1. El día 27 de junio de 1996 teníamos señalado en el calendario el último examen de primero de carrera, de modo que, automáticamente, ese día también teníamos, además, la última gran fiesta de primero de carrera, el último botelleo en el piso, la última compra en el súper de mucha cerveza y alguna botella de DYC, la última gran cita con la noche de Pamplona; la despedida, en definitiva, de un curso académico que, en mayor o menor medida, había cambiado la vida de todos nosotros para siempre. Las expectativas sobre esa noche, obviamente, eran altas, hasta el punto de que la última gran fiesta de primero de carrera había llegado a eclipsar casi por completo al último examen de primero de carrera. Unas expectativas analógicas, por cierto, en ese mundo previo a Internet del siglo pasado; unas expectativas que no aparecieron en ninguna pantalla digital, cimentadas en el boca a oreja, en la interacción social física, en susurros y gritos y hasta cánticos sobre ese 27 de junio, en abrazos, besos, empujones, nerviosismo, miradas, guiños y silencios. El 27 de junio la íbamos a liar. Había sido un año importante, el primero fuera de casa para la mayoría, un año duro para mí en el que dejaba atrás Murcia (y con el Murcia en Tercera) para empezar a 700 kilómetros una carrera que me atraía, pero que no terminaba de convencerme. El balance del último botelleo daría casi para otra crónica, si algún cronista pudiera recordar los detalles. Cuenta la leyenda que alguno no llegó casi ni a salir y otros apenas vieron noche, pero todo está difuminado entre otros cientos de noches y el olvido, 30 años después. En cambio, sí recuerdo nítidamente, casi como si fuera ayer, cómo terminó aquella noche, tal vez porque fue un final muy diferente, tal vez porque significó mucho más que otras. Mi noche estándar de aquellos años terminaba cuando cerraba el último bar de la calle del Cavas, sobre las 3 de la mañana, quizá al filo de las 4 si en la calle no hacía mucho frío y alguna charla se alargaba en el tiempo extra de los vasos de plástico y el remoloneo de la juventud que se resiste a que las cosas terminen. Pero aquel día tan especial, tal vez por las expectativas, tal vez por ser la última de ese curso que había cambiado mi vida, decidí prolongar la noche en la llamada por entonces discoteca Sector, que apenas pisé dos o tres veces en cuatro años, y en la que muy probablemente debuté aquella madrugada. Con tanta baja desde el principio de la etapa, y ante las dificultades que presentó la noche, sólo me acompañó allí mi amigo Marcos Ruiz, o seguramente fue más bien al contrario: yo lo acompañé a él, siempre jefe de filas en cualquier equipo que se forme. Marcos era y es un tipo único, reconocible desde el primer día, un chaval grandote de Tarazona que en clase, y fuera de clase, era capaz de relacionarse con todos, desde el que estaba a las puertas de ser cura hasta el más porrero, y no sólo no desentonar, sino que se sentía cómodo. Marcos tiene ese talento, esa empatía del que pregunta y cuenta con interés y cariño, esa cualidad tan necesaria en el buen periodismo y en la vida. No recuerdo tampoco mucho de Sector, la verdad, más bien nada; imagino que nos tomamos la última y poco más, que ya llegaríamos allí tarde y que las luces se encenderían pronto; que ya, por fin, irremediablemente, se acababa el día 27 de junio y la noche y el curso y había que volver a Murcia al día siguiente. Pero entonces Marcos, que todo aquel que lo conoce sabe que ante todo es un tipo que siempre hace mejor la vida de los demás, me agarró del pescuezo y me dijo “Oliva, en mi casa tengo cerveza y unas pechugas”. No hacía falta más para conquistarme. Todo era fácil: Marcos vivía muy cerca de Sector, su casa me pillaba de paso a Pedro I y, qué diablos, yo no quería terminar aquel curso, que era con mucha diferencia el mejor de mi vida. De modo que en tres minutos estaba sentado en una cocina de la calle Esquíroz, con un litro de cerveza y viendo a mi amigo pelar un par de patatas mientras freía unas pechugas, quizá con muslo y contramuslo, ahora que lo pienso, con esa grandeza de cuerpo y alma de Marcos que llena cualquier espacio cerrado en el que se encuentre. No recuerdo bien de qué hablamos, claro. Imagino que de todo un poco, que hicimos un balance del curso. Que hablamos de la carrera, de los suspensos, de chicas, más que de cualquier otra cosa, del verano, de quién llegaría a ser una estrella de radio o un gran redactor, de quién triunfaría, de los sueños de grandeza y de los sueños más pequeños. De los sueños de los 20 años y de qué iba a ser de nuestras vidas. Entonces no teníamos ni idea de que luego es la vida la que te va llevando entre empujones y claroscuros, que sólo podemos sobrellevarla lo mejor posible, que hay decisiones triviales que resultan siendo trascendentes, y que por suerte también a veces las decisiones trascendentes terminan siendo triviales. No teníamos ni idea de que lo más importante de aquellos años no fueron los estudios, ni esos sueños, ni ningún triunfo posterior, sino vivir y sentirse vivo, y sobre todo el haber construido una red invisible que está hecha de lealtad, de cariño, de confianza, de todo eso junto, pero a la vez de algo distinto, indestructible, que te acompaña cuando estás solo y que da algo de sentido a seguir adelante en los días más grises. Eso que algunos siguen llamando amistad. Eran las 8 y pico de la mañana de un espléndido 28 de junio ya, cuando salí de aquel edificio de la calle Esquíroz. Estaba feliz, radiante, a pesar de que el curso terminaba, pero la verdad es que no recuerdo bien si porque empezaba a intuir esa red invisible de amigos que hemos tejido para siempre o porque ese tipo de Tarazona, con sus 19 años recién cumplidos, se defendía de maravilla en la cocina.
2. “Si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona”, te decía de vez en cuando estos últimos años, con un tono cercano a la consigna sagrada, a lo ineludible, a las cuestiones básicas que un padre debe decir a un hijo. Hace 30 años, cuando conocí a Marcos, no estábamos tan lejos: el Murcia estaba en aquella Tercera regional, pero la SD Tarazona era equipo de Regional Preferente de Aragón, y con el resurgir del Murcia y la división territorial siempre ha parecido un enfrentamiento muy improbable. Tarazona, ciudad histórica, no alcanza los 11.000 habitantes, sin apenas opciones de jugar en categoría nacional. Pero esto es fútbol y, con mucho trabajo y buena gestión, el club alcanzó la Segunda B en 2020 y la Primera Federación en 2023. Así fue como ese “si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona” pasó de ser un milagro a la condición de OJO. Entonces, el verano pasado, la RFEF lo hizo posible, con ese grupo que partía España en diagonal. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. Y el Murcia por fin iba a jugar en Tarazona el 11 de octubre de 2025, sábado, a media tarde. Ir a Tarazona parecía algo tan automático como esa última gran fiesta en Pamplona el día del último examen de primero de carrera. Pero no fue tan fácil, recuérdalo. Contra todo pronóstico, justo la semana anterior tuve mi primer -y tal vez único- viaje de trabajo de mi vida, del que regresaría ese viernes, en un vuelo que llegaba por la noche. La Aemet se sumó a la fiesta, advirtiendo de otra probable dana importante en toda la ruta valenciana hacia Aragón, y llenó el sábado por la mañana de alertas rojas y de recomendaciones de no coger el coche salvo imperiosa necesidad. Todo estaba en contra, pero ya sabes. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. En el ambiente flotaba esa pregunta que acompaña cada decisión vital. ¿Merece la pena? Sólo había que madrugar algo más, evitar Valencia e ir por la ruta del interior. Ojalá todo en la vida tuviera soluciones tan sencillas como cambiar de ruta para cruzar España. De modo que cogimos el coche y a mediodía, ya sabes, estaba tomando una cerveza con Marcos, y un par de horas más tarde estábamos los tres sentados en un lugar divino, con una carne espectacular, unos pimientos que Marcos devoraba con devoción y un buen señor hablándonos sin parar de partidos históricos del Zaragoza y de la selección en los que había estado. Había ambiente de fútbol en la ciudad, venía el Murcia. El breve camino al estadio municipal, el hermano de Marcos hablándome de todos los grandes que habían caído allí en esos años históricos en categoría de bronce, los aledaños, la tarde espléndida de octubre, el aroma a un fútbol que no debemos perder. Y luego el fortín turiasonense, la hinchada murcianista siempre presente, el padre de Marcos con la misma sonrisa de hace 30 años al conocerte, la ilusión de un pequeño pueblo que ha vivido unos años con los que nadie había soñado, la charla con Aniceto, el presidente del milagro del Tarazona. Y después una cerveza viendo el balonmano, una cena en uno de esos bares que parece que ya no existen, un paseo al fresco por un pueblo espectacular, que habré visitado seis o siete veces y en el que el Murcia, finalmente, había jugado. Y allí habíamos estado. El partido... El partido siempre es lo de menos, aunque eso es algo que uno sólo aprende con la edad. Y algunos ni siquiera así. Estuvimos a punto de empatar, acuérdate.
3. Aquel Tarazona sólido, que apenas encajó goles en su campo durante un año entero, se fue desmoronando poco a poco, entre impagos y deudas por no poder afrontar una categoría muy exigente para una población tan pequeña. Y, sin hacer un mal año, terminó faltándole uno o dos puntos para la salvación. Estaba claro que había que ir a Tarazona si el Murcia jugaba en Tarazona. Esta temporada ya no volverá allí y, si alguna vez vuelve, ya no jugará contar la SD Tarazona. Su presidente, ese fenómeno que ha conseguido algo increíble -hacer soñar a todo su pueblo- anunciaba entre lágrimas al final de temporada la necesidad de una cantidad de dinero inalcanzable para que el club pudiera sobrevivir. Había que ir a Tarazona y había que contarlo. Y espero que siempre recuerdes Tarazona, estoy casi seguro de ello. Ese madrugón ilusionado para ir a ver a tu equipo. Las calles de una ciudad histórica. Conocer a Marcos en su ambiente, conocer mejor a ese amigo que me hizo unas pechugas al amanecer en junio del 96. Ver al Murcia saltar a un campo al que probablemente no volverá. Todo eso es ser de un equipo de fútbol. Eso de ganar debe ser la hostia, y ojalá alguna vez llegue ese ansiado ascenso, pero sigo sin verlo tan trascendental. Ni los sueños de grandeza, ni ningún triunfo posterior. Lo importante es vivir y sentirse vivo, y seguir construyendo esas redes invisibles que dan algo de sentido a todo esto. Ser de un equipo de fútbol es, en el fondo, una forma de amistad. Y al día siguiente había que deshacer los 600 kilómetros, esta vez ya por Valencia, y esta vez sin prisas para llegar al destino. Y pasamos Zaragoza, Teruel, Sagunto y te dije que eligieras un sitio para comer, que te lo habías ganado, que no todo el mundo se hace 1.200 kilómetros en dos días para ver perder al Murcia en Tarazona. Y elegiste un Carl’s Jr a las afueras de Valencia, que de eso no hay en Murcia, y allí que fuimos. Y cuando empezamos a comer el pollo empanado con patatas fritas fue imposible no volver a acordarme de Marcos y de aquel 27 de junio del 96, y pensé en que tenía que escribir sobre eso para poder hablar de Tarazona, y en que tenía que contártelo; pensé entonces en el fútbol, en la amistad y en las redes invisibles que construimos y que nos acompañan siempre, pensé en todo eso y pensé sobre todo, mirando ese parking sin alma del centro comercial del extrarradio de Valencia, en esa pregunta que acompaña a toda decisión vital, en esa pregunta que sólo puede tener una respuesta. Claro que merece la pena.
SD Tarazona: Madriles; Joan Sans, Marcos Ruiz, Xabi Pérez, Oliva; Ibiricu, Marañón, Víctor; Artur, Yayo, Bernácer. Más tarde entrarían Charly Ranedo y Rafa Cores, entre otros.






