Luis María Valero
Atlético B, 4; Real Murcia 0
Nos pasaron por encima y casi no llegamos ni a verlos pasar. Se les veía venir desde lejos y luego ya no se les veía, porque habían pasado. Nosotros seguíamos allí, pero cada vez más pesados, con las piernas endurecidas y el cuerpo medio acalambrado. Ellos no. Ellos parecían hechos de una cosa más ligera. Así se nos fue poniendo la tarde desde muy pronto, desde tan pronto que casi no nos dio tiempo a saber dónde estábamos.
Lo que pasa es que tampoco es tan fácil saber dónde está uno cuando juega contra un filial. Los filiales son de sitios que no terminan de ser sitios. Juegan por ahí, en algún extrarradio que ni siquiera es necesariamente el extrarradio de la ciudad a la que pertenecen, con unas casas al fondo y una carretera que lleva a ninguna parte. Dicen que el Atlético B juega en Alcalá de Henares, por ejemplo. Da igual. Mañana podría irse a otra parte y el paisaje no tardaría ni cinco minutos en olvidarse de que alguna vez estuvo allí. Quedaría el campo, supongo. Las casas seguirían al fondo. La carretera seguiría sin llevar a ninguna parte. Y nadie sabría decir qué faltaba exactamente.
Los filiales están desarraigados, geográfica y sentimentalmente. Por los filiales no llora nadie. Y eso debe volverlos duros, porque esos muchachos saben que no hay gente que vuelva feliz a casa porque hayan ganado ni gente que se lleve una derrota hasta la cama y siga pensando en ella cuando apague la luz. Nadie pasa una mala semana por su culpa. Nadie espera siete días para volver a ser feliz. Esa falta de cariño les vuelve despiadados, efectivamente, pero sobre todo les vuelve ligeros. No cargan con la pena de nadie. Tampoco con su esperanza. No llevan muertos ni recuerdos ni derrotas antiguas detrás. Así que corren como quien no lleva nada a cuestas.
Pero una cosa es que los filiales sean ligeros y otra que nosotros les ayudemos tanto a parecerlo. La superioridad física del Atlético fue lo suficientemente grande como para dejar algunas preguntas dando vueltas. La primera es si Óscar Gil puede ser de verdad el mediocentro defensivo de este equipo. Sus carencias físicas están ahí y le toca vivir en una zona por la que en el fútbol de ahora ya sólo pasan aviones. Tampoco dejó buenas sensaciones Rojas. Aunque, por encima de los nombres, quedó la impresión de que en mitad del campo se nos había abierto un boquete y nadie sabía muy bien con qué taparlo. Esa gente por la que no llora nadie nos pegó un buen meneo, en resumen.
Ahora habrá que esperar a que baje un poco la marea para saber qué se llevó y qué dejó. A lo mejor no se llevó nada. A lo mejor mañana está todo donde estaba y esto no fue más que una tarde mala. Pero en ese no-lugar de Alcalá, mirando aquello, costaba distinguir qué cosas seguían en su sitio.
Real Murcia: Dani Jiménez; Jorge Mier (Víctor Olmedo, 53'), Cristo Romero, Héctor Pérez, Joan Rojas; Javi Mier (Chema Núñez, 46'), Álvaro Bustos (Sergio Moyita, 46'), Óscar Gil (Alonso Yoldi, 74'), Javi Moreno (Usseyn Diao, 62'), Joel Jorquera; David Flakus.
Goles: Cambiemos de tema.

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