«And it´s a beautiful day. Well. I just don't understand it»
Oliva B (@beandtuit)
Esta es una historia real y, como si estuviéramos en el universo de ‘Fargo’, vamos a decir eso de que a petición de los supervivientes los nombres han sido cambiados, pero el resto se relata tal como ocurrió. Lo que varía respecto a ‘Fargo’ es que aquí los hechos descritos no tuvieron lugar en Minnesota, sino algo más cerca; y que en esta historia no murió nadie, qué va, ni siquiera hubo heridos. De hecho, todavía estamos todos vivos, y eso que han pasado ya casi 20 años de aquello. Digamos que yo trabajaba en un Ministerio, haciendo funciones de currito en un gabinete de prensa, lo típico, pensando poco o nada y trabajando mucho, que si hay que enviar esto o lo otro, que si hay que llamar a Fulano, que si hay que editar una nota o un sonido; sin parar. Digamos que mi jefe, Melquiades Torres, se encargaba de pensar la estrategia, de asesorar, de darle algo de sentido a todo. Digamos que el alto cargo implicado, el subsecretario José Juan Gómez-Espada, era un buen político, veterano, de perfil muy técnico, funcionario, y por tanto nada acostumbrado a hablar en público ni a tontear en ese lado público de la política. Ocurrió una de esas tardes en pleno verano en las que nunca pasa nada, una tarde de esas de julio en las que, dos o tres días antes de irte de vacaciones, eres casi más feliz que en las propias vacaciones, saboreando el dulce sabor de las previas; la felicidad que se esconde en las cosas que pasan antes de que pasen las cosas. Sí, era una de esas tardes pero, de repente, cuando mi jefe ya se iba, surgió una noticia inesperada. No era una noticia buena ni mala, pero era una noticia importante, no sólo importante, sino urgente. Mi jefe tenía la cartera en la mano, ya se iba, había salido de su despacho, cuando la noticia saltó y se paró en seco, dejó la cartera, vino a mi puesto de trabajo, imprimimos el teletipo y, después de dos o tres llamadas (entonces no existía Whatsapp), tomó un par de decisiones rápidas, como hay que hacer cuando uno es jefe. Había que salir, había que decir algo: una pequeña nota de prensa y alguien que le pusiera voz a la nota, el sonido de un alto cargo para las radios. Era una tarde tonta, en pleno julio, e iba a ser difícil localizar rápido a alguien para ponerle voz, pero Melquiades lo vio claro: Gómez-Espada era su hombre, no vivía lejos, estaba en la ciudad y podía acercarse a grabar directamente, lo que facilitaba mucho la tarea. Y así fue: en diez minutos lo teníamos allí, bronceado, divino, con un look informal veraniego impecable, casi como si estuviera esperando nuestra llamada. Él estaba aparentemente muy tranquilo, controlaba muy bien la materia y tenía experiencia; parecía no sorprenderle demasiado la noticia, parecía poder torear bien con el marrón veraniego de tener que hacer unas declaraciones a los medios sobre un tema espinoso. Nos dirigimos al estudio de grabación, un lugar fresquísimo, con ese aire acondicionado a tope y sin complejos de antes de la crisis. Entre alguna indicación sobre el contenido político, sobre la orientación que darle, ellos casi bromeaban, hablaban de las vacaciones, de la familia, de la vida. Gómez-Espada se sentó en la silla de invitados, se puso los cascos, se acercó al micrófono esperando órdenes y entonces ocurrió una cosa asombrosa, que casi 20 años más tarde no he podido olvidar. De repente, a mi jefe le cambió la cara, se puso serio, tenso, como preocupadísimo y dijo con una voz casi asustada: “José Juan, esta es la grabación más importante de tu vida, hay muchísimo en juego, hazla perfecta, por el amor de Dios”. Fue un giro tan extraño que Melquiades lo tuvo que repetir, mirando fijamente a Gómez-Espada: “Es la grabación más importante de tu vida”. No quise ni parpadear, no dije nada, sólo me eché mentalmente las manos a la cabeza, no daba crédito. La tarde había cambiado por completo en un instante. Gómez-Espada me miró y por primera vez vi el desasosiego en una mirada. Se había convertido en un flan con ojos. La temperatura del estudio subió 18 grados en un momento. Mi jefe seguía hablando, quizá dando algún paso atrás, pero ya no tenía arreglo. La camisa de Gómez-Espada se había empapado por los sobacos: el fino funcionario elegante se había convertido en Camacho. Empezó a tartamudear, tiró el micrófono, estaba superado. Hicimos tres o cuatro intentos, y aquello no fluía, se atrancaba, se equivocaba, y eso que era un corte que no llegaba al minuto. Salió un par de veces del estudio a tomar aire, hicimos algún otro intento y finalmente nos quedamos con la versión menos mala, en la que menos titubeaba. Las radios estaban esperando urgentemente ese sonido. Gómez-Espada se despidió y se fue a casa sudando, desencajado, sin comprender bien por qué había expuesto tan mal una información que controlaba perfectamente antes de verse presionado. Antes de saber que era la grabación más importante de su vida. Mientras yo terminaba de enviar todo, mi jefe volvió a su despacho y salió diez minutos más tarde, una hora y media después de lo que había previsto. Se marchó sin decir una palabra pero con una sonrisa afable, como si no hubiera pasado nada. En realidad, ahora que lo pienso, no había pasado nada. En un par de días todos nos iríamos de vacaciones.
Antes de jugar contra el Marbella uno de esos partidos que podría calificarse como “muy importante” para el devenir de la temporada, los jugadores del Murcia fueron recibidos en el estadio (su estadio, su casa, ojo) con una curiosa pancarta: ‘Camiseta arrastrada, afición maltratada’. Antes de jugar el partido, sí, sí, a modo de bienvenida. Los profesionales del Murcia, que están viviendo una temporada terrorífica en todos los sentidos, sintieron así el aliento de su afición, el empujón que, en el parecer de los responsables de esa pancarta, necesitaban para ganarle al Marbella. Y no era ese el primer empujón recibido, qué va. Aquí la presión se palpa desde el primer momento. Si se pierde el primer partido en verano, en la radio escucharemos que el Murcia está ya a tres puntos del primero: se escapa el tren del ascenso directo. Si se pierden dos partidos, mucho cuidado: quizá sean mercenarios, habrá que fichar a otros en invierno. Si se sube de cuarta a tercera, ese mismo verano el presidente ya habla de ascenso a segunda; y si se está a un punto del descenso, el director deportivo tiene que decir que el objetivo es el ascenso, claro, que todo lo contrario es conformismo. Todo forma parte de un curioso entorno ansioso e impaciente que se remonta al siglo pasado, a un carácter que no sabe perder pero termina perdiendo siempre, que muestra su descontento presionando, que apoya o quiere a su equipo de esa extraña manera, a latigazos. El domingo hay que ganar sí o sí, ya sabes. SÍ O SÍ. Y la derrota es un naufragio, y quedan diez finales para evitar un trágico descenso y así siempre, sin pararnos a pensar en cómo sería hacer las cosas con calma. Es una espiral de presión continua, es la costumbre, es la manera que Murcia tiene de relacionarse con el Murcia, que va salpicando de ansiedad todos los estamentos del club: de la afición a la prensa, de la prensa a los dirigentes, y de éstos al entrenador, a los jugadores. A todo, a todos. No sé nada de psicología, pero parece básico que ese trato no ayuda en ningún caso, ¿no? [Una rápida consulta a Inteligencia Artificial, por si acaso: En resumen, la psicología prioriza la escucha, la validación y el acompañamiento respetuoso sobre la urgencia de obtener resultados, lo que se traduce en no presionar. La presión suele generar estrés y bloqueo. Al contrario, no presionar ayuda a crear un entorno de confianza]. No sé, parece algo tan elemental que cuesta entender cómo podemos caer en el mismo error una y otra vez. Es una situación compleja, delicadísima, no tengo ni puta idea de qué habría que hacer, pero sí tengo bastante claro lo que no hay que hacer: lo que siempre se ha hecho aquí. De hecho, los mejores equipos que recuerdo se han construido en temporadas en las que no se ponían grandes objetivos. Sin presión. Pienso en el arranque de esta temporada, pienso en tantos y tantos fracasos y descensos, y siento que detrás siempre ha habido un absurdo inconformismo destructivo, una pataleta que ha arruinado siempre al Murcia, incluso a aquel Murcia glorioso de los 80, una generación arruinada por la pataleta de señores con barriga y puro enfadados por perder un par de partidos. Esa es nuestra verdadera historia trágica, nuestros crímenes, nuestro ‘Fargo’ particular, tan lejos de Minnesota. Una afición, ahora numerosa y siempre leal, que no ha dejado morir a su equipo, que siempre está ahí, pero que, mucho más que maltratada, es profundamente maltratadora con el Murcia. No sé si estamos a tiempo de dar un paso atrás, al menos este año. De lanzar un mensaje de tranquilidad, que siempre debería mandarse desde arriba, que debería ser estructural y repetirse continuamente como base del proyecto: un mensaje que huya del corto plazo. No sé si estamos a tiempo de que contra el Tarazona no salten a jugar once flanes con ojos que nos brinden un encuentro plagado de pases titubeantes, sino once tíos tan arropados por la grada que, conscientes de la importancia del partido, salten a jugarlo como si no fuera importante. Sin presión. Ojalá incluso saltaran a jugarlo con esa felicidad que se esconde en las cosas que pasan antes de que pasen las cosas.





