Con el corazón herido


Real Murcia, 2; Valladolid B, 1
Lo vuestro ha sido algo más que profesionalidad: algo relacionado más bien con el afecto. ¿De dónde habéis sacado las fuerzas, muchachos? Ahí al lado, en Cartagena, tenemos el ejemplo de que el desmoronamiento de un club suele arrastrar consigo al equipo, un solo alud, una sola decadencia. Qué fácil lo habríais tenido para respirar esa tristeza de las finanzas, para contagiaros también de la desidia letal de los propietarios y para dejar que ese aire viciado llegara al campo. Al fin y al cabo, no es fácil jugarse la pierna por un club que quizás no exista la próxima temporada.

Y sin embargo, qué lección nos habéis dado. Os habéis tapado los oídos como un niño tozudo y habéis avanzado. Os lanzaban a la cabeza la palabra 'impagos' y vosotros respondíais: no te oigo. Os lanzaban a la cabeza la palabra 'desaparición' y vosotros respondíais: perdona, voy camino de Astorga, no tengo tiempo. Tantísima alegría arrancada del norte; tantísimos corrillos de abrazos en los que Acciari, con sonrisa de adolescente enamorado, os obligaba a lanzaros al suelo para perder un poco más de tiempo y, sobre todo, para saborear unos pocos segundos más cada gol. Un carpe diem a la argentina: disfruta ahora en Coruxo, que quizás mañana estemos muertos.

Al final nos habéis contagiado y nosotros tampoco pensamos más en la muerte. Ya quedan lejos aquellos días de agosto en los que nos construíamos totalmente y volvíamos a destruirnos por completo. Todo era sombra entonces: odiábamos el fútbol, los libros de Bernabé Tierno se agotaban en las librerías y por la ciudad sólo se veían cuervos. En consecuencia, empezamos la temporada haciéndonos las grandes preguntas: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Pero vosotros nos pedisteis que no fuéramos tan lejos, más humildad, más aceptación. El olor a césped, los amigos de siempre en la grada, la celebración de que seguimos vivos. Desterrados, apaleados, pero vivos. Y entonces nos dulcificamos, dejamos de hacernos las grandes preguntas para empezar a hacernos las preguntas pequeñas: ¿Dónde ha estado Jaume Sobregrau todos estos años? ¿Cuántos aficionados podría llevar José Martínez a coscoletas mientras sube la banda? ¿Cuántos segundos tardó Aira en decidir que no nos abandonaría en Segunda B?

Poco a poco estos jugadores fueron transformando la rabia que sentíamos los aficionados en algo parecido a la alegría, una alegría dañada pero que se empeñó en emerger conforme el balón entraba en porterías del norte. La vida se abrió paso: los canteranos comiéndose el mundo, el núcleo Acciari-Albiol bombeando, la defensa formada por retales de aquí y allá ensamblándose y haciéndose coraza... De repente, sin apenas darnos cuenta, estábamos ya en marcha, ilusionados, esperanzados. Aplazamos las deudas pendientes. Y sólo ahora, sólo cuando llegan los partidos importantes con calor de siesta nos permitimos que aflore algo del dolor que sentimos el verano pasado. Ahora que luchamos por lo que nos robaron, es imposible no recordar aquellas manifestaciones por una Murcia desierta, la voz de Javier Tebas, la impotencia, el abandono de nuestros políticos... Y viene a mí la frase que dijo un día no sé qué entrenador, tras no sé qué final: "Cuando los dos equipos están igualados, casi siempre gana el que juega con el corazón herido". El sábado, en Alicante, nosotros tenemos que poner el corazón herido. Y la mirada de héroe.

Real Murcia: Iván Crespo, Jose Martínez, Víctor, Prieto, Satrústegui, Acciari (Armando, 71'), Garmendia, Álvaro Rey (Jairo, 55'), Rubén Sánchez (Isi, 80'), Javi Flores y Carlos Álvarez.
Goles: 0-1. Guille (20'). 1-1. Garmendia (38'). 2-1. Isi (82').

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