Amistad

 

Oliva B (@beandtuit)
SD Tarazona, 1; Real Murcia, 0

1. El día 27 de junio de 1996 teníamos señalado en el calendario el último examen de primero de carrera, de modo que, automáticamente, ese día también teníamos, además, la última gran fiesta de primero de carrera, el último botelleo en el piso, la última compra en el súper de mucha cerveza y alguna botella de DYC, la última gran cita con la noche de Pamplona; la despedida, en definitiva, de un curso académico que, en mayor o menor medida, había cambiado la vida de todos nosotros para siempre. Las expectativas sobre esa noche, obviamente, eran altas, hasta el punto de que la última gran fiesta de primero de carrera había llegado a eclipsar casi por completo al último examen de primero de carrera. Unas expectativas analógicas, por cierto, en ese mundo previo a Internet del siglo pasado; unas expectativas que no aparecieron en ninguna pantalla digital, cimentadas en el boca a oreja, en la interacción social física, en susurros y gritos y hasta cánticos sobre ese 27 de junio, en abrazos, besos, empujones, nerviosismo, miradas, guiños y silencios. El 27 de junio la íbamos a liar. Había sido un año importante, el primero fuera de casa para la mayoría, un año duro para mí en el que dejaba atrás Murcia (y con el Murcia en Tercera) para empezar a 700 kilómetros una carrera que me atraía, pero que no terminaba de convencerme. El balance del último botelleo daría casi para otra crónica, si algún cronista pudiera recordar los detalles. Cuenta la leyenda que alguno no llegó casi ni a salir y otros apenas vieron noche, pero todo está difuminado entre otros cientos de noches y el olvido, 30 años después. En cambio, sí recuerdo nítidamente, casi como si fuera ayer, cómo terminó aquella noche, tal vez porque fue un final muy diferente, tal vez porque significó mucho más que otras. Mi noche estándar de aquellos años terminaba cuando cerraba el último bar de la calle del Cavas, sobre las 3 de la mañana, quizá al filo de las 4 si en la calle no hacía mucho frío y alguna charla se alargaba en el tiempo extra de los vasos de plástico y el remoloneo de la juventud que se resiste a que las cosas terminen. Pero aquel día tan especial, tal vez por las expectativas, tal vez por ser la última de ese curso que había cambiado mi vida, decidí prolongar la noche en la llamada por entonces discoteca Sector, que apenas pisé dos o tres veces en cuatro años, y en la que muy probablemente debuté aquella madrugada. Con tanta baja desde el principio de la etapa, y ante las dificultades que presentó la noche, sólo me acompañó allí mi amigo Marcos Ruiz, o seguramente fue más bien al contrario: yo lo acompañé a él, siempre jefe de filas en cualquier equipo que se forme. Marcos era y es un tipo único, reconocible desde el primer día, un chaval grandote de Tarazona que en clase, y fuera de clase, era capaz de relacionarse con todos, desde el que estaba a las puertas de ser cura hasta el más porrero, y no sólo no desentonar, sino que se sentía cómodo. Marcos tiene ese talento, esa empatía del que pregunta y cuenta con interés y cariño, esa cualidad tan necesaria en el buen periodismo y en la vida. No recuerdo tampoco mucho de Sector, la verdad, más bien nada; imagino que nos tomamos la última y poco más, que ya llegaríamos allí tarde y que las luces se encenderían pronto; que ya, por fin, irremediablemente, se acababa el día 27 de junio y la noche y el curso y había que volver a Murcia al día siguiente. Pero entonces Marcos, que todo aquel que lo conoce sabe que ante todo es un tipo que siempre hace mejor la vida de los demás, me agarró del pescuezo y me dijo “Oliva, en mi casa tengo cerveza y unas pechugas”. No hacía falta más para conquistarme. Todo era fácil: Marcos vivía muy cerca de Sector, su casa me pillaba de paso a Pedro I y, qué diablos, yo no quería terminar aquel curso, que era con mucha diferencia el mejor de mi vida. De modo que en tres minutos estaba sentado en una cocina de la calle Esquíroz, con un litro de cerveza y viendo a mi amigo pelar un par de patatas mientras freía unas pechugas, quizá con muslo y contramuslo, ahora que lo pienso, con esa grandeza de cuerpo y alma de Marcos que llena cualquier espacio cerrado en el que se encuentre. No recuerdo bien de qué hablamos, claro. Imagino que de todo un poco, que hicimos un balance del curso. Que hablamos de la carrera, de los suspensos, de chicas, más que de cualquier otra cosa, del verano, de quién llegaría a ser una estrella de radio o un gran redactor, de quién triunfaría, de los sueños de grandeza y de los sueños más pequeños. De los sueños de los 20 años y de qué iba a ser de nuestras vidas. Entonces no teníamos ni idea de que luego es la vida la que te va llevando entre empujones y claroscuros, que sólo podemos sobrellevarla lo mejor posible, que hay decisiones triviales que resultan siendo trascendentes, y que por suerte también a veces las decisiones trascendentes terminan siendo triviales. No teníamos ni idea de que lo más importante de aquellos años no fueron los estudios, ni esos sueños, ni ningún triunfo posterior, sino vivir y sentirse vivo, y sobre todo el haber construido una red invisible que está hecha de lealtad, de cariño, de confianza, de todo eso junto, pero a la vez de algo distinto, indestructible, que te acompaña cuando estás solo y que da algo de sentido a seguir adelante en los días más grises. Eso que algunos siguen llamando amistad. Eran las 8 y pico de la mañana de un espléndido 28 de junio ya, cuando salí de aquel edificio de la calle Esquíroz. Estaba feliz, radiante, a pesar de que el curso terminaba, pero la verdad es que no recuerdo bien si porque empezaba a intuir esa red invisible de amigos que hemos tejido para siempre o porque ese tipo de Tarazona, con sus 19 años recién cumplidos, se defendía de maravilla en la cocina.


2. “Si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona”, te decía de vez en cuando estos últimos años, con un tono cercano a la consigna sagrada, a lo ineludible, a las cuestiones básicas que un padre debe decir a un hijo. Hace 30 años, cuando conocí a Marcos, no estábamos tan lejos: el Murcia estaba en aquella Tercera regional, pero la SD Tarazona era equipo de Regional Preferente de Aragón, y con el resurgir del Murcia y la división territorial siempre ha parecido un enfrentamiento muy improbable. Tarazona, ciudad histórica, no alcanza los 11.000 habitantes, sin apenas opciones de jugar en categoría nacional. Pero esto es fútbol y, con mucho trabajo y buena gestión, el club alcanzó la Segunda B en 2020 y la Primera Federación en 2023. Así fue como ese “si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona” pasó de ser un milagro a la condición de OJO. Entonces, el verano pasado, la RFEF lo hizo posible, con ese grupo que partía España en diagonal. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. Y el Murcia por fin iba a jugar en Tarazona el 11 de octubre de 2025, sábado, a media tarde. Ir a Tarazona parecía algo tan automático como esa última gran fiesta en Pamplona el día del último examen de primero de carrera. Pero no fue tan fácil, recuérdalo. Contra todo pronóstico, justo la semana anterior tuve mi primer -y tal vez único- viaje de trabajo de mi vida, del que regresaría ese viernes, en un vuelo que llegaba por la noche. La Aemet se sumó a la fiesta, advirtiendo de otra probable dana importante en toda la ruta valenciana hacia Aragón, y llenó el sábado por la mañana de alertas rojas y de recomendaciones de no coger el coche salvo imperiosa necesidad. Todo estaba en contra, pero ya sabes. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. En el ambiente flotaba esa pregunta que acompaña cada decisión vital. ¿Merece la pena? Sólo había que madrugar algo más, evitar Valencia e ir por la ruta del interior. Ojalá todo en la vida tuviera soluciones tan sencillas como cambiar de ruta para cruzar España. De modo que cogimos el coche y a mediodía, ya sabes, estaba tomando una cerveza con Marcos, y un par de horas más tarde estábamos los tres sentados en un lugar divino, con una carne espectacular, unos pimientos que Marcos devoraba con devoción y un buen señor hablándonos sin parar de partidos históricos del Zaragoza y de la selección en los que había estado. Había ambiente de fútbol en la ciudad, venía el Murcia. El breve camino al estadio municipal, el hermano de Marcos hablándome de todos los grandes que habían caído allí en esos años históricos en categoría de bronce, los aledaños, la tarde espléndida de octubre, el aroma a un fútbol que no debemos perder. Y luego el fortín turiasonense, la hinchada murcianista siempre presente, el padre de Marcos con la misma sonrisa de hace 30 años al conocerte, la ilusión de un pequeño pueblo que ha vivido unos años con los que nadie había soñado, la charla con Aniceto, el presidente del milagro del Tarazona. Y después una cerveza viendo el balonmano, una cena en uno de esos bares que parece que ya no existen, un paseo al fresco por un pueblo espectacular, que habré visitado seis o siete veces y en el que el Murcia, finalmente, había jugado. Y allí habíamos estado. El partido... El partido siempre es lo de menos, aunque eso es algo que uno sólo aprende con la edad. Y algunos ni siquiera así. Estuvimos a punto de empatar, acuérdate.


3. Aquel Tarazona sólido, que apenas encajó goles en su campo durante un año entero, se fue desmoronando poco a poco, entre impagos y deudas por no poder afrontar una categoría muy exigente para una población tan pequeña. Y, sin hacer un mal año, terminó faltándole uno o dos puntos para la salvación. Estaba claro que había que ir a Tarazona si el Murcia jugaba en Tarazona. Esta temporada ya no volverá allí y, si alguna vez vuelve, ya no jugará contar la SD Tarazona. Su presidente, ese fenómeno que ha conseguido algo increíble -hacer soñar a todo su pueblo- anunciaba entre lágrimas al final de temporada la necesidad de una cantidad de dinero inalcanzable para que el club pudiera sobrevivir. Había que ir a Tarazona y había que contarlo. Y espero que siempre recuerdes Tarazona, estoy casi seguro de ello. Ese madrugón ilusionado para ir a ver a tu equipo. Las calles de una ciudad histórica. Conocer a Marcos en su ambiente, conocer mejor a ese amigo que me hizo unas pechugas al amanecer en junio del 96. Ver al Murcia saltar a un campo al que probablemente no volverá. Todo eso es ser de un equipo de fútbol. Eso de ganar debe ser la hostia, y ojalá alguna vez llegue ese ansiado ascenso, pero sigo sin verlo tan trascendental. Ni los sueños de grandeza, ni ningún triunfo posterior. Lo importante es vivir y sentirse vivo, y seguir construyendo esas redes invisibles que dan algo de sentido a todo esto. Ser de un equipo de fútbol es, en el fondo, una forma de amistad. Y al día siguiente había que deshacer los 600 kilómetros, esta vez ya por Valencia, y esta vez sin prisas para llegar al destino. Y pasamos Zaragoza, Teruel, Sagunto y te dije que eligieras un sitio para comer, que te lo habías ganado, que no todo el mundo se hace 1.200 kilómetros en dos días para ver perder al Murcia en Tarazona. Y elegiste un Carl’s Jr a las afueras de Valencia, que de eso no hay en Murcia, y allí que fuimos. Y cuando empezamos a comer el pollo empanado con patatas fritas fue imposible no volver a acordarme de Marcos y de aquel 27 de junio del 96, y pensé en que tenía que escribir sobre eso para poder hablar de Tarazona, y en que tenía que contártelo; pensé entonces en el fútbol, en la amistad y en las redes invisibles que construimos y que nos acompañan siempre, pensé en todo eso y pensé sobre todo, mirando ese parking sin alma del centro comercial del extrarradio de Valencia, en esa pregunta que acompaña a toda decisión vital, en esa pregunta que sólo puede tener una respuesta. Claro que merece la pena.  


SD Tarazona: Madriles; Joan Sans, Marcos Ruiz, Xabi Pérez, Oliva; Ibiricu, Marañón, Víctor; Artur, Yayo, Bernácer. Más tarde entrarían Charly Ranedo y Rafa Cores, entre otros.

Confianza, desconfianza


Oliva B (@beandtuit)
Centre d'Esports Sabadell, 2; Real Murcia, 2

1. ¿Hay vida en otros planetas? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? En pleno año 2026, las grandes preguntas de finales del siglo XX siguen sin respuesta, sólo podemos elucubrar, discutir algo lúcido entre la cuarta y la sexta cerveza, intentar aplicar la lógica. El Universo es enorme, así que algo vivo tiene que haber en algún sitio. A falta de evidencias, intentamos construir un relato sensato, argumentar algo que tenga sentido. Nueve jugadores de la Región de Murcia han sido internacionales con la selección española, con un balance total de cero goles en 117 partidos (hay siete futbolistas que, ellos solos, han jugado más partidos que todos los murcianos que han existido desde 1920). De 866 internacionales con España, nueve nacieron en Murcia. Si le quitas a Camacho (81 partidos, y en realidad formado en Albacete), los murcianos suman 36 internacionalidades en los 779 partidos que ha jugado la selección en su historia (a una media de 13 jugadores por partido, salen más de 10.000 internacionalidades a repartir: sólo 36 las han ocupado murcianos; 117 contando a Camacho. 117 de 10.000, ojo). En este siglo, de los 323 partidos de España ha habido un murciano (y poco tiempo) en seis de ellos. ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? No hay ninguna evidencia, pero la respuesta lógica parece evidente: los chavales murcianos juegan muchísimo peor al fútbol que los vascos; en realidad, con esos números, parece que juegan peor al fútbol que los de cualquier otro sitio. Aunque quizá lo respuesta más certera sería plantearnos otra pregunta: ¿Por qué juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? O llevárnoslo al terreno de lo colectivo, donde los datos son casi más demoledores. ¿Por qué los equipos vascos (y del norte, en general) han sido infinitamente mejores que los murcianos? Las respuestas puede que no nos gusten, así que tal vez sea más sencillo preguntarnos finalmente si los androides sueñan con ovejas eléctricas.

2. Una anécdota que cuenta mi padre desde hace años. Primavera de 1980. Murcia era entonces un lugar pequeño y sencillo: los coches entraban (y aparcaban) en Santo Domingo, la gente iba andando al fútbol, los equipos rivales se alojaban en el Rincón de Pepe. Allí, en la antigua barra, coincidió mi padre una noche con Osasuna. Él había quedado con un amigo que estaba de paso y, a su lado, un grupo de futbolistas rojillos tomaban algo, probablemente unas cañas (el fútbol entonces también era un lugar pequeño y sencillo). Mi padre, como buen futbolero, pegó la oreja. Reconocía bien a Enrique Martín, ya un extremo popular entonces, pelico y cara inolvidable, que llevaba la voz cantante y elogiaba Murcia y su afición, el ambiente, la pasión de una ciudad futbolera. “Y tiene unos juveniles buenísimos, siempre los ha tenido. Pero no juegan”. En efecto, durante los 70 los juveniles del Murcia y de la selección murciana (selección panmurciana, que incluía Albacete y Alicante) lo ganaron todo. Aquellos chavales murcianos debían jugar al fútbol mejor que nadie. Pero apenas jugaban luego con asiduidad, salvo Vidaña y Campello (almeriense y alicantino, por cierto). El Murcia ya había ascendido esa noche, como campeón de Segunda, pero bajó al año siguiente, como casi siempre. Después de aquellas cañas en el Rincón de Pepe, Osasuna ganó 0-1 en La Condomina al día siguiente y ascendió. Apenas ha bajado en estos 45 años. Y eso es todo. Que los juveniles del Murcia eran buenísimos, pero por algún motivo no terminaban de jugar. Con el paso del tiempo sigue siendo una buena anécdota, pero creo que lo que cuenta no es nada anecdótico.

3. Confianza. Durante mi carrera universitaria en Pamplona, contra todo pronóstico, fui entrenador-jugador de mi equipo del Trofeo Rector durante los tres últimos cursos de carrera. Algún cable se me cruzaría para aceptar serlo, pero el caso es que me vi envuelto en un engorro que, finalmente, resultó ser una experiencia maravillosa. Fútbol y amigos. ¿Hay algo mejor a los 20 años? Intentaba siempre no tener que tomar muchas decisiones, tan sólo elegir el once y luego hacer los cambios procurando, por encima de todo, ganar el partido, claro, pero también que todo el mundo tuviera sus minutos. Funcionaba eso que se ha llamado luego ‘autogestión del vestuario’, incluido en lo de tirar penaltis. Pero si por cualquier cosa tenía que decidir yo quién lo tiraba, no tenía ninguna duda: Xabi Pérez. Ni la seguiría teniendo. Xabi no es mal futbolista, al contrario, tiene una zurda exquisita, buena técnica, buen disparo, polivalencia y perfecto dominio del juego, pero tal vez en el equipo había cuatro o cinco jugadores que, con argumentos puramente técnicos, chutarían mejor un penalti. ¿Por qué entonces Xabi, míster? Porque él estaba seguro de que ese penalti iba dentro y yo estaba seguro de que él estaba seguro de que ese penalti iba dentro. Era una cuestión de confianza. No sólo suya; no era sólo su absoluta seguridad de meterlo, sino en cómo la transmitía al resto del equipo. Así funciona la confianza: parece algo muy personal, pero sólo tiene efectos si es interpersonal, si la percibe el otro o la contagias a los tuyos. Xabi Pérez, obviamente, es de San Sebastián, muy de San Sebastián. Comienza la final de Copa del Rey de este año y me acuerdo de Xabi Pérez. En realidad, me acuerdo de Xabi siempre que juega la Real, y más cuando lanza un penalti Oyarzabal, zurdo xabiperecista por excelencia, pero donde el factor confianza pesa menos: es el mejor en eso; es el delantero titular de uno de las mejores selecciones del mundo. Pero me acuerdo mucho más de Pérez cuando el navarro Aihen Muñoz se dirige al punto de penalti para lanzar el penúltimo lanzamiento de la tanda. ¿Cuántos penaltis habrá lanzado en su vida un defensa que lleva un gol en su carrera profesional? Canterano de la Real, 28 años, octava temporada en Primera, buena trayectoria pero jamás ha sido titular indiscutible. ¿Puede haber un perfil más gris para lanzar un penalti tan decisivo? Y, sin embargo, hay algo en su cara, en su manera de dirigirse al punto de penalti y colocar el balón que desconcierta: una confianza brutal. Y chuta al centro, el hijodeputa. Tranquilísimo. Es imposible que lo falle. Xabi Pérez no falla penaltis. Cuestión de confianza.

4. El exfutbolista. Vuelvo de correr un sábado de abril temprano y, al pasar por Santa Eulalia, está sentado en un banco. Suele estar ahí, en esa plaza. A veces a media mañana; otras, algo más tarde. También de vez en cuando ocupa un banco en la plaza de La Condomina de siempre, o en los aledaños, donde hace 50 años vivió alguna tarde de gloria, como aquella en la que la selección murciana juvenil fue campeona de España ganando 3-0 a la guipuzcoana. Jamás lo he visto sonreír. Debutó en Primera con 17 años, pero no llegó a jugar ni 30 partidos como titular con el Murcia. Estuvo en aquel ascenso del 80, entrenado por José Víctor Rodríguez, pero después ya sólo jugó en Tercera. José Víctor, que también fue el entrenador de aquella selección murciana triunfadora, subió con 34 años al Murcia a Primera como campeón, pero apenas volvieron a creer en él en su casa: le dieron 14 partidos en Primera la temporada siguiente, 80-81, en la que fue campeón la Real Sociedad con once juveniles de los años setenta en el campo y un entrenador de la casa, Alberto Ormaetxea, que llevaba seis años en el club. Son las 8 y pico de la mañana de un sábado y ahí está el exfutbolista, serio, sentado en un banco que no siempre es el mismo. No lee, ni mira el móvil, sólo piensa y mira a la gente, o la vida, pasar. Cuando entro en la calle Victorio, enfilando hacia casa, imagino qué se estará preguntando sentado en ese banco. 

5. Desconfianza. Hay algo que no funciona, que nunca ha funcionado, y evidentemente no es una cuestión de nombres, ni de elegir bien, ni de acertar. No es Goiria, ni aquel otro que ya no recuerdo, ni Breis, ni Husillos; no es Felipe ni Agustín ni Tornel ni Juan Garrido; no es Colunga o Etxebe, ni Munúa o Alfaro, ni Alcaraz, ni Mel, ni Maguregui; ni siquiera es Narro o Iturra o Carini. Estadísticamente es imposible tener tan mala suerte para que aquí hayan caído sistemáticamente todos los malos dirigentes, entrenadores y futbolistas. Y todos sinvergüenzas. Tiene que haber algo más. ¿Será una cuestión de confianza? La confianza es algo que no depende de la voluntad, se tiene o no se tiene, se otorga o no se otorga. La confianza no lo es todo, pero es muchísimo. Sólo hay que verlo en otro aspecto de la vida casi tan importante como el fútbol: el ligoteo. Cuantísimas veces hemos visto a ese chaval de poco más de metro y medio que bizquea ligeramente compitiéndole de tú a tú a un Brad Pitt de gimnasio. Y qué coño tendrá ese, joder, se pregunta la gente, desde fuera. Y aunque parezca que no tiene nada, en realidad tiene casi todo: confianza. El Murcia, en cambio, lleva décadas instalado en un clima de desconfianza brutal. Tal vez sea Murcia, tal vez sea algo increíblemente metido en nuestro inconsciente colectivo: joder, nos pasa hasta con Carlos Alcaraz, que ya es uno de los tenistas más grandes de la historia pero del que se duda ante cualquier derrota. En su tierra, ojo. Cuenta el tuitero Mafranpe que el Murcia tiene un 0,942% de opciones de descender: matemáticamente, no llegan al puto uno por ciento. De hecho, además de los números, el Murcia ha dejado la sensación en los últimos dos meses de ser un equipo sólido, muy hecho, al que cuesta ganar. Pues bien, a pesar de todo eso, sobrevuela por el murcianismo una nube fatalista cargada de miedo y de peligro, que parece proyectar una sombra de descenso alargadísima. Nuestras cabezas son capaces de convertir un 0,9 en un 90% con una facilidad increíble, ante la primera contrariedad. Cuestión de desconfianza.

6. En Sabadell volvió a juntarse la que tendría que ser nuestra pareja de centrales durante los próximos diez años, Jorge Sánchez y Héctor Pérez. Confío en que así sea. Volvieron a juntarse en la Nova Creu Alta, terreno casi infranqueable del líder, donde estuvimos a punto de ganar, demostrando que este equipo no es peor que los de arriba, que estos jugadores no son peores que los de los equipos de arriba, que los problemas que arrastra el Murcia desde el principio son otros. Jorge Sánchez es mi debilidad. Confiar en Héctor Pérez es casi como respirar: apenas ha cometido errores, apenas ha perdido partidos. Confiar en Héctor Pérez es como confiar en que Oyarzabal va a meter un penalti. Así que el paso de gigante sería confiar en Jorge Sánchez, ese chaval que lleva desde los 7 años en las bases y hace todo con un criterio brutal y determinación de futbolista de los buenos. Su temporada ha sido un carrusel de sensaciones, un doctorado en murcianismo, con un debut soñado, una buena racha que lo encumbró rápidamente, una crisis de resultados que le llevaron a encajar los insultos de los de siempre y todo ese sinfín de contrariedades típicas que vivimos cada año. Y con algún error suyo, claro. Y más que cometerá. Pero ahí deberíamos estar nosotros, confiando en lo que es y en lo que puede llegar a ser.  Nuestro central de los próximos diez años. Creo que podemos acertar con el proyecto, con el entrenador y con un puñado de jugadores (siempre puede sonar la flauta, como advierte Gavin Pearce una y otra vez), podemos ascender y volver a ascender, sin parar, claro que sí, lo hemos hecho muchas veces, pero me da que volveremos a bajar mientras no cambiemos ese clima de desconfianza (y de ansiedad, y de soberbia: nuestros pecados capitales). Confianza en los nuestros, confianza después de un fallo, confianza después de una derrota. Confiar en los chavales y que así los chavales confíen en el Murcia. Está en nuestra mano. Y sólo entonces podremos preguntarnos si los nuestros son mejores que los vascos. Sólo entonces podría ser posible que sea Jorge Sánchez el que coja el balón en una final y se dirija confiado al punto de penalti, con la seguridad de que será gol, porque nuestros hijos estarán seguros de que será gol. Nosotros, no; puede que ya no tengamos solución. Nuestra generación me temo que seguirá escéptica, que es una batalla perdida. Algo en mí me seguirá diciendo que ese penalti no va a entrar. Cuestión de desconfianza. Pero al menos espero acordarme entonces, con una sonrisa, de las grandes preguntas sin respuesta de finales del siglo XX, y de los exfutbolistas tristes que le dan vueltas a la vida en un banco de Santa Eulalia, de Aihen Muñoz y de Xabi Pérez, del Trofeo Rector, del tiempo que se va y del que viene, del fútbol y de los amigos.

Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Jorge Sánchez, Héctor (Isi, 77'), Cristo Romero; Óscar Gil, Moyita; Pedro Benito, Real (Sekou, 67'), Jorquera (Bustos, 74'); Flakus Bosilj (Narro, 77').

Goles: De Benito (16') y de Flakus Bosilj (17'), de los que ya se ha desconfiado bastante. 

Observaciones sobre psicología básica

«And it´s a beautiful day. Well. I just don't understand it»


Oliva B (@beandtuit)

Esta es una historia real y, como si estuviéramos en el universo de ‘Fargo’, vamos a decir eso de que a petición de los supervivientes los nombres han sido cambiados, pero el resto se relata tal como ocurrió. Lo  que varía respecto a ‘Fargo’ es que aquí los hechos descritos no tuvieron lugar en Minnesota, sino algo más cerca; y que en esta historia no murió nadie, qué va, ni siquiera hubo heridos. De hecho, todavía estamos todos vivos, y eso que han pasado ya casi 20 años de aquello. Digamos que yo trabajaba en un Ministerio, haciendo funciones de currito en un gabinete de prensa, lo típico, pensando poco o nada y trabajando mucho, que si hay que enviar esto o lo otro, que si hay que llamar a Fulano, que si hay que editar una nota o un sonido; sin parar. Digamos que mi jefe, Melquiades Torres, se encargaba de pensar la estrategia, de asesorar, de darle algo de sentido a todo. Digamos que el alto cargo implicado, el subsecretario José Juan Gómez-Espada, era un buen político, veterano, de perfil muy técnico, funcionario, y por tanto nada acostumbrado a hablar en público ni a tontear en ese lado público de la política. Ocurrió una de esas tardes en pleno verano en las que nunca pasa nada, una tarde de esas de julio en las que, dos o tres días antes de irte de vacaciones, eres casi más feliz que en las propias vacaciones, saboreando el dulce sabor de las previas; la felicidad que se esconde en las cosas que pasan antes de que pasen las cosas. Sí, era una de esas tardes pero, de repente, cuando mi jefe ya se iba, surgió una noticia inesperada. No era una noticia buena ni mala, pero era una noticia importante, no sólo importante, sino urgente. Mi jefe tenía la cartera en la mano, ya se iba, había salido de su despacho, cuando la noticia saltó y se paró en seco, dejó la cartera, vino a mi puesto de trabajo, imprimimos el teletipo y, después de dos o tres llamadas (entonces no existía Whatsapp), tomó un par de decisiones rápidas, como hay que hacer cuando uno es jefe. Había que salir, había que decir algo: una pequeña nota de prensa y alguien que le pusiera voz a la nota, el sonido de un alto cargo para las radios. Era una tarde tonta, en pleno julio, e iba a ser difícil localizar rápido a alguien para ponerle voz, pero Melquiades lo vio claro: Gómez-Espada era su hombre, no vivía lejos, estaba en la ciudad y podía acercarse a grabar directamente, lo que facilitaba mucho la tarea. Y así fue: en diez minutos lo teníamos allí, bronceado, divino, con un look informal veraniego impecable, casi como si estuviera esperando nuestra llamada. Él estaba aparentemente muy tranquilo, controlaba muy bien la materia y tenía experiencia; parecía no sorprenderle demasiado la noticia, parecía poder torear bien con el marrón veraniego de tener que hacer unas declaraciones a los medios sobre un tema espinoso. Nos dirigimos al estudio de grabación, un lugar fresquísimo, con ese aire acondicionado a tope y sin complejos de antes de la crisis. Entre alguna indicación sobre el contenido político, sobre la orientación que darle, ellos casi bromeaban, hablaban de las vacaciones, de la familia, de la vida. Gómez-Espada se sentó en la silla de invitados, se puso los cascos, se acercó al micrófono esperando órdenes y entonces ocurrió una cosa asombrosa, que casi 20 años más tarde no he podido olvidar. De repente, a mi jefe le cambió la cara, se puso serio, tenso, como preocupadísimo y dijo con una voz casi asustada: “José Juan, esta es la grabación más importante de tu vida, hay muchísimo en juego, hazla perfecta, por el amor de Dios”. Fue un giro tan extraño que Melquiades lo tuvo que repetir, mirando fijamente a Gómez-Espada: “Es la grabación más importante de tu vida”. No quise ni parpadear, no dije nada, sólo me eché mentalmente las manos a la cabeza, no daba crédito. La tarde había cambiado por completo en un instante. Gómez-Espada me miró y por primera vez vi el desasosiego en una mirada. Se había convertido en un flan con ojos. La temperatura del estudio subió 18 grados en un momento. Mi jefe seguía hablando, quizá dando algún paso atrás, pero ya no tenía arreglo. La camisa de Gómez-Espada se había empapado por los sobacos: el fino funcionario elegante se había convertido en Camacho. Empezó a tartamudear, tiró el micrófono, estaba superado. Hicimos tres o cuatro intentos, y aquello no fluía, se atrancaba, se equivocaba, y eso que era un corte que no llegaba al minuto. Salió un par de veces del estudio a tomar aire, hicimos algún otro intento y finalmente nos quedamos con la versión menos mala, en la que menos titubeaba. Las radios estaban esperando urgentemente ese sonido. Gómez-Espada se despidió y se fue a casa sudando, desencajado, sin comprender bien por qué había expuesto tan mal una información que controlaba perfectamente antes de verse presionado. Antes de saber que era la grabación más importante de su vida. Mientras yo terminaba de enviar todo, mi jefe volvió a su despacho y salió diez minutos más tarde, una hora y media después de lo que había previsto. Se marchó sin decir una palabra pero con una sonrisa afable, como si no hubiera pasado nada. En realidad, ahora que lo pienso, no había pasado nada. En un par de días todos nos iríamos de vacaciones. 

Antes de jugar contra el Marbella uno de esos partidos que podría calificarse como “muy importante” para el devenir de la temporada, los jugadores del Murcia fueron recibidos en el estadio (su estadio, su casa, ojo) con una curiosa pancarta: ‘Camiseta arrastrada, afición maltratada’. Antes de jugar el partido, sí, sí, a modo de bienvenida. Los profesionales del Murcia, que están viviendo una temporada terrorífica en todos los sentidos, sintieron así el aliento de su afición, el empujón que, en el parecer de los responsables de esa pancarta, necesitaban para ganarle al Marbella. Y no era ese el primer empujón recibido, qué va. Aquí la presión se palpa desde el primer momento. Si se pierde el primer partido en verano, en la radio escucharemos que el Murcia está ya a tres puntos del primero: se escapa el tren del ascenso directo. Si se pierden dos partidos, mucho cuidado: quizá sean mercenarios, habrá que fichar a otros en invierno. Si se sube de cuarta a tercera, ese mismo verano el presidente ya habla de ascenso a segunda; y si se está a un punto del descenso, el director deportivo tiene que decir que el objetivo es el ascenso, claro, que todo lo contrario es conformismo. Todo forma parte de un curioso entorno ansioso e impaciente que se remonta al siglo pasado, a un carácter que no sabe perder pero termina perdiendo siempre, que muestra su descontento presionando, que apoya o quiere a su equipo de esa extraña manera, a latigazos. El domingo hay que ganar sí o sí, ya sabes. SÍ O SÍ. Y la derrota es un naufragio, y quedan diez finales para evitar un trágico descenso y así siempre, sin pararnos a pensar en cómo sería hacer las cosas con calma. Es una espiral de presión continua, es la costumbre, es la manera que Murcia tiene de relacionarse con el Murcia, que va salpicando de ansiedad todos los estamentos del club: de la afición a la prensa, de la prensa a los dirigentes, y de éstos al entrenador, a los jugadores. A todo, a todos. No sé nada de psicología, pero parece básico que ese trato no ayuda en ningún caso, ¿no? [Una rápida consulta a Inteligencia Artificial, por si acaso: En resumen, la psicología prioriza la escucha, la validación y el acompañamiento respetuoso sobre la urgencia de obtener resultados, lo que se traduce en no presionar. La presión suele generar estrés y bloqueo. Al contrario, no presionar ayuda a crear un entorno de confianza]. No sé, parece algo tan elemental que cuesta entender cómo podemos caer en el mismo error una y otra vez. Es una situación compleja, delicadísima, no tengo ni puta idea de qué habría que hacer, pero sí tengo bastante claro lo que no hay que hacer: lo que siempre se ha hecho aquí. De hecho, los mejores equipos que recuerdo se han construido en temporadas en las que no se ponían grandes objetivos. Sin presión. Pienso en el arranque de esta temporada, pienso en tantos y tantos fracasos y descensos, y siento que detrás siempre ha habido un absurdo inconformismo destructivo, una pataleta que ha arruinado siempre al Murcia, incluso a aquel Murcia glorioso de los 80, una generación arruinada por la pataleta de señores con barriga y puro enfadados por perder un par de partidos. Esa es nuestra verdadera historia trágica, nuestros crímenes, nuestro ‘Fargo’ particular, tan lejos de Minnesota. Una afición, ahora numerosa y siempre leal, que no ha dejado morir a su equipo, que siempre está ahí, pero que, mucho más que maltratada, es profundamente maltratadora con el Murcia. No sé si estamos a tiempo de dar un paso atrás, al menos este año. De lanzar un mensaje de tranquilidad, que siempre debería mandarse desde arriba, que debería ser estructural y repetirse continuamente como base del proyecto: un mensaje que huya del corto plazo. No sé si estamos a tiempo de que contra el Tarazona no salten a jugar once flanes con ojos que nos brinden un encuentro plagado de pases titubeantes, sino once tíos tan arropados por la grada que, conscientes de la importancia del partido, salten a jugarlo como si no fuera importante. Sin presión. Ojalá incluso saltaran a jugarlo con esa felicidad que se esconde en las cosas que pasan antes de que pasen las cosas.

'Efecto resultados'

Imagen de un encuentro en el que sí ganó, con total seguridad, el mejor

Oliva B (@beandtuit)
Real Murcia, 0; Algeciras Club de Fútbol, 2

Merecer o no merecer    Dice el creador y dueño de este espacio mondomoyanesco, mi amigo y compañero Luis María Valero, en su monumental crónica ‘Teoría de los merecimientos’ (abril de 2015) que “el fútbol es tan grande que sí da cabida al verbo merecer”. Así lo dice Valero, lo dice, ojo, no es que lo dijera entonces, no, lo sigue diciendo; algunos textos son tan buenos que siempre nos hablan en presente. Dice Valero justo después que “realmente no nos podemos culpar de usar tantas veces ese verbo malsano, porque en el fútbol se da una circunstancia que no comparte casi ningún deporte: en el fútbol puedes privar a tu rival de la posibilidad de estar cerca del lugar de anotación, la portería, y esa posibilidad es la rendija por la que se cuela el verbo merecer en el fútbol”. Dice después Valero, en la misma crónica, que el fútbol se mea en la democracia y en la igualdad de oportunidades, no como el resto de deportes, y añade: “En fútbol puedo hacer que el equipo rival no esté casi nunca cerca de la zona de anotación, pero ese equipo puede perfectamente ganarme”. Dice muchas más cosas, es una crónica brillante de principio a fin sobre este puñetero deporte que amamos y odiamos al mismo tiempo. Tiene esa crónica, repasándola años después, algún comentario; hay alguien que replica que “las victorias morales de nada sirven”, es sin duda alguien que no se ha enterado de nada, que no ha sabido leer la crónica. Hay otro en cambio –DeSqueran se hace llamar— que la sabe leer e incluso la lleva más allá y le dice a Valero que “está muy arraigado eso de desear «que gane el mejor», cuando lo razonable es decir, como ha hecho alguna vez Gary Kaspárov, «el mejor habrá ganado». No se gana porque se es mejor, sino que se es mejor porque se gana. No se gana porque se merece, sino que se merece porque se gana. Este punto de vista, tan contra-intuitivo, implica aplazar nuestro juicio sobre quién es mejor, sobre quién merece ganar, hasta que el partido acaba”. Dicen todo eso en 2015, hace muchísimo ya, y lo siguen diciendo, siempre en presente esos textos, pero efectivamente es un pensamiento tan contra-intuitivo que no ha calado ni va a llegar a calar, por muchos siglos que le queden al fútbol. ¿Cómo va a ganar alguien que sea peor? Nadie quiere parecer tan estúpido para decir eso, y sobre todo nadie quiere parecer un loco. Así, se ha extendido ese modelo razonable de explicar la realidad: el resultado manda, el relato hay que construirlo a partir del resultado. Ha ganado el mejor, claro que sí. Siempre. Los números mandan. Esto del fútbol no es un misterio: tiene que ser como el baloncesto, el waterpolo o el tenis. Pero no lo es, dice Valero. No lo es.

 

Efecto Colunga     El Murcia perdió el domingo, pero es muy probable que perdiera uno de esos partidos en los que un equipo no merece perder. Es evidente que el Algeciras hizo bien muchas cosas, pero lo que mejor hizo fue ganar: creo que el partido del Algeciras fue elogiado simplemente por ganar. Porque también hizo muchas cosas mal, y por eso este Murcia, tan mermado en defensa y tan confuso en ataque, le hizo diez ocasiones clarísimas de gol y le disparó más de 20 veces. Pero sin llegar a marcar. Por tercer partido consecutivo el Murcia no ganó y, en consecuencia, como bien reseñaron las crónicas, parece apagarse o al menos desvanecerse el llamado 'efecto Colunga', esa fórmula casi mágica que revolucionó al Murcia en apenas tres días para pasar en unas cuantas semanas del último puesto a ganarlo prácticamente todo. ¿Pero qué ha sido el 'efecto Colunga' exactamente? O qué es, si es que podemos recuperarlo. Más allá de cualquier análisis futbolístico, el efecto ha sido básicamente una racha increíble de resultados, casi sin precedentes, una serie de victorias cimentadas, en principio, en la solidez defensiva y en la eficacia arriba. Los resultados mandan, el equipo mejoró y fue mejor y por eso ganó, ¿no? ¿O ganó y por eso fue mejor? ¿Ha existido un 'efecto Colunga' o en realidad sólo hablaban del 'efecto resultados'? ¿Los resultados fueron fruto de Colunga o Colunga fue efecto de los resultados? Recuerdo a bote pronto al menos tres partidos (nueve puntazos) en los que el Murcia ganó al Betis B (con un golazo de Flakus en la única llegada después de que el filial nos empatara a pesar de jugar con diez), al Cartagena (que fue mejor desde el minuto 30 y las tuvo bastante claras) y al Alcorcón (que falló con 0-0 una serie de manos a mano impresionante, como pocas veces se ha visto) en los que el Murcia mereció mucho menos que el pasado domingo. También recuerdo, por cierto, varios partidos del primer Etxeberría en los que ocurrió lo contrario: fallar de todo nosotros y que el rival siempre metiera la suya. Como contra el Algeciras. Un partido en el que Flakus falló a puerta vacía con 0-0, el rival metió la primera y luego su portero se dedicó a pararlo todo, una detrás de otra, muy claras. El verbo merecer y el fútbol. Elegir la complejidad de un deporte que se mea en la democracia y en el que puede ganar el que llega una vez. O elegir la sencillez de que manden los números y se cierre el debate. El Algeciras fue mejor que el Murcia y el Murcia fue mejor que el Alcorcón: el deporte es justo, la vida debe tener cierta justicia. ¿Cómo va a ganar el peor? Ni que estuviéramos locos. 

 

La hipótesis de la humildad     Entonces, Oliva, ¿qué pijo me quieres decir? ¿Que no hubo efecto Colunga? ¿Que todo es una farsa y el fútbol no tiene ninguna lógica y la vida es puro azar o, como mucho, fortuna? No, pero sí. O un poco sí, pero no, no, qué va. El fútbol tiene una lógica, pero no siempre. La tiene, y sobre todo a largo plazo. Pero un partido de fútbol no entiende de lógica ni de justicia. Y claro que existió el 'efecto Colunga', al margen de los resultados, o eso creo. Claro que está realizando un trabajo formidable, en el que habría que confiar desde ya para la próxima temporada. Pero para explicar lo que parece inexplicable (el efecto), tengo una hipótesis, quizá totalmente infundada. La hipótesis de la humildad. Ahí va: creo que Colunga entró al vestuario el primer día y dijo algo tipo “señores, cagüendios, ustedes son de los mejores futbolistas del grupo, pero no tienen que creérselo: ustedes van últimos”. Creo que dijo algo así, más o menos, quizá sin llegar a decirlo; creo que tocó esa fibra, la de rebajar ese aire de grandeza, tan dañino, con el que arranca el Murcia cada temporada en tercera o en cuarta, ese aire por el que se fichó a un entrenador como Etxeberría, a pesar de no conocer la categoría, ese por el que se ficha una y otra vez a jugadores en el centro del campo para jugar a algo a lo que es difícil jugar en Primera Federación. Ya sabes: eso de que hay que aplastar y arrasar; eso de que somos el Madrid de Segunda, y de Tercera, y de Cuarta; eso de que hay que ganar todos los partidos, y por goleada, y hay que ser primero y casi subir a Primera ya, sin pasar por Segunda. Creo que Colunga tocó bien esa tecla: la de bajar al barro. Y así ganamos por fin en intensidad, y corrimos como el rival, y los jugadores dejaron de creerse mejores que los demás, aunque lo sean, y sólo entonces, mirando al rival con humildad, pudimos empezar a ganar. Saliendo a por el partido, pero con un punto de prudencia, metiendo casi siempre la primera (lo que ayuda mucho), defendiendo como jabatos el resultado, desde el primero al último, aunque fuera encerrándonos. Creo que en algo así consistió básicamente el 'efecto Colunga', y también creo que en un momento dado el 'efecto Colunga', al meternos en playoff, nos ha llevado al punto de partida: a olvidar que no somos mejores que nadie. El domingo nos creímos mejores que el Algeciras, quizá porque lo somos, aunque tengamos a los dos centrales titulares lesionados, y volvimos a ir sin mucha cabeza a por el partido, a olvidarnos de guardar ese 0-0, a presionar arriba, a pesar de las limitaciones que tiene el equipo sin balón, para dejar ese espacio por el que reza todo rival de Primera Federación, una categoría donde la Teoría de los Merecimientos se da un festín cada fin de semana. Creo que el 'efecto Colunga' fue algo de eso, en definitiva; pero por eso mismo creo que podemos recuperarlo en cualquier momento, en Teruel, sin ir más lejos. Que podemos volver a ganar partidos, que podemos volver a merecer ganarlos. Sí, sí, ese verbo que, como dice Valero, sí tiene cabida en el mundo fútbol; ese verbo que hace grande al fútbol y lo convierte en el único deporte en el que, a veces, no gana el mejor, sino que sólo es mejor porque gana. El fútbol, ese deporte tan injusto que suele parecerse más a la vida que al baloncesto, al waterpolo o al tenis. Y que, tal vez por eso, termina doliéndonos tanto en la larga noche de un domingo cualquiera de invierno.  

Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Óscar Gil (Antonio David, 79’), Jorge Sánchez, Jorge Mier (Sylla, 57’); Sekou (Juan Carlos Real, 46’), Isi Gómez; Víctor Narro, Ekain (Palmberg, 57’), Pedro Benito (Jorquera, 64’); y Flakus.

Anatomía de un instante

 Un veterano abonado del Murcia exige, tras el empate a cero, la cabeza de Adrián Colunga 

Oliva B (@beandtuit)
Real Murcia, 0; Club Deportivo Teruel, 0

Un par de horas antes de jugar uno de sus partidos más importantes del año, el número uno del tenis mundial, Carlos Alcaraz Garfia, justo cuando parece dirigirse a iniciar la última sesión de entrenamiento, en un momento concreto en el que su preparador físico acaba de quitarle un vendaje extraño de la parte alta del muslo y él se dispone a coger una raqueta, en un clima bastante distendido a pesar de que se dispone a jugar en unas horas, repito, uno de sus partidos más importantes del año, justo en ese momento, Alcaraz, de repente, se preocupa por cómo ha jugado el Murcia. “¿Cómo ha jugado el Murcia, Germán?”, pregunta Carlos a su amigo Germán Abril, periodista que ha seguido todo el año al tenista de El Palmar durante la mayor parte de su gira mundial, pero que, increíblemente, con una serie de maniobras que deben combinar por igual la profesionalidad con la pasión, está siempre atento a la actualidad murcianista, siempre pendiente, siempre informando: se hace difícil pensar que el Murcia esté jugando un partido y Germán, atravesando el Índico, por ejemplo, no lo esté viendo a través de alguna wifi transoceánica. “¿Cómo ha jugado el Murcia, Germán?”, dice Carlos, cuando queda apenas un ratico para que vuelva a enfrentarse a Jannik Sinner, el tenista que este año hubiera batido todos los récords de la historia si no existiera Carlos; a Sinner, casi nada, quizá el tenis más perfecto de la historia si lo analizara un robot, o un humano sin emociones, el tipo hermético e indestructible que encima juega en casa y en sus condiciones idóneas; es contra Sinner, sí, partido grande del año, pero Alcaraz, de pronto, sin duda al ver a su amigo Germán por allí, se acuerda del Murcia, del equipo de su tierra, que ya sabe cómo ha quedado, claro, lo sabe perfectamente, pero en ese momento de, se supone, máxima concentración, ese momento en el que legiones de gurús recomendarían tirar de pensamiento oriental y de infusiones raras y de citas épicas y de positividad seria y paredes blancas y vacías, en ese momento, entonces, es cuando a Alcaraz le preocupa cómo ha jugado el Murcia, Germán, es ahí cuando suelta ese viral y mágico “cómo ha jugado el Murcia, Germán” que las cámaras de Movistar graban casualmente, ojo, Carlos ajeno a que graban, Carlos en su mundo, no lo dice a una cámara, le sale del alma. Sí, en ese momento en el que unos mil millones de personas, más menos, preparan los cojines del sofá para disfrutar del mejor partido que se puede ver en el mundo, de los dos mejores jugadores, uno de ellos, el número uno, el mejor jugador de tenis del planeta ahora mismo, necesita saber cómo ha jugado el Murcia. “Cero a cero pero...”, pregunta Alcaraz sin preguntar, porque quiere saber cómo ha sido ese cero a cero dentro del universo de los cerosacero, no puede salir a jugar su partidito sin que su amigo le resuelva esa duda. “Contra el Teruel, tío”, continúa Carlos, “que va el tercero o el cuarto”, añade Carlos, por si algún despistado del equipo que trabaja a su lado durante toda la temporada no supiera que el Teruel es un equipo de la zona alta, y entonces acompaña sus palabras con un gesto lleno de esa expresividad suya desbordante, un movimiento de hombros que coordina con un gesto en la cabeza que parece decirnos socio, no me jodas, que no era un partido fácil. “Van terceros o cuartos en la tabla”, repite entonces Carlos, quiere que quede claro, mientras deja algún plástico de la raqueta en la silla, ya preparado para esa última sesión, ya dispuesto a salir a entrenar, parece, pero todavía no, todavía vuelve a mirar a la grada, una última vez, vuelve a mirar sin duda a su amigo Germán y esboza entonces su sonrisa, sello de la casa, una sonrisa de esas buenas que reparte, y le dice “un empate es mejor que una derrota”, y amplía más la sonrisa, y remata todo con un chiste sobre Hakimi y así salta a la pista por fin, a pegar los últimos raquetazos con los que preparar uno de sus partidos más importantes del año.

En el universo de los cerosacero, el del Murcia y el Teruel fue un cero a cero clásico, muy de Primera Federación, de partido en el que no pasa casi nada porque un equipo no quiere que pase casi nada y se agazapa para que sólo pase el tiempo, y el otro equipo, que sabe lo que busca el agazapado, tampoco arriesga apenas, porque sabe lo cerquísima que está el universo de los cerosauno del de los cerosacero. Buscó alguna rendija el Murcia de Colunga, pero no pudo ser, y ahí quedó la cosa, en tablas, en que un empate es mejor que una derrota, en reparto de puntico, o de puntazo; en que empatar no es sólo un punto, empatar es también privar a tu rival de sumar otros dos puntos, que es algo mucho más importante que conseguir uno. El Murcia de Colunga sumó así su cuarto partido sin perder, y este con portería a cero, en un duelo complicadísimo, pero, lejos de tomarlo así, buena parte del murcianismo volvió a la senda del insulto y la desesperación, de la ansiedad, del sólo vale ganar, que nos dijeron que el objetivo es subir, y cuanto antes; a la senda del desprecio al rival y del qué malos son todos, y del Colunga tampoco vale, y qué pena de equipo y qué desastre, menuda banda, qué fracaso, y hay que fichar a siete o igual a ocho, los que sean, que seguro que serán mejores, hasta que vengan, claro. La ansiedad devorando otra vez al murcianismo, incapaz de calmarse ni tras cuatro partidos sin perder, pensaba entonces, a media tarde de un domingo de otoño después de un arroz y costillejas, cuando de repente me saltó, antes del partidazo de tenis, la mirada sensata, comprensiva y humilde de Alcaraz al Murcia. Resulta curioso que parte del murcianismo haya criticado que Carlos sea del Madrid, que afeen al chaval que sea de otro equipo, cuando tantos murcianistas fustigan a su equipo precisamente con las maneras del madridismo más detestable, ese prepotente y campeonísimo que no soporta un empate y pita y castiga a los suyos con una arrogancia insufrible. Resulta muy curioso, también, que uno de los mejores deportistas del mundo, el mejor que ha dado y dará esta tierra, desde Turín, sea más humilde que la legión de zagales que insulta en la grada después de tomarse cuatro tercios tibios de Heineken o que el pelotón de sacapanzas de sofá que llevan décadas rajando de todas las plantillas y todos los técnicos del Murcia. El mundo al revés, o tal vez no: tal vez se puede ser el más trabajador, competitivo, inconformista y ambicioso y, a la vez, no dejar nunca de ser humilde. Ojalá Carlos termine por ser del Murcia, como ya lo es buena parte de su generación y la de sus hermanos. Tiene pinta de que ya lo va siendo, de que tiene ganas de ser muy del Murcia. Pero eso da un poco igual, en el fondo, mientras siga acercándose al Murcia con ese cariño, tan alejado de ese extraño modo de querer a su equipo (querer-odiando) de la vieja guardia murcianista. Eso da un poco igual mientras siga contagiando al nuevo murcianismo esa manera de querer tan humilde, comprensiva y respetuosa con el rival y con el deporte. 

Real Murcia: Gazzaniga; Jorge Mier, Héctor Pérez, Sekou (Palmberg, 71'), Carmona (Cristo Romero, 63'), Álvaro Bustos (David Vicente, 83'); Antonio David, Juan Carlos Real (Isi Gómez, 71'), Ekain (Pedro León, 46'); Pedro Benito y Flakus Bosilj. 

Desilusión


Oliva B (@beandtuit)
Real Murcia, 0; Gimnàstic de Tarragona, 1

1. Pita el árbitro el final del partido y la desilusión nos sacude. Hay quien se queda pensando, mirando a la nada. O a todo. Mirando al verde, a las gradas, a los nuestros desolados y al rival celebrando, como todos los años en Nueva Condomina. Pero nosotros tres, los tres Oliva, desfilamos a buen ritmo casi desde un segundo antes de que pite el árbitro, sin decirnos nada, como si no hiciera falta. Bajamos la primera escalera y, de nuevo sin que hagan falta las palabras, nos dirigimos al baño. El abuelo va por delante, sorprendentemente a buen ritmo, camiseta gris y gorra, el rostro serio, manteniendo toda la emoción por dentro; detrás va Martín, equipación azul del Murcia de este año, que rompe a llorar poco antes de entrar al servicio. Lo alcanzo por detrás, lo agarro fuerte, lo abrazo sin mirarlo y aguanto las lágrimas con un apretón intraocular que en algún momento me dejará ciego. Le doy un beso en la coronilla, que ya casi está a la altura de mi boca. Y le digo algo que no recuerdo, antes de que entre a mear detrás de su abuelo. Apenas hay gente, quizá estén dentro, mirando a la nada, al verde, a las gradas, a los nuestros desolados y al rival celebrando. Yo no tengo ganas de mear y voy al lavabo para disimular con agua en la cara alguna lágrima que finalmente se ha escapado y, sobre todo, el tono rojizo de los ojos irritados. Este año el Murcia tampoco va a subir. 

2. Unos minutos antes, el hijo de Diego Domínguez, que creo que también se llama Diego Domínguez, llora inconsolablemente en la fila de delante, con ese sentimiento desbordado que en determinadas edades es imparable. Tiene un par de años más que Martín, quizá tres, y por eso ha vivido y recuerda más situaciones así. En este estadio la película nunca tiene un final feliz. No ha terminado el partido y el zagal, con su camiseta de Boateng, ya llora, roto por la desilusión. Todavía queda algún balón largo, alguna acción de Toral a la desesperada, algún centro que en otros lugares del mundo termina en gol, pero Diego padre y su hijo, mi padre y yo, y Martín y cualquiera que haya crecido aquí sabe que ese gol no llegará. Agarro por el hombro al chaval, al hijo de Diego, le digo ánimo, le digo algo más que no recuerdo. El partido termina. Ya no hay nada que hacer, tan sólo volver a empezar. Javier Tebas nos condenó, como Zeus a Sísifo, a empujar una piedra enorme cuesta arriba por la ladera empinada del fútbol de tercera, a llegar siempre vivos a primavera con la piedra a cuestas. Pero antes de alcanzar la cima de la colina la piedra siempre rueda hacia abajo, y el Real Sísifo Murcia tiene que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez. Pita el árbitro y ya no hay nada que hacer. Tan sólo volver a empezar en julio, con esa piedra enorme que ahora, liberados de la deuda, parece pesar un poco menos. Ahora sabemos que podemos seguir intentándolo, aunque sea una y otra vez. Jamás he visto a Diego ni a su hijo fuera del estadio, nunca. Es un vínculo puro de fútbol de antes, de cuando el fútbol era más fácil: ir al estadio a animar a tu equipo. Quizá el fútbol –nuestro fútbol– no consista en ganarle al Nàstic, sino en saber que a finales de agosto volveremos a encontrarnos los tres Oliva con Diego y su hijo, y así todo el entramado de la grada. Todos juntos para volver a intentarlo. Sólo eso.

3. Dejamos a mi padre cerca de su casa, en la esquina de Correos con Simón García, y en un semáforo veo que he recibido un audio de José Antonio Currás, el Pimentonero de Orense, que ha venido a la semifinal. No hemos podido vernos en el bullicio del día y ya no nos veremos en la final. Durante toda la temporada me intercambio estos mensajes de audio con José Antonio, nos animamos cuando parece que este año será el año, nos animamos más cuando sufrimos algún revés. Hace 25 años que nos conocemos, 25 años maravillado por esa manera de vivir el murcianismo a 800 kilómetros siendo gallego de pura cepa. Pienso que ya lo escucharé mañana. Pero de pronto, en otro semáforo, ya casi tomando Ronda Sur camino de la playa, lo pongo con el altavoz del coche para compartirlo con Martín. Pienso que quiero escuchar a José Antonio pero sobre todo quiero que Martín lo escuche, porque estoy seguro de que le vendrá bien, casi a las 12 de la noche, tras la desilusión. “Yo este año tenía muchísima ilusión en ascender”, dice con su acento orensano y la voz entrecortada por la emoción. “No me da vergüenza decir que a pesar de mis 65 años he vuelto a llorar”, escucha Martín a José Antonio, y el silencio en el coche es casi sagrado durante los silencios de mi amigo gallego, que en un par de minutos me cuenta la pena por el contraste entre lo vivido antes del partido, algo que jamás había visto, y lo sucedido en el césped. “Lo intentaremos la próxima temporada con más ilusión si cabe que nunca”. Termina el mensaje y es entonces cuando flaqueo, deseando que el partido termine por fin, que Martín se duerma, que la carretera vacía avance en la noche y ya sea mañana. Pero no se duerme, y cuando recupero la voz le intento explicar que no es sólo José Antonio: nadie había vivido algo así, un ambiente tan entusiasta, ni siquiera con el Murcia en Primera, que lo importante es seguir adelante y que algún día se acordará de la eliminatoria del Nàstic y de todo esto con una especie de alegría, cuando viva los mejores años del Murcia. Pero no parece muy convencido. Y en las primeras curvas del puerto de La Cadena asumo que ya es inevitable: que va a sufrir por el fútbol, o más bien que va a sufrir porque el fútbol ha dejado de ser fútbol y ha pasado a ser una de esas cosas por las que sufrimos de verdad. Al terminar el puerto, mientras en la radio siguen hablando de ese fútbol por el que nadie sufre, tengo la sensación de que Martín por fin se ha dormido. 

4. Llegamos al Estadio casi tres horas antes, porque el murcianismo ha crecido tanto que ha dejado pequeño todo lo demás, y en este momento ver un partido importante del Murcia en tercera, mientras nadie lo arregle, supone unas seis horas de vida en total. Martín se va con su amigo Rodrigo al recibimiento al autobús del Murcia y yo acompaño a mi padre en el centro comercial: hace demasiado calor. Mientras nos tomamos una cerveza en Vips, observamos que el lugar está lleno de aficionados del Nàstic. Qué bonito es el fútbol en son de paz. Familias completas viajando con una ilusión tremenda tras perderla hace un año por unos segundos. Parejas jóvenes, parejas mayores. Hay hasta un bebé, y un niño de unos 2 años, y los pequeños Norah y Biel, que tendrán un par de años menos que Martín, paseando con su camiseta orgullosos. Biel lleva el número 10. Pienso, mientras termino la cerveza, que en unas horas o Biel o Martín estarán llorando. Más tarde, durante el partido, el Nàstic mostrará una cara ejemplar y noble para lo que es el fútbol actual. Ni juego sucio, ni casi pérdidas de tiempo, ni toda esa mierda que tanto deshonra este juego. Más tarde, cuando el árbitro pite el final y los tres Oliva ya hayamos desfilado, el equipo catalán y su afición celebrarán con respeto. Los hinchas del Nàstic cantarán ‘Murcia, Murcia’ y los que se han quedado del Murcia, esos que siguen dentro del estadio mirando a la nada, aplaudirán a los jugadores del Nàstic cuando se marchen al vestuario. No tendría que ser tan difícil hacer del fútbol un lugar civilizado, ahora que el mundo parece haberse vuelto loco. 

5. Martín y Rodrigo regresan del recibimiento al equipo entusiasmados. Me lo cuentan, han grabado vídeos, ven todo lo que se publica por redes con una expectación preciosa. La semana ha sido perfecta, como tiene que ser una semana de playoff, de ilusión pura. El murcianismo se ha movido tanto, la locura ha sido tan absoluta, que en ese momento de la tarde, hora y poco antes del partido, hemos llegado a olvidar que lo normal sería perder 0-1 con un gol en la segunda parte, que el equipo no ha sido fiable durante los 90 minutos en los últimos meses y que la eliminatoria la tuvimos y la perdimos en Tarragona. Pero la fiebre murcianista en 2025 no entiende de razón, ni de fútbol. El recibimiento al autobús del equipo, el ambiente de los aledaños, es algo que, como dice José Antonio, no se había vivido. Nadie lo había vivido. El estadio está a reventar en una semifinal en tercera, sin regalar ni una entrada, más que con el Madrid en Primera. En estos años fuera del fútbol profesional todo se ha multiplicado. El de la camiseta del Murcia, de repente, ha dejado de ser el raro en el instituto. En todas partes encuentro a alguien que me habla del Murcia, de nuestro Murcia. Ese contraste, sin embargo, es lo que más tarde hará más dolorosa la derrota. Es el peaje de la ilusión, de la pasión. Camino del estadio se palpa ese entusiasmo y, de alguna manera, ya ese dolor. Camino del estadio, entre miles de camisas granas eufóricas, piensas que algo ha cambiado ya, aunque esto vuelva a ser otro batacazo. Que ellos llorarán pero ya no dejarán de ser del Murcia. Que no sé cómo ni cuándo ni por qué cojones han aprendido que este amor merecerá la pena. 

6. El día después el cielo está cubierto por unas nubes extrañas, con un tono rojizo, como si también tuvieran los ojos irritados. Hay quien insiste en que Dios es murcianista, pero qué bien lo disimula el tío en ese caso. He dormido muy poco y mal, dándole vueltas a todo, en ese estado de sudor frío que se queda cuando la preocupación deja de preocupar y se convierte en hecho inevitable. Decido salir a correr, que siempre ayuda, aunque sólo sea para llorar un buen rato sin tener que dar explicaciones. Pero la mañana está compungida, con el fresco perfecto para sólo pasear. Antes de ponerme la música, vuelvo a escuchar el audio del Pimentonero de Orense, esos dos minutos de tristeza concentrada que terminan invitando a la esperanza. La ilusión nadie se la va a quitar, dice. “Me voy haciendo cada vez mayor, no sé si me quedará tiempo para ver al Murcia en Primera, pero confío en que sí”. El tiempo siempre jugando en contra, ese gol que no llega incluso cuando el partido termina. El miedo a que el árbitro pite el final. Pienso en mi padre, en mi hijo, en la desilusión con la que hoy despierta tanta gente a la que quiero. En si los años se pierden, se ganan o simplemente se empatan. El puto Murcia, el puto Sísifo. Albert Camus cree que Sísifo representa el absurdo de la vida humana, pero que debemos imaginarlo feliz. “La lucha de sí mismo hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón del hombre”, dice. El puto Camus, como si estuviera hablando de nuestro Real Sísifo Murcia. Lo importante es esa lucha hacia las alturas, pienso, cuando parece que el sol quiere salir por fin. Que jamás dejemos de intentarlo. Sigue siendo muy temprano y un ligero viento empieza a moverse. Entonces me paro un momento, con el mar a mi espalda, y tengo una sensación extraña, casi física, como si recibiera un abrazo. Un abrazo que de repente concentra toda la ilusión del mundo.

Real Murcia: Gazzaniga, David Vicente, Saveljich, Alberto González, Kadete; Pedro Benito (Cadorini, 80'), Yriarte (Juan Carlos Real, 80'), Moha (Isi Gómez, 70'), Loren Burón (Toral, 65'); Raúl Alcaina (Carlos Rojas, 70') y David Flakus.

Un gol de Carlos Rojas


Oliva B (@beandtuit)
Betis Deportivo, 1; Real Murcia, 2

Goles que sobreviven. En la escala categórica de los goles, por encima de los golazos, de los preciosos, de los antológicos, e incluso de los que valen títulos, ascensos o permanencias, algo más arriba, en la cúspide, están los que sobreviven. Carlos Rojas hizo uno de esos el otro día. El tío encima metió dos, para mantener al Murcia en la pelea por el ascenso directo, pero me da que al final sólo será uno, el primero, claro, el que sobreviva. En 15 años, en 25, en 40 años, todo lo demás habrá sido sepultado por cientos de goles, por partidos de todo tipo, dentro y fuera del campo. Las cosas esenciales, las cosas que hoy creemos esenciales, terminan borrándose. 15, 25, 40 años, qué rápido pasan. Pronto alguien dudará de si el golazo fue el primero o el segundo; luego, en alguna previa, con un par de cañas, se discutirá si el partido terminó 0-1 o tal vez fue un empate; más tarde, mucho más tarde, aunque ahora nos parezca increíble, alguien preguntará si aquel Murcia al final ascendió. El olvido y el recuerdo no operan como un cirujano, sino que tienen sus propias leyes, de las que empezamos a saber algo cuando ya es demasiado tarde. La rueda del fútbol y de la vida no dejará de girar e irá poniendo todo en su sitio, las cosas que hoy creemos esenciales y las que no lo son, todo lo que se queda por el camino y lo poco que sobrevive. El tiempo va borrando con zarpazos inesperados, e incluso un relato tan impecable como el partido del otro día, una historia tan redonda, irá desapareciendo poco a poco de nuestra memoria, casi sin darnos cuenta. Pero hay un gol de Carlos Rojas, bajo ese último brillo de la luz de las tardes de abril que en Sevilla se alarga más allá de las nueve, que sobrevivirá.

La trama. De vez en cuando, entre cientos de historias grises con el argumento de siempre, el fútbol escribe guiones perfectos. Sevilla en primavera. Un centenar de murcianistas arrinconados en el coqueto estadio de la Ciudad Deportiva Luis del Sol. Al fondo, se alza, majestuoso, el Benito Villamarín, un poco como si el horizonte fuera el futuro. Da lluvia, pero no llueve. El césped espléndido. El equipo llega bien de resultados, cerca del líder. La ilusión inicial, rápidamente frenada: los zagales del Betis son muy buenos. El dominio casi absoluto del rival, que llega fácil. Cómo juegan, los zagales. Tienen una: Gazzaniga. Tienen otra, y otra. Gazzaniga siempre, que empieza a parecer protagonista, salvador y héroe. El 0-0 como objetivo en el descanso, en uno de los peores partidos de la temporada, si no el peor. Y mediada la segunda parte, el villano (Pablo García Fernández, 18 años, el mejor futbolista de la categoría) consigue batir a nuestro salvador con un espléndido lanzamiento de falta a la escuadra. De pronto, el típico gol que encajas fuera de casa, la típica derrota de siempre, en el peor partido del año. ¿Cuántas veces hemos visto esa película? Unos cien murcianistas arrinconados y ahora también apesadumbrados, que lo ven imposible. No es sólo cuestión de fútbol, también es de historia. El adiós al primer puesto, quién sabe si el adiós al ascenso. Queda un cuarto de hora, el desenlace parece decidido. Estamos acorralados por los malos, sin víveres, malheridos y el agua se está acabando. Apenas hay esperanza, ni en la grada ni el campo. Pero hay un cambio en el Real Murcia.  

El héroe imprevisto. Va a salir el jugador más criticado por la afición murcianista. De largo. El hombre llamado a salvar nuestra Galaxia es un tipo cedido que las pocas veces que juega en su estadio es recibido con pitos, o entre el pito y la mofa, más bien; como si fuera el hazmerreír de la grada, el personaje que en la película llevaría gafas y tropezaría constantemente. El futbolista que siempre lo intenta, pero que en dos temporadas apenas ha podido finalizar una jugada. Justo cuando el año pasado apuntaba algo de un talento sobresaliente para esta categoría, se lesionó. Esta temporada, en una posición sobrecargada de futbolistas, apenas ha jugado. Cero goles y quizá uno o dos pases de gol es el balance de sus dos temporadas, los números del héroe. Pero a veces el fútbol escribe guiones perfectos. Y es aquí donde aparece el otro personaje clave del partido: el míster, Fran Fernández, que decide sacar a Rojas. En contra de la opinión popular, ha ido descartando al más prometedor canterano de la tierra en beneficio del cedido mestizo. El míster, un tipo también discutido casi desde el primer momento, de perfil bajo; uno de esos entrenadores que ahora no se llevan: le quedan mal las americanas y en las ruedas de prensa prefiere un tono humilde. En ‘El bueno, el feo y el malo’, el míster estaría entre el feo y el malo, aunque su aspecto sea más de secundario de spaguetti western que tira un plato de judías por descuido y muere pronto. Pero entre las dudas y las críticas, e incluso con algún ultimátum de los que mandan, Fernández ha mantenido al equipo en playoff toda la temporada. Y ahora, cuando sólo queda un cuarto de hora y el desenlace parece decidido, el míster llama a Rojas.

El mejor secundario. En la primera escena de la película ‘Platoon’ (Oliver Stone, 1986), vemos cómo un pelotón de jovencísimos norteamericanos aterriza por primera vez en Vietnam para matar o morir, o tal vez las dos cosas. Al llegar, entre el ruido ensordecedor de las hélices y el polvo irrespirable que se agita, los chavales ven cómo se apilan los cadáveres de los que ya no regresarán y, a continuación, se cruzan con los afortunados que por fin vuelven a casa. Sólo tienen un año más que ellos, pero aparentan haber vivido más de una vida en el infierno. Es justo en ese momento cuando el personaje que interpreta a Charlie Sheen cruza una mirada sobrecogedora con Ian Forns, el lateral izquierdo del Murcia, que acababa de terminar el partido contra el Betis Deportivo. Qué partido te tocó, Ian, qué batalla. Más de hora y media cara a cara contra el villano perfecto, Pablo García, el mejor futbolista de la categoría, que intentó de todo y le salió casi todo, pidiéndola, rompiendo por dentro sin parar, con la portería siempre en mente. Pero Forns aguantó bien el duelo. Sólo salió herido en un estratosférico sombrero que se inventó García mediada la segunda parte, en la falta que terminó poniendo en la escuadra el propio villano. Después, medio muerto, aguantó cada envite que siguió proponiendo el bético, en un combate maravilloso hasta el último minuto del descuento. Ian Forns llegó a Sevilla siendo un crío, un prometedor canterano del Espanyol, y se fue de allí convertido en un futbolista adulto, completamente exhausto, con esa cara de espanto del que mira a Charlie Sheen, atravesado por la Guerra del Vietnam. Horrorizado, pero vivo.

El gol de Rojas. “La va a hacer”, se escucha en la grada murcianista cuando recibe Carlos Rojas de espaldas, dentro del área, el primer balón que toca, su primer minuto en el campo. En realidad, Rojas siempre hace bien la primera, o casi siempre; de la primera suele salir vivo. Y la hace, claro. Cuando recibe a un segundo defensor es cuando suelen empezar los problemas, pero esta vez la vuelve a hacer, con esa pausa que tan bien domina, o ese amago de pausa, del que vuelve a salir vivo, alejándose del área, hacia la frontal. Entonces pasó lo que nunca pasa. Quizá aquello por lo que empezamos a ir al fútbol y seguimos yendo una y otra vez: por poder vivir lo que nunca pasa. Estar allí, por si pasa. Por vivir ese pequeño milagro, aunque sepamos que, como en la vida, lo normal es que pasen las cosas que suelen pasar: el despertador de los lunes, el autobús abarrotado, los goles del día a día a los que no puede llegar ningún Gazzaniga y que el disparo de Rojas se vaya a las nubes. Pero, esta vez, pasó. En el momento justo, en la frontal, Carlos Rojas, el zapatazo perfecto al otro palo. Y ese júbilo especial de cada gol fuera de casa, esos ojos desorbitados, esa emoción única, multiplicada por lo inesperado. Más tarde, hubo tiempo para todo, para un montón de cosas que seguramente olvidaremos. Un tiro al palo suyo por el que pudimos perder, otro gol de Rojas en el 89 para mantener al Murcia en la pelea por el ascenso directo, un último asalto de Forns en su Vietnam particular. Pero me da la sensación de que todo eso se irá borrando poco a poco, sepultado por esos zarpazos del tiempo que conseguirán que hasta un relato tan impecable como el partido del otro día vaya desapareciendo poco a poco de nuestra memoria, casi sin darnos cuenta. Me da la sensación de que sólo sobrevivirá un gol de Carlos Rojas y el abrazo que nos dimos bajo ese último brillo de la luz de las tardes de abril que, en Sevilla, se alarga más allá de las nueve.

Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Alberto González, Saveljich, Ian Forns; Yriarte (Moha Moukhliss, 55'), Isi Gómez (Loren Burón, 75'); Pedro Benito (Carlos Rojas, 75'), Pedro León (Juan Carlos Real, 55'), Davo (Alcaina, 68'); y Flakus Bosilj.

Goles: Dos de Carlos Rojas.