Agradecimientos

Oliva B (@beandtuit)

Betis B, 2; Real Murcia, 1.
"Murió Maradona", nos dice Rafa a bocajarro por whatsapp, durante el descanso de un Betis B-Murcia que, hasta ese momento, iluminaba la tarde de este miércoles de finales de noviembre. Así lo dice Rafa, justo así, así de breve y así de bien: “Murió Maradona”, sin punto, sin rodeos, sin emoticonos, sin mierdas; como cuando tu madre o tu padre te despertaban algo antes de ir al colegio y te decían “ha muerto el abuelo”. Murió Maradona, dice Rafa, y lo escribe con acento asturiano, o al menos así lo lees tú, y piensas que un palo así es bueno que llegue a través de un ser querido y no de una alerta fría que salta a tu móvil o de alguna tontería frívola que te sorprenda en las redes. Murió Maradona, dice Rafa, y tardas unos segundos, esos segundos en los que la noticia pasa a ser algo más, en sentir ese maldito picor irrefrenable, esa congoja, esa emoción que nace entre el estómago y el pecho, depende del día, y siempre termina por empañarnos los ojos. Y entonces, justo antes de que salga la primera lágrima, huyes casi corriendo hacia el baño, porque Martín, contra todo pronóstico, aún no ha visto a su padre llorar y en ese momento, en la muerte del Diego en el descanso del Betis B-Murcia, decides que así debe seguir siendo, que esa no debe ser su primera vez. Para un niño de 8 años el llanto sigue siendo sinónimo de dolor físico, y uno llora cuando algo duele mucho, si te ponen una inyección en el médico, por ejemplo, o te duele la barriga o la cabeza y te pones malico, o te caes, o te das un golpe fuerte. Y Martín, en una de esas, todavía no te ha visto. Con un poco de suerte, un niño de 8 años apenas intuye el otro dolor, el dolor de verdad, y tú de momento has conseguido esquivar que te sorprenda en ese trance, milagrosamente, piensas, fingiendo ataques de tos, amagando con que algo tienes en las gafas o tirando de un dedo que acude eficaz al lagrimal, como Alkorta cuando iba rápido al suelo, y que frena con determinación la lágrima rebelde. Algún día sabrá que lloras, que lloras incluso bastante, que la vida a veces se va retorciendo hasta casi llorarla a diario, pero quizá la muerte del Diego no sea un buen primer día para eso, piensas, mientras intentas frenar el intenso chaparrón, quizá porque a ese profundo dolor por el Diego, inesperado a pesar de ser anunciado durante tantos años, se unen todas las lágrimas reprimidas en los últimos meses que no tienes más remedio que dejar caer. Pero es al salir del baño, con la gotera medio arreglada y los ojos preparados para afrontar a Martín, cuando piensas que más de medio mundo está también encogido, llorando al Diego como tú, todos a la vez; es entonces cuando piensas que esta es la última gran victoria de Maradona, una victoria más grande que ese segundo Mundial con el que soñaba; un triunfo absoluto, más valioso que los títulos, las victorias y los goles, el de hacernos felices, el de emocionar más que nadie, el de generar lágrimas suficientes para jugarle a la muerte de tú a tú. 

Murió Maradona durante un partido del Murcia, como si la vida quisiera reunir en la tarde de este miércoles de finales de noviembre todo lo que te mantiene unido al fútbol: la emoción, el talento, la nostalgia, la lealtad. Murió Maradona, dice Rafa en el descanso, y la segunda parte se convierte entonces en un duelo extraño, que ves de pie en el salón, entre los nervios y la congoja, y en el que solo perdemos por intentar ganar, como si fuera un homenaje de Adrián a Maradona y su grandeza, un grito contra la mezquindad y el conformismo, una declaración de guerra al cortoplacismo del empate, al puntico que tan miserablemente nos enamora: Adrián no es Salmerón, no, Adrián siempre mira más arriba, y quién sabe lo que puede llegar a ser si le damos tiempo. Después, la tarde se convierte en un largo velatorio, en el que al menos se juegan dos partidos más: el primero, entre Diego y sus jueces; el segundo, te enfrenta a ti contra tus ganas de llorar. El primer partido se resuelve rápido, por goleada. Como se esperaba, es un duelo de rivalidad histórica: el clásico de toda la vida entre los que se enamoran y los que no se enamoran, los que se emocionan y los que no se emocionan, los que sienten y los que se quedan en la orilla a mirar, esperando que la vida sea otra cosa. Y Maradó vuelve a ganar, a meter un último golazo a los mezquinos, a los sosos, a los tristes, que pronto vuelven a quedar retratados. Tu partido contra las lágrimas, en cambio, es a cara de perro. Resistes el asedio continuo desde el minuto 1, metes un central más mediada la primera parte, aguantas decenas de tiros a puerta, centres envenenados y córneres cerrados en contra. Te distraes con los deberes de Science y con unos minutos del Linares, pero la tarde es eterna, como si jugaras con dos o tres menos. Haces una tortilla de guisantes y cortas un tomate, te tomas un par de cervezas de más. Suenan en la tele recuerdos maradonianos, emociones de tantos años que resistes a malas penas; el ataque del llanto es ahora despiadado, cuando se acerca al final del partido. Piensas en derrumbarte, en mitad de la tortilla de guisantes, piensas en tirar la toalla y revelarle a Martín todo, entre lágrimas: esto es lo que hay, hijo mío, tu padre es un blando y la vida va de esto, de llorar por que se ha muerto Maradona, aunque no sea por que Maradona ha muerto. Pero resistes, no sabes bien si por cobardía o por valentía. Y ya queda menos. Te cepillas los dientes y te echas en la cama junto a él, esperando a que se duerma, y por suerte esta noche cae rendido. Y esperas a escuchar su respiración algo más fuerte, a sentirlo profundamente dormido, para bajar por fin los brazos, allí mismo, tumbado en su cama. Es entonces, mirando al techo, en una oscuridad casi absoluta, donde puedes recordar por fin al ídolo y proyectar las imágenes de tantos años. Todos los diegos, sus jugadas imposibles, su toque preciso y mágico, el Mundial 82, el Barça, la emoción del niño de 11 años que eras cuando Diego fue campeón en México, Napoli, aquel partido contra el Stuttgart, el pase a Caniggia contra Brasil en el 90, Sevilla, su regreso a Boca, el por las alegrías que le das al pueblo de Calamaro, esa extraña sensación de que Diego, aunque jugara en un equipo, jugaba para todos. Pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial y recorre una vida entera. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. En corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Y es entonces, mirando al techo, en esa oscuridad casi absoluta, cuando por fin puedes dar gracias por estas lágrimas. A Dios, o a Maradona, si es que alguna vez descubrimos que no son lo mismo.

Real Murcia: Pumpido; Cucciufo, Brown, Ruggeri; Giusti, Enrique, Batista, Olarticoechea (Trobbiani), Burruchaga; Maradona y Valdano.

Celebración


Oliva B (@beandtuit)

Lorca Deportiva, 1; Real Murcia, 2.

A principios de los 80, e incluso puede que algo más tarde, quiere sonarme que nadie hablaba de pinchazo cuando el Madrid o el Barça empataban en Valencia o en Zaragoza, o en Sevilla, en cualquier campo de Sevilla, o en Gijón; no digamos ya cuando sumaban un puntico en un campo vasco. Ni pinchazo, ni patinazo, ni capullos. Un punto era un positivo, un punto fuera era divino siempre. Un punto fuera de casa se celebraba. Quiere sonarme eso, o así lo recuerdo al menos; un recuerdo vago y lejano, claro, porque entonces yo era un niño, y un niño de antes, además, de una vida que iba mucho más despacio. Pero un niño, en definitiva. Un niño celebra los días, un niño celebra la vida, aún sin esos complejos retorcidos que te hacen dudar, que te hacen postergar la felicidad a un no se sabe cuándo; un niño se come las patatas fritas lo primero, sin reservar ningún momento feliz para más tarde; un niño estrena la camiseta nada más salir de la tienda, si no en la misma tienda, directamente desde el probador; un niño no escatima ni un abrazo, ni un beso, ni un te quiero. A principios de los 80, creo recordar, España empataba en Escocia y se celebraba, y si ganaba era prácticamente fiesta nacional. Ahora, ya sabes, es obligatorio ganar en Ucrania, “ganar y jugar bien”, llegué a oír en la previa en una emisora nacional. Sí, sí, en Ucrania, dijo un señor muy serio en esa emisora, un señor con aire de haber sido niño no hace demasiado tiempo, “hay que ganar y jugar bien”. Pero es algo que ahora oímos y apenas nos choca, es algo que forma parte del discurso aceptado, acaso porque en la última década hemos visto y oído de todo, y al final es imposible no contagiarse de ese nivel de exigencia, que nos hace creernos que todos somos la hostia, que todos somos un poco como Rafa en París. De pronto, en algún momento, fue un fracaso (no una decepción, ojo, un fracaso) no ganar ningún título, y llegamos a oír de algún equipo, en un tono casi lúgubre, que “sólo había ganado la Liga”. En esta década hemos visto a algún equipo que apenas celebraba una Copa del Rey (una COPA DEL REY, socio), hemos visto que se celebraba más el subcampeonato que el campeonato, porque los subcampeones al menos vivían la final como niños, mientras los campeones eran adultos serios, con muchas exigencias que no habían cumplido, demasiadas como para ser felices. Y de ese discurso, sin duda, nos hemos contagiado todos, de esa absurda exigencia adulta, de esos complejos retorcidos que nos impiden celebrar cada día como se merece. Es algo muy triste, es algo profundamente triste. No ser capaz de celebrar es algo mucho peor que perder. Y juraría, o eso creo recordar, que antes no ocurría tanto. No lo sé. Es probable que eso no fuera así, que siempre hayamos pecado de esa absurda prepotencia, que siempre hayamos tenido metido por el culo ese palo de severidad que no nos deja celebrar. Es probable que solo sea una sensación mía asociada a la niñez, a un pasado feliz en el que sabíamos celebrar. Pero ojalá pudiéramos recuperar algo de eso, sobre todo en este maldito año, sobre todo ahora que está prohibido celebrar y que los abrazos hay que darlos con cautela. Ábrete esta noche el mejor vino y estrena esa camisa que tienes guardada para cuando todo esto haya terminado. No escatimes un te quiero, al menos, ya que hay que limitar los abrazos y los besos. Y cómete primero todas las patatas fritas, como cuando eras un niño y no dejabas ningún momento feliz para más tarde. 

Ganó el Murcia en Lorca a un Lorca, pero poco se habló al día siguiente de la victoria y mucho de la celebración. Salieron las cámaras de la televisión autonómica a las calles de Murcia, supongo que con la esperanza de encontrar una aguja en un pajar, que diga un murcianista en las calles de Murcia, preguntando qué les parecía que el Murcia celebrara una victoria en Lorca, en Segunda B. Ganó el Murcia en Lorca a un Lorca, y ese Lorca nos recordaba, ya desde el principio, que probablemente en Lorca debíamos celebrar incluso una derrota. Porque en Lorca, contra un Lorca, no jugaba un Murcia. En Lorca jugaba el Murcia, el Murcia de siempre. Un Lorca tiene ahora inversores argentinos, y algún jugador de por allí también; un Lorca tiene ahora un Higgins en el mediocampo, un Lorca tiene a un Elyakim Musoni belga arriba, un Lorca tiene un buen equipo ahora, pero no dejará de ser un Lorca, una inversión, un negocio, un equipo que generará diez o doce abrazos cuando asciendan y ninguna lágrima al desaparecer. Frente a ese un Lorca, ese buen Lorca, el Murcia volvió a estar mal, a no encontrarse apenas durante la primera hora de partido; volvió a ser algo peligrosísimo en el fútbol actual y puede que en todos los fútbol, que es ser un equipo inconsistente, un equipo al que se le genera peligro en cualquier momento. Y sin embargo, ganamos. Como para no celebrarlo. Con siete murcianos en el once y un mallorquín que representa a la perfección lo que es el Murcia actual: un equipo aparentemente limitado pero que lo da todo, que no deja de sufrir, que lucha cada balón como si su futuro fuera en ello. Saltó Alberto Toril al cielo de Lorca y allí arriba, con su cuello descomunal, un cuello que a veces parece provisto de un par de cojones, enganchó un cabezazo memorable, de principios de los 80. Y fue justo entonces cuando vino la primera gran celebración de la tarde: no conozco a ningún murcianista que, mentalmente, no se quitara en ese momento toda la ropa y corriera desatado por el pasillo hasta la ventana más lejana, para poder desatar su rabia; no conozco a ningún murcianista que, mentalmente, no abriera de par en par esa ventana y gritando no se cagara, mínimo, en todo lo que se menea. El Murcia podía volver a ganar un partido, ocho meses después. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho meses, ocho, ocho meses después. Terminó el partido así, y así lo celebramos, aún desnudos. Era una victoria importante, que nadie sabe dónde nos llevará, que da un poco igual dónde nos lleve. El equipo saltó y bailó y cantó, y todo el murcianismo con ellos, sin excepción. Celebramos como niños, sin ninguno de esos complejos retorcidos que después nos condenan a una vida sin celebraciones, a una vida como la de la pandemia, aunque no hubiera pandemia. Fue la victoria más importante de nuestra historia. Y la próxima volverá a serlo. Y así seguiremos reaccionando, aunque no nos entiendan. En el fondo, más allá de que no entiendan al murcianismo ni lo que significa la lealtad sagrada a un equipo, me temo que han olvidado al niño que fueron. Hace demasiado tiempo que no se comen primero todas las patatas fritas, hace mucho que no rescatan al niño que todos llevamos dentro. Al niño que no escatima ni un abrazo, ni un beso, ni un te quiero; al niño que cada día se levanta feliz a brindar por la victoria, por el empate y por el fracaso.  

Real Murcia: Marcellán; Edu Luna, Antonio López, Baro (Miguel Muñoz, 85'); Sandoval (Junior, 85'), Abenza (58' Navas), Yeray, Youness, Iván Pérez (73' Pedrosa); Toril (73' Segura) y Chumbi.

Goles: Dos de Toril y uno de mi primo.

Tirando


Valero

Real Murcia, 1; Sevilla Atlético, 1

La salud es lo primero y el Murcia sigue vivo. No vivísimo, pero sí suficientemente vivo. Ahí está él, tirando, a pesar de los achaques, a pesar de esa tos seca que ya le dura más de una década. Algunos incluso dicen que nació con esa tos letal. Nació ya amenazado por la muerte. Cuántas paradas cardiorrespiratorias desde entonces, cuántos implantes de cadera. Los médicos ya hasta se ríen mientras le reaniman una vez más y lo devuelven de la muerte. Dado que el Murcia sigue vivo, sigue jugando partidos, y éste fue el primero de los 18 que este año decidirán si tal o si pascual. Como era de esperar, el Murcia comenzó la temporada acorde con su estado de salud general: tirando. Tirandóle, incluso, que es una variación de zonas de la Vega Baja que ni siquiera salen en los mapas. "¿Cómo estás?" Y puedes responder: "Tirando", pero también puedes responder: "Tirandóle", con ese énfasis místico en la 'do'. Tirandóle es incluso más difuso, más cansado, y tirandóle jugó el Murcia. Lo cual es compatible con las buenas noticias. Chumbi, después de dos años pésimos, es otro. Y no es otro porque haya empezado marcando, sino porque físicamente es distinto. Se le vio rápido e incluso más fuerte, con apariencia de haber pasado por el gimnasio. Es tan evidente ese salto adelante que busqué quién es nuestro preparador físico este año, por establecer un posible nexo. Se llama Pedro Reche, por cierto. Más cosas buenas: Toril confirmó que sigue mejorando y que puede ayudar mucho por detrás de Chumbi (una ayuda vigorosa, ganando disputas y renunciando entonces a esa falta de último pase que decíamos necesitar en esa zona, claro). También destacó Edu Luna, que impuso su poderío y tuvo acierto cuando arriesgó. Pero la mejor noticia fue Youness, que es un pulpo y que da zancadas tan largas que lo mismo un día le llevan a Segunda. Al que no vimos es al que le pusieron al lado, Yeray, el de Yeray eh mejó qarmando. Invisible e indolente, es como si los pitos del Rico Pérez siguieran atronando aún en su cabeza. Lo de nuestros laterales, por cierto, no dio buena espina. Navas perdió balones muy graves, de esos que pueden costar un partido, e Iván Pérez sigue yendo a supervelocidad. Pero no la supervelocidad buena, sino la que hace que te pongas los calcetines del revés cuando tienes prisa.

La primera parte fue un 'ahí voy, tirando', pero la segunda parte fue un 'mira tío, no voy a engañarte, estoy muy mal'. Sin ocasiones, a pelotazos sin sentido, con pérdidas de balón continuas. Cuanto antes acepte sus limitaciones este Murcia, más tiempo ganará. Cuanto antes llame a las cosas por su nombre, antes surgirá un camino. De fondo, y aunque sea demasiado pronto, ya empieza a caldearse el ambiente. Es porque la gente, aunque somnolienta, se acuerda de que las excusas y el Murcia nunca se han llevado bien en esta categoría. El año pasado ya se agotó el margen para las justificaciones, y esta temporada se cobrará lo que se toleraba la pasada. Así es la vida. A mí personalmente me importa muy poco el supuesto arrinconamiento de Adrián para confeccionar la plantilla, ésa será la excusa que él puede tener en su recámara llegado el caso, y que se la compre quien quiera. A mí personalmente me importa muy poco que la directiva y l'architetto Algar piensen que Adrián debe sacar mucho más de la 'excelente' plantilla diseñada. Esa será la excusa que ellos tengan en su recámara llegado el caso, y que se la compre quien quiera. Mi opinión es que, a base de excusicas y asteriscos para explicarse, demuestran no saber lo que es el Murcia, tan cerca que lo han tenido siempre. El Murcia en Segunda B es callarse y ganar. O perder y callarse. Y si resulta que no ganas y no ganas, te echan, porque las excusas nos dan igual. ¿Es que no tiene Manolo Sanlúcar una explicación sobre lo injusto que fue que lo echara Deseado Flores del Murcia a las pocas jornadas? ¿Es que no tiene Paco García una historia triste que contarte junto a un fuego? No, no, eso es el decorado, siempre lo ha sido. No nos importan vuestras miserias, vuestras filtraciones, la forma en que bajáis el listón de este club y despejáis responsabilidades. Tenéis miedo de no saber dar lo que este club exige de manera natural, y os cubrís. Pero no hay dónde cubrirse. Tan cerca que lo habéis tenido siempre y sabéis muy poco sobre el Murcia. 

Real Murcia: Tanis; Navas, Miguel Muñoz, Edu Luna, Iván Pérez; Younes, Yeray eh mejó qarmando, Pedrosa (Silvente, 76'), Pablo Haro (Segura, 59'), Toril (Sandoval, 59') y Chumbi (Víctor Curto, 76').

Goles: Chumbi y uno así muy fuerte.

Psicología de los grupos


Valero

-Continua recitación de méritos y sacrificios realizados

-Queja permanente sobre la ausencia de reconocimiento de esos méritos y sacrificios

-O yo o el caos: si un día nos vamos, esto se hunde

-Difamación de los que osen aspirar a relevarles

-Amenazas de dimisión que nunca se materializan

-Chantaje emocional vinculado a esas amenazas de dimisión: eres tú quien me empuja a (casi) dimitir

-O conmigo o contra mí: el que discrepa es el enemigo y por supuesto debe salir de mi círculo

-Permanente vigilancia de la opinión de terceros (medios, redes sociales, ¡blogs!)

---

¿Algún graduado en Psicología puede ponerle nombre al perfil que practica estas conductas? Creo que en primero de carrera teníais una asignatura muy interesante llamada 'Psicología de la personalidad'. Aunque me da que la decisiva es otra de tercero de carrera: 'Psicología de los grupos'. El experto puede remitir sus conclusiones a la siguiente dirección: Estadio Enrique Roca de Murcia. Avenida del Estadio s/n. 30.110 - Churra (Murcia). 

Tres cosas


Valero

Sacad al Murcia de Twitter

El Murcia está en Twitter y hay que sacarlo de ahí. Si no lo sacamos, se va a morir. No hablo de una muerte real sino de una muerte espiritual, que también es grave. De hecho, lleva ya mucho tiempo en twitter. El Murcia ahora lo gobiernan hinchas del club, ha 'bajado' a esos hinchas, pero esos hinchas tienen twitter y wasap, y puede que incluso Tik Tok, y como se les calienta la sangre de hincha, el Murcia se les cuela a veces sin control por esos sitios. Para enterarse de lo que pasa en el club, hay que ir a Twitter. Allí están todas las batallas, todos los rencores, de manera indirecta. Anoche alguien anónimo tuiteó un ataque a Adrián en Twitter por el escalofriante partido contra el Calvo Sotelo, y de repente múltiples tuiteros empezaron a señalar esa cuenta como el refugio virtual de un directivo, y precisamente uno de los que más manda en el club. Puede ser verdad, o puede que no, pero lo triste es que no extrañaría en absoluto. Las filtraciones de todo tipo (para informar, pero también para calumniar) son ya habituales, y a diferencia de lo que pasa en muchas otras organizaciones, es imposible identificar al topo, porque son muchos y en diferentes áreas. Mucho antes que grave, es cutre, y demuestra poco respeto al club que quieren. Encapsulaos, quedaos en silencio, aceptad que NeneMurcianista_91 os va a criticar con faltas de ortografía en las redes sociales. No seáis niños, por favor. Los jugadores, que también tienen grupos de wasap, deben estar flipando. Horas antes, un técnico del fútbol murciano que tiene en su perfil una foto con Adrián anunció a la tuiterada su apoyo incondicional a nuestro entrenador, pese a que "le han desmantelado medio equipo y no han llegado fichajes por la situación económica". No ha empezado la temporada y ya está el entorno de nuestro entrenador adelantando potenciales excusas. Nadie necesita ese tipo de apoyos. Por cierto: otros apoyos evidentes del entrenador son ex directivos que ahora están de uñas con los actuales dirigentes. Me extrañaría que todo eso acabe bien para Adrián. Se ha merecido la renovación y creo que es el único que de verdad sabe de fútbol en ese club, pero su crédito no va a ser grande. Hay excusas, claro que las hay, pero él crecerá cuando las ignore, porque de eso va entrenar al Murcia. Para ser grandes hay que pensar en grande. Lo contrario, además, es una visión pequeña del fútbol: 'es que la plantilla del UCAM es superior, es que aquel otro tiene más presupuesto...' Bueno, si todo va de plantillas y presupuesto, da igual el entrenador, no? Más orgullo y más confianza en uno mismo. Adrián le ha dado identidad a un club zombie, pero ahora debe darnos más cosas. Que el club no lo arrope le dará todavía más mérito a ese siguiente paso.


Nuestro verdadero director deportivo

Nuestro director deportivo fue y fichó a su hijo de un filial de Tercera. O te sale bien o te tienes que ir. Como le salió mal y no se ha ido ni le han echado, no creo que haya que mirar al director deportivo para pedir explicaciones en el futuro, sino al que permitió aquella chapuza y no se cobró el precio después. Para mí el director deportivo se llama Emilio García, el amigo de Algar, aunque él no haya visto ni un partido de Junior. Hay casos en los que para juzgar a un profesional no queda más remedio que elevar la mirada un poco. Si yo miro a Algar, ya no veo nada, está amortizado. Sólo veo a ese Emilio, que parece buenísimo en lo suyo, por cierto. En realidad todos los directivos parecen buenísimos en lo suyo, siempre que hagan lo suyo silenciosamente y se atrevan a olvidarse del fútbol. Sólo necesitamos que creen el discreto marco para que profesionales como Adrián hagan su trabajo. "¿Ah, pero además de ayudar desinteresadamente al club, me pedís que me olvide de lo más bonito, que es el fútbol?" Pues así es. La mejor decisión que podría tomar Tornel (si de verdad mandase) es prohibir que los directivos vayan a ver los entrenamientos. "Ir al entrenamiento? Qué va, qué va, quédate en el despacho pensando cómo podemos sacar más dinero para el club". Que sopen tanto en lo futbolístico significa, además, que en el fondo no respetan a Algar ni a Adrián ni a nadie. Si los respetaran, no se atreverían. Si tú vieras a un fontanero hacer bien su trabajo, ni te atreverías a sugerirle que aflojara no sé qué cañería.


Cambio

Vivimos tiempos en los que la palabra 'cambio' tiene siempre connotaciones positivas, misteriosamente. Desde el éxito del 'Change' de Obama, muchos neopopulismos se abrazan a ese lema sin entrar en detalles, sin especificar lo que quieren cambiar, para dejar que cada uno adapte el objeto del cambio a sus anhelos. ¿Qué queremos cambiar, preguntas? Queremos cambiar lo que tú quieras que cambie, vótanos. ¿Qué es en el fondo Podemos, sino la abreviatura de 'Podemos hacer lo que tú quieras que se haga, aunque nunca le pondremos nombre'? Pero qué va, el cambio no es siempre positivo. Muchos cabronazos agitan la promesa del cambio sólo para que les dejes pasar hasta muy al fondo, y una vez dentro cambian lo que precisamente ya funcionaba bien, o algo que tú no querías cambiar en absoluto. No sé si se entiende que estoy hablando del Murcia. Cuántos agitaban la bandera del cambio durante los 80, en la época de Pardo Cano. Cambiad a Pardo Cano, pedían, porque efectivamente, hemos pasado unos cuantos años en Primera, ¿pero qué hay de esa mejorable gestión económica, o de los descensos? Queremos un Murcia que cambie su costumbre de bajar. Y entonces cuatro listos alimentaban a la marabunta, que encendía las antorchas y exigía cadáveres. Entonces efectivamente se cambiaba, pero se cambiaba a peor. Es un aburrimiento vital típicamente sureño, supongo, que nos lleva a ese frenesí. Se prefiere la emoción de la incertidumbre antes que la previsible estabilidad. Lo desconocido genera una adrenalina: todavía no lo hemos visto, mientras que lo ya visto e incluso ya válido ha perdido esa capacidad de sorprendernos.

Esa constante se reproduce hoy día, en esos que entonan el "Yeray eh mejó qarmando". Yeray, ese del Hércules que hemos fichado en un trueque raro por Armando, es ya mejor que Armando para muchos, sin aportar todavía nada y viniendo de un año de mierda en Alicante. Pero viene con el 'cambio' escrito en la frente. No nos suena su cara, dicen que tiene clase, parece ser que tuvo años buenos, y toda esa mezcla excitante contrasta con el solvente, eficiente y aburrido Armando, al que ya teníamos muy visto. Durante estas semanas previas a la competición, Yeray le da mil vueltas a Armando, tiene más clase, tiene más gol, es incluso más guapo, aunque en realidad pocos sepan gran cosa de Yeray. Cuando en el inicio del amistoso contra el Ibiza fue Yeray y perdió con desidia un balón increíble cerca de nuestra área, alguno debió incluso alegrarse: mira mira, ese riesgo nunca lo habría corrido Armando, hemos cambiado. Yeray eh mejó qarmando porque ya no es Armando. Segura es mejor que Dorrio. Navas es mejor que Álvaro Rodríguez. Palazón es el nuevo Juanma, pero con más clase, y a Domi, que no jugaba en La Nucía, le vamos a sacar más dinero que a Meseguer. Alguno dirá que ese enfoque es bienintencionado optimismo: lo de ahora me parece mejor que lo de ayer porque es precisamente lo que tengo ahora. Pero me da que el origen de ese razonamiento es más frívolo: lo de ahora es mejor que lo de ayer simplemente porque es diferente. Y esa manera de pensar da miedo.

Y todo esto para llegar a la directiva actual. Con esta directiva no conjugo ninguno de esos verbos que parecen estar a punto de levantarte del sofá y 'hacer' algo para cambiar las cosas. Mientras el dinero no irrumpa (y si quiere irrumpir de verdad y encuentra obstáculos en la actual directiva, entonces el dinero no tiene más que convocar una rueda de prensa seria y alertar de esos obstáculos), entonces lo actual es la mejor de las opciones posibles. Tecnócratas. Ejecutivos de banco que no saben nada de fútbol pero son finísimos en lo suyo. Auditores. Abogados. Lo que siempre hemos necesitado en el Murcia, siempre que supediten su tentación de ser forofos al interés general. Si no están dispuestos a dejar de ser forofos, entonces peligro. En cualquier caso, prefiero que cambien ellos, que evolucionen, a que lleguen otros sin dinero y revolucionen

Eso que tú me das

Dusko Ivanovic, enorme como siempre, en una escena de Poltergeist III

Oliva B (@beandtuit)

Pretemporada, 0; Real Murcia, 0.

De pronto suena en la tele la voz de Carlos Martínez, ese tonillo inconfundible, diez minutos antes de un buen partido de Primera, cerveza de domingo noche en mano, y entonces, justo al escuchar esa voz, empiezas a bajar el volumen de la tele discretamente. Muy poco a poco, como disimulando, silbando incluso, suena el tonillo inconfundible de Carlos Martínez y bajas el volumen del 14, al que probablemente esté, al 13 y al 12, y luego al 11 y al 10 y paras un poco, y silbas y haces una pausa, y alguna pregunta tonta a Martín, para despistarlo, para que no se entere; y bajas al 9, al 8, al 7 y haces otra pequeña pausa, que no se note mucho lo que estás haciendo, y bajas al 6, al 5, al 4 e incluso al 3, y ahí lo dejas, que no se note ahora al final, después de una faena tan redonda, ahí se puede quedar, en el 3, ese tonillo, muy de fondo ahora, el de Carlos Martínez, inconfundible pero ya casi irreconocible, que se oiga sin oírlo apenas, que la voz de Carlos Martínez suene en la tele al empezar el partido como un rumor lejano casi ininteligible, porque si hay algo que no aguantas ahora cuando empiezas a ver un partido de la Liga es la voz de Carlos Martínez, la insoportable voz de Carlos Martínez, recordándote que la pequeña o gran historia de ese partido ya no te la va a contar Michael Robinson. Que el partido lo comentara Robinson ha sido motivo suficiente para no terminar de irte del fútbol de Primera en la última década, del que os han ido echando a patadas, porque su voz siempre ha huido de toda la tontería que rodea al fútbol, su discurso se mantuvo fiel al juego. Y eso que él llegó justo cuando la tontería se empezó a hacer fuerte, a principios de los 90, eso que él ha estado rodeado de tontería, sobre todo en aquellos primeros años. Robinson ha sido como un intruso en ese mundillo, mientras crecía ese monstruo que llamamos fútbol moderno (odio eterno), los equipos se convertían en sucursales árabes y los hinchas veían cómo las empresas, las televisiones, los intermediarios y los charlatanes les robaban poco a poco su juego, a veces incluso sin darse cuenta. Robin, sin embargo, se mantuvo fiel al espíritu del fútbol que conoció, primero como hincha y luego como futbolista, y así trató de contarlo, aportando justo lo que el espectador de sofá pide al exfutbolista, sabiduría sin pretenciosidad, cercanía, elegancia, humor y, sobre todo, un profundo respeto a todos los equipos, a todos los futbolistas y a todas las aficiones. Pero, más allá de que te contaba los partidos como nadie, bajas el volumen de la tele porque Michael Robinson forma parte de tu vida. No aguantas la insoportable voz de Carlos Martínez porque Michael era como el tío lejano más cercano que todos tenemos, ese tío que te da la vida cada vez que lo ves, siempre menos de lo que querrías, y con el que terminas tomándote mil en todas las bodas. Su voz ha recorrido tu vida: el Mundial 90 (el Mundial de tu vida), el partido del plus de las siete y media, cuando aún no habían destrozado los horarios, el Día Después, el partido del plus cuando ya habían destrozado los horarios. Allí ha estado siempre. Recuerdas un Oviedo-Atléti, en aquel viejo sofá de casa, cuando te rompiste el tobillo. Recuerdas esos bares de Pamplona, a los que bajabais resacosos y sin plus, hace ya tantos años que te parece recordar que Yayo y Sans se pedían una Fanta. Recuerdas el gol anulado a Songo'o en Soria, que os jodía una quiniela de 14, en el bar La Fama. Allí estaba. Siempre. Y luego, cuando dejó de gustarte ese fútbol, cuando os echaron a patadas, estaba en su Informe Robinson, donde descubriste que su manera de mirar el fútbol era su manera de mirar la vida. Y empezaste a preferir verlo allí, al principio de su Informe, antes que en cualquier partido, que en cualquiera de los cientos de partidos que lo has visto junto a Carlos Martínez. Pero ahora, amigo, ahora, esta noche de domingo de 2020, te dejabas pegar una patada en los cojones por Javier Tebas con tal de poder escuchar su voz junto a Carlos Martínez contándote la historia de este partido. Y justo antes de empezar, en el penúltimo anuncio de casas de apuestas, con el volumen al 3, sientes todo lo que duele. Duele, claro, no poder volver a escucharlo, no poder subir el volumen y escuchar a Michael contándote la historia de ese partido. Duele no poder dar marcha atrás. Pero duele, sobre todo, no haber sido consciente durante tantos años de la suerte que teníamos de poder escuchar a ese tío. Y es ese dolor, esa punzada de inconsciencia, el que te agita justo cuando empieza el partido, con el tonillo ininteligible de Carlos Martínez al fondo, y recuerdas toda esta mierda que tenemos encima, las gradas vacías, los largos meses sin abrazos, la distancia social que se ha hecho física y la distancia física que se ha hecho social, recuerdas la tristeza general, que también tiene que ver con lo inconscientes que hemos sido de haber sido felices, recuerdas los días que hemos perdido, las cosas que no hemos hecho, o dicho, la voz de Michael Robinson, la sonrisa de Elena. Y poco antes de que Martín se dé cuenta, antes de que pregunte por qué cojones su padre ha bajado tanto el volumen justo cuando va a empezar el partido, terminas por subirlo poco a poco, al 6, al 7, al 8, rápidamente ahora, y paras para dar un trago largo de cerveza, y subes al 9, al 10, casi sin tregua, sin disimular, al 11 y al 12 y al 13, incluso al 14, que se oiga bien, hostia, que la voz de Carlos Martínez suene bien fuerte en la tele solo para recordar lo feliz que has sido al escuchar durante tantos años a un tío como Michael Robinson.

Lees la entrevista de Otón a Adrián Hernández casi como si fuera un partido de pretemporada, como si fuera el gran partido de esta extraña pretemporada en la que incluso ha empezado a refrescar; de esta pretemporada larga, eterna, o terriblemente corta, no llegas a saberlo bien; de esta pretemporada distinta y amarga en la que por primera vez no habéis visto juntos al Murcia en la grada, en bermudicas frescas, ni habéis conocido a los nuevos sin reconocerlos, ni habéis olido a césped en un campo sin apenas gradas, ni os habéis reencontrado con las caras de siempre, ligeramente morenas, una temporada más viejas, ilusionadas ante el año nuevo. Con vuestra familia murcianista en las gradas. Nada de eso sucede en esta pretemporada de mierda, en mitad de dos temporadas de mierda, de gradas vacías, de un fútbol sin alma, un fútbol que no llega a ser fútbol. Pero lees la entrevista a Adrián y es casi como saltar al campo, y oler por fin a césped, y ver las caras ilusionadas de tu familia murcianista. Cada respuesta es un gol, cada idea una jugada por la banda con la que esperanzarse, cada palabra es un córner bien defendido. Y termina el partido, que diga la entrevista, y vuelves a casa con la ilusión de las mejores pretemporadas. No sé bien si Adrián ha interiorizado el murcianismo o el murcianismo ha interiorizado a Adrián, pero su voz se parece mucho, cada vez más, a la que saldría del escudo: Adrián habla de tener los pies en el suelo; Adrián habla de conocer  nuestras limitaciones, pero sin dejar de soñar con lo más alto; Adrián habla de saber sufrir en los malos momentos, y es entonces, cuando Adrián habla de saber sufrir, cuando confirmas que no hay nadie como él para guiarnos, porque si el murcianismo ha aprendido algo estos últimos diez, estos últimos 30, estos últimos 100 años, es a saber sufrir. Lees a Adrián hablar sobre el sufrimiento y recuerdas a Dusko Ivanovic al ganar la Liga ACB. “Cuando le das sentido al sufrimiento, deja de ser sufrimiento, se convierte en motivación, en placer”. Así vamos nosotros al fútbol desde hace años, Dusko, justo así. El sentido, salvar al Murcia, ha convertido el sufrimiento en motivación, casi en placer. Pero enfrente de Adrián, enfrente de Ivanovic, encontramos, en cambio, a un sector del entorno murcianista empeñado en sufrir por sufrir, en dar continuamente la matraca, sin descanso, en regodearse en ese sufrimiento. Qué verano nos han dado, qué pretemporada, qué matraca continua, que pandemia llevan. Sin descansar ni un día, a la matraca no la para ni un virus. Si se ficha pronto porque se ficha pronto; si se ficha tarde porque se ficha tarde. Si se ficha un viejo quieren un joven, si se ficha un joven quieren experiencia. La matraca no pondera, sobre todo, la matraca azota sin criterio, casi por azotar, y este verano la matraca ha sido absolutamente desproporcionada. En un equipo en el que se han expoliado millones de euros hasta hace bien poco, por no hablar directamente de robos, que aún estamos pagando, en un equipo en el que se han pagado millonadas por convertir plantillas de Primera en equipos de Segunda B, en el que se ha contratado a jugadores sabiendo que desde septiembre no ibas a pagar las nóminas, en un equipo así, se ha querido fusilar porque te sobraba un portero de la plantilla, que probablemente haya cobrado menos de lo que ganaba Javier Clemente en una semana por jugar al golf. Pero la matraca es endémica, no va a callar. Para la matraca su delantero nunca tendrá gol, a su central le faltará contundencia, su extremo nunca será profundo y siempre faltará un organizador. A la matraca no la calla nadie, ni siquiera que Kike García, con sus casi 59 años, siga marcando goles, titular indiscutible en Primera. A la matraca solo puedes bajarle el volumen, al 3, al 2, al 1, intentar silenciarla. Bajar su volumen y subir el de Pau Donés, que de alguna manera creo que sabía mucho más del Murcia que los de la matraca, y antes de morir, mes y pico más tarde que Robinson, dejó una última canción que parece escrita para la campaña de abonados del Murcia. Porque Eso que tú me das es Ese algo que nos une al que apelaba el club este verano. Eso que te hace querer sin condiciones, eso que te hace abonarte sin vacilar jamás. Eso que da sentido al sufrimiento. Eso que nos da el Murcia, aunque se encuentre en el subgrupo C de la quinta división oriental de la comarca natal de la putísima madre del chófer de Rubiales. Eso que siempre será mucho más de lo que hemos merecido. Quiso Donés despedirse, y hasta bailar con sus últimas fuerzas, con un grito final lleno de agradecimiento, una exaltación de la entrega, la amistad y la compañía, que de alguna manera incluye también un lamento del tiempo perdido por no haber sido consciente de eso. Así que respira hondo, que esta pretemporada larga, eterna, o terriblemente corta, por fin ha terminado, si es que ha llegado a empezar. Respira hondo y prepárate, que el Murcia vuelve a jugar, socio. Sube el volumen discretamente, al 12, al 13, incluso al 14, que se oiga bien, hostia. Que se oiga bien fuerte la voz de Pau, y la de Dusko y la de Adrián, que se oiga bien fuerte incluso la voz de Carlos Martínez. Para recordar a Michael Robinson. Para recordar, una temporada más, que estar aquí vale la pena.  

Real Murcia: Songo'o; Sans, Pau Donés, Carlos Martínez, Otón; Adrián, Dusko, Martín; Kike García, Yayo y Michael Robinson.


Correa: "En el Murcia ya no hay exigencia ni presión"


LM Valero

No sé qué esperábamos exactamente de 1990, si es que llegamos a esperar algo. Supongo que esperábamos mejorar, a palo seco. El Murcia efectivamente mejoró, porque ese año se trajo de Peñarol a un uruguayo de 22 años, lo puso delante de la defensa y por allí no pasó nadie durante tres años. Desde 1990 hasta 1993, Carlos Gabriel Correa Viana se aseguró de que no ocurriera gran cosa en su jurisdicción, dispérsense, no hay nada que ver aquí. "Qué tres metros tenía", recuerda mi padre. "Te encimaba, te comía hasta que te la quitaba". Pero hacía unas cuantas cosas más. En el mismo club que hoy se afana por renovar a delanteros que meten cuatro o cinco goles en una temporada, Gabi Correa anotó siete tantos como mediocentro defensivo, en la 92/93. Para esta entrevista habíamos quedado a las 6 de la tarde, pero cinco minutos antes Gabi ya estaba allí. Él llegaba antes que el resto dentro de un terreno de juego, y parece que sigue haciendo lo mismo fuera. Iba en pantalón corto, con camiseta, y se le veía fresco, no excesivamente golpeado por el calor criminal de Murcia. Fuimos al Bar Ficciones, y allí se pidió sin demasiadas dudas un granizado de limón.

Naces en 1968. ¿Cómo es la infancia de un niño aficionado al fútbol en la Uruguay de los 70?
En Uruguay el fútbol te acompaña desde que naces. En los primeros años de vida ya estás rodeado de un entorno de mucho sentimiento por este deporte, y de mucha exigencia. Te vas haciendo futbolista desde muy pequeño, porque asimilas mucha información, lo escuchas y observas todo, te empapas de ese sentimiento a través de tus padres, tus abuelos, tus amigos, tus tíos... Por ejemplo, si están televisando un partido de la selección, de Peñarol o de Nacional y eres un niño, ya te das cuenta de que tus abuelos o tus padres demuestran sentimiento y fanatismo. El hecho de ser competitivo nos viene desde muy temprana edad. Lo vamos mamando poco a poco. 

¿Allí el fútbol lo impregna todo?
Sí. El fútbol está en todos sitios. Está en tu casa, en la calle, en el colegio. Allí son comunes las reuniones familiares para ver un partido. El fútbol es la excusa para reunirse, el vínculo, y en esas reuniones están todos pendientes del fútbol, tanto los hombres como las mujeres. En cuanto a fanatismo, las mujeres no se quedan tan atrás como uno pudiera pensar. Es verdad que ahora hay más distracciones, más tecnología, más diversiones, pero en Uruguay se mantiene la pasión por el fútbol. Cualquier español que estuviera en Uruguay y presenciara un partido de niños de cinco o seis años vería un nivel de exigencia al que no está acostumbrado. El entorno familiar te presiona para que seas el mejor, y eso se transmite antes, durante y después del partido. Aunque seas niño, el entorno te exige que seas competitivo.

Hay más hambre
Todos te exigen que seas ganador, que metas el pie, que seas más agresivo, que asumas más responsabilidades, y eso te va formando. Durante el partido escuchas a tus padres y a tus abuelos gritando: "¡Hay que meter, hay que pelear, hay que trabajar!". Van forjando tu carácter. Por eso cuando Uruguay llega a un Mundial, disimula mucho mejor sus carencias y son muy competitivos: porque nos educan así desde pequeños. Ves que tu abuela es igual, que tu madre es igual, tu hermana es igual. Son todos así. Quieras o no, al final te haces ganador. Además, si no te haces ganador, al final del partido se ríen de ti, y llega tu padre y te echa la bronca por no haber dado la talla, y eso un partido tras otro. Somos jugadores con mucha garra y mucho sentimiento. Yo era muy tímido cuando empecé en el 'baby fútbol', que es como el actual fútbol-7, y me costó mucho por esa timidez. Pero a partir de los seis o siete años cogí una seguridad y una confianza que hizo que me fuera soltando.

¿Influyen las circunstancias económicas para estimular esa afición?
Sí. Uruguay es un país con pocos recursos económicos, yo mismo vengo de una familia humilde, trabajadora. En mi época no teníamos todo lo que se tiene ahora, y nuestra mayor alegría era el balón, buscar la manera de conseguir un balón para juntarnos los hermanos, los primos, los vecinos, los amigos del barrio. Desde los cinco o seis años ya salíamos a competir con otros barrios, y eso sigue pasando allí. Precisamente por eso hemos dado siempre tantos futbolistas y de tanto nivel, con una población que no llega a los 4 millones de habitantes. Hay una formación muy inicial, desde muy pequeño y muy inculcada por el entorno, y eso hace que salgan muchos futbolistas.

Cuando ahora ves a tantos niños rodeados de tecnologías: ¿Crees que los tiempos han empeorado?
Son otros tiempos, pero en Sudamérica seguimos sin tener las posibilidades que se tienen en Europa. Allí hay que hacer muchos sacrificios para tener algunas comodidades. Es verdad que la juventud en Europa se ha vuelto demasiado cómoda. Tienen el fútbol como un hobby, no como un trampolín y como una opción seria para alcanzar dinero, prestigio o reconocimiento. En Uruguay, la posibilidad de convertirte en futbolista para prosperar sigue siendo prioritaria. Sabes que si te haces futbolista, puedes ganarte la vida y ayudar a tu familia. 

¿Crees que los españoles tenemos una idea clara de lo que es Uruguay?
Los españoles desconocen Uruguay. Sí tienen la referencia de que el uruguayo es competitivo y ganador, pero hay algo mucho más profundo, y es que se te forma como deportista desde muy temprana edad. Para conocer realmente Uruguay hay que estar allí, comprender las limitaciones económicas que existen, las carencias de los clubes, la pobreza que viven muchos niños que intentan ser futbolistas.

¿Cómo le explicarías a un español la diferencia futbolística entre Uruguay y Argentina?
Siempre nos han intentado igualar. Habrá gente que pueda pensar que Argentina ha estado por encima de Uruguay en términos de carácter, pero yo creo que no. La formación del jugador argentino es similar a la nuestra, pero la uruguaya es más exigente. La formación del carácter en Uruguay es más contundente, más agresiva que la argentina. Creo que estamos por encima de ellos.

¿Nunca te planteaste regresar a Uruguay a vivir?
No. Pensaba en regresar a Uruguay cuando llegué a España, en 1990, pero con el paso del tiempo ves que volver allí sería retroceder. Además, ha ido a peor, con muchos problemas económicos y de delincuencia, mientras que en España se vive muy bien, es un país tranquilo y con mucha calidad de vida. Mis hijos nacieron en España y ya me empecé a plantear las cosas de otra manera. Mantengo un contacto permanente con la familia que tengo en Uruguay, y me decían que había muchos problemas allí, que no era aconsejable que volviera. En los últimos años de mi carrera debatí con mi mujer la ciudad de España donde queríamos vivir, y decidimos que era Murcia. Hemos acertado, no me arrepiento.

¿Vestir la camiseta de Uruguay es el mejor recuerdo de tu carrera?
Sí. Empecé mi etapa en las categorías inferiores de la selección en 1985, con un campeonato sudamericano sub-18 en Paraguay. Tenía 16 años y era el jugador de menos edad de todo el grupo. Después jugué el sudamericano sub-18 de Colombia de 1987. Fuimos cuartos y completé un gran torneo. Tabárez se convirtió en seleccionador absoluto y dio continuidad a buena parte de ese equipo, así que a finales de 1988 llegué a la selección absoluta, y coincidí con Francescoli y Rubén Sosa. En 1989 jugamos la final de la Copa América de Brasil, precisamente contra los anfitriones, la Brasil de Romario y Bebeto. Perdimos 1-0. Habíamos eliminado en semifinales a la Argentina de Maradona.

¿Qué recuerdo tienes de Francescoli?
Mucha gente me pregunta por él, pero Francescoli fue un jugador muy criticado en Uruguay. A día de hoy sigue siendo un jugador muy reconocido en River Plate, donde dio su máximo nivel, pero en la selección nacional nunca marcó diferencias. A pesar de ser un jugador importante, nunca estuvo a la altura que se esperaba de él. Si me das a elegir entre Francescoli y Rubén Sosa, elijo a Rubén Sosa. Cuando coincidí con Sosa, estaba en su apogeo, con 22 o 23 años. Estaba a un nivel altísimo, e hizo cosas muy importantes. Era muy desequilibrante. Ahí está su trayectoria, con muchos goles en Zaragoza, Lazio o Inter de Milán.

Jugaste el Mundial de Italia 90, con un 0-0 en el partido inaugural contra España en el que sales en la segunda parte y en que precisamente Rubén Sosa tira fuera un penalti
Me acuerdo mucho de ese penalti, quién sabe qué hubiera pasado si llega a entrar. Merecimos ganar, fuimos superiores, y el partido inaugural marca mucho la trayectoria en el Mundial. Si no ganas ese primer partido, ya vas en deuda. A continuación perdimos contra Bélgica, y finalmente ganamos a Corea del Sur y logramos clasificarnos para octavos, pero nos eliminó Italia. A veces he comentado con ex compañeros que nos pasó factura la excesiva preparación para el Mundial. Fue una preparación tremenda en cuanto a partidos amistosos: ganamos en Londres a Inglaterra, empatamos en Alemania, empatamos en Italia... Fue demasiado desgaste mental, porque además de jugar contra esos rivales, llegamos a Italia un mes antes de la competición. Eso generó un desgaste psicológico y físico, y pasó factura.

Explícale a un murciano de 20 años cómo jugaba Gabi Correa
Yo era un 5, un perfil tipo Casemiro, el centrocampista por delante de la defensa de Uruguay de toda la vida. Me gustaba robar el balón y jugarlo rápido, aunque también tenía llegada al área. Era muy contundente en la marca, y técnicamente iba bien. Tenía la virtud de ser muy agresivo en la presión, y con mucho recorrido físico. De vez en cuando me decían que era leñero, pero no. Alguna patada habré dado, pero yo era más bien contundente en la presión, y a veces había contacto con el rival. Yo era el que sostenía esa línea del centro del campo, por delante de una línea de cuatro defensas. En mi etapa juvenil era un jugador mucho más llegador de lo que luego fui en Europa. Los entrenadores comenzaron a fijar mi posición.

¿En qué jugador de tu generación te fijabas más?
En Fernando Redondo. Era un jugador de recorrido, con mucha técnica y muy bueno defensivamente. Fuimos rivales en juveniles, en el sudamericano de Colombia de 1987. Me fijaba mucho en el aspecto táctico de los jugadores. En Uruguay aprendí mucho de jugadores mayores que yo que no eran importantes, pero sí brillantes a nivel táctico. Me gustaba mucho fijarme en cómo cerraban cuando un central caía a banda, en cómo hacían las coberturas, en cuándo decidían entrarle a un rival y cuándo aguantar la posición... Eso me enseñó mucho.

El puesto de mediocentro no debe ser fácil
El que trabaja mucho esa posición tal y como se hacía antes es el Cholo Simeone. A los dos medios les obliga a juntarse mucho, en la línea de cuatro. Uno de los dos siempre está ahí, y si son los dos, mejor. Creo que el Cholo tiene muchas cosas de la vieja escuela. A nivel táctico, antes se trabajaba mejor que ahora. Todo era más ordenado, se sabía cuándo hacer una falta, y cuándo no. Uno de los problemas que hay en el fútbol europeo y español es la falta de tiempo para la formación del chaval. ¿Somos honestos de verdad con los chavales? Mucha gente se queda en el camino por falta de formación. Cuando vas al colegio, si no tienes una buena maestra, lo mismo no llegas más arriba, y en el fútbol pasa algo parecido. Muchas veces, los chavales se encuentran con limitaciones y un techo que no pueden superar por falta de formación, y la culpa la tenemos los entrenadores.

¿Qué es lo que no les enseñan?
No les enseñan a cerrar, a despejar bien, a manejar las dos piernas, a bascular, a defender correctamente... El fútbol moderno es muy bonito, todo está muy bien organizado, pero hay cosas menos bonitas que deberían seguir trabajándose, porque son fundamentales para la formación del futbolista. Si no manejas esos conceptos, te terminas quedando por el camino. Nos estamos limitando mucho a hacer lo que está planificado, y ya está. Decimos: bueno, hoy toca hacer esto en el entrenamiento, pero en ese entrenamiento pasan muchas cosas que el entrenador no puede dejar pasar. Debes corregir constantemente, porque si no corriges en etapas de formación, a lo mejor el chaval va a ir cumpliendo años y se va a chocar contra un techo. En categorías más exigentes habrá un entrenador que terminará por no contar con él porque no sabe cerrar, o no maneja conceptos tácticos básicos que deberían haberle enseñado antes. El jugador se desanima, le dan la baja, se va a otro sitio... y no llega a ser futbolista, cuando a lo mejor tiene las condiciones para ello. Muchos jugadores se quedan por el camino por la falta de preparación de los entrenadores de fútbol base.


¿Llevabas bien las previas de los partidos?
Uno de los problemas que tuve en mis últimos años de carrera es que no podía dormir el día de antes del partido. Yo le daba muchas vueltas a la cabeza, antes de jugar. Imaginaba todo lo que podía pasar, pensaba en el rival, en cómo podría salir el partido. Y eso hacía que no pudiera coger el sueño y llegara con mucha fatiga a los partidos. Llegué a tomar relajantes y a cambiar la alimentación, pero aun así me siguió costando dormir.

El portero le da el balón al central, y el central se lo da al lateral. ¿Qué haría un equipo tuyo a partir de ahí? 
Mi idea es jugar bien al fútbol, pero jugar bien al fútbol no quiere decir que uno deba jugar obligatoriamente a ras de suelo. Debes tener variantes y alternativas para superar al rival. Como entrenador, siempre marco ejercicios para automatizar que mis jugadores jueguen bien al fútbol. A partir de ahí, habrá momentos en los que tengas más oposición y otros en los que tengas menos. Con poca oposición, se puede circular el balón, pero cuando tienes una oposición real enfrente, debes buscar otras opciones para ganar metros y que el rival no te robe la pelota en zonas peligrosas. Ahora está de moda que los centrales se pongan al lado del portero a sacar el balón jugado, con el pivote al borde del área. Muchos equipos no tienen calidad técnica para hacer eso y lo intentan igual. No estoy de acuerdo. Si no tienes nivel para ese juego, hay que buscar otro tipo de fútbol, sin perder la esencia. Te tienes que adaptar a lo que tienes. Puedes partir de una idea de fútbol combinativo, pero a lo mejor no tienes los jugadores para ello, y el rival enfrente puede impedirte ese tipo de juego. Así que tienes que amoldarte.

¿Crees que ahora se vende mucho más humo en el fútbol que en tu época?
Mucho más. En Uruguay decimos que ahora hay mucho más 'color'. Las redes sociales, el marketing, todos esos vídeos preparados, las planificaciones tan bonitas, ejercicios muy modernos de los entrenadores... Ahora hay mucha labia. A la gente que tiene mucha labia me gustaría verla trabajar en el campo. Me gustaría decirles: ven, vamos al campo, a ver si aprecias los errores que comete el equipo, a ver si los corriges... A priori todo es muy bonito, es gente que se expresa muy bien, pero luego está la realidad, la competición, que es muy diferente. Ahí ya no vale vender humo ni tener labia.

¿Cómo recuerdas tu llegada a Murcia para la temporada 90/91, la del frustrado ascenso contra el Deportivo y el Zaragoza?
Mi primera impresión de la ciudad fue que hacía muchísimo calor. Llegué en julio, y la ciudad me encantó. Me pareció pequeña, mucho más pequeña que ahora. No existía La Flota, Ronda Sur, muchas zonas que hay ahora. Comencé a vivir en el barrio del Carmen, junto a la iglesia. Cruzaba todos los días andando el puente de hierro para entrenar en La Condomina. No había nadie en la ciudad. Entonces eran veraneos de dos meses, la gente se iba en julio a la playa y no volvía hasta septiembre. Pasé mal el calor, pero me encantó la tranquilidad y la limpieza de la ciudad. No me pareció agobiante. Pasados los años, noto que la ciudad ha mejorado y ha crecido. 

¿Por dónde solías moverte en Murcia, y con quién?
Solíamos ir a un bar llamado El Cornijal, en Ronda de Levante. También era sagrado tomarse la cerveza en el Romero, después de los entrenamientos en La Condomina. En mi pandilla iba con Juan Ramón Comas, Aquino, Eraña, Juanito, Manolo Zambrano... Éramos cinco o seis que nos juntábamos después de los partidos y a dar alguna vuelta por ahí.

¿Cómo recuerdas La Condomina?
Recuerdo especialmente la promoción de ascenso de esa temporada 90/91 contra el Zaragoza, en la que el campo estaba a reventar. No he visto nunca La Condomina así. Durante la temporada venía casi siempre la misma gente: entre 5.000 y 8.000 personas. Esos no faltaban nunca. Pero el día del Zaragoza habría 12.000 personas o más, y se notaba una presión tremenda. Daba gusto jugar así. Empatamos a cero, pero merecimos ganar al menos 1-0. Y en el partido de vuelta en Zaragoza nos pasaron por encima, porque tenían un gran equipo.

Llegamos a esa promoción ya de capa caída, tras la derrota en La Coruña
Fue culpa nuestra. Perdimos en Elche y en Las Palmas antes de ir a La Coruña. En la recta final sólo le ganamos al Bilbao Athletic en la penúltima jornada. Quizás el entrenador, Felipe Mesones, tuvo parte de responsabilidad por no gestionar mejor el vestuario, pero la gran responsabilidad fue de los jugadores. La primera vuelta fue tan impresionante y con tanta diferencia respecto a los demás equipos, que nos relajamos. Nos dejamos ir. Y a veces, cuando te dejas ir, ya no puedes recuperar el nivel de antes y reengancharte. 

En la 91/92 también hubo sabor amargo, por el descenso a Segunda B en los despachos
Esa temporada estuve fatal del pubis. Lo que más me afectaba era el descanso de los partidos, porque me enfriaba y me costaba muchísimo arrancar las segundas partes. Cuando terminaba los partidos, me iba a mi casa y no podía casi ni andar. Me sentaba en el sofá y no podía levantarme. Lo que pasa es que estábamos en plena competición, nos jugábamos la permanencia y forcé la máquina. Sólo cogí el ritmo al final de temporada. Fue un año complicado: comenzó de entrenador Fernando Morena, y luego vinieron Naya y Peiró. Hubo miles de problemas de todo tipo. Salvamos la permanencia en el campo pero nos descendieron por motivos burocráticos. Yo quería salir a otro equipo pero me quedaba un año más de contrato y el presidente, Juan Garrido, no me dejó irme. Me quedé en Segunda B, pero teníamos un equipazo, y en esa 92/93 ascendimos en la liguilla contra Barakaldo, Getafe y Granada.

Acaba tu etapa en el Murcia y te vas al Valladolid, en Primera
No me fue bien deportivamente, y además no me adapté a la ciudad. Valladolid era lo contrario a Murcia. También influyó que estuve muy condicionado por las lesiones ese año, con problemas de rector anterior. Estaba muy desanimado, y lo pasé mal, a pesar de que era Primera División. Echaron muy pronto a Felipe Mesones, que era el entrenador, y lo sustituyó Moré. Contaba conmigo pero no podía jugar por las lesiones, y nunca cogí la forma. Nos salvamos en la promoción de permanencia contra el Toledo, pero después no contaron conmigo y me fui al Mérida, que fue el equipo que se interesó por mí.

¿Cómo fueron esos años en Mérida?
Al principio tenía dudas. Era una ciudad más pequeña que Murcia, no tenía claro dónde me estaba metiendo. Y resulta que en esas cuatro temporadas tuve la suerte de vivir la mejor época de la historia del Mérida. La primera temporada subimos a Primera, la siguiente bajamos a Segunda, después volvimos a subir a Primera y la cuarta y última temporada volvimos a bajar. El primer ascenso fue con Kresic, y el segundo con Jorge D'Alessandro. Una de nuestras figuras era Quique Martín, y también Sinval. No me arrepiento de haber dado ese paso, porque además hice amigos para toda la vida. Se vive bien en Mérida. Es una ciudad para tener familia, para estar casado. Si estás soltero es un poco pequeño. 

¿Crees que hemos bajado todos el listón de exigencia con el Murcia? 
Sin duda. He ido a Nueva Condomina muchos partidos, y he comprobado cómo ha desaparecido la exigencia. Antes la gente era mucho más exigente con el futbolista. Antes, el jugador hacía un mal partido, le cambiaban, y la gente le silbaba. No sé si eso era bueno para el futbolista, pero la gente transmitía un cierto malestar, transmitía que no le daba igual lo que pasara. Ahora el jugador se acomoda, porque no le exigen demasiado. Primero tiene que haber gente dentro del club que te apriete, y te apriete de verdad, porque te está pagando, tienes un contrato y debes dar el máximo. Yo he visto a este Murcia de los últimos años renovar a gente que no ha jugado. Aquí se ha renovado a jugadores con un nivel medio o medio-bajo. Hombre, para renovar tienes que haber dado un año o dos años muy buenos. Ahora se renueva muy fácil. 

Y no se puede exigir a todos lo mismo
Cuanto más ganas, más te tienen que exigir. Se ha dejado de lado la exigencia en relación al contrato. Si yo gano diez y tú ganas cincuenta, tenemos que rendir los dos, pero tú un poco más. 

¿Te parece que el entorno aprieta al equipo?
Ya muy poco. Por ejemplo, la prensa. Yo a veces he hablado con futbolistas del Murcia y les he preguntado: díganme, ¿Ustedes se sienten presionados aquí? Pero si La Verdad no dice nada... Pero si La Opinión no dice nada... Tú vas a Sevilla u otras ciudades, y allí sí que te aprietan, y se te echan encima si no rindes. ¿Pero en Murcia? En el Murcia ya no hay exigencia ni presión, ni de parte de los medios, ni de parte interna del club, ni de parte de la afición. Debería ser un club con presión importante para ascender. Yo he ido a muchos partidos, he visto que el equipo jugaba fatal y no pasaba nada. Es necesario que los propios jugadores sientan que cuando no dan el nivel, la gente les aprieta, porque están en el Real Murcia.

El anterior director deportivo del Murcia, Pedro Cordero, dijo en su despedida una frase que me resultó curiosa: "En cuanto le das excusas a un futbolista, suelta el pie del acelerador"
Así es. Te acomodas rápidamente, en el fútbol y en la vida. Lo difícil es mantener lo otro: apretar, currar todo el rato. Por eso es tan importante estar encima, para que no baje el nivel.

¿Crees que te faltó suerte para estabilizarte en Primera?
No tuve suerte, pero a veces eso va unido a factores que se te escapan, como las lesiones o el tener la confianza del entrenador. En Mérida jugué bastante y a buen nivel, pero el equipo descendió. A veces me he preguntado qué hubiera pasado si el Murcia hubiera subido a Primera en esa temporada 90/91, con 22 años y sintiéndome muy fuerte. Pero eso nunca lo sabré.