El Murcia mete picu: Sábado Santo


(Segunda parte)

Sporting de Gijón, 0; Real Murcia, 0.
Algunas veces te llevas decepciones con los amigos. Os equivocaríais si pensarais que todo es de color de rosa en esta pandilla, que no tenemos nuestros momentos de crisis. El sábado viví en nuestro piso de la calle León de Gijón uno de esos momentos desagradables, al poco de despertar. Recorría yo en pijama el pasillo infinito, buscando alguna habitación de cuyas instalaciones quizás pudiera brotar líquido no alcohólico, cuando por el ajetreo que sacudía el piso empecé a darme cuenta de que sucedía algo extraño. Había mucho movimiento. Eran sólo cuatro de mis amigos, el resto aún dormía, pero se bastaban para inundar el piso de una excitación a todas luces innecesaria, dadas las horas.

Esta sección del grupo parecía prepararse para salir a la calle de manera inminente. Uno terminaba de atarse las zapatillas de deporte, otro se ajustaba el reloj cronómetro en la muñeca, y otro iba ruidosamente de habitación en habitación, buscando con urgencia no sé qué ítem necesario para estar completamente preparado. Cuando por fin me di cuenta de que iban a salir a correr, fue bastante impresionante. Inmóvil en el pasillo, examinaba sus rituales previos como quien observaría a una serpiente cambiar de piel: entre el asombro y la repulsión.

En ese momento los imaginaba preparando la maleta en Murcia tres días antes, con premeditación, introduciendo con total frialdad las zapatillas, los pantalones cortos, la camiseta… Habían planificado. Habían calculado que pese a que una despedida de soltero te lleva por caminos muy diferentes, el momento de usar esos objetos terminaría llegando. Percibía algo de antinatural en esa actitud. Yo desaprobaba todo aquello.

Los cuatro se marcharon y yo me quedé desparramado en uno de los sofás del salón, considerando que la posibilidad de desayunar no era algo tan lejano. Durante unos minutos incluso me sentí capaz de llevar a cabo los gestos necesarios para ello. Pero no lo hice. En vez de desayunar, encendí la tele y sintonicé Canal Calle, ese viejo amigo. Días después, gracias a un (gran) tuitero de Oviedo (@pablofg_21) me enteraría de que el plano fijo que ofrece Canal Calle es de la plaza de la Escandalera, ubicada en esa ciudad. Me gustó tener ese dato.

Creo que en cualquier museo sin miedo a las propuestas arriesgadas funcionaría bien este cuadro: alguno de los cinco componentes del viaje que no salieron a correr aparecería repantigado en un sillón, vencido, completamente desnudo, sosteniendo una jarra de cerveza que en realidad contiene whisky-cola, y con la mirada fija en Canal Calle (“pero a la vez perdida”, diría el crítico de arte de El País. “Mirada fija en Canal Calle, pero a la vez perdida”). En el museo, la única descripción que acompañaría a la obra sería este pasaje de ‘Las partículas elementales’ de Houellebecq: “Ya no pedía nada, ya no buscaba nada, ya no estaba en ningún sitio; despacio y paso a paso su espíritu ascendía al reino del no ser, al puro éxtasis de la no presencia en el mundo”.

A los cuarenta minutos, los que habían salido a correr regresaron, y todavía jadeando (de dolor, no de cansancio; de dolor) me contaron algunos momentos destacados de sus andanzas. Al parecer, habían corrido en formación, entonando toda clase de letrillas militares que habían aprendido de películas bélicas tipo ‘El sargento de hierro’. En particular, durante su marcha por el paseo marítimo de San Lorenzo habían optado por el himno que reza: “A mi novia llevaba cada día en automóvil, y ella con la mano me…” Ya no recuerdo cómo terminaba. Él la llevaba, y ella con la mano le colocaba bien el retrovisor, o le prestaba algún otro tipo de ayuda de cara al adecuado mantenimiento del vehículo.

Consultando Twitter nos enteramos de que el Murcia ya había concluido su entrenamiento matinal, y en ese momento viajaba en bus de camino a Gijón, con Tete dentro de la convocatoria por primera vez tras su lesión. Era una buena noticia. La expedición tenía previsto llegar hacia las 21:15 al hotel NH, que nos pillaba a apenas 15 minutos andando desde el piso; habría sido inconcebible no acudir a recibirlos, así que incluso programamos alarmas que nos recordaran esa cita, no fuera a ser que en ese momento del día estuviéramos distraídos. El partido del Murcia era el principal motivo de que hubiéramos elegido Gijón para la despedida de Álvaro, pero después de tres días allí habíamos desconectado ligeramente de la realidad, así que, de manera bastante infantil, llegó a conmovernos el hecho de que nuestro equipo estuviera dirigiéndose hacia nuestra posición.


Llegó la hora de comer. La Sidrería El Mallu (más apartada del centro, en el barrio de Laviada) era un sitio humilde, sin pretensiones pero con calidad, que nos convenció sobre todo por sus chipirones afogaus y las setas con salsa de marisco. El que no me convenció fue Fonsi asumiendo la responsabilidad de pedir. Si fuera entrenador, Fonsi sólo les diría a sus jugadores: “Salid ahí fuera, corred mucho y tratad de ganar”. A mí me cuesta aceptar que alguien sin un plan claro, sin estrategia, asuma la responsabilidad de pedir en un restaurante. Por ejemplo: le apoyamos unánimemente en la elección de un menú interminable que ya incluía chorizo criollo; pues bien, Fonsi, apoyado por más cómplices, se empeñó en pedir, aparte, fuera de menú, raciones de chorizo a la sidra. Me pareció una decisión muy desafortunada. En el tercer día de un viaje que ya empezaba a dejar cadáveres (el rostro de Alberto inauguró ese sábado una nueva tonalidad de gris) no podías pedir chorizo + chorizo. Sin embargo, mis protestas fueron ya no rechazadas, sino ridiculizadas.

La sidra me calmó, y al final estuve muy cerca de llegar a comprender los criterios de Fonsi; sobró comida para un regimiento, pero los chorizos, tanto los A como los B, estaban buenos. Además, Fonsi tiene otras virtudes, me dije. Tras los postres, surgió de Diego y Roberto la iniciativa de invitar a chupitos a las dos ancianas que, junto a los que parecían ser sus familiares, más jóvenes, ocupaban una de las mesas en nuestro salón. Resultaría inútil negar que desde el principio de la comida hubo química con esa mesa. Roberto, que es un caballero, le pidió a Andrea, la camarera, que ejerciera como intermediaria y les comunicara a las señoras su intención de convidarlas. Andrea, sin embargo, mostraba lógicas dudas, y nos sugirió que quizás a ellas les gustase más que las invitáramos a un café. Roberto dio libertad a Andrea para ofrecerles lo que prefiriesen, pero sólo una vez hubieran rechazado la propuesta inicial, que seguía firme en los chupitos.

Siempre esperas de un camarero un paso resuelto, convencido, porque en su oficio se trata de solucionar rápidamente las situaciones poco complejas que se les van presentando, para así estar listo cuanto antes de cara a la atención de otro cliente. Por eso me sorprendió la manera en la que Andrea recorrió los escasos 15 metros entre ambas mesas. Nunca había visto a un camarero caminar así. Parecía moverse como un paso de Semana Santa: lenta y tambaleante. Si le hubieran dicho que en esa mesa le esperaban los cuatro jinetes del Apocalipsis, no habría avanzado con más aprensión. Ya no era una profesional la que se dirigía a la mesa de las abuelas para cumplir con su deber y con la petición de Roberto; no, era Andrea, la muchacha, la Andrea más tímida bajo el uniforme de camarera, la Andrea recia a la que no le gustan las tonterías ni las situaciones como aquélla, en la que alguien le pide cosas raras.

Para sorpresa de Andrea, las señoras aceptaron los chupitos y nos dedicaron sonrisas y agradecimientos a viva voz. Realmente se había construido un vínculo fuerte y sano con esa mesa. Andrea les trajo las bebidas y desapareció. Entonces, el que parecía ser el hijo de una de ellas nos gritó divertido desde su asiento: “¿No queréis llevaros a las dos con vosotros?”. Todos reímos, y nos cruzamos piropos. Estoy convencido de que varios de entre los que llenaban el salón estaban deseando no sólo que nos marcháramos, sino que nos echaran a patadas de allí. Podía leerlo en algunas miradas. No había bebido tanta sidra como para sumarme activamente al juego con las ancianas, pero sí la suficiente como para haberme revuelto pendenciero ante cualquiera que se hubiera atrevido a chistarnos o a censurar aquella iniciativa inocente. Yo no soy una excelente persona.


La tarde de ese sábado es una nebulosa, una nube de materia gaseosa y resplandeciente flotando por el espacio interestelar.

Son las 21:00 y caminamos bajo la lluvia por San Lorenzo hacia el hotel del Murcia, que está en la otra punta del paseo, no demasiado lejos de El Molinón. Finalmente sólo vamos tres de los nueve a esperar al equipo: Diego, Álvaro (disfrazado de triatleta) y yo. El resto pone excusas como que está lloviendo, o que les apetece quedarse en casa, dentro de la nebulosa. Vamos encapuchados para protegernos del aguacero, agitamos mucho los brazos y cantamos con toda nuestra alma. Es increíble cómo nos miran los peatones del tramo de edad entre 50 y 70 años. En las pausas entre canción y canción pido perdón a aquellos que más asustados parecen, haciéndoles saber que no pasa nada, que somos del equipo que juega contra el Sporting, que vamos a recibir a nuestros jugadores y que abandonaremos pronto Gijón. Casi todos en esta ciudad señorial parecen entenderlo.

Nuestro comportamiento nunca llega a adentrarse en la ilegalidad. Por supuesto, somos conscientes de que el riesgo claro está en la interacción con el mobiliario urbano. No faltan ganas de explorar ese campo de manera lúdica, por ganar en variedad e incorporar el atrezzo a nuestra performance, pero nos contenemos de manera ejemplar. En un momento dado nos llegamos a sentir halagados cuando varias dependientas salen a las puertas de sus negocios para ver qué es ese jaleo. Nadie nos reprocha nada, ni siquiera cuando le hacemos saber a todo Gijón que de pequeño yo te empecé a seguir, que poco a poco me enamoré de ti, que cuando juegues siempre estaré a tu lado, y que no me falles, Real Murcia, que yo nunca te he fallado. Caen también varios '¡Murcia, Murcia!' a secas, entre otras cosas para dejar clara nuestra procedencia y así evitar que los testigos tengan la tentación de responsabilizar a los jóvenes nativos. No, ellos no tenían nada que ver. 

Somos conscientes de que no estamos tan lejos de dejar de hacer estas cosas para siempre; de que, según dicen, la vida te acaba volviendo cada vez más aburrido, y de que las conversaciones sobre inmuebles y sobre las condiciones que ofrecen las diferentes compañías de seguros en sus pólizas van ganando terreno. Los seis que se quedaron en casa quizás hablaron de estos temas. Nosotros, de momento, nos seguimos asomando a esta reja.

Llegamos al hotel completamente empapados. Nos tomamos un respiro ante la entrada, conscientes de que ahora no podemos armar escándalo. Es momento de serenarse, de estar tranquilo. Miro entonces a mis dos amigos: uno va vestido de triatleta, y el otro… el otro ha tenido momentos mejores. Comprendo rápidamente que debo ser yo quien tome la palabra en recepción, quien asuma la responsabilidad. No es problema: me he visto en otras similares. Pido a Álvaro y Diego que me esperen en la puerta, que enseguida vuelvo. Resoplo, entro al hotel, atravieso el hall prácticamente vacío con un paso tranquilo, de ciudadano respetable, y me dirijo a la joven recepcionista del NH. Conozco bien las palabras que debo decirle, y las pronuncio con calma: “Tres Cutty-cola en vaso ancho, y ponte algo de Los Planetas”. No. Por quién me habéis tomado. No le digo eso. Simplemente le pregunto si el bus del Murcia ha llegado ya, a lo que, gracias a Dios, responde que no.

Salgo fuera. Y entonces, justo antes de que pudiera darle la noticia a mis amigos, asoma el autobús del equipo, como si hubiera permanecido mucho rato aparcado a 300 metros del hotel, con el consentimiento de la plantilla; como si hubiera estado esperando a que apareciéramos nosotros tres para plantarse en la puerta y que pudiéramos así darles la bienvenida que merecen. Aplaudimos, cantamos, gritamos... Parecemos groupies preadolescentes, pero es que ya no estamos solos en esta ciudad: el Real Murcia ha llegado a Gijón. El chófer frena ante la fachada del NH, pone los intermitentes y abre la puertecilla. No deja de llover. Por las escalerillas desciende lentamente el entrenador del Real Murcia, Julio Velázquez Santiago. Es Sábado Santo.

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