¡Ger-mán! (y amigos)


«¡Los amos del universo! Soy Ger-mán, príncipe del Grupo Caña y Tapa, defensor de los secretos del castillo Real Murcia. Éste es Chavero, mi fiel amigo. Un fabuloso poder secreto se encuentra en mis manos cuando desenvaino mi espada mágica y grito: ¡Yo tengo el poder! Entonces me convierto en Ger-mán, el hombre más poderoso del universo Cruzcampo.»

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Cádiz, 0; Real Murcia, 1
Resulta casi erótico imaginar lo que haría Unai Emery con Ger-mán, la posible reconversión, la reprogramación. Una semana entera en una catacumba, quizás, antes de entrenar sobre el campo lo reprogramado. En mi fantasía todo encaja: Ger-mán está una semana entera en una catacumba, y Unai Emery baja de cuando en cuando a verle, con agua y comida, vestido de monje. Ya reprogramó a Jordi Alba, ya reprogramó a Aleix Vidal, sabe cómo hacerlo. Cuando Ger-mán termina de comer, Unai le susurra muchas veces seguidas: "Vas a ser el mejor carrilero de Europa, vas a ser el mejor carrilero de Europa". Y Ger-mán ruge de orgullo, Ger-Mán lanza alaridos que estremecen a los murciélagos, y asiente: voy a ser el puto mejor carrilero de Europa, yo soy carrilero, yo tengo físico jamaicano pero no voy a ser el mejor carrilero de Jamaica, sino de Europa. Y Unai se frota las manos y acaricia a la bestia. "Mañana podrás ver el sol. La reprogramación continúa".

Llevamos ya varias semanas en las que sólo 21 tipos sobre el campo utilizan el metro como unidad de longitud, porque hay uno de ellos que ha renunciado a esa magnitud y ahora lo mide todo en leguas. Las carreras de Ger-mán deben ser designadas de manera completamente distinta a las carreras de los no jamaicanos. Como el ogro de Pulgarcito, él también persigue a los niños con botas gigantescas, él también da zancadas gigantescas que hacen que el césped retumbe. Un terremoto cada vez que arranca. Esta vez los niños iban vestidos de amarillo, y daba gloria comprobar lo lentos que eran en comparación con el jamaicano, daba gloria verlos incapaces de huir del ogro, chocando con el ogro y cayendo y llorando. Ger-mán se comió a todos los niños, aquello fue un infanticidio delicioso.

Llegaba Ger-mán con molestias a este partido, pero nunca pareció molesto, sino lo contrario, pareció muy cómodo en su papel de ogro. No sólo tragó leguas y provocó millones de faltas, sino que jugó con criterio, como todos sus amigos. La injusticia de personalizar ya la he cometido, porque la justicia al contar el Cádiz-Murcia sólo se encuentra  en lo coral, al escribir la palabra 'equipo'. Ger-mán y sus amigos salieron a ganar al Carranza, cosa que no hará nadie o casi nadie en este Grupo Pringá, pero detrás de ese salir-a-por-ellos, detrás de la palabra 'equipo' asoma nuestro entrenador. Decimos 'equipo', decimos "gran partido de todo el equipo", pero al escribir 'equipo' aparece la carica de Aira en nuestra mente, ese rostro de leñador.

Aira mantuvo los dos delanteros en Carranza, y esa decisión, que en caso de derrota habría sido pisoteada, es ahora enmarcada. La valentía del equipo no sólo estuvo en el esquema, sino en una determinación que se percibió desde el primer momento: queríamos mandar nosotros en el partido, queríamos ser valientes. Era una tarde tonta, sólo los marineros sabían en qué dirección soplaba el ventarrón, pero en el Cádiz no pareció haber marineros. Los sorprendimos con nuestro desparpajo, con una presión sofocante que era sólo el primer paso para construir. Un Murcia constructor, que no rifó una sola pelota, al menos en la primera parte. Ya merodeábamos zonas importantes cuando llegó el gol. Como tantas cosas ya esta temporada, nació de la zurda de Sergio García, porque su centre, que diría Alejandro Oliva, su centre fue de esos centres de mala persona, de alguien que tiene malas intenciones. Peinó Ger-mán en el primer palo, y en el segundo se la encontró Azkorra. Su remate en escorzo fue puro jazz, una improvisación en armonía. Tras el rechace del palo siguió improvisando, dejó que el balón impactara en su cabeza, no fue tanto él quien impactó sino el balón el que lo impactó a él, sin la suficiente fuerza para garantizar nuestro brinco de salón. Había demasiadas piernas ya bajo portería, había demasiados porteros ocasionales. Sin embargo, uno de esos porteros antidespejó el balón, es decir, no desencapotó sino que capotó. Brindamos por él.

Lluvia, viento... Era una tarde tonta y antigaditana, una tarde para aprovechar la confusión y aprovechar incluso que los gaditanos no podían gesticular demasiado porque sujetaban paraguas. Es muy fácil desconectar de algo si ese algo lo vives con chubasquero o bajo un paraguas. Intenta ver 'Casablanca' bajo la lluvia, con un chubasquero puesto. No conectarás tanto con los problemas de Humphrey Bogart como podrías conectar en seco. Cádiz no conectó con el partido, eso fue una suerte, Cádiz estuvo lejos de los problemas del Cádiz, pero el Murcia siempre estuvo conectado. La defensa, más conectada que nunca, con un José Ruiz que olvidó sus cortocircuitos y estuvo sabio y sereno. Eneko y Ruso, escudos antimisiles, y Pumar más férreo que una frontera húngara. En el centro del campo, Chavero y Sergi fueron más de dos, esa sensación tuve durante todo el partido, que Sergi y Chavero eran tres o cuatro. La mejor noticia es que, por primera vez esta temporada, fuimos roca. Permitir que el Cádiz sólo tenga una ocasión clara en casa es permitir muy poco, y hasta ahora habíamos permitido demasiado. El pitido final nos repantigó en el sofá con una sonrisa de enamorado, y también nos dejó varias sospechas muy dulces. Que quizás se haya acabado lo de permitir así como así. Que hasta la fecha nos han tuteado y que quizás ahora los rivales tengan que empezar a tratarnos de usted. Y, por encima de todas, la sospecha más dulce y más dulcísima: que quizás Ger-mán y sus amigos se hayan propuesto muy en serio lo de ganar el Grupo Pringá.

Real Murcia: Fernando, José Ruiz, Satrústegi, Sergi (Arturo, 75'), Pumar, Ruso, Chavero, Germán, Sergio García (Javi López, 59'), Chavero y Azkorra (Rafa, 72').
Goles: 0-1 (Azkorra, 22')

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