1. ¿Hay vida en otros planetas? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? En pleno año 2026, las grandes preguntas de finales del siglo XX siguen sin respuesta, sólo podemos elucubrar, discutir algo lúcido entre la cuarta y la sexta cerveza, intentar aplicar la lógica. El Universo es enorme, así que algo vivo tiene que haber en algún sitio. A falta de evidencias, intentamos construir un relato sensato, argumentar algo que tenga sentido. Nueve jugadores de la Región de Murcia han sido internacionales con la selección española, con un balance total de cero goles en 117 partidos (hay siete futbolistas que, ellos solos, han jugado más partidos que todos los murcianos que han existido desde 1920). De 866 internacionales con España, nueve nacieron en Murcia. Si le quitas a Camacho (81 partidos, y en realidad formado en Albacete), los murcianos suman 36 internacionalidades en los 779 partidos que ha jugado la selección en su historia (a una media de 13 jugadores por partido, salen más de 10.000 internacionalidades a repartir: sólo 36 las han ocupado murcianos; 117 contando a Camacho. 117 de 10.000, ojo). En este siglo, de los 323 partidos de España ha habido un murciano (y poco tiempo) en seis de ellos. ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? No hay ninguna evidencia, pero la respuesta lógica parece evidente: los chavales murcianos juegan muchísimo peor al fútbol que los vascos; en realidad, con esos números, parece que juegan peor al fútbol que los de cualquier otro sitio. Aunque quizá lo respuesta más certera sería plantearnos otra pregunta: ¿Por qué juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? O llevárnoslo al terreno de lo colectivo, donde los datos son casi más demoledores. ¿Por qué los equipos vascos (y del norte, en general) han sido infinitamente mejores que los murcianos? Las respuestas puede que no nos gusten, así que tal vez sea más sencillo preguntarnos finalmente si los androides sueñan con ovejas eléctricas.
2. Una anécdota que cuenta mi padre desde hace años. Primavera de 1980. Murcia era entonces un lugar pequeño y sencillo: los coches entraban (y aparcaban) en Santo Domingo, la gente iba andando al fútbol, los equipos rivales se alojaban en el Rincón de Pepe. Allí, en la antigua barra, coincidió mi padre una noche con Osasuna. Él había quedado con un amigo que estaba de paso y, a su lado, un grupo de futbolistas rojillos tomaban algo, probablemente unas cañas (el fútbol entonces también era un lugar pequeño y sencillo). Mi padre, como buen futbolero, pegó la oreja. Reconocía bien a Enrique Martín, ya un extremo popular entonces, pelico y cara inolvidable, que llevaba la voz cantante y elogiaba Murcia y su afición, el ambiente, la pasión de una ciudad futbolera. “Y tiene unos juveniles buenísimos, siempre los ha tenido. Pero no juegan”. En efecto, durante los 70 los juveniles del Murcia y de la selección murciana (selección panmurciana, que incluía Albacete y Alicante) lo ganaron todo. Aquellos chavales murcianos debían jugar al fútbol mejor que nadie. Pero apenas jugaban luego con asiduidad, salvo Vidaña y Campello (almeriense y alicantino, por cierto). El Murcia ya había ascendido esa noche, como campeón de Segunda, pero bajó al año siguiente, como casi siempre. Después de aquellas cañas en el Rincón de Pepe, Osasuna ganó 0-1 en La Condomina al día siguiente y ascendió. Apenas ha bajado en estos 45 años. Y eso es todo. Que los juveniles del Murcia eran buenísimos, pero por algún motivo no terminaban de jugar. Con el paso del tiempo sigue siendo una buena anécdota, pero creo que lo que cuenta no es nada anecdótico.
3. Confianza. Durante mi carrera universitaria en Pamplona, contra todo pronóstico, fui entrenador-jugador de mi equipo del Trofeo Rector durante los tres últimos cursos de carrera. Algún cable se me cruzaría para aceptar serlo, pero el caso es que me vi envuelto en un engorro que, finalmente, resultó ser una experiencia maravillosa. Fútbol y amigos. ¿Hay algo mejor a los 20 años? Intentaba siempre no tener que tomar muchas decisiones, tan sólo elegir el once y luego hacer los cambios procurando, por encima de todo, ganar el partido, claro, pero también que todo el mundo tuviera sus minutos. Funcionaba eso que se ha llamado luego ‘autogestión del vestuario’, incluido en lo de tirar penaltis. Pero si por cualquier cosa tenía que decidir yo quién lo tiraba, no tenía ninguna duda: Xabi Pérez. Ni la seguiría teniendo. Xabi no es mal futbolista, al contrario, tiene una zurda exquisita, buena técnica, buen disparo, polivalencia y perfecto dominio del juego, pero tal vez en el equipo había cuatro o cinco jugadores que, con argumentos puramente técnicos, chutarían mejor un penalti. ¿Por qué entonces Xabi, míster? Porque él estaba seguro de que ese penalti iba dentro y yo estaba seguro de que él estaba seguro de que ese penalti iba dentro. Era una cuestión de confianza. No sólo suya; no era sólo su absoluta seguridad de meterlo, sino en cómo la transmitía al resto del equipo. Así funciona la confianza: parece algo muy personal, pero sólo tiene efectos si es interpersonal, si la percibe el otro o la contagias a los tuyos. Xabi Pérez, obviamente, es de San Sebastián, muy de San Sebastián. Comienza la final de Copa del Rey de este año y me acuerdo de Xabi Pérez. En realidad, me acuerdo de Xabi siempre que juega la Real, y más cuando lanza un penalti Oyarzabal, zurdo xabiperecista por excelencia, pero donde el factor confianza pesa menos: es el mejor en eso; es el delantero titular de uno de las mejores selecciones del mundo. Pero me acuerdo mucho más de Pérez cuando el navarro Aihen Muñoz se dirige al punto de penalti para lanzar el penúltimo lanzamiento de la tanda. ¿Cuántos penaltis habrá lanzado en su vida un defensa que lleva un gol en su carrera profesional? Canterano de la Real, 28 años, octava temporada en Primera, buena trayectoria pero jamás ha sido titular indiscutible. ¿Puede haber un perfil más gris para lanzar un penalti tan decisivo? Y, sin embargo, hay algo en su cara, en su manera de dirigirse al punto de penalti y colocar el balón que desconcierta: una confianza brutal. Y chuta al centro, el hijodeputa. Tranquilísimo. Es imposible que lo falle. Xabi Pérez no falla penaltis. Cuestión de confianza.
4. El exfutbolista. Vuelvo de correr un sábado de abril temprano y, al pasar por Santa Eulalia, está sentado en un banco. Suele estar ahí, en esa plaza. A veces a media mañana; otras, algo más tarde. También de vez en cuando ocupa un banco en la plaza de La Condomina de siempre, o en los aledaños, donde hace 50 años vivió alguna tarde de gloria, como aquella en la que la selección murciana juvenil fue campeona de España ganando 3-0 a la guipuzcoana. Jamás lo he visto sonreír. Debutó en Primera con 17 años, pero no llegó a jugar ni 30 partidos como titular con el Murcia. Estuvo en aquel ascenso del 80, entrenado por José Víctor Rodríguez, pero después ya sólo jugó en Tercera. José Víctor, que también fue el entrenador de aquella selección murciana triunfadora, subió con 34 años al Murcia a Primera como campeón, pero apenas volvieron a creer en él en su casa: le dieron 14 partidos en Primera la temporada siguiente, 80-81, en la que fue campeón la Real Sociedad con once juveniles de los años setenta en el campo y un entrenador de la casa, Alberto Ormaetxea, que llevaba seis años en el club. Son las 8 y pico de la mañana de un sábado y ahí está el exfutbolista, serio, sentado en un banco que no siempre es el mismo. No lee, ni mira el móvil, sólo piensa y mira a la gente, o la vida, pasar. Cuando entro en la calle Victorio, enfilando hacia casa, imagino qué se estará preguntando sentado en ese banco.
5. Desconfianza. Hay algo que no funciona, que nunca ha funcionado, y evidentemente no es una cuestión de nombres, ni de elegir bien, ni de acertar. No es Goiria, ni aquel otro que ya no recuerdo, ni Breis, ni Husillos; no es Felipe ni Agustín ni Tornel ni Juan Garrido; no es Colunga o Etxebe, ni Munúa o Alfaro, ni Alcaraz, ni Mel, ni Maguregui; ni siquiera es Narro o Iturra o Carini. Estadísticamente es imposible tener tan mala suerte para que aquí hayan caído sistemáticamente todos los malos dirigentes, entrenadores y futbolistas. Y todos sinvergüenzas. Tiene que haber algo más. ¿Será una cuestión de confianza? La confianza es algo que no depende de la voluntad, se tiene o no se tiene, se otorga o no se otorga. La confianza no lo es todo, pero es muchísimo. Sólo hay que verlo en otro aspecto de la vida casi tan importante como el fútbol: el ligoteo. Cuantísimas veces hemos visto a ese chaval de poco más de metro y medio que bizquea ligeramente compitiéndole de tú a tú a un Brad Pitt de gimnasio. Y qué coño tendrá ese, joder, se pregunta la gente, desde fuera. Y aunque parezca que no tiene nada, en realidad tiene casi todo: confianza. El Murcia, en cambio, lleva décadas instalado en un clima de desconfianza brutal. Tal vez sea Murcia, tal vez sea algo increíblemente metido en nuestro inconsciente colectivo: joder, nos pasa hasta con Carlos Alcaraz, que ya es uno de los tenistas más grandes de la historia pero del que se duda ante cualquier derrota. En su tierra, ojo. Cuenta el tuitero Mafranpe que el Murcia tiene un 0,942% de opciones de descender: matemáticamente, no llegan al puto uno por ciento. De hecho, además de los números, el Murcia ha dejado la sensación en los últimos dos meses de ser un equipo sólido, muy hecho, al que cuesta ganar. Pues bien, a pesar de todo eso, sobrevuela por el murcianismo una nube fatalista cargada de miedo y de peligro, que parece proyectar una sombra de descenso alargadísima. Nuestras cabezas son capaces de convertir un 0,9 en un 90% con una facilidad increíble, ante la primera contrariedad. Cuestión de desconfianza.
6. En Sabadell volvió a juntarse la que tendría que ser nuestra pareja de centrales durante los próximos diez años, Jorge Sánchez y Héctor Pérez. Confío en que así sea. Volvieron a juntarse en la Nova Creu Alta, terreno casi infranqueable del líder, donde estuvimos a punto de ganar, demostrando que este equipo no es peor que los de arriba, que estos jugadores no son peores que los de los equipos de arriba, que los problemas que arrastra el Murcia desde el principio son otros. Jorge Sánchez es mi debilidad. Confiar en Héctor Pérez es casi como respirar: apenas ha cometido errores, apenas ha perdido partidos. Confiar en Héctor Pérez es como confiar en que Oyarzabal va a meter un penalti. Así que el paso de gigante sería confiar en Jorge Sánchez, ese chaval que lleva desde los 7 años en las bases y hace todo con un criterio brutal y determinación de futbolista de los buenos. Su temporada ha sido un carrusel de sensaciones, un doctorado en murcianismo, con un debut soñado, una buena racha que lo encumbró rápidamente, una crisis de resultados que le llevaron a encajar los insultos de los de siempre y todo ese sinfín de contrariedades típicas que vivimos cada año. Y con algún error suyo, claro. Y más que cometerá. Pero ahí deberíamos estar nosotros, confiando en lo que es y en lo que puede llegar a ser. Nuestro central de los próximos diez años. Creo que podemos acertar con el proyecto, con el entrenador y con un puñado de jugadores (siempre puede sonar la flauta, como advierte Gavin Pearce una y otra vez), podemos ascender y volver a ascender, sin parar, claro que sí, lo hemos hecho muchas veces, pero me da que volveremos a bajar mientras no cambiemos ese clima de desconfianza (y de ansiedad, y de soberbia: nuestros pecados capitales). Confianza en los nuestros, confianza después de un fallo, confianza después de una derrota. Confiar en los chavales y que así los chavales confíen en el Murcia. Está en nuestra mano. Y sólo entonces podremos preguntarnos si los nuestros son mejores que los vascos. Sólo entonces podría ser posible que sea Jorge Sánchez el que coja el balón en una final y se dirija confiado al punto de penalti, con la seguridad de que será gol, porque nuestros hijos estarán seguros de que será gol. Nosotros, no; puede que ya no tengamos solución. Nuestra generación me temo que seguirá escéptica, que es una batalla perdida. Algo en mí me seguirá diciendo que ese penalti no va a entrar. Cuestión de desconfianza. Pero al menos espero acordarme entonces, con una sonrisa, de las grandes preguntas sin respuesta de finales del siglo XX, y de los exfutbolistas tristes que le dan vueltas a la vida en un banco de Santa Eulalia, de Aihen Muñoz y de Xabi Pérez, del Trofeo Rector, del tiempo que se va y del que viene, del fútbol y de los amigos.
Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Jorge Sánchez, Héctor (Isi, 77'), Cristo Romero; Óscar Gil, Moyita; Pedro Benito, Real (Sekou, 67'), Jorquera (Bustos, 74'); Flakus Bosilj (Narro, 77').
Goles: De Benito (16') y de Flakus Bosilj (17'), de los que ya se ha desconfiado bastante.






