Merecer o no merecer Dice el creador y dueño de este espacio mondomoyanesco, mi amigo y compañero Luis María Valero, en su monumental crónica ‘Teoría de los merecimientos’ (abril de 2015) que “el fútbol es tan grande que sí da cabida al verbo merecer”. Así lo dice Valero, lo dice, ojo, no es que lo dijera entonces, no, lo sigue diciendo; algunos textos son tan buenos que siempre nos hablan en presente. Dice Valero justo después que “realmente no nos podemos culpar de usar tantas veces ese verbo malsano, porque en el fútbol se da una circunstancia que no comparte casi ningún deporte: en el fútbol puedes privar a tu rival de la posibilidad de estar cerca del lugar de anotación, la portería, y esa posibilidad es la rendija por la que se cuela el verbo merecer en el fútbol”. Dice después Valero, en la misma crónica, que el fútbol se mea en la democracia y en la igualdad de oportunidades, no como el resto de deportes, y añade: “En fútbol puedo hacer que el equipo rival no esté casi nunca cerca de la zona de anotación, pero ese equipo puede perfectamente ganarme”. Dice muchas más cosas, es una crónica brillante de principio a fin sobre este puñetero deporte que amamos y odiamos al mismo tiempo. Tiene esa crónica, repasándola años después, algún comentario; hay alguien que replica que “las victorias morales de nada sirven”, es sin duda alguien que no se ha enterado de nada, que no ha sabido leer la crónica. Hay otro en cambio –DeSqueran se hace llamar— que la sabe leer e incluso la lleva más allá y le dice a Valero que “está muy arraigado eso de desear «que gane el mejor», cuando lo razonable es decir, como ha hecho alguna vez Gary Kaspárov, «el mejor habrá ganado». No se gana porque se es mejor, sino que se es mejor porque se gana. No se gana porque se merece, sino que se merece porque se gana. Este punto de vista, tan contra-intuitivo, implica aplazar nuestro juicio sobre quién es mejor, sobre quién merece ganar, hasta que el partido acaba”. Dicen todo eso en 2015, hace muchísimo ya, y lo siguen diciendo, siempre en presente esos textos, pero efectivamente es un pensamiento tan contra-intuitivo que no ha calado ni va a llegar a calar, por muchos siglos que le queden al fútbol. ¿Cómo va a ganar alguien que sea peor? Nadie quiere parecer tan estúpido para decir eso, y sobre todo nadie quiere parecer un loco. Así, se ha extendido ese modelo razonable de explicar la realidad: el resultado manda, el relato hay que construirlo a partir del resultado. Ha ganado el mejor, claro que sí. Siempre. Los números mandan. Esto del fútbol no es un misterio: tiene que ser como el baloncesto, el waterpolo o el tenis. Pero no lo es, dice Valero. No lo es.
Efecto Colunga El Murcia perdió el domingo, pero es muy probable que perdiera uno de esos partidos en los que un equipo no merece perder. Es evidente que el Algeciras hizo bien muchas cosas, pero lo que mejor hizo fue ganar: creo que el partido del Algeciras fue elogiado simplemente por ganar. Porque también hizo muchas cosas mal, y por eso este Murcia, tan mermado en defensa y tan confuso en ataque, le hizo diez ocasiones clarísimas de gol y le disparó más de 20 veces. Pero sin llegar a marcar. Por tercer partido consecutivo el Murcia no ganó y, en consecuencia, como bien reseñaron las crónicas, parece apagarse o al menos desvanecerse el llamado 'efecto Colunga', esa fórmula casi mágica que revolucionó al Murcia en apenas tres días para pasar en unas cuantas semanas del último puesto a ganarlo prácticamente todo. ¿Pero qué ha sido el 'efecto Colunga' exactamente? O qué es, si es que podemos recuperarlo. Más allá de cualquier análisis futbolístico, el efecto ha sido básicamente una racha increíble de resultados, casi sin precedentes, una serie de victorias cimentadas, en principio, en la solidez defensiva y en la eficacia arriba. Los resultados mandan, el equipo mejoró y fue mejor y por eso ganó, ¿no? ¿O ganó y por eso fue mejor? ¿Ha existido un 'efecto Colunga' o en realidad sólo hablaban del 'efecto resultados'? ¿Los resultados fueron fruto de Colunga o Colunga fue efecto de los resultados? Recuerdo a bote pronto al menos tres partidos (nueve puntazos) en los que el Murcia ganó al Betis B (con un golazo de Flakus en la única llegada después de que el filial nos empatara a pesar de jugar con diez), al Cartagena (que fue mejor desde el minuto 30 y las tuvo bastante claras) y al Alcorcón (que falló con 0-0 una serie de manos a mano impresionante, como pocas veces se ha visto) en los que el Murcia mereció mucho menos que el pasado domingo. También recuerdo, por cierto, varios partidos del primer Etxeberría en los que ocurrió lo contrario: fallar de todo nosotros y que el rival siempre metiera la suya. Como contra el Algeciras. Un partido en el que Flakus falló a puerta vacía con 0-0, el rival metió la primera y luego su portero se dedicó a pararlo todo, una detrás de otra, muy claras. El verbo merecer y el fútbol. Elegir la complejidad de un deporte que se mea en la democracia y en el que puede ganar el que llega una vez. O elegir la sencillez de que manden los números y se cierre el debate. El Algeciras fue mejor que el Murcia y el Murcia fue mejor que el Alcorcón: el deporte es justo, la vida debe tener cierta justicia. ¿Cómo va a ganar el peor? Ni que estuviéramos locos.
La hipótesis de la humildad Entonces, Oliva, ¿qué pijo me quieres decir? ¿Que no hubo efecto Colunga? ¿Que todo es una farsa y el fútbol no tiene ninguna lógica y la vida es puro azar o, como mucho, fortuna? No, pero sí. O un poco sí, pero no, no, qué va. El fútbol tiene una lógica, pero no siempre. La tiene, y sobre todo a largo plazo. Pero un partido de fútbol no entiende de lógica ni de justicia. Y claro que existió el 'efecto Colunga', al margen de los resultados, o eso creo. Claro que está realizando un trabajo formidable, en el que habría que confiar desde ya para la próxima temporada. Pero para explicar lo que parece inexplicable (el efecto), tengo una hipótesis, quizá totalmente infundada. La hipótesis de la humildad. Ahí va: creo que Colunga entró al vestuario el primer día y dijo algo tipo “señores, cagüendios, ustedes son de los mejores futbolistas del grupo, pero no tienen que creérselo: ustedes van últimos”. Creo que dijo algo así, más o menos, quizá sin llegar a decirlo; creo que tocó esa fibra, la de rebajar ese aire de grandeza, tan dañino, con el que arranca el Murcia cada temporada en tercera o en cuarta, ese aire por el que se fichó a un entrenador como Etxeberría, a pesar de no conocer la categoría, ese por el que se ficha una y otra vez a jugadores en el centro del campo para jugar a algo a lo que es difícil jugar en Primera Federación. Ya sabes: eso de que hay que aplastar y arrasar; eso de que somos el Madrid de Segunda, y de Tercera, y de Cuarta; eso de que hay que ganar todos los partidos, y por goleada, y hay que ser primero y casi subir a Primera ya, sin pasar por Segunda. Creo que Colunga tocó bien esa tecla: la de bajar al barro. Y así ganamos por fin en intensidad, y corrimos como el rival, y los jugadores dejaron de creerse mejores que los demás, aunque lo sean, y sólo entonces, mirando al rival con humildad, pudimos empezar a ganar. Saliendo a por el partido, pero con un punto de prudencia, metiendo casi siempre la primera (lo que ayuda mucho), defendiendo como jabatos el resultado, desde el primero al último, aunque fuera encerrándonos. Creo que en algo así consistió básicamente el 'efecto Colunga', y también creo que en un momento dado el 'efecto Colunga', al meternos en playoff, nos ha llevado al punto de partida: a olvidar que no somos mejores que nadie. El domingo nos creímos mejores que el Algeciras, quizá porque lo somos, aunque tengamos a los dos centrales titulares lesionados, y volvimos a ir sin mucha cabeza a por el partido, a olvidarnos de guardar ese 0-0, a presionar arriba, a pesar de las limitaciones que tiene el equipo sin balón, para dejar ese espacio por el que reza todo rival de Primera Federación, una categoría donde la Teoría de los Merecimientos se da un festín cada fin de semana. Creo que el 'efecto Colunga' fue algo de eso, en definitiva; pero por eso mismo creo que podemos recuperarlo en cualquier momento, en Teruel, sin ir más lejos. Que podemos volver a ganar partidos, que podemos volver a merecer ganarlos. Sí, sí, ese verbo que, como dice Valero, sí tiene cabida en el mundo fútbol; ese verbo que hace grande al fútbol y lo convierte en el único deporte en el que, a veces, no gana el mejor, sino que sólo es mejor porque gana. El fútbol, ese deporte tan injusto que suele parecerse más a la vida que al baloncesto, al waterpolo o al tenis. Y que, tal vez por eso, termina doliéndonos tanto en la larga noche de un domingo cualquiera de invierno.
Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Óscar Gil (Antonio David, 79’), Jorge Sánchez, Jorge Mier (Sylla, 57’); Sekou (Juan Carlos Real, 46’), Isi Gómez; Víctor Narro, Ekain (Palmberg, 57’), Pedro Benito (Jorquera, 64’); y Flakus.




