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«El equipo de mi ciudad es muy grande.

»No tiene títulos, no sale en las televisiones ni lo conocen en Asia, además suele hacer partidos horribles. Cuántas veces habré salido de La Condomina diciendo nunca más me ilusionó con este equipo, no vuelvo más, ya está bien, etc. para luego el martes pensar “bueno, la última oportunidad”, el miércoles vivir un día de transición, el jueves ir a un entrenamiento para el viernes estar deseando que llegue el domingo.

»Y además es grande porque lo digo yo, me da igual las copas y las ligas que levanten los dos de siempre, me da igual no salir en las televisiones o que celebremos un ascenso o un gol en un derbi cuando otros celebran ganar una Copa de Europa, porque al final de todo, como diría Mel Gibson haciendo de William Wallace, dirigiéndose a su legión de temerosos soldados a punto de huir, una legión de apuntacarros de los grandes, si no cambiarían en su lecho de muerte todos esos años de ver a su equipo en un bar o en la soledad de su casa por volver atrás a ese momento y vivir un día, ¡Un solo día!, el poder caminar junto a sus amigos hacia el estadio, el contar los minutos hasta que abren las puertas, el olor a césped, el sonido de la masa y vivir un partido entero minuto a minuto con toda su pasión... quizás podrían quitarles un título o un baño en La Redonda, pero lo que jamás les quitarían es la dignidad.» 

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