Aún invierno

 

 Numancia, 1; Real Murcia, 0.
Hace veinte minutos que el árbitro ha pitado el final, y aquí estoy, pasmado, como si el Pepo de la Fama me acabara de robar el Casio, aturdido, delante del ordenador no tanto para decir cosas como esperando que alguien me las cuente a mí. Qué ha pasado. ¿Tú te lo explicas? Porque si no me falla la memoria, hemos jugado en el estadio de un equipo en puestos de playoff de ascenso, que ha encajado 23 goles en 28 partidos, y a pesar de eso nos hemos plantado cuatro veces delante de su portero, más un penalti fallado. Pero delante de su portero de verdad, a distancia lo suficientemente corta como para preguntarle a Biel Ribas, sin necesidad de alzar la voz, qué tal la familia, y si le preocupa lo de Crimea. Fuera de casa. En Segunda División. En Castilla la Vieja. Y ellos no han hecho siquiera la mitad de esos méritos. Y nos han ganado.
 
A mí ahora mismo me duele mucho la cabeza; apenas tengo respuestas para nada. Sigue rondándome esa primera ocasión que tiene Kike, con el balón botandico y Biel Ribas vulnerable al borde del área, pidiendo a gritos un castigo a su mala salida. ¿Por qué la vaselina que todos dibujábamos ya con la mente no ha salido? Incluso Kike ha debido proyectar esa vaselina a posteriori, con la jugada recién terminada, y ese remordimiento es el que le ha llevado a intentarla en el siguiente mano a mano que ha tenido, cuando precisamente ahí no tocaba. Su segunda reunión con el portero del Numancia había sido habilitada por un magistral pase al hueco de Eddy, que rugió como siempre, más que nadie, hasta que el árbitro intentó sedarlo con una amarilla. Siendo consciente de que quien pitaba era Pérez Pallás (nunca un segundo apellido dijo tanto de alguien), Julio se temió una roja al más mínimo zarpazo, así que lo quitó pronto. El equipo lo notó, y en la segunda mitad, sin Eddy, el frío castellano nos pilló con abrigo de Springfield, de piel sintética. Ya no era lo mismo.
 
De todas formas, el Murcia de la defensa de cinco no permitió nunca al Numancia ir más allá de un ataque previsible, burocrático, basado en los centros al área desde lejos y el balón parado. Lo que pasa es que a este equipo le basta con eso para ganarte. No tenemos ni idea de por dónde se cuela la falta de Julio Álvarez, pero el disparo sigue una trayectoria igual de rara, igual de inexplicable que la del misil de Sunny que nos derrotó en este mismo estadio y por el mismo marcador la temporada pasada. No me extrañó: he estado varias veces en Soria, y siempre me ha parecido una ciudad encantada, si bien ayudó a esa percepción el hecho de que las copas costaran 3,50.
 
Nos costó reaccionar, y de ahí en adelante todo el desparpajo sólo nacería de un hombre: Wellington Silva. Le dieron 40 minutos y él, a diferencia de Malonga, que jugó con el ímpetu de un sillón, no pensaba desaprovecharlos; quiso hacer cosas, quiso tirar del equipo, siempre muy vertical, desbordando, exuberante. Nunca dejó de intentarlo, y así, al final, tras una excelente pared con Saúl llegó el penalti que nos ilusionó con sacar un señor empate de Soria. De haberlo conseguido, el titular de esta crónica habría sido "Un brasileño en Soria", o "Samba con orejeras". Algo así. Pero Kike falló, quizás contaminado aún por el recuerdo de esa vaselina, de lo fallado en la primera parte. O quizás Biel Ribas hizo un paradón, y no hay mucho más que decir.
 
Tampoco tuvimos muchas palabras, aunque sí varias interjecciones, para el último cartucho en el descuento, un rebote dentro del área del Numancia que acabó en otro mano a mano, esta vez para Malonga. Su definición fue extraña: una especie de punterazo con efecto de dentro hacia afuera, que no fue a puerta. No era una ocasión fácil, pero por nuestras interjecciones quedó patente que, aunque sea de manera inconsciente, el historial cuenta, y que a Malonga los errores le sientan bastante peor que a Kike. 
 
Tras esta derrota estamos más cerca del descenso, volvemos a emboscarnos en la clasificación y vemos cómo se aleja uno de los que peleará por el playoff, pero sin embargo, no lo sentimos como un paso atrás. Seguimos fuertes, competitivos, prestos para coger la buena ola. Sin necesidad de llevar el peso del partido, a base de garra y de verticalidad, el Murcia fue muy superior al Numancia, en Soria, en pleno invierno. El frío pasará. No queda tanto para que lleguen las mangas cortas, los días largos, las faldas menguantes. Y nuestro corazón, como el del poeta adoptivo de Soria, también espera, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.
 
Real Murcia: Casto; Molinero, Bautista, Alcalá (Truyols, 81), Alex,  Iván Moreno (Malonga, 60); Dorca, Toribio, Eddy (Wellington, 53); Saúl y Kike.
Goles: 1-0. Julio Álvarez, 47.

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