Los intensos


Real Murcia, 0; Marbella, 0
¿Ha pasado de moda la palabra intensidad? ¿Sigue vigente? Porque quiero seguir usándola. Y no me refiero a la intensidad como sinónimo de lo cursi, la brocha gorda sentimental, no me refiero a la intensidad de los Carlos del Amor. Ya sé que todos esos no han pasado de moda, ni pasarán, a pesar de que dice Antonio Gasset que "en esta vida se puede ser de todo menos cursi". En fin, hasta la calidad de las piedras preciosas es discutible, y lo que a ti te parece un diamante falso de mercadillo, para otro puede ser una joya verdadera. Dejo aquí el primer fragmento que he encontrado de un libro de Carlos llamado 'La vida a veces', para que cada cual juzgue y reflexione sobre este tipo de intensidad, y también para que, oye, si alguno lo ve claro, pues que lo compre: La vida a veces es sólo una fotografía, una noticia inesperada, un viaje en autobús… La vida a veces se resume en un segundo, o en cuarenta y cinco minutos, o en una palabra, en un color. La vida a veces es lo que sucede de puertas adentro. La vida a veces es muy poco, pero tan intensa…

Regreso del cuarto de baño con ganas de hablar de la intensidad que yo más respeto, la de un buen equipo que se te pone enfrente y de repente lo cierra todo. Era un domingo de esos raros en los que abría el Corte Inglés, pero en Nueva Condomina no hubo nada abierto: el Marbella puso candados  y silicona por todas partes. Había centrales adheridos a las espaldas de nuestros jugadores, mordisqueándoles las orejas; había mediocentros que calculaban exactamente los centímetros a los que debían estar de nosotros cuando recibíamos la pelota, y había ritmo, y faltas, y presión, y bombillas explotando a la vez en hileras. La palabra intensidad se desempolva y se entierra en fútbol, va y viene, según el Atlético de Simeone deslumbre más o menos. Pero yo no la desempolvé para regalársela al Atlético, sino que se la regalé al Marbella, el mismo que en agosto nos dio la bienvenida al sur con un coscorrón y un ramo de espinos. "Intensos, que sois unos intensos".

Lo que más me gustó del arranque fueron los detalles de Hostench en ataque. Hay laterales que se sientan en la mecedora de su porche con un rifle y simplemente se dedican a esperar mientras mascan tabaco. Ya sabíamos que Pumar no es de esos, pero contra el Marbella descubrimos que Hostench tampoco. A Hostench le gusta que le dé el aire; él se pone una mochila y se lanza a descubrir mundo. Tiene algo de boy scout. Un par de excursiones suyas muy bien planificadas fueron lo único que me arqueó las cejas en ese primer tiempo, lo más delicado entre la rugosidad que lo fue engullendo todo, poco a poco, hasta llevarnos a la resignación y a aceptar que hoy nos dejaríamos puntos. 

Es que el Marbella era un equipo serio, es que a ellos les contabas un chiste y sólo fruncían el ceño y te miraban mal. La publicidad de su camiseta con todas esas letras rusas sólo les volvía más intimidantes. Algunos chistes les contamos, algunas cosquillas intentamos hacerles, pero ni media sonrisa les arrancamos. Echamos de menos los continuos desmarques y las batallas que provoca arriba Carlos Álvarez, y dio la sensación de que Azkorra también derramó alguna lágrima al recordarle. En el centro del campo, un bloqueo, una aduana imposible de atravesar. Sólo en los últimos veinte minutos, con Isi y Arturo sabiéndose cerrajeros, estuvimos cerca de abrir todo lo que el Marbella había cerrado. No fue posible. El Marbella fue demasiado intenso para nosotros, y nos recordó de paso el aforismo más bello: El partido perfecto, de existir, terminaría 0-0.

Real Murcia: Fernando; José Ruiz, Jordi Hostench, Tomás Ruso, Armando, Sergi Guilló (Arturo, 51′), Azkorra, Chavero, Rafa de Vicente, Germán (Javi López, 84′) y Sergio García (Isi, 58′)

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