La tarde del pasado 2 de febrero, justo al asomar la cabeza el fantasma de las tardes de domingo en las que tu equipo ha perdido 0-1 el sábado, conseguí convencer a la familia para ver ‘Atrapado en el tiempo’. Era el día perfecto, 2 de febrero, el Día de la Marmota, pero el día era sobre todo una excusa perfecta para volver a verla, muchos años después de haberla visto muchas veces, y sobre todo para verla por primera vez junto a Martín, en ese bonito volver a vivirlo todo que de alguna manera significa ser padre. Así que con sofá, manta y muchas ganas de olvidar la actualidad futbolera, nos sentamos los tres a ver cómo Phil Connors se despierta una y otra vez en el día 2 de febrero, atrapado en el tiempo y también en el espacio, en Punxstawnwey, el pequeño pueblo de Pennsylvania en el que una marmota pronostica ese día año tras año si el invierno se alargará seis semanas más. Martín la disfrutó, y con la suerte de que aún mira al mundo sin las complicaciones de los adultos, pero a mí volvió a fascinarme, a conmoverme, sobre todo porque, siendo una espléndida comedia que nos plantea dudas existenciales, es además, como todas las grandes películas, una historia de amor. Un amor (casi, casi) imposible, por absolutamente desequilibrado, porque sólo puede avanzar en el tiempo por una de las partes; una historia de amor condenada a no tener historia. La auténtica desgracia para Phil/Bill Murray no es despertar siempre en el mismo día, sino que el resto despierta en un nuevo día, ajenos a su fatalidad, incluida Rita –es imposible no enamorarse desde el primer día de ese aire sencillo y a la vez mágico de Andie McDowell–. Lo peor, al final, no es estar atrapado, sino vivirlo solo e incomprendido. La película se convirtió de inmediato en un clásico, acaso porque, como McDowell, es sencilla y mágica a la vez, y ha dado origen a un montón de versiones, de estudios y publicaciones, además de motivar profundas interpretaciones filosóficas, psicológicas o religiosas. Todo eso detrás de la historia de un imbécil que sólo al quedar atrapado aprende a convivir. Un cretino que consigue sacar la mejor versión de sí mismo sólo cuando se olvida de escapar. Una historia capaz de conseguir que pase de largo el fantasma de las tardes de domingo que asoma la cabeza cuando tu equipo pierde 0-1 el sábado.
El 0-1 de aquel sábado fue contra el Alcoyano, en una derrota en casa que ya fue bastante interpretada en clave marmota: era una derrota que ya habíamos vivido una y otra vez. Vamos al estadio con la ilusión de recortar la distancia al líder, tras dos partidos casi perfectos y, después de un encuentro trabado y gris en el que nos cuesta un mundo llegar, el rival termina por celebrar un gol bien entrada la segunda parte. 0-1. ¿Cuántos días hemos vivido así? Dos semanas más tarde, el Murcia recibía en casa al filial del Sevilla, tras un espléndido partido en Marbella, y con la inmejorable opción de ponernos líderes en solitario a falta de 14 partidos. Pero por la mañana, en el despertador de casi todo murcianista de cierta edad, lo que sonó fue la sintonía de Sonny y Cher que atormentaba a Bill Murray en ‘Atrapado en el tiempo’. Hemos vivido ese día una y otra vez. El buen ambiente en las gradas, el liderato a tiro. Un filial perro (el más perro de largo, el Getafe de los filiales), una ocasión tuya que no entra, una suya que sí, una tuya al palo, otra suya dentro, un partido sin juego, la ira, la depresión, la aceptación: no vamos a poder salir nunca de este maldito día. ¿Pero es algo que sólo ocurre en los días de partido? Justo un día antes de perder contra el Alcoyano, el último día de enero, cuando el club anunció la salida de José Ángel Carrillo en el mercado de invierno, el murcianismo tuvo una sensación rara, como que ya habíamos pasado por ese lugar: le dábamos la baja a golpe de talonario al jugador que habíamos fichado un año y medio antes a golpe de talonario. Al futbolista murciano y murcianista que viene consolidado de Segunda y que (por algún motivo que se repite en el tiempo pero que somos incapaces de llegar a explicar) se la pega en el Murcia. Y justo ese lunes, un día después del de la marmota, el club comunicaba la salida de Pablo Larrea, a pesar de haber sido titular destacado 15 días antes. Como en el caso de Carrillo, sin haber alcanzado un acuerdo, despidiendo a golpe de talonario, como en aquellos años de bonanza económica que ya sabemos adónde nos llevaron. El Murcia rico ha vuelto, pero no tiemblan los rivales, ojo: temblamos nosotros. El Murcia que ficha y despide, y vuelve a fichar y a despedir; el que ficha en julio y descarta en agosto; el que descarta en junio para repescar pagando el triple en enero. Lo malo no es sólo sentir que ya has vivido esas derrotas en casa, sino sentir que ya has vivido una y otra vez los errores que comete tu equipo incluso cuando no juega.
El Murcia líder recibía en casa al aspirante Ibiza, ya a principios de marzo, encarando el último tercio liguero con la mejor pinta posible tras volver a golear fuera de casa. Pero hay algo, algo que se siente, algo inevitable, algo que parece un pálpito pero lo vivimos como si fuera un hecho que nos dice que no, que no se gana. Esa sintonía que se repite en nuestra cabeza en este tipo de partidos al amanecer, esa que todos escuchamos, como Phil Connors; la sensación de que estamos atrapados en la misma derrota en Nueva Condomina y no vamos a poder salir nunca. Incluso el más optimista ya lo ha aceptado, aunque se empeñe en negarlo, aunque se ilusione por el camino pensando que ya hemos dejado atrás el maleficio y nos iremos con 2-0 al descanso. No, no. Todos sabíamos lo que iba a pasar, sólo nos faltaba saber cómo iba a ser esta vez (compitiendo bien, saliendo a por el partido, sin nada que reprochar al míster). Pero esa da igual. Cada derrota es distinta y a la vez es la misma. Y al abandonar el estadio, con Martín destrozado y mi padre furioso, y viceversa, me pareció 2 de febrero, aunque ya fuera 2 de marzo y el invierno aquí no es que se alargue, es que lleva un par de años sin venir. Pero era otro día de la marmota, había vuelto a suceder. Entonces, al regresar a la película para intentar comprender algo, pensé que tal vez no sea el Murcia el que vive el mismo día, sino el murcianismo. Ponemos el foco en el equipo, en la pesadilla que vive cíclicamente en casa. Pero el equipo es nuevo, los jugadores siempre son nuevos, los entrenadores apenas llegan a una temporada y los futbolistas, con suerte, a dos. Para ellos es un nuevo día, ellos no se despiertan en el mismo día. No lo sabían contra el Alcoyano, ni contra el puto filial; no sospechaban que volvería a pasar contra el Ibiza. El que vive el mismo día una y otra vez es el club, los hinchas, nosotros, el entorno, el murcianismo. La pesadilla es nuestra, de los que siempre estamos, de los que cuando abrimos un ojo el día de partido sentimos ese presagio. Somos nosotros los que caemos una y otra vez. Un club antipático, en la expresión que utiliza tan certeramente mi amigo Gavin Pearce: un equipo que hace mal las cosas, que casi siempre queda mal con ex jugadores, sin clase en el trato, acostumbrado a hacer las cosas mal y además con cierta arrogancia, que jamás tuvo cierta continuidad para forjar leyendas, más acostumbrado al despido, al juicio o al impago que al cariño o la empatía. Un club cretino que parece empeñado en cometer los mismos errores una y otra vez. Y así lo vivimos nosotros, enrabietados, proclives al insulto y al desprecio, sin saber bien qué pasa ni cómo salir, desesperados por vivir el mismo día. En el puñetero estadio con el nombre más apático y sin identidad de la historia del fútbol. Condenados, tal vez, para siempre. Un experto calculó que Phil Connors pasó exactamente 33 años y 350 días despertando el mismo día, pero es posible que nosotros llevemos alguno más. Al salir del estadio, regresé a la película para intentar comprender algo y, de pronto, vi a mi alrededor a miles de Bill Murrays desfilando, gruñendo en silencio. No por una derrota, sino por estar atrapados. El Murcia, en cambio, volverá a saltar al terreno de juego dentro de unos días con la ilusión de que se puede ganar en casa. El Murcia, tal vez, es más bien Andie McDowell en todo esto, con ese aire sencillo y a la vez mágico del escudo, ese del que nos enamoramos el primer día y al que jamás dejaremos de querer, por mucho que pierda en casa una y otra vez. No olvidemos que esta, como todas las grandes películas, es sobre todo una historia de amor.