Father, Father, Father, help usSend some guidance from aboveCause people got me, got me questioningWhere is the love?Where is the love, the love, the love?(The Black Eyed Peas, 2003)
Oliva B (@beandtuit)
Sé que hay algún exoplaneta que estamos valorando ir a colonizar, confiesa la voz intensa y serena de Antonio García, de Arde Bogotá, en uno de sus temas más salvajemente emotivos, y me temo que, a este paso, no nos va a quedar otra que empezar a planteárnoslo seriamente. Un planetica lejano en el que no haya tanto odio, el sentimiento de moda del mundo actual. Siempre ha sido un clásico de la historia de la humanidad, todo hay que decirlo, pero es en estos tiempos cuando el odio se mueve de maravilla, comodísimo, ahora que el insulto recorre miles de kilómetros en un segundo. El que se cagaba en los muertos de Fernando VII en 1822 se quedaba bien a gusto, pero lo normal es que, como mucho, de eso se enterara algún vecino. Ahora todo es distinto, en la vorágine de esta sociedad acelerada e hiperconectada que no se detiene jamás, que reacciona de inmediato a todo y que ha perdido la paciencia, la calma. Escribe el periodista y trabajador humanitario Miguel Ángel Rodríguez en X, red del odio por excelencia, que el odio es una droga que engancha y mucho, y que “su principal atracción es la simpleza, porque huye de cualquier argumentación y complejidad”. Es simpleza absoluta, dice Rodríguez: apuntas al culpable de todos tus males y lo deshumanizas. El odio es simple y ligero, y por eso fluye como nada en este tiempo. Qué pesadilla, qué ganas de apagar todo y de buscar algún sitio silencioso y aislado. Qué difícil se hace decir cualquier cosa, por muy prudente que sea, por mucho que se diga con el corazón, a la que no se le pueda dar la vuelta para generar odio. Estas palabras, sin ir más lejos, casi seguro que ofenderán, tanto en Murcia como en Cartagena, sería lo normal. Imagino que además es imposible atacar al odio sin cierta dosis de odio. Juegan con la lógica de que sólo hay dos bandos, y en cuanto no te ven de su parte te sitúan en el otro. En ese otro al que hay que odiar. Así que no nos va a quedar otra, como propone Arde Bogotá, que empezar a plantearnos seriamente escapar de aquí. Al exoplaneta 571-/9A o, yo qué sé, tal vez pueda valer alguna finca olvidada entre Aledo y Zarzadilla de Totana. En el vacío no hay maldad.
Menos de 50 kilómetros separan Cartagena y Murcia, con una pequeña montañica por en medio, que tampoco puede ser excusa: dicen que los pueblos situados en distintos valles y separados por altas cimas siempre han tenido buena relación. Más allá del Puerto de la Cadena, una gran planicie nos une, un territorio en el que pasas de Cartagena a Murcia sin ser consciente; unos pueblos que son campo de Murcia o de Cartagena casi de manera despreocupada y que así lo viven. ¿En qué momento se empieza a odiar al otro? ¿En qué punto kilométrico o vital? ¿De verdad somos tan diferentes? Miremos el fútbol, por ejemplo, a las aficiones de uno y otro equipo. En ambas la misma crítica feroz, el mismo runrún penoso, ese rajar continuo de todo y de todos en cuanto llegan las derrotas, si no antes. No hay apenas diferencias. Cómo va a haberlas en 50 kilómetros. Insulto arriba, insulto abajo, un mismo ambiente que en cuanto no se gana nos sitúa más cerca del odio que del amor, fruto de una extraña prepotencia que nos hace incapaces de identificarnos con el derrotado, aunque el derrotado seas tú. Pasa también en Alicante y en Elche; y en Lorca y en Almería y hasta en Granada, claro, porque no somos tan diferentes. Cómo vamos a serlo. La única diferencia es que el Murcia ha aguantado increíblemente vivo, y que además, por tamaño y aciertos deportivos puntuales, ha alcanzado la Primera División varias veces, donde ha sido siempre un equipo mediocre; no ha sido nada. Al final somos equipos que nunca hemos sido nada con aficiones que lo exigen todo. Prácticamente lo mismo, claro: estamos a menos de 50 kilómetros. Dos equipos, dos tierras, con una capacidad para autodestruirse brutal, tal vez más preocupados siempre por odiar que por querer y defender lo suyo.
Leo en la web de Radio Murcia que un profesor de instituto de la Región ha sido detenido por la Policía Nacional como presunto autor de amenazas contra la ministra de Sanidad. El zagal, de 50 tacos, llamó un par de veces e insultó a Mónica García y a otros miembros de su partido, con alguna alusión sexual vejatoria y una amenaza de cortarle el cuello a la ministra. (Un profesor de instituto de 50 años, ojo. No hay dato más importante en la noticia). Leo por otro lado que una abogada ha escrito un artículo sobre el desahucio de esa señora de 87 años en el que proclama, con orgullo, que no le importa, ni el desahucio ni lo que opine la gente de ella por reconocerlo. “Sólo les diré una cosa: bien desahuciada está”. Eso escribe, una abogada, que también debe de estar por los 50 y alguno. No son críos nacidos en esta sociedad acelerada e hiperconectada, no. Hijosdeputa sin escrúpulos ha habido siempre, pero ahora han decidido proclamarlo con orgullo. Algo pasa.
Recuerdo que Martín no odiaba al Cartagena cuando empezó a gustarle el fútbol, al contrario. Se alegraba de sus victorias, de que estuviera arriba en Segunda. Era un equipo de la tierra, pijo, o eso escuchaba. Un equipo cercano. Deberíamos ir a algún partido, papá, y esas cosas. Quería que subiera. Vivía en ese exoplaneta de la infancia del que tarde o temprano todos salimos. Lo hablaba con su abuelo, que lo miraba en silencio desde el planeta Tierra. Mi padre siempre ha querido a Cartagena, tiene vínculos de todo tipo allí, forma parte de su tierra en el sentido más tierno/abierto de la palabra. Pero pertenece a esa generación marcada por Montilivi, por aquel día en el que el mejor Cartagena de la historia se dejó ganar para que el Murcia bajara (aunque el Murcia hubiera bajado igual, pero ese es un dato totalmente improcedente en el debate). Aquello avivó un sentimiento que hasta entonces apenas tenía. Desde la Tierra el abuelo miraba al nieto en silencio, celebrando cada derrota del Cartagena, en una extraña pelea intergeneracional que yo observaba en la distancia. Después, Martín fue creciendo, leyendo, escuchando, aprendiendo de ese odio, en esa inevitable pérdida de la inocencia que a todo preadolescente le llega. Pero entonces conoció a Alberto, un vecino de la playa, un chaval encantador que no llegará a los 40, cartagenero de pura cepa, con pareja ciezana y que trabaja en Murcia; una mezcla de lugares de lo más normal en esta tierra. Un tipo extraordinario, deportista, con el que enseguida conectó; una conexión especial entre un murcianista radical y un hincha incondicional del Efesé y el Jimbee. Empezaron hablando de Juan Carlos Real, de Boateng, de Larrea, y ahora hablan de todo, juegan partidos de tenis y se mandan whatsapp durante cada jornada, en un pique divertido y sano. Creo que Martín ha tenido la suerte de conocer a Alberto y que jamás va a odiar al Cartagena.
Cartagena, julio de 2025. Salta Arde Bogotá al parque de la Cuesta del Batel y un rugido brutal recorre toda la ciudad. Una ciudad espectacular, que lo tiene absolutamente todo para llenarse de orgullo y amor, y que incomprensiblemente ha preferido cargar buena parte de su identidad de un populismo victimista cimentado en el odio al otro. Sin embargo, en cada tema que suena de la banda cartagenera, no hay nada de eso. “Si te quiero más, me arruinarás”, canta Antonio en ese impresionante Virtud y castigo, antes de que la ciudad entera coree el woh-oh-oh-oh-oh-oh con el que se cierra la canción. Si te quiero más, me arruinarás. Y pienso que es así, justo así, como deberíamos querer. Y que tal vez estemos a tiempo de no tener que escapar a ningún exoplaneta.
Cuenta Ryszard Kapuściński en sus Viajes con Heródoto cómo el padre de la historia se preguntaba, ya hace 25 siglos, por qué el mundo está dividido, siempre sumido en tensión, conflicto y guerra. “¿Por qué los hombres no paran de enzarzarse en guerras?¿Qué razones los guían? ¿Qué piensan? ¿Qué objetivo persiguen?”. Y lo que más sorprende al periodista polaco es que al historiador griego no le gustan las respuestas fáciles de su época, ni eso de culpar al otro, como siempre se ha hecho, en su época y en todas. Heródoto investiga sobre quién fue el primero en cometer la injuria, sobre quién empieza a liarla, para entendernos, pero, sobre todo, concluye que la clave está en que siempre opera la ley del desquite, de la venganza, del ojo por ojo. Funciona como el más sagrado de los deberes, como un fatalismo irreversible e inevitable. Si a ti te tocan los huevos, tú tienes que tocárselos al otro. Y así desde hace siglos. Yo he celebrado toda la vida derrotas del Cartagena, claro, antes y después de Montilivi. Cuesta no hacerlo después de estar 90 minutos recibiendo escupitajos. Cuesta no hacerlo al ver cómo se comporta esa afición dañina, que tanto se parece a la nuestra, que ha criticado incluso a Juan Ignacio o Carrión, esa afición ultra rancia con la que no empatizo nada; cuesta no hacerlo cuando un murciano antimurcianista presidía al Cartagena y lo hacía agitando el odio contra Murcia y el Murcia. Pero hace un tiempo ya que he intentado frenar, no hacer caso a los insultos de la masa aborregada, ni al odio en redes, y centrarme en esos hinchas silenciosos que quieren a este Cartagena como yo quiero al Murcia, que lo han defendido de cualquier ataque o intento de volver a matar al equipo del que se enamoraron de pequeños. Hay muchos de esos hinchas, tantos y tantos Albertos, pero por desgracia el amor no es tan simple como el odio. Una generación entera que ha crecido con este Cartagena y lucha para que sea el Cartagena de sus hijos y de sus nietos. Y les deseo de corazón toda la suerte del mundo. Jamás será un enemigo (los enemigos los tenemos mucho más cerca), sino un rival digno.
Alicante, julio de 2026. 15.000 personas disfrutan de un concierto memorable de Viva Suecia bajo un calor al límite de lo insoportable. En mitad del espectáculo, Rafa Val interrumpe y dice que hay una petición especial de alguien que está entre el público. Y entonces el bajista Jess Fabric tira de cachondeo y cuenta que les han pedido tocar su tema favorito, La Salvación, en un guiño a esa relación tan especial que tienen con Arde Bogotá, dos grupos de la Región triunfadores en el panorama nacional. Y en ese momento Viva Suecia se pone a cantar, a capela con el público, el temazo de Arde Bogotá, y pienso entonces que así, justo así, debería ser la relación entre Murcia y Cartagena: una rivalidad sana, una complicidad amistosa. Una pique divertido, un juego que no deje lugar al odio. Un derbi así en esta tierra maravillosa e infernal, un derbi lleno de cerveza y buen rollo. Qué estúpidos somos por no vivirlo así. Qué derbi sería ese. Qué arriba podríamos estar los dos si quisiéramos más lo nuestro. Y no sólo hablo de fútbol ahora. El odio resta en todos los sentidos. Con eso también juegan todo los que irresponsablemente calientan el derbi, y tantos y tantos políticos que prefieren la simpleza de enfrentar territorios antes que resolver los problemas de la gente necesitada que hay en uno y otro lado.
Ella es una chica de ojos oscuros y pelo rizado que publica en Instagram sus fotos con la camiseta del Cartagena; él es su compañero de Derecho, un murciano murcianista de San Antolín, tímido con el corazón valiente, que no va a tardar en enamorarse de ella. Él es un maestro murciano que da clases en Torre Pacheco con la bufanda del Murcia en el coche; ella, la que no puede dejar de mirarlo, es la nueva de Inglés, cartagenerista hasta la médula desde que vivió de niña aquel 1-4 en Nueva Condomina. Hay también una chica de allí que se enamorará de una chica de aquí, y un maestro de aquí que mirará a uno de allí, porque el amor va precisamente de eso, de no tener barreras, de ser absoluto e incondicional, de derribar cualquier muro. Es tan normal tener abuelos en un lado y en otro del Puerto de la Cadena, y un primo que se casó con una de allí, y ese que dice que toda su familia era de Cartagena y ahora es más de El Palmar que Alcaraz, o aquel otro que recuerda con cariño a su abuelo Diego, que era de la huerta. Es tan absurdo llegar a Cartagena y que te escupan; es tan ridículo que lleguen aquí y sean insultados. Me imagino cómo empezó el proceso y cómo va creciendo y cómo no dejará de crecer. Su principal atracción es la simpleza, dice Rodríguez. Entre el cachondeo, entre las cosas serias y las no tan serias, que si no bebo Estrella de Levante, que si no voy para allá, que si contaminación, que si huele mal, que si la marinera. Entre las risas y la simpleza. Es tan fácil enseñar a odiar, es tan contagioso, tan cómodo. En menos de 50 kilómetros.
Dice Carolina Durante en Elige tu propia aventura: “Imagina ser lo que odias / es mi nuevo juego favorito”. Y creo que es algo muy frecuente, algo que está detrás también de las razones del odio. El tipo del Barça que odia al tipo del Madrid y el tipo del Madrid que odia al tipo del Barça son exactamente iguales.
Ojalá fuera una rivalidad sana, un pique intenso, una complicidad amistosa; ojalá camináramos algún día por esa senda. Ojalá el odio se convierta algún día en rivalidad. Un derbi así en esta tierra maravillosa e infernal, un derbi lleno de cerveza y buen rollo. Sin insultos, sin burradas, un derbi al que pudieran ir los niños. Veo con envidia ese hermanamiento entre otras aficiones y siento que algo así tal vez sea posible algún día. Que no hay que escapar a ningún exoplaneta, sino empezar por uno mismo y darnos la oportunidad. Es el momento de dar un paso atrás, de mirarnos a la cara. De mirar de otra manera. De bailar con el otro, de sentir que no son otros. De buscar un lugar donde poder encontrarnos. Es un camino durísimo, parece ahora una locura siquiera iniciarlo. Pero yo veo una explanada llena de gente y de cerveza. Unos van de rojo, otros de blanquinegro y los veo bastante mezclados. Elige tu propia aventura, canta Carolina Durante. ¿Por qué no elegir esa? Veo una rivalidad sana, veo piques, pero sobre todo veo que cada uno quiere a su equipo a muerte. A veces querer así es lo que resulta más difícil. Nadie sabe quién va a ganar, porque en el fondo siempre será lo de menos. Yo lo veo, joder, lo estoy viendo. Es una explanada enorme llena de blanco, de negro y de rojo. De dos amores y ningún odio. Lo estoy viendo, no puedo dejar de verlo. Está ahí, en Cartagena o en los aledaños de Nueva Condomina, no es el exoplaneta 571-/9A o una finca olvidada entre Aledo y Zarzadilla de Totana. Suenan Arde Bogotá y Viva Suecia, claro, pero sobre todo se escucha Viva Murcia y Viva Cartagena. Y veo allí a Martín con Alberto, veo allí a Kapuściński tomándose por fin un tanque de Estrella con Heródoto, veo allí a la chica de ojos oscuros y pelo rizado de la mano del murcianista de San Antolín.
¿Vosotros también lo veis?

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