosotros. El premio es que estamos en la D. En Tercera, que en realidad es la cuarta, aunque será una Tercera tan antinatural, tan acorde al fútbol feo de hoy, que parecerá una Segunda B-B. Lamentablemente no habrá Relesa Las Palas ni Olímpico de Totana: habrá más filiales. Filiales de filiales, incluso. Dan ganas de empezar a ver voleibol. 

Y por supuesto: esto lo escribo a posteriori. Que vamos a ganar el sorteo (a perder) lo sabemos ahora. Pero no entendería que nadie se comparase con la miseria de otros equipos que han fracasado o apelara a la mala suerte. Allá esos otros equipos con sus papeletas, yo sé las que hemos comprado nosotros. Metes la mano en el bolsillo, sacas una de las papeletas y se lee: "Tu entrenador y tu director deportivo, peleados". La guardas. Sacas otra. "Reparto de fichas sub 23". Hay muchas: "El director deportivo ficha a su hijo de Tercera". "Renovaciones de jugadores que estaban tiesos". "Te quedas con jugadores que ya han demostrado que no tienen nivel". "Defensa pipiola en la categoría donde sólo importa defender". Papeletas y más papeletas. "Mercado de diciembre desquiciado". "Jugadores fichados como al peso". "No hay extremos". "Los porteros". "Pedrosa". "Dejas que Chumbi, cuando está muy bien tras dos años fatal, se vaya tan pancho al Marbella". "Yeray eh mejó qArmando". "Veteranos de vuelta de todo a los que les pides que se ilusionen por dejarte en la Pro". "Hay que traer jugadores de entre 23-25 años pa que exploten aquí". Tantísimas papeletas. Conste que sólo retrato desaciertos deportivos, atribuibles básicamente a los profesionales que hemos tenido, es decir, Julio Algar y, con menor responsabilidad, Adrián Hernández. Los dos hicieron las prácticas en el Murcia, a un alto precio. En cualquier caso, la directiva no era quien tenía que darse cuenta de las decisiones deportivas que no tenían ni pies ni cabeza: los profesionales sí. Confiaron en los profesionales equivocados, y se dieron cuenta tarde.

Pero quiero cerrar por otros territorios. Además, bastante tiene el KBusiness con el lío institucional, que puede comprometerles a niveles serios, dependiendo de los pasos que el mexicano decida dar. Sólo por ese riesgo que han elegido correr merecen respeto. Quiero acabar lejos: recordando a Benito Floro en el vestuario de los Camps D'Esports de Lleida, una tarde de marzo de 1994. El Madrid de los últimos coletazos de la Quinta del Buitre caía 2-1 al descanso contra el recién ascendido Lleida de Mané, y ése terminaría siendo el resultado final. Floro no estaba contento, y así se lo hizo saber a los jugadores, con una charla más bien demagógica, en la que la mayoría de frases se confundían con topicazos de aficionado, como de senador que cree que el Tamaraceite no puede ganarle al Murcia sólo porque su nombre suena a chiste, o que el Lleida no puede pintarle la cara a un Madrid en el que juega Ramis. Dado que la charla fue esencialmente populista, resultó muy apreciada entonces por el aficionado de a pie, que siempre cree que los jugadores espabilan en el descanso cuando les gritas muy alto que hay que echarle más cojones. Sin embargo, hay una frase muy cruda y muy pura en ese discurso de un Benito Floro al que no le quedaban más de dos semanas en el cargo. Hay una frase que sí merece ser rescatada, y que es eterna, para el fútbol, para la ebanistería, para todos los oficios, para la vida. Es tan eterna que puede ser aplicada incluso a un gol del Tamaraceite a balón parado en el que Verza es incapaz ni de molestar siquiera a su marca, que termina marcando a placer de un cabezazo simple, rutinario, de esos que parecen imposibles en un partido tan importante. Verza, un extraordinario futbolista que habrá merecido encendidos elogios de aquellos que más lo hayan disfrutado en el Almería o en el Levante, hoy merece otra cosa. Hoy merece la frase de Benito Floro en aquella tarde de Lleida, pronunciada exactamente a los 64 segundos de esa charla: "¿Cómo puede ser uno jugador de fútbol y no llegar al remate sufriendo? ¿Cómo puede ser uno jugador y quitarse de encima?". Qué duro. Qué bien tirada. Cómo puede ser uno panadero y no tener el pan listo a las 7 de la mañana. Lo básico. Cómo puede ser uno mecánico y no mancharse de grasa. Acto seguido, Benito se caga en Dios.

Alineación: papeletas.

Goles: cómo puede ser uno jugador y no llegar al remate sufriendo.