Supervivientes del huracán


Melilla, 1; Real Murcia, 1
El comentarista de Televisión de Melilla debutó en la retransmisión lanzando un jadeo que yo identifiqué claramente como el jadeo de terminar de correrse. Se llamaba Salvador. Era un hombre muy tendente a los ruidos nasales y bucales, un hombre que también a través de esos ruidos se comunicaba. Su debut comunicativo fue ese jadeo extraño, que yo intuí como un jadeo feliz, pero su debut con palabras fue para adelantar algo que nos asustó: "El viento ha movido el banquillo del Melilla, lo ha cambiado de lugar". Peligro. Uno imagina el partido de Melilla como un partido geográficamente especial, pero no tan especial. Era ese tipo de viento, sí, era el viento asesino, era el tipo de viento que se encuentra con un yate en alta mar pero enseguida rechaza la posición ortodoxa de ese yate, y realmente discute con el yate y no para hasta modificar esa posición y ponerlo boca abajo. Con ese viento, sobrevivir ya es más que suficiente, pero es que a nosotros además se nos pedía que, bajo ese viento, en un campo de fútbol, ganáramos un partido de Segunda B.  

Yo conocí una vez a un aficionado a las cometas, un auténtico fanático del arte de hacer volar esas cosas, que es un arte que siempre me ha dejado frío. A este hombre que yo conocí, en cambio, volar cometas no le dejaba frío, sino que, muy al contrario, le dejaba caliente. Siempre he asociado ese tipo de aficiones con problemas en el recreo, durante la infancia. Algo se hizo mal para encaminar los recreos de esos individuos: cuando debían haber jugado al fútbol, no jugaron; cuando debían haber encontrado otro deporte sustitutivo, no lo encontraron. Una distracción de los padres, de los profesores, de la sociedad en su conjunto. Consecuentemente, acaban volando cometas, y todo su entorno tiene que reconocer entonces el fracaso, que es un fracaso que viene de muy atrás. Me acordé de ese hombre en el primer minuto de partido, cuando comprobé que sí, sí, era una mañana para cometas, pero no, no, no era una mañana para el fútbol. Qué día tan feliz para ese hombre de los recreos fallidos que yo conocí una vez, pero qué día tan infeliz para los que usaron bien sus recreos.

El partido parecía destinado a ser una moneda al aire, pero el Murcia se resistió, y luchó contra el viento casi más allá de la lógica. Misteriosamente, el Murcia no renunció a tejer jugadas en mitad del huracán, incluso cuando, en la primera parte, tenía el Katrina en su contra. Eso fue muy valiente y muy temerario. En esa primera parte, el huracán soplaba a favor del Melilla, y ellos hicieron una carambola, tras un despeje fallido de Satrústegi. Nos creímos condenados. Sin embargo, hubo simetría. En la segunda parte, el huracán soplaba a favor del Murcia, y nosotros hicimos otra carambola, gracias a un disparo milagroso de Chavero. Entremedias, humanos resistiendo y pegando pelotazos, sobre todo los locales. La excepción entre el caos fue Isi, que hizo ganchillo mientras las vacas volaban a su alrededor, y casi nos saca de ese infierno con tres puntos. El empate ya nos basta, teniendo en cuenta, además, que nos tocó uno de esos árbitros que usaron mal sus recreos, y que jamás será capaz de salir de esa fosa.

Real Murcia: Fernando, José Ruiz, Ruso, Satrústegui (Sergio García 56'), Hostench, Armando, Rafa de Vicente (Arturo 76'), Chavero, Germán Sáenz (Isi 65'), Carlos Álvarez y Azkorra
Goles: 1-0 (Cubillas, 18') 1-1 (Chavero, 77')

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