De boda con José Luis


Real Murcia, 1; Lealtad, 0
La Iglesia te canonizaba al tercer milagro más o menos, ¿no? ¿Pero cuántos lleva ya José Luis Acciari? ¿Alguien lleva la cuenta? ¿Cómo piensa afrontar este tema la Iglesia? ¿Tomará el pulso a la calle y se atreverá a tomar decisiones? ¿Le pedirá la UCAM a la Iglesia que mire para otro lado o que, si es que lo nombran finalmente santo, sea rápidamente descendido a beato por algún juez de competición católica? ¿Y qué te nombra la Iglesia si tienes más de tres milagros? ¿Qué te nombra si tienes más o menos dos docenas de milagros, como en este caso? ¿Supersanto? Eran muchas las preguntas que nos hacíamos después de un nuevo prodigio de José  Luis, pero esas preguntas no nos las hacíamos en el estadio, como habría sido normal, sino de traje y corbata en El Jimenado, Torre Pacheco, donde Paco y Mayte, ambos socios del Real Murcia, celebraron el convite de su boda.

Se casaba Paco, mi defensa, uno de los dos defensas de mi vida, o sea, el defensa de los equipos de fútbol chico de mi vida; yo siempre arriba con otro, abajo otros dos, y esos dos de abajo han solido ser siempre los mismos, los hermanos Moreno: Paco y Juan Ramón. En las pachangas de Cabo Roig de los 90 ya era él mi defensa y luego lo ha sido unos doce años seguidos en la Liga de Antiguos Alumnos Maristas, bastante sobrado. Qué tranquilidad daba verlo allí atrás junto a su hermano, Paco un estilo Mascherano, Juan Ramón un estilo Sergio Ballesteros, los dos siempre bien compenetrados. Se casaba Paco, que es verdad que ha sido un estilo Mascherano pero con más llegada, un Mascherano con cosas de Tendillo, de los que siguen cortando y plantándose ante el portero tirando paredes. Menos valentía tuvo de niño, cuentan en su familia, para fotografiarse con los jugadores del Murcia que desde siempre idolatró. Así, no hubo manera de que lo convencieran para que posara junto a Moyano, y de hecho esa foto la boicoteó de forma estruendosa, con berrinche y llanto, porque algo vio en las pintas del genio argentino que no debió convencerle. Con un vistazo a la cabecera de este blog puede uno imaginar el impacto que debió suponer para el pequeño Paco el aspecto del gran Horacio Abel. 

El partido para los de la boda empezó mucho antes que para los del estadio, porque a las 16:30, cuando estábamos junto a Hacienda esperando el bus para los invitados que nos llevaría desde Murcia hasta la ermita de la Virgen del Pasico de Torre Pacheco, descubrimos que el bus contratado no iba a ser cualquier bus, sino el bus del Real Murcia, el oficial, y ese detalle no se olvidará fácilmente, o no se olvidará, a secas. Un día le preguntaron a no sé qué crítico cinematográfico si alguna vez había tenido sexo en un cine, y su respuesta fue: "Sólo puedo decir que algunas butacas me recordarán para siempre". Algo parecido habrían querido decir tras la boda algunos invitados, los más desvergonzados, refiriéndose a los asientos de ese bus del Murcia, porque la posibilidad de *vivir* el bus apareció muy pronto en la fantasía de invitados muy concretos, sobre todo vertebrando planes para el viaje de vuelta tras el convite, ya de madrugada. Sin embargo, nos fue comunicado muy pronto que el autobús sólo nos llevaría a la ida, que no estaría disponible para la vuelta, y en ese criterio conservador intuí sabiduría por parte de los responsables de ese bus.

Paco y Mayte cumplieron los pronósticos y realmente se casaron, y el Morata cumplió los pronósticos y realmente se convirtió en el hombre a seguir desde las siete de la tarde, porque, como era de esperar, el Morata se había traído radio y pensaba usarla. En el bar más cercano a la ermita, ya con una Estrella helada entre las manos, analizamos la alineación de Aira y especulamos con la ausencia de Arturo; estuvimos de acuerdo en que Prieto-Satrus nos sonaba muy bien como pareja de centrales, y en que tras un nombre como el de Javi Porrón, el portero del Lealtad (y dueño de una pastelería), se debía esconder alguien especial. Empezó el partido. Entonces el Morata activó su transistor, se colocó los auriculares y entró en sí mismo. Durante las dos horas que duró el partido, el Morata entró en sí mismo y no volvió a salir. De lo bien que evitó el Morata la interacción con otros humanos en esas dos horas tengo que hablar yo aquí, de la elegancia con la que esquivó a la humanidad debo hacerme eco. Durante esas dos horas, mi objetivo era estar lo más cerca posible del Morata, y escuchar sus informaciones, generalmente de pocas palabras. Cumplí ese objetivo en gran medida, si bien de la forma más imprudente me embarqué en diálogos con otros invitados que amenazaron seriamente mi propósito.

Concretamente me vi envuelto en una charla con una señora que me hablaba de cosas interesantes, pero a la larga peligrosas para mi objetivo de averiguar lo que pasaba en el partido. La charla se alargaba y el peligro crecía y crecía. El Morata (su información) estaba a apenas unos metros de mi ubicación, así que la duda se apoderó de mí: dónde miro, miro a la señora (información interesante) o miro al Morata (la información más interesante), miro y atiendo a la señora o miro y atiendo al Morata, me decido por uno o me decido por la otra, qué hacer, se volvía uno medio loco, hasta que por fin resolví: miraré a la señora, atenderé al Morata. Y sí, sí, lo más prudente me pareció llevar a cabo un reparto, una así llamada distribución de mis sentidos, y por tanto brindé a la señora que me hablaba la mayoría de mis sentidos, todos menos el oído, porque el oído se lo negué, de eso tuvo que darse cuenta ella muy pronto, de mi así llamado sentido de la audición la privé por completo, para ella estuvo disponible el tiempo más breve, porque ese sentido pasé a ofrecérselo exclusivamente al Morata. Mi cuerpo orientado hacia ella, mi oído sólo orientado hacia el Morata (su información).

Finalmente esa charla acabó y pude dedicar todos los sentidos otra vez al Morata, quien más los merecía. "Ocasión clarísima para ellos", "palo", "otro palo", "mano a mano que falla Oliva", "otro palo, cómo puede ser", todo eso brotó de sus labios y yo estaba allí para oírlo. El Murcia-Lealtad fueron para mí los labios del Morata moviéndose y produciendo sonidos, casi siempre pocos pero precisos. Vosotros en el estadio mirabais el balón, yo en Torre Pacheco miraba los labios del Morata, y siempre la conciencia martilleando: unas veces me reprochaba estar demasiado pendiente del partido en detrimento de la interacción con otros invitados de la boda, mientras que en otras ocasiones me reprochaba estar demasiado poco pendiente del partido. Pero no, los labios del Morata eran el camino. Aperitivos, silencio, cuánto queda para que acabe, poco ya, silencio, labios quietos, aperitivos, silencio, croquetazas, silencio, GOOOOOOOOOL, y todos nosotros: goooooooool, y un girar de cabezas, muchas cabezas giradas, quién ha sido, Acciari, dijeron los labios del Morata, no puede ser, dijeron otros labios, ¿Acciari? Madre mía. Cuántos milagros son ya, alguien debe estar contándolos, alguien debe estar recopilándolos y escribiendo una carta muy larga al Obispado. 

Vaya tela, Paco y Mayte: el 20 de septiembre de 2014 os casasteis y Acciari (os) ganó un partido en el último minuto con un cabezazo milagroso. Parece que no fue un mal día.

Real Murcia: Fernando, Jose (Jairo, 62'), Prieto, Satrústegui, Pumar, Acciari, Armando, Albiol, Rubén Sánchez, Saura (Javi Flores, 80') y Carrillo (Gerard Oliva, 53').
Goles: 1-0. Acciari (92').
Luis María Valero  @Mondo_Moyano  torremendolliure@gmail.com

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