Viva Cartagena

 

Father, Father, Father, help us
Send some guidance from above
Cause people got me, got me questioning
Where is the love?
Where is the love, the love, the love?
 (The Black Eyed Peas, 2003)

Oliva B (@beandtuit)

Sé que hay algún exoplaneta que estamos valorando ir a colonizar, confiesa la voz intensa y serena de Antonio García, de Arde Bogotá, en uno de sus temas más salvajemente emotivos, y me temo que, a este paso, no nos va a quedar otra que empezar a planteárnoslo seriamente. Un planetica lejano en el que no haya tanto odio, el sentimiento de moda del mundo actual. Siempre ha sido un clásico de la historia de la humanidad, todo hay que decirlo, pero es en estos tiempos cuando el odio se mueve de maravilla, comodísimo, ahora que el insulto recorre miles de kilómetros en un segundo. El que se cagaba en los muertos de Fernando VII en 1822 se quedaba bien a gusto, pero lo normal es que, como mucho, de eso se enterara algún vecino. Ahora todo es distinto, en la vorágine de esta sociedad acelerada e hiperconectada que no se detiene jamás, que reacciona de inmediato a todo y que ha perdido la paciencia, la calma. Escribe el periodista y trabajador humanitario Miguel Ángel Rodríguez en X, red del odio por excelencia, que el odio es una droga que engancha y mucho, y que “su principal atracción es la simpleza, porque huye de cualquier argumentación y complejidad”. Es simpleza absoluta, dice Rodríguez: apuntas al culpable de todos tus males y lo deshumanizas. El odio es simple y ligero, y por eso fluye como nada en este tiempo. Qué pesadilla, qué ganas de apagar todo y de buscar algún sitio silencioso y aislado. Qué difícil se hace decir cualquier cosa, por muy prudente que sea, por mucho que se diga con el corazón, a la que no se le pueda dar la vuelta para generar odio. Estas palabras, sin ir más lejos, casi seguro que ofenderán, tanto en Murcia como en Cartagena, sería lo normal. Imagino que además es imposible atacar al odio sin cierta dosis de odio. Juegan con la lógica de que sólo hay dos bandos, y en cuanto no te ven de su parte te sitúan en el otro. En ese otro al que hay que odiar. Así que no nos va a quedar otra, como propone Arde Bogotá, que empezar a plantearnos seriamente escapar de aquí. Al exoplaneta 571-/9A o, yo qué sé, tal vez pueda valer alguna finca olvidada entre Aledo y Zarzadilla de Totana. En el vacío no hay maldad.

Menos de 50 kilómetros separan Cartagena y Murcia, con una pequeña montañica por en medio, que tampoco puede ser excusa: dicen que los pueblos situados en distintos valles y separados por altas cimas siempre han tenido buena relación. Más allá del Puerto de la Cadena, una gran planicie nos une, un territorio en el que pasas de Cartagena a Murcia sin ser consciente; unos pueblos que son campo de Murcia o de Cartagena casi de manera despreocupada y que así lo viven. ¿En qué momento se empieza a odiar al otro? ¿En qué punto kilométrico o vital? ¿De verdad somos tan diferentes? Miremos el fútbol, por ejemplo, a las aficiones de uno y otro equipo. En ambas la misma crítica feroz, el mismo runrún penoso, ese rajar continuo de todo y de todos en cuanto llegan las derrotas, si no antes. No hay apenas diferencias. Cómo va a haberlas en 50 kilómetros. Insulto arriba, insulto abajo, un mismo ambiente que en cuanto no se gana nos sitúa más cerca del odio que del amor, fruto de una extraña prepotencia que nos hace incapaces de identificarnos con el derrotado, aunque el derrotado seas tú. Pasa también en Alicante y en Elche; y en Lorca y en Almería y hasta en Granada, claro, porque no somos tan diferentes. Cómo vamos a serlo. La única diferencia es que el Murcia ha aguantado increíblemente vivo, y que además, por tamaño y aciertos deportivos puntuales, ha alcanzado la Primera División varias veces, donde ha sido siempre un equipo mediocre; no ha sido nada. Al final somos equipos que nunca hemos sido nada con aficiones que lo exigen todo. Prácticamente lo mismo, claro: estamos a menos de 50 kilómetros. Dos equipos, dos tierras, con una capacidad para autodestruirse brutal, tal vez más preocupados siempre por odiar que por querer y defender lo suyo.

Leo en la web de Radio Murcia que un profesor de instituto de la Región ha sido detenido por la Policía Nacional como presunto autor de amenazas contra la ministra de Sanidad. El zagal, de 50 tacos, llamó un par de veces e insultó a Mónica García y a otros miembros de su partido, con alguna alusión sexual vejatoria y una amenaza de cortarle el cuello a la ministra. (Un profesor de instituto de 50 años, ojo. No hay dato más importante en la noticia). Leo por otro lado que una abogada ha escrito un artículo sobre el desahucio de esa señora de 87 años en el que proclama, con orgullo, que no le importa, ni el desahucio ni lo que opine la gente de ella por reconocerlo. “Sólo les diré una cosa: bien desahuciada está”. Eso escribe, una abogada, que también debe de estar por los 50 y alguno. No son críos nacidos en esta sociedad acelerada e hiperconectada, no. Hijosdeputa sin escrúpulos ha habido siempre, pero ahora han decidido proclamarlo con orgullo. Algo pasa.

Recuerdo que Martín no odiaba al Cartagena cuando empezó a gustarle el fútbol, al contrario. Se alegraba de sus victorias, de que estuviera arriba en Segunda. Era un equipo de la tierra, pijo, o eso escuchaba. Un equipo cercano. Deberíamos ir a algún partido, papá, y esas cosas. Quería que subiera. Vivía en ese exoplaneta de la infancia del que tarde o temprano todos salimos. Lo hablaba con su abuelo, que lo miraba en silencio desde el planeta Tierra. Mi padre siempre ha querido a Cartagena, tiene vínculos de todo tipo allí, forma parte de su tierra en el sentido más tierno/abierto de la palabra. Pero pertenece a esa generación marcada por Montilivi, por aquel día en el que el mejor Cartagena de la historia se dejó ganar para que el Murcia bajara (aunque el Murcia hubiera bajado igual, pero ese es un dato totalmente improcedente en el debate). Aquello avivó un sentimiento que hasta entonces apenas tenía. Desde la Tierra el abuelo miraba al nieto en silencio, celebrando cada derrota del Cartagena, en una extraña pelea intergeneracional que yo observaba en la distancia. Después, Martín fue creciendo, leyendo, escuchando, aprendiendo de ese odio, en esa inevitable pérdida de la inocencia que a todo preadolescente le llega. Pero entonces conoció a Alberto, un vecino de la playa, un chaval encantador que no llegará a los 40, cartagenero de pura cepa, con pareja ciezana y que trabaja en Murcia; una mezcla de lugares de lo más normal en esta tierra. Un tipo extraordinario, deportista, con el que enseguida conectó; una conexión especial entre un murcianista radical y un hincha incondicional del Efesé y el Jimbee. Empezaron hablando de Juan Carlos Real, de Boateng, de Larrea, y ahora hablan de todo, juegan partidos de tenis y se mandan whatsapp durante cada jornada, en un pique divertido y sano. Creo que Martín ha tenido la suerte de conocer a Alberto y que jamás va a odiar al Cartagena.

Cartagena, julio de 2025. Salta Arde Bogotá al parque de la Cuesta del Batel y un rugido brutal recorre toda la ciudad. Una ciudad espectacular, que lo tiene absolutamente todo para llenarse de orgullo y amor, y que incomprensiblemente ha preferido cargar buena parte de su identidad de un populismo victimista cimentado en el odio al otro. Sin embargo, en cada tema que suena de la banda cartagenera, no hay nada de eso. “Si te quiero más, me arruinarás”, canta Antonio en  ese impresionante Virtud y castigo, antes de que la ciudad entera coree el woh-oh-oh-oh-oh-oh con el que se cierra la canción. Si te quiero más, me arruinarás. Y pienso que es así, justo así, como deberíamos querer. Y que tal vez estemos a tiempo de no tener que escapar a ningún exoplaneta.

Cuenta Ryszard Kapuściński en sus Viajes con Heródoto cómo el padre de la historia se preguntaba, ya hace 25 siglos, por qué el mundo está dividido, siempre sumido en tensión, conflicto y guerra. “¿Por qué los hombres no paran de enzarzarse en guerras?¿Qué razones los guían? ¿Qué piensan? ¿Qué objetivo persiguen?”. Y lo que más sorprende al periodista polaco es que al historiador griego no le gustan las respuestas fáciles de su época, ni eso de culpar al otro, como siempre se ha hecho, en su época y en todas. Heródoto investiga sobre quién fue el primero en cometer la injuria, sobre quién empieza a liarla, para entendernos, pero, sobre todo, concluye que la clave está en que siempre opera la ley del desquite, de la venganza, del ojo por ojo. Funciona como el más sagrado de los deberes, como un fatalismo irreversible e inevitable. Si a ti te tocan los huevos, tú tienes que tocárselos al otro. Y así desde hace siglos. Yo he celebrado toda la vida derrotas del Cartagena, claro, antes y después de Montilivi. Cuesta no hacerlo después de estar 90 minutos recibiendo escupitajos. Cuesta no hacerlo al ver cómo se comporta esa afición dañina, que tanto se parece a la nuestra, que ha criticado incluso a Juan Ignacio o Carrión, esa afición ultra rancia con la que no empatizo nada; cuesta no hacerlo cuando un murciano antimurcianista presidía al Cartagena y lo hacía agitando el odio contra Murcia y el Murcia. Pero hace un tiempo ya que he intentado frenar, no hacer caso a los insultos de la masa aborregada, ni al odio en redes, y centrarme en esos hinchas silenciosos que quieren a este Cartagena como yo quiero al Murcia, que lo han defendido de cualquier ataque o intento de volver a matar al equipo del que se enamoraron de pequeños. Hay muchos de esos hinchas, tantos y tantos Albertos, pero por desgracia el amor no es tan simple como el odio. Una generación entera que ha crecido con este Cartagena y lucha para que sea el Cartagena de sus hijos y de sus nietos. Y les deseo de corazón toda la suerte del mundo. Jamás será un enemigo (los enemigos los tenemos mucho más cerca), sino un rival digno.

Alicante, julio de 2026. 15.000 personas disfrutan de un concierto memorable de Viva Suecia bajo un calor al límite de lo insoportable. En mitad del espectáculo, Rafa Val interrumpe y dice que hay una petición especial de alguien que está entre el público. Y entonces el bajista Jess Fabric tira de cachondeo y cuenta que les han pedido tocar su tema favorito, La Salvación, en un guiño a esa relación tan especial que tienen con Arde Bogotá, dos grupos de la Región triunfadores en el panorama nacional. Y en ese momento Viva Suecia se pone a cantar, a capela con el público, el temazo de Arde Bogotá, y pienso entonces que así, justo así, debería ser la relación entre Murcia y Cartagena: una rivalidad sana, una complicidad amistosa. Una pique divertido, un juego que no deje lugar al odio. Un derbi así en esta tierra maravillosa e infernal, un derbi lleno de cerveza y buen rollo. Qué estúpidos somos por no vivirlo así. Qué derbi sería ese. Qué arriba podríamos estar los dos si quisiéramos más lo nuestro. Y no sólo hablo de fútbol ahora. El odio resta en todos los sentidos. Con eso también juegan todo los que irresponsablemente calientan el derbi, y tantos y tantos políticos que prefieren la simpleza de enfrentar territorios antes que resolver los problemas de la gente necesitada que hay en uno y otro lado.

Ella es una chica de ojos oscuros y pelo rizado que publica en Instagram sus fotos con la camiseta del Cartagena; él es su compañero de Derecho, un murciano murcianista de San Antolín, tímido con el corazón valiente, que no va a tardar en enamorarse de ella. Él es un maestro murciano que da clases en Torre Pacheco con la bufanda del Murcia en el coche; ella, la que no puede dejar de mirarlo, es la nueva de Inglés, cartagenerista hasta la médula desde que vivió de niña aquel 1-4 en Nueva Condomina. Hay también una chica de allí que se enamorará de una chica de aquí, y un maestro de aquí que mirará a uno de allí, porque el amor va precisamente de eso, de no tener barreras, de ser absoluto e incondicional, de derribar cualquier muro. Es tan normal tener abuelos en un lado y en otro del Puerto de la Cadena, y un primo que se casó con una de allí, y ese que dice que toda su familia era de Cartagena y ahora es más de El Palmar que Alcaraz, o aquel otro que recuerda con cariño a su abuelo Diego, que era de la huerta. Es tan absurdo llegar a Cartagena y que te escupan; es tan ridículo que lleguen aquí y sean insultados. Me imagino cómo empezó el proceso y cómo va creciendo y cómo no dejará de crecer. Su principal atracción es la simpleza, dice Rodríguez. Entre el cachondeo, entre las cosas serias y las no tan serias, que si no bebo Estrella de Levante, que si no voy para allá, que si contaminación, que si huele mal, que si la marinera. Entre las risas y la simpleza. Es tan fácil enseñar a odiar, es tan contagioso, tan cómodo. En menos de 50 kilómetros.

Dice Carolina Durante en Elige tu propia aventura: “Imagina ser lo que odias / es mi nuevo juego favorito”. Y creo que es algo muy frecuente, algo que está detrás también de las razones del odio. El tipo del Barça que odia al tipo del Madrid y el tipo del Madrid que odia al tipo del Barça son exactamente iguales.

Ojalá fuera una rivalidad sana, un pique intenso, una complicidad amistosa; ojalá camináramos algún día por esa senda. Ojalá el odio se convierta algún día en rivalidad. Un derbi así en esta tierra maravillosa e infernal, un derbi lleno de cerveza y buen rollo. Sin insultos, sin burradas, un derbi al que pudieran ir los niños. Veo con envidia ese hermanamiento entre otras aficiones y siento que algo así tal vez sea posible algún día. Que no hay que escapar a ningún exoplaneta, sino empezar por uno mismo y darnos la oportunidad. Es el momento de dar un paso atrás, de mirarnos a la cara. De mirar de otra manera. De bailar con el otro, de sentir que no son otros. De buscar un lugar donde poder encontrarnos. Es un camino durísimo, parece ahora una locura siquiera iniciarlo. Pero yo veo una explanada llena de gente y de cerveza. Unos van de rojo, otros de blanquinegro y los veo bastante mezclados. Elige tu propia aventura, canta Carolina Durante. ¿Por qué no elegir esa? Veo una rivalidad sana, veo piques, pero sobre todo veo que cada uno quiere a su equipo a muerte. A veces querer así es lo que resulta más difícil. Nadie sabe quién va a ganar, porque en el fondo siempre será lo de menos. Yo lo veo, joder, lo estoy viendo. Es una explanada enorme llena de blanco, de negro y de rojo. De dos amores y ningún odio. Lo estoy viendo, no puedo dejar de verlo. Está ahí, en Cartagena o en los aledaños de Nueva Condomina, no es el exoplaneta 571-/9A o una finca olvidada entre Aledo y Zarzadilla de Totana. Suenan Arde Bogotá y Viva Suecia, claro, pero sobre todo se escucha Viva Murcia y Viva Cartagena. Y veo allí a Martín con Alberto, veo allí a Kapuściński tomándose por fin un tanque de Estrella con Heródoto, veo allí a la chica de ojos oscuros y pelo rizado de la mano del murcianista de San Antolín.

¿Vosotros también lo veis?

Inesperado pionono granadino


LM Valero

Real Murcia, 2; Europa, 1

Remontando en el descuento, el Murcia desmintió el mecanismo de funcionamiento de Nueva Condomina, del fútbol y hasta del mundo. Igual que el dueño de la magnífica cafetería Polo de Limón de la calle Virgen de la Soledad de Murcia había desmentido unas horas antes el mecanismo elemental de los negocios poniéndome, sin que se lo pidiera, un pionono supuestamente granadino junto al café. El dueño me invitó, el tío, sin haber hecho yo nada para merecerlo. Y aquello, por pequeño que fuera, iba a contracorriente. Tampoco se esperaba. Lo normal en un negocio es que alguien pida una cosa, se la pongan y la pague. Lo normal cuando el Murcia empieza perdiendo en casa, es que todo siga igual y efectivamente pierda. Pero el dueño de Polo de Limón me invitó increíblemente a un pionono que trajo de una pastelería de Cúllar (Granada) que es de su familia, o algo así, porque no me enteré bien, y el Murcia no sólo empató en el 90, sino que marcó también en el 97, y remontó. Ninguna de las dos cosas eran lo que se esperaba. Por eso fueron tan buenas.

Uno se adapta a los mecanismos de funcionamiento del mundo, que suelen ser feos y efectivos, como un camión subiendo una cuesta. Por ejemplo, uno aprende a reconocer el momento en que un partido ya está perdido aunque todavía no haya terminado. Hay una edad en la que casi todo consiste en eso: en ir averiguando las reglas no escritas de las cosas y procurando que duelan cada vez menos. En el fútbol, el tiempo se acaba, el contrario pierde unos segundos más en cada saque de banda y el marcador termina confirmando lo que ya sabíamos. Fuera del fútbol sucede algo parecido. 

Nos protegemos de todo eso aprendiendo a esperar poco. No es pesimismo: es experiencia. Si el Murcia va perdiendo en casa y el reloj avanza, uno calcula la derrota. Si entra en una cafetería, pide un café y junto al café aparece un pionono, calcula también que el pionono acabará en la cuenta. Las cosas cuestan dinero. Los minutos se terminan. Los partidos que van 0-1 en Murcia suelen acabar 0-1. Lo dijo Alberto tras el partido: "Otros años no habríamos remontado". El mundo y sus mecanismos suele cumplir sus amenazas. Hasta él lo ha aprendido.

Pero a veces, el pionono no aparece en la cuenta. Y el 0-1 se remonta, a veces. Son excepciones pequeñas, casi ridículas, pero quizá por eso importan. 

Real Murcia: Dani Jiménez; Héctor Pérez (Javi Mier, 46'), Alberto González, Cristo Romero, Jorge Mier (Víctor Olmedo, 62'); Óscar Gil, Palmberg (Álvaro Giménez, 46'), Chema Núñez (Álvaro Bustos, 67'); Joel Jorquera, Javi Moreno y Flakus (Alejandro Meca, 79').

Goles: 0-1. Min. 45+1: Víctor Morales. 1-1. Min. 90: Javi Mier. 2-1. Min. 90+10: Víctor Olmedo, de penalti.

Golpeados por gente por la que no llora nadie


Luis María Valero

Atlético B, 4; Real Murcia 0

Nos pasaron por encima y casi no llegamos ni a verlos pasar. Se les veía venir desde lejos y luego ya no se les veía, porque habían pasado. Nosotros seguíamos allí, pero cada vez más pesados, con las piernas endurecidas y el cuerpo medio acalambrado. Ellos no. Ellos parecían hechos de una cosa más ligera. Así se nos fue poniendo la tarde desde muy pronto, desde tan pronto que casi no nos dio tiempo a saber dónde estábamos.

Lo que pasa es que tampoco es tan fácil saber dónde está uno cuando juega contra un filial. Los filiales son de sitios que no terminan de ser sitios. Juegan por ahí, en algún extrarradio que ni siquiera es necesariamente el extrarradio de la ciudad a la que pertenecen, con unas casas al fondo y una carretera que lleva a ninguna parte. Dicen que el Atlético B juega en Alcalá de Henares, por ejemplo. Da igual. Mañana podría irse a otra parte y el paisaje no tardaría ni cinco minutos en olvidarse de que alguna vez estuvo allí. Quedaría el campo, supongo. Las casas seguirían al fondo. La carretera seguiría sin llevar a ninguna parte. Y nadie sabría decir qué faltaba exactamente.

Los filiales están desarraigados, geográfica y sentimentalmente. Por los filiales no llora nadie. Y eso debe volverlos duros, porque esos muchachos saben que no hay gente que vuelva feliz a casa porque hayan ganado ni gente que se lleve una derrota hasta la cama y siga pensando en ella cuando apague la luz. Nadie pasa una mala semana por su culpa. Nadie espera siete días para volver a ser feliz. Esa falta de cariño les vuelve despiadados, efectivamente, pero sobre todo les vuelve ligeros. No cargan con la pena de nadie. Tampoco con su esperanza. No llevan muertos ni recuerdos ni derrotas antiguas detrás. Así que corren como quien no lleva nada a cuestas.

Pero una cosa es que los filiales sean ligeros y otra que nosotros les ayudemos tanto a parecerlo. La superioridad física del Atlético fue lo suficientemente grande como para dejar algunas preguntas dando vueltas. La primera es si Óscar Gil puede ser de verdad el mediocentro defensivo de este equipo. Sus carencias físicas están ahí y le toca vivir en una zona por la que en el fútbol de ahora ya sólo pasan aviones. Tampoco dejó buenas sensaciones Rojas. Aunque, por encima de los nombres, quedó la impresión de que en mitad del campo se nos había abierto un boquete y nadie sabía muy bien con qué taparlo. Esa gente por la que no llora nadie nos pegó un buen meneo, en resumen.

Ahora habrá que esperar a que baje un poco la marea para saber qué se llevó y qué dejó. A lo mejor no se llevó nada. A lo mejor mañana está todo donde estaba y esto no fue más que una tarde mala. Pero en ese no-lugar de Alcalá, mirando aquello, costaba distinguir qué cosas seguían en su sitio.


Real Murcia: Dani Jiménez; Jorge Mier (Víctor Olmedo, 53'), Cristo Romero, Héctor Pérez, Joan Rojas; Javi Mier (Chema Núñez, 46'), Álvaro Bustos (Sergio Moyita, 46'), Óscar Gil (Alonso Yoldi, 74'), Javi Moreno (Usseyn Diao, 62'), Joel Jorquera; David Flakus.

Goles: Cambiemos de tema.

Dicen que somos líderes. Será verdad

Joel Jorquera, de regreso a casa tras su partidazo, transportado por un ave mágica
*En la imagen, Joel Jorquera de regreso a casa tras su partidazo, en un ave mágica contratada por el Horno de Belluga


Luis María Valero

Real Murcia, 4; Teruel, 0

Dicen que somos líderes. Será verdad. Y no es que importe mucho después de dos jornadas, pero siempre será mejor estar arriba que abajo. Estos días se puede mirar la clasificación todo lo que uno quiera, dado que no está prohibido. Allá arribota está el Murcia. Uno vuelve al rato a mirarla y el Murcia sigue allí. Y vuelve poco tiempo después sólo por comprobar que allí seguimos, como se miran esas cosas que uno teme que desaparezcan si aparta los ojos. El Murcia va a estar toda la semana ahí arriba, parece. No significa mucho, pero desde luego no significa poco. 

Al Murcia no lo ha empujado hasta aquí una pelota que cayó de algún sitio ni uno de esos partidos que se ganan sin saber muy bien cómo. Somos líderes después de haber visto cosas que aquí llevaban tiempo sin verse. Somos líderes después de jugar muy bien al fútbol. Jugadores que se encuentran. Espacios que aparecen. Una idea de juego ofensivo estructurada, ambiciosa, moderna. La pelota que va y vuelve y casi siempre encuentra a alguien esperándola. Y Jorquera por todas partes, como si hubiera varios, primero aquí y luego allá, metido siempre donde estaba ocurriendo algo. Qué generoso eres, Joel. Das la impresión de que te vas repartiendo por el campo, dejando un poco de ti en cada sitio, y cuando uno cree que ya no puede quedarte nada, vuelves a aparecer más lejos, entero otra vez.

Durante mucho tiempo creímos que en Nueva Condomina no se podía jugar bien al fútbol. No era culpa de nadie. Sería la tierra o sería el aire o alguna cosa que quedó enterrada debajo del estadio cuando lo hicieron. Los partidos llegaban aquí y se cerraban. Se quedaban duros. Había que empujarlos durante noventa minutos para moverlos unos metros y a veces ni así.  Uno acabó pensando que aquello era lo normal. Que el fútbol en ese lugar es así. La pelota iba de un lado para otro, pero no encontraba por dónde seguir. Había campo de sobra y, sin embargo, faltaba sitio. Las porterías estaban donde siempre, eso se veía, pero algunas tardes quedaban tan lejos que parecía que las habían puesto allí para otra gente.

Ahora parece distinto. El campo sigue siendo el mismo, las porterías siguen allá donde estaban y debajo de la tierra debe de seguir enterrada aquella cosa que durante tantos años lo maldijo todo. Pero algo se ha movido. Donde antes había pared ahora aparecen caminos. Donde antes el campo se hacía pequeño, ahora se alarga hacia sitios que no conocíamos. Estamos ante un Murcia dinámico, que se desparrama y luego vuelve a juntarse. Pero es sólo lo que se intuye. Queda mucha tierra todavía. Todos esos domingos a lo lejos, uno detrás de otro, con sus cosas todavía sin suceder. Ya vendrán. Nosotros apenas hemos empezado a andar y es pronto para saber hacia dónde lleva todo esto. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo parece que el camino sigue después de donde alcanza la vista. Por lo demás, no sé si habéis escuchado los rumores. Dicen que somos líderes. Será verdad.


Real Murcia: Dani Jiménez, Jorge Mier, Cristo Romero (Mounir, 71'), Héctor Pérez, Joan Rojas; Javi Mier (Palmberg, 60'), Álvaro Bustos (Chema Núñez, 60'), Óscar Gil (Moyita, 71'), Javi Moreno, Joel Jorquera, Flakus (Álvaro Giménez, 77').

Goles: 1-0 (Jorquera, 17'), 2-0 (Javi Moreno, 52'), 3-0 (Cristo Romero, 69') 4-0 (Joel Jorquera, 87').

Antes subir que vivir


Luis María Valero


Hércules, 1; Real Murcia, 2

El tiempo ha dejado pasar sus años, y el Murcia lleva doce queriendo subir a Segunda.

Doce años son muchos. Uno cree que está esperando y resulta que está envejeciendo. En doce años da tiempo a que un niño se haga hombre. Da tiempo a que un hombre se haga viejo. Y da tiempo a que un viejo se haga niño. Se supone que cada año ha sido un intento suelto de ascenso, pero ahora todos esos intentos se han ido amontonando hasta parecer uno solo y gris. Los años puestos unos encima de otros. Los entrenadores, los goles, las derrotas, todo mezclado y revuelto. 

Ya no recordamos gran cosa. Sólo recordamos que queremos subir. Subir es la razón de ser de este club, lo que lo mantiene vivo y lo que lo ha tenido siempre desquiciado, también. Para el Murcia, subir ha sido siempre tan urgente que nunca pudo preocuparse de vivir. Nunca pudo concentrarse en sentar las bases, en tener un estilo, una paz, una manera propia de hacer las cosas. No había tiempo para eso. Había que subir.

El Murcia quiso subir cuando estaba bien y quiso subir cuando estaba medio muerto. Hubo temporadas en que apenas podía sostenerse en pie y aun así quería subir. Y es que quizás por eso sigue vivo el Murcia. Tiene tanta prisa por subir que ni siquiera ha encontrado tiempo para morirse.

Ahora todo ha empezado de nuevo como empiezan siempre estas cosas: creyendo que esta vez no será como las otras. Tenemos hombres pequeños de buen pie, que se juntan para atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar. Tenemos también algo importante: a Sergi Guilló, un entrenador apasionado y preparado, para el que el Murcia significa algo especial. Hay una cosa que me gusta mucho: Sergi es alguien con tanta prisa como este club, y quizá esas dos prisas juntas lleven al mismo sitio. 

Eso sí: flotan muchas preguntas en el aire, claro. ¿Es este equipo capaz de ser feliz defendiendo? No se sabe. ¿Somos capaces de que el partido muera con un 1-0 a favor y de protegerlo como quien protege lo único que tiene? Tampoco se sabe. ¿Qué va a ser de todos esos hombres pequeños a la hora de defender el balón parado contra hombres grandes? No se sabe. Muchas cosas no se saben, ni tienen por qué saberse. Ya lo terminaremos sabiendo todo con el paso de los meses. 

Ahora sólo es septiembre. Queda mucho todavía. Todo un año, como los otros. Y nosotros aquí, mirando hacia arriba. Esperando, o más bien envejeciendo. No se sabe nada, pero de momento huele a feria y hemos ganado en Alicante.


Real Murcia: Dani Jiménez, Jorge Mier, Cristo Romero, Héctor Pérez, Joan Rojas, Víctor Olmedo (Alberto González, 79'); Palmberg (Javi Mier, 63'), Óscar Gil, Javi Moreno (Álvaro Bustos 71'), Joel Jorquera (Chema Núñez, 79'), Flakus (Meca, 79').

Goles: 0-1, Hombre bajito de buen pie (49'). 0-2, Flakus (79'). 1-2, Uno de los otros con ayuda de uno de los nuestros (81').

Amistad

 

Oliva B (@beandtuit)
SD Tarazona, 1; Real Murcia, 0

1. El día 27 de junio de 1996 teníamos señalado en el calendario el último examen de primero de carrera, de modo que, automáticamente, ese día también teníamos, además, la última gran fiesta de primero de carrera, el último botelleo en el piso, la última compra en el súper de mucha cerveza y alguna botella de DYC, la última gran cita con la noche de Pamplona; la despedida, en definitiva, de un curso académico que, en mayor o menor medida, había cambiado la vida de todos nosotros para siempre. Las expectativas sobre esa noche, obviamente, eran altas, hasta el punto de que la última gran fiesta de primero de carrera había llegado a eclipsar casi por completo al último examen de primero de carrera. Unas expectativas analógicas, por cierto, en ese mundo previo a Internet del siglo pasado; unas expectativas que no aparecieron en ninguna pantalla digital, cimentadas en el boca a oreja, en la interacción social física, en susurros y gritos y hasta cánticos sobre ese 27 de junio, en abrazos, besos, empujones, nerviosismo, miradas, guiños y silencios. El 27 de junio la íbamos a liar. Había sido un año importante, el primero fuera de casa para la mayoría, un año duro para mí en el que dejaba atrás Murcia (y con el Murcia en Tercera) para empezar a 700 kilómetros una carrera que me atraía, pero que no terminaba de convencerme. El balance del último botelleo daría casi para otra crónica, si algún cronista pudiera recordar los detalles. Cuenta la leyenda que alguno no llegó casi ni a salir y otros apenas vieron noche, pero todo está difuminado entre otros cientos de noches y el olvido, 30 años después. En cambio, sí recuerdo nítidamente, casi como si fuera ayer, cómo terminó aquella noche, tal vez porque fue un final muy diferente, tal vez porque significó mucho más que otras. Mi noche estándar de aquellos años terminaba cuando cerraba el último bar de la calle del Cavas, sobre las 3 de la mañana, quizá al filo de las 4 si en la calle no hacía mucho frío y alguna charla se alargaba en el tiempo extra de los vasos de plástico y el remoloneo de la juventud que se resiste a que las cosas terminen. Pero aquel día tan especial, tal vez por las expectativas, tal vez por ser la última de ese curso que había cambiado mi vida, decidí prolongar la noche en la llamada por entonces discoteca Sector, que apenas pisé dos o tres veces en cuatro años, y en la que muy probablemente debuté aquella madrugada. Con tanta baja desde el principio de la etapa, y ante las dificultades que presentó la noche, sólo me acompañó allí mi amigo Marcos Ruiz, o seguramente fue más bien al contrario: yo lo acompañé a él, siempre jefe de filas en cualquier equipo que se forme. Marcos era y es un tipo único, reconocible desde el primer día, un chaval grandote de Tarazona que en clase, y fuera de clase, era capaz de relacionarse con todos, desde el que estaba a las puertas de ser cura hasta el más porrero, y no sólo no desentonar, sino que se sentía cómodo. Marcos tiene ese talento, esa empatía del que pregunta y cuenta con interés y cariño, esa cualidad tan necesaria en el buen periodismo y en la vida. No recuerdo tampoco mucho de Sector, la verdad, más bien nada; imagino que nos tomamos la última y poco más, que ya llegaríamos allí tarde y que las luces se encenderían pronto; que ya, por fin, irremediablemente, se acababa el día 27 de junio y la noche y el curso y había que volver a Murcia al día siguiente. Pero entonces Marcos, que todo aquel que lo conoce sabe que ante todo es un tipo que siempre hace mejor la vida de los demás, me agarró del pescuezo y me dijo “Oliva, en mi casa tengo cerveza y unas pechugas”. No hacía falta más para conquistarme. Todo era fácil: Marcos vivía muy cerca de Sector, su casa me pillaba de paso a Pedro I y, qué diablos, yo no quería terminar aquel curso, que era con mucha diferencia el mejor de mi vida. De modo que en tres minutos estaba sentado en una cocina de la calle Esquíroz, con un litro de cerveza y viendo a mi amigo pelar un par de patatas mientras freía unas pechugas, quizá con muslo y contramuslo, ahora que lo pienso, con esa grandeza de cuerpo y alma de Marcos que llena cualquier espacio cerrado en el que se encuentre. No recuerdo bien de qué hablamos, claro. Imagino que de todo un poco, que hicimos un balance del curso. Que hablamos de la carrera, de los suspensos, de chicas, más que de cualquier otra cosa, del verano, de quién llegaría a ser una estrella de radio o un gran redactor, de quién triunfaría, de los sueños de grandeza y de los sueños más pequeños. De los sueños de los 20 años y de qué iba a ser de nuestras vidas. Entonces no teníamos ni idea de que luego es la vida la que te va llevando entre empujones y claroscuros, que sólo podemos sobrellevarla lo mejor posible, que hay decisiones triviales que resultan siendo trascendentes, y que por suerte también a veces las decisiones trascendentes terminan siendo triviales. No teníamos ni idea de que lo más importante de aquellos años no fueron los estudios, ni esos sueños, ni ningún triunfo posterior, sino vivir y sentirse vivo, y sobre todo el haber construido una red invisible que está hecha de lealtad, de cariño, de confianza, de todo eso junto, pero a la vez de algo distinto, indestructible, que te acompaña cuando estás solo y que da algo de sentido a seguir adelante en los días más grises. Eso que algunos siguen llamando amistad. Eran las 8 y pico de la mañana de un espléndido 28 de junio ya, cuando salí de aquel edificio de la calle Esquíroz. Estaba feliz, radiante, a pesar de que el curso terminaba, pero la verdad es que no recuerdo bien si porque empezaba a intuir esa red invisible de amigos que hemos tejido para siempre o porque ese tipo de Tarazona, con sus 19 años recién cumplidos, se defendía de maravilla en la cocina.


2. “Si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona”, te decía de vez en cuando estos últimos años, con un tono cercano a la consigna sagrada, a lo ineludible, a las cuestiones básicas que un padre debe decir a un hijo. Hace 30 años, cuando conocí a Marcos, no estábamos tan lejos: el Murcia estaba en aquella Tercera regional, pero la SD Tarazona era equipo de Regional Preferente de Aragón, y con el resurgir del Murcia y la división territorial siempre ha parecido un enfrentamiento muy improbable. Tarazona, ciudad histórica, no alcanza los 11.000 habitantes, sin apenas opciones de jugar en categoría nacional. Pero esto es fútbol y, con mucho trabajo y buena gestión, el club alcanzó la Segunda B en 2020 y la Primera Federación en 2023. Así fue como ese “si el Murcia juega en Tarazona alguna vez, tenemos que ir a Tarazona” pasó de ser un milagro a la condición de OJO. Entonces, el verano pasado, la RFEF lo hizo posible, con ese grupo que partía España en diagonal. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. Y el Murcia por fin iba a jugar en Tarazona el 11 de octubre de 2025, sábado, a media tarde. Ir a Tarazona parecía algo tan automático como esa última gran fiesta en Pamplona el día del último examen de primero de carrera. Pero no fue tan fácil, recuérdalo. Contra todo pronóstico, justo la semana anterior tuve mi primer -y tal vez único- viaje de trabajo de mi vida, del que regresaría ese viernes, en un vuelo que llegaba por la noche. La Aemet se sumó a la fiesta, advirtiendo de otra probable dana importante en toda la ruta valenciana hacia Aragón, y llenó el sábado por la mañana de alertas rojas y de recomendaciones de no coger el coche salvo imperiosa necesidad. Todo estaba en contra, pero ya sabes. “Si el Murcia juega en Tarazona, tenemos que ir a Tarazona”. En el ambiente flotaba esa pregunta que acompaña cada decisión vital. ¿Merece la pena? Sólo había que madrugar algo más, evitar Valencia e ir por la ruta del interior. Ojalá todo en la vida tuviera soluciones tan sencillas como cambiar de ruta para cruzar España. De modo que cogimos el coche y a mediodía, ya sabes, estaba tomando una cerveza con Marcos, y un par de horas más tarde estábamos los tres sentados en un lugar divino, con una carne espectacular, unos pimientos que Marcos devoraba con devoción y un buen señor hablándonos sin parar de partidos históricos del Zaragoza y de la selección en los que había estado. Había ambiente de fútbol en la ciudad, venía el Murcia. El breve camino al estadio municipal, el hermano de Marcos hablándome de todos los grandes que habían caído allí en esos años históricos en categoría de bronce, los aledaños, la tarde espléndida de octubre, el aroma a un fútbol que no debemos perder. Y luego el fortín turiasonense, la hinchada murcianista siempre presente, el padre de Marcos con la misma sonrisa de hace 30 años al conocerte, la ilusión de un pequeño pueblo que ha vivido unos años con los que nadie había soñado, la charla con Aniceto, el presidente del milagro del Tarazona. Y después una cerveza viendo el balonmano, una cena en uno de esos bares que parece que ya no existen, un paseo al fresco por un pueblo espectacular, que habré visitado seis o siete veces y en el que el Murcia, finalmente, había jugado. Y allí habíamos estado. El partido... El partido siempre es lo de menos, aunque eso es algo que uno sólo aprende con la edad. Y algunos ni siquiera así. Estuvimos a punto de empatar, acuérdate.


3. Aquel Tarazona sólido, que apenas encajó goles en su campo durante un año entero, se fue desmoronando poco a poco, entre impagos y deudas por no poder afrontar una categoría muy exigente para una población tan pequeña. Y, sin hacer un mal año, terminó faltándole uno o dos puntos para la salvación. Estaba claro que había que ir a Tarazona si el Murcia jugaba en Tarazona. Esta temporada ya no volverá allí y, si alguna vez vuelve, ya no jugará contar la SD Tarazona. Su presidente, ese fenómeno que ha conseguido algo increíble -hacer soñar a todo su pueblo- anunciaba entre lágrimas al final de temporada la necesidad de una cantidad de dinero inalcanzable para que el club pudiera sobrevivir. Había que ir a Tarazona y había que contarlo. Y espero que siempre recuerdes Tarazona, estoy casi seguro de ello. Ese madrugón ilusionado para ir a ver a tu equipo. Las calles de una ciudad histórica. Conocer a Marcos en su ambiente, conocer mejor a ese amigo que me hizo unas pechugas al amanecer en junio del 96. Ver al Murcia saltar a un campo al que probablemente no volverá. Todo eso es ser de un equipo de fútbol. Eso de ganar debe ser la hostia, y ojalá alguna vez llegue ese ansiado ascenso, pero sigo sin verlo tan trascendental. Ni los sueños de grandeza, ni ningún triunfo posterior. Lo importante es vivir y sentirse vivo, y seguir construyendo esas redes invisibles que dan algo de sentido a todo esto. Ser de un equipo de fútbol es, en el fondo, una forma de amistad. Y al día siguiente había que deshacer los 600 kilómetros, esta vez ya por Valencia, y esta vez sin prisas para llegar al destino. Y pasamos Zaragoza, Teruel, Sagunto y te dije que eligieras un sitio para comer, que te lo habías ganado, que no todo el mundo se hace 1.200 kilómetros en dos días para ver perder al Murcia en Tarazona. Y elegiste un Carl’s Jr a las afueras de Valencia, que de eso no hay en Murcia, y allí que fuimos. Y cuando empezamos a comer el pollo empanado con patatas fritas fue imposible no volver a acordarme de Marcos y de aquel 27 de junio del 96, y pensé en que tenía que escribir sobre eso para poder hablar de Tarazona, y en que tenía que contártelo; pensé entonces en el fútbol, en la amistad y en las redes invisibles que construimos y que nos acompañan siempre, pensé en todo eso y pensé sobre todo, mirando ese parking sin alma del centro comercial del extrarradio de Valencia, en esa pregunta que acompaña a toda decisión vital, en esa pregunta que sólo puede tener una respuesta. Claro que merece la pena.  


SD Tarazona: Madriles; Joan Sans, Marcos Ruiz, Xabi Pérez, Oliva; Ibiricu, Marañón, Víctor; Artur, Yayo, Bernácer. Más tarde entrarían Charly Ranedo y Rafa Cores, entre otros.

Confianza, desconfianza


Oliva B (@beandtuit)
Centre d'Esports Sabadell, 2; Real Murcia, 2

1. ¿Hay vida en otros planetas? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? En pleno año 2026, las grandes preguntas de finales del siglo XX siguen sin respuesta, sólo podemos elucubrar, discutir algo lúcido entre la cuarta y la sexta cerveza, intentar aplicar la lógica. El Universo es enorme, así que algo vivo tiene que haber en algún sitio. A falta de evidencias, intentamos construir un relato sensato, argumentar algo que tenga sentido. Nueve jugadores de la Región de Murcia han sido internacionales con la selección española, con un balance total de cero goles en 117 partidos (hay siete futbolistas que, ellos solos, han jugado más partidos que todos los murcianos que han existido desde 1920). De 866 internacionales con España, nueve nacieron en Murcia. Si le quitas a Camacho (81 partidos, y en realidad formado en Albacete), los murcianos suman 36 internacionalidades en los 779 partidos que ha jugado la selección en su historia (a una media de 13 jugadores por partido, salen más de 10.000 internacionalidades a repartir: sólo 36 las han ocupado murcianos; 117 contando a Camacho. 117 de 10.000, ojo). En este siglo, de los 323 partidos de España ha habido un murciano (y poco tiempo) en seis de ellos. ¿Juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? No hay ninguna evidencia, pero la respuesta lógica parece evidente: los chavales murcianos juegan muchísimo peor al fútbol que los vascos; en realidad, con esos números, parece que juegan peor al fútbol que los de cualquier otro sitio. Aunque quizá lo respuesta más certera sería plantearnos otra pregunta: ¿Por qué juegan mejor al fútbol los chavales vascos que los murcianos? O llevárnoslo al terreno de lo colectivo, donde los datos son casi más demoledores. ¿Por qué los equipos vascos (y del norte, en general) han sido infinitamente mejores que los murcianos? Las respuestas puede que no nos gusten, así que tal vez sea más sencillo preguntarnos finalmente si los androides sueñan con ovejas eléctricas.

2. Una anécdota que cuenta mi padre desde hace años. Primavera de 1980. Murcia era entonces un lugar pequeño y sencillo: los coches entraban (y aparcaban) en Santo Domingo, la gente iba andando al fútbol, los equipos rivales se alojaban en el Rincón de Pepe. Allí, en la antigua barra, coincidió mi padre una noche con Osasuna. Él había quedado con un amigo que estaba de paso y, a su lado, un grupo de futbolistas rojillos tomaban algo, probablemente unas cañas (el fútbol entonces también era un lugar pequeño y sencillo). Mi padre, como buen futbolero, pegó la oreja. Reconocía bien a Enrique Martín, ya un extremo popular entonces, pelico y cara inolvidable, que llevaba la voz cantante y elogiaba Murcia y su afición, el ambiente, la pasión de una ciudad futbolera. “Y tiene unos juveniles buenísimos, siempre los ha tenido. Pero no juegan”. En efecto, durante los 70 los juveniles del Murcia y de la selección murciana (selección panmurciana, que incluía Albacete y Alicante) lo ganaron todo. Aquellos chavales murcianos debían jugar al fútbol mejor que nadie. Pero apenas jugaban luego con asiduidad, salvo Vidaña y Campello (almeriense y alicantino, por cierto). El Murcia ya había ascendido esa noche, como campeón de Segunda, pero bajó al año siguiente, como casi siempre. Después de aquellas cañas en el Rincón de Pepe, Osasuna ganó 0-1 en La Condomina al día siguiente y ascendió. Apenas ha bajado en estos 45 años. Y eso es todo. Que los juveniles del Murcia eran buenísimos, pero por algún motivo no terminaban de jugar. Con el paso del tiempo sigue siendo una buena anécdota, pero creo que lo que cuenta no es nada anecdótico.

3. Confianza. Durante mi carrera universitaria en Pamplona, contra todo pronóstico, fui entrenador-jugador de mi equipo del Trofeo Rector durante los tres últimos cursos de carrera. Algún cable se me cruzaría para aceptar serlo, pero el caso es que me vi envuelto en un engorro que, finalmente, resultó ser una experiencia maravillosa. Fútbol y amigos. ¿Hay algo mejor a los 20 años? Intentaba siempre no tener que tomar muchas decisiones, tan sólo elegir el once y luego hacer los cambios procurando, por encima de todo, ganar el partido, claro, pero también que todo el mundo tuviera sus minutos. Funcionaba eso que se ha llamado luego ‘autogestión del vestuario’, incluido en lo de tirar penaltis. Pero si por cualquier cosa tenía que decidir yo quién lo tiraba, no tenía ninguna duda: Xabi Pérez. Ni la seguiría teniendo. Xabi no es mal futbolista, al contrario, tiene una zurda exquisita, buena técnica, buen disparo, polivalencia y perfecto dominio del juego, pero tal vez en el equipo había cuatro o cinco jugadores que, con argumentos puramente técnicos, chutarían mejor un penalti. ¿Por qué entonces Xabi, míster? Porque él estaba seguro de que ese penalti iba dentro y yo estaba seguro de que él estaba seguro de que ese penalti iba dentro. Era una cuestión de confianza. No sólo suya; no era sólo su absoluta seguridad de meterlo, sino en cómo la transmitía al resto del equipo. Así funciona la confianza: parece algo muy personal, pero sólo tiene efectos si es interpersonal, si la percibe el otro o la contagias a los tuyos. Xabi Pérez, obviamente, es de San Sebastián, muy de San Sebastián. Comienza la final de Copa del Rey de este año y me acuerdo de Xabi Pérez. En realidad, me acuerdo de Xabi siempre que juega la Real, y más cuando lanza un penalti Oyarzabal, zurdo xabiperecista por excelencia, pero donde el factor confianza pesa menos: es el mejor en eso; es el delantero titular de uno de las mejores selecciones del mundo. Pero me acuerdo mucho más de Pérez cuando el navarro Aihen Muñoz se dirige al punto de penalti para lanzar el penúltimo lanzamiento de la tanda. ¿Cuántos penaltis habrá lanzado en su vida un defensa que lleva un gol en su carrera profesional? Canterano de la Real, 28 años, octava temporada en Primera, buena trayectoria pero jamás ha sido titular indiscutible. ¿Puede haber un perfil más gris para lanzar un penalti tan decisivo? Y, sin embargo, hay algo en su cara, en su manera de dirigirse al punto de penalti y colocar el balón que desconcierta: una confianza brutal. Y chuta al centro, el hijodeputa. Tranquilísimo. Es imposible que lo falle. Xabi Pérez no falla penaltis. Cuestión de confianza.

4. El exfutbolista. Vuelvo de correr un sábado de abril temprano y, al pasar por Santa Eulalia, está sentado en un banco. Suele estar ahí, en esa plaza. A veces a media mañana; otras, algo más tarde. También de vez en cuando ocupa un banco en la plaza de La Condomina de siempre, o en los aledaños, donde hace 50 años vivió alguna tarde de gloria, como aquella en la que la selección murciana juvenil fue campeona de España ganando 3-0 a la guipuzcoana. Jamás lo he visto sonreír. Debutó en Primera con 17 años, pero no llegó a jugar ni 30 partidos como titular con el Murcia. Estuvo en aquel ascenso del 80, entrenado por José Víctor Rodríguez, pero después ya sólo jugó en Tercera. José Víctor, que también fue el entrenador de aquella selección murciana triunfadora, subió con 34 años al Murcia a Primera como campeón, pero apenas volvieron a creer en él en su casa: le dieron 14 partidos en Primera la temporada siguiente, 80-81, en la que fue campeón la Real Sociedad con once juveniles de los años setenta en el campo y un entrenador de la casa, Alberto Ormaetxea, que llevaba seis años en el club. Son las 8 y pico de la mañana de un sábado y ahí está el exfutbolista, serio, sentado en un banco que no siempre es el mismo. No lee, ni mira el móvil, sólo piensa y mira a la gente, o la vida, pasar. Cuando entro en la calle Victorio, enfilando hacia casa, imagino qué se estará preguntando sentado en ese banco. 

5. Desconfianza. Hay algo que no funciona, que nunca ha funcionado, y evidentemente no es una cuestión de nombres, ni de elegir bien, ni de acertar. No es Goiria, ni aquel otro que ya no recuerdo, ni Breis, ni Husillos; no es Felipe ni Agustín ni Tornel ni Juan Garrido; no es Colunga o Etxebe, ni Munúa o Alfaro, ni Alcaraz, ni Mel, ni Maguregui; ni siquiera es Narro o Iturra o Carini. Estadísticamente es imposible tener tan mala suerte para que aquí hayan caído sistemáticamente todos los malos dirigentes, entrenadores y futbolistas. Y todos sinvergüenzas. Tiene que haber algo más. ¿Será una cuestión de confianza? La confianza es algo que no depende de la voluntad, se tiene o no se tiene, se otorga o no se otorga. La confianza no lo es todo, pero es muchísimo. Sólo hay que verlo en otro aspecto de la vida casi tan importante como el fútbol: el ligoteo. Cuantísimas veces hemos visto a ese chaval de poco más de metro y medio que bizquea ligeramente compitiéndole de tú a tú a un Brad Pitt de gimnasio. Y qué coño tendrá ese, joder, se pregunta la gente, desde fuera. Y aunque parezca que no tiene nada, en realidad tiene casi todo: confianza. El Murcia, en cambio, lleva décadas instalado en un clima de desconfianza brutal. Tal vez sea Murcia, tal vez sea algo increíblemente metido en nuestro inconsciente colectivo: joder, nos pasa hasta con Carlos Alcaraz, que ya es uno de los tenistas más grandes de la historia pero del que se duda ante cualquier derrota. En su tierra, ojo. Cuenta el tuitero Mafranpe que el Murcia tiene un 0,942% de opciones de descender: matemáticamente, no llegan al puto uno por ciento. De hecho, además de los números, el Murcia ha dejado la sensación en los últimos dos meses de ser un equipo sólido, muy hecho, al que cuesta ganar. Pues bien, a pesar de todo eso, sobrevuela por el murcianismo una nube fatalista cargada de miedo y de peligro, que parece proyectar una sombra de descenso alargadísima. Nuestras cabezas son capaces de convertir un 0,9 en un 90% con una facilidad increíble, ante la primera contrariedad. Cuestión de desconfianza.

6. En Sabadell volvió a juntarse la que tendría que ser nuestra pareja de centrales durante los próximos diez años, Jorge Sánchez y Héctor Pérez. Confío en que así sea. Volvieron a juntarse en la Nova Creu Alta, terreno casi infranqueable del líder, donde estuvimos a punto de ganar, demostrando que este equipo no es peor que los de arriba, que estos jugadores no son peores que los de los equipos de arriba, que los problemas que arrastra el Murcia desde el principio son otros. Jorge Sánchez es mi debilidad. Confiar en Héctor Pérez es casi como respirar: apenas ha cometido errores, apenas ha perdido partidos. Confiar en Héctor Pérez es como confiar en que Oyarzabal va a meter un penalti. Así que el paso de gigante sería confiar en Jorge Sánchez, ese chaval que lleva desde los 7 años en las bases y hace todo con un criterio brutal y determinación de futbolista de los buenos. Su temporada ha sido un carrusel de sensaciones, un doctorado en murcianismo, con un debut soñado, una buena racha que lo encumbró rápidamente, una crisis de resultados que le llevaron a encajar los insultos de los de siempre y todo ese sinfín de contrariedades típicas que vivimos cada año. Y con algún error suyo, claro. Y más que cometerá. Pero ahí deberíamos estar nosotros, confiando en lo que es y en lo que puede llegar a ser.  Nuestro central de los próximos diez años. Creo que podemos acertar con el proyecto, con el entrenador y con un puñado de jugadores (siempre puede sonar la flauta, como advierte Gavin Pearce una y otra vez), podemos ascender y volver a ascender, sin parar, claro que sí, lo hemos hecho muchas veces, pero me da que volveremos a bajar mientras no cambiemos ese clima de desconfianza (y de ansiedad, y de soberbia: nuestros pecados capitales). Confianza en los nuestros, confianza después de un fallo, confianza después de una derrota. Confiar en los chavales y que así los chavales confíen en el Murcia. Está en nuestra mano. Y sólo entonces podremos preguntarnos si los nuestros son mejores que los vascos. Sólo entonces podría ser posible que sea Jorge Sánchez el que coja el balón en una final y se dirija confiado al punto de penalti, con la seguridad de que será gol, porque nuestros hijos estarán seguros de que será gol. Nosotros, no; puede que ya no tengamos solución. Nuestra generación me temo que seguirá escéptica, que es una batalla perdida. Algo en mí me seguirá diciendo que ese penalti no va a entrar. Cuestión de desconfianza. Pero al menos espero acordarme entonces, con una sonrisa, de las grandes preguntas sin respuesta de finales del siglo XX, y de los exfutbolistas tristes que le dan vueltas a la vida en un banco de Santa Eulalia, de Aihen Muñoz y de Xabi Pérez, del Trofeo Rector, del tiempo que se va y del que viene, del fútbol y de los amigos.

Real Murcia: Gazzaniga; David Vicente, Jorge Sánchez, Héctor (Isi, 77'), Cristo Romero; Óscar Gil, Moyita; Pedro Benito, Real (Sekou, 67'), Jorquera (Bustos, 74'); Flakus Bosilj (Narro, 77').

Goles: De Benito (16') y de Flakus Bosilj (17'), de los que ya se ha desconfiado bastante.