Ensalada de wakame


Luis María Valero [@mondo_moyano]

Real Murcia, 2; Granada B, 1
Un partido inesperado he jugado hoy en la barra del Alborada, que es la barra que me salvó la vida este verano, la barra a la que probablemente debo la supervivencia a la pasada edición del verano murciano, porque el verano murciano quiso matarme, lógicamente, igual que quiere matar siempre a todos. Un segundo partido he jugado, más personal, después del partido del Murcia, el fundamental, el que calmó a los que nos exigían estar las 38 jornadas de Liga en playoff. He jugado un partido que no sabía que tendría que jugar, pero que efectivamente se me ha planteado en cuanto me he sentado en el taburete del extremo oriental de la barra del Alborada. A mi lado se situaba ya mi rival, que me estaba esperando. Era un veterano de esa barra, de los que hace mucho tiempo que se sacó la plaza. Calvo, rasgos afilados, enjuto pero enérgico, pantalones cortos Lacoste de color caqui, ese color triste que nos acecha y nos estará esperando a todos si es que llegamos a determinada edad. Taburete con taburete, mi enemigo y yo. Él mirando al frente, y al frente mirando yo. Entre sus manos, ya arrugadas, él sostenía la carta y la miraba fijamente, como si no se la supiera ya de memoria. Está mirando la carta con la inocencia de un bebé, eso pensaba yo. Está mirando la carta como si debutara. Todo un profesional, de los que concede a cada partido la máxima importancia. Que yo debía pedir primero, me decía sin palabras, que yo debía sacar, y que luego él haría su jugada, es decir, que luego pediría él. Un hojeo paralelo, se vivió entonces en el sector más oriental de la barra del Alborada, dos humanos inspeccionando, dos humanos preparando su jugada, de entre las muchas jugadas que pueden escogerse en el Alborada. No había investigado yo ni 30 segundos cuando dejé la carta sobre la barra: ya había decidido. Quería ser Paco García en esa barra, quería ser nuestro (valiente) entrenador. Quería ser también Diego Benito, levantar la mano, quererlas al pie, atreverme a rasearla para que, al final, Borjas Martín pudiera ser feliz. Yo quería proponer. Yo quería salir con el balón jugado desde el extremo oriental de la barra del Alborada, por eso llamé al camarero y le dije que sí, que ya lo tenía claro: yo quería ensalada de wakame con crujiente de gambas, tomates cherry y salsa de soja; y después, un tartar de salmón con aguacate. Mi jugada estaba hecha, ésa había sido mi apuesta, porque a mí no me gusta todavía el color caqui.

Mi rival me escuchó con absoluta claridad. Él había asistido impasible a mi jugada, y ahora era su turno. Con total parsimonia cerró la carta, la tumbó en la barra y llamó al camarero. Cuántas veces habrá llevado a cabo esos gestos, me pregunté. Ya había tomado su decisión, el camarero comenzó a dar pasos hacia él. Había un silencio tenso, e incluso diría que el humano que él tenía a su izquierda estaba ya mirándonos, pendiente del combate, con su montadito de solomillo completamente desatendido. Mi enemigo comenzó entonces a despegar los labios, y expresó su voluntad: "Quiero una tortilla francesa, con patatas fritas". Maestro, me dije. Es un maestro. La ensalada de wakame y el tartar estaban riquísimos, pero no me cuesta reconocer la derrota: él venció claramente ese partido.

Y me ocurre últimamente que ya no me acuerdo bien de las cosas que me pasan. Pero diría que en los postres, mientras me aferraba a la felicidad que te trae siempre un higo chumbo, el tipo se me acercó, me dio una palmada en el hombro y me dijo: "Sí, sí, socio... el wakame está riquísimo... pero para subir vas a necesitar a Armando... para subir vas a necesitar tortillas francesas".

Real Murcia: Diego Rivas; José Ruiz, Pumar, Golobart, Armando, Jaume, Titi, Saura (Iru, 83'), Borjas, Diego Benito (Alarcón, 66') e Isi (Paris, 76').
Goles: 1-0 (Borjas Martín, 32'), 2-0 (Borjas Martín, 69'), 2-1 (Malle, 78').

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